miércoles, 29 de abril de 2026

O.A.M.D.G.

 O.A.M.D.G.  

¿Qué significa esta sigla? En este último artículo del grupo Un manojo de reflexiones  
quiero descubrir lo que significan para mí estas letras.  
Veamos: Hay tres verbos muy importantes en la vida de cada persona. Son estos:  
pensar, aceptar y ofrecer.  
Primer verbo: PENSAR  
Pensar es reflexionar, contemplar la realidad, al menos en estos tres aspectos fundamentales:  
personal, social y religiosa.  
Las personas, por nuestra capacidad de elección, podemos ser artífices de nuestra realidad o  
situación. Aquí radica la importancia de las decisiones que tomamos; nuestra situación futura  
depende, en gran medida, de las decisiones que hemos tomado anteriormente; digo en gran medida,  
porque la realidad de cada uno también depende de las decisiones de los demás.  
Lo importante es reflexionar sobre la propia realidad en los tres aspectos citados para poner  
todos los medios y mejorarla.  
a) ¿Cuál es mi situación física? No puedo elegir estar sano o estar enfermo. Aunque deseo  
la salud, sé que cualquier enfermedad se me puede colar y, por tanto, tengo que prevenir y, si llega  
el caso, enfrentarlo con serenidad.  
b) ¿Cuál es la situación social que me ha tocado vivir? Es un mundo en el que un gran  
porcentaje de personas, está dominado por el egoísmo, el afán de poder y de subyugar a los demás,  
e imponer su punto de vista, incluso por la fuerza si lo creen necesario.  
Como consecuencia directa de este egoísmo abundan las guerras, los ataques terroristas, las  
mafias, el narcotrafico, los asesinatos, etc., etc. toda unas gama de males.  
Se constata una pérdida de los valores básicos, tanto a nivel de personas como social.  
Predomina el egoísmo…..el sálvese quien pueda…. el «y tú más».  
Una parte de la sociedad está perdiendo el norte. Toda sociedad sin valores humanos,  
personales, cívicos y religiosos se convierte en una selva donde predomina el más fuerte. No me  
extraña que el mal pulule en sus mil caras diferentes y cada día con más fuerza.  
Por suerte, no todas las personas viven la realidad tan negra. No me gusta la realidad  
malvada del mundo. Pero, no está a mi alcance cambiarla; lo que sí puedo y debo hacer es procurar  
que mi conducta personal en todos los ámbitos sea coherente con mi deseo de un mundo mejor. El  
único camino que tengo para mejorar la realidad es mejorar mi propia conducta. Están bien los  
buenos deseos y las buenas palabras, pero es mucho mejor si les acompaña una conducta coherente.  
Hay muchas personas con una profunda vida interior, que viven felices y, a pesar de las  
dificultades, grandes o pequeñas, que se les presentan cada día, no decaen en su empeño y emplean  
su tiempo y sus energías haciendo sus trabajos y profesiones lo mejor que saben y pueden.  
Hay muchos grupos de personas que, viviendo en este mundo cruel e inhumano, no  
participan de su maldad sino que tratan de hacer todo el bien que pueden a sus semejantes; sin  
ninguna distinción, les dan el respeto que merecen como personas y dedican gran parte de su tiempo  
a prestarles ayuda en sus necesidades. Pero estas conductas ejemplares se conocen muy poco  
porque los protagonistas viven su realidad social con sencillez, como algo normal, como un  
servicio, «sin hacer ruido»1, sin salir en los medios de comunicación.  
Dos preguntas que cada uno debe hacerse: Yo, ¿a qué grupo pertenezco? ¿Qué importancia  
tiene en mi vida el tema religioso?  
Son preguntas aptas para todos, pues todas las personas deben enfrentarse con el tema  
religioso y elegir el camino que crean conveniente.  
La respuesta a la pregunta sobre el tema religioso debe ir acompañada de estas tres  
cualidades: Respeto, coherencia y amor.  
Respeto a la decisión de los demás. La religión no debe imponerse; por muy convencido  
que esté de la verdad de mi fe, no la puedo imponer a los demás, como ha sucedido en tiempos  
pasados. La religión, cualquiera que sea, se predica de palabra y, sobre todo, de obra y se ofrece. Es  
el otro quien debe elegir.  
Coherencia entre las palabras y las obras. Coherencia interior para no engañarme a mí  
mismo, y simular que creo. Aquí no caben las medias tintas: o creo o no creo. Si creo de verdad, con  
un corazón sincero, reflejaré mi fe en todas mis obras, en toda mi manera de actuar.  
No es aceptable hacer una serie de «actos externos» de cara a la galería, cuando la realidad  
interior es que no se tiene fe.  
Amor: Es lo más importante y en lo que más solemos fallar. La realidad del mundo sería  
muy diferente si todos practicásemos más el amor y menos el egoísmo, el odio y el rencor.  
El amor no se interpreta, el amor se vive y practica.  
Segundo verbo: ACEPTAR  
La realidad de cada persona es el reflejo de la realidad social; unas veces hay nubarrones y  
fuertes tormentas que zarandean nuestro interior, con dolores y sufrimientos del cuerpo y del  
espíritu; otras veces la vida nos sonríe y todo lo vemos color de rosa. Son momentos diferentes y  
realidades distintas. De todas hemos de aprender, todas deben servir para nuestro crecimiento  
interior: las agradables, para disfrutarlas y compartirlas, y las otras, las que nos hacen sufrir, para  
superarlas e integrarlas como experiencias de la vida que tienen un por qué y un para qué.  
El dolor y el sufrimiento son connaturales al ser humano, a nadie le agradan, todos  
procuramos evitarlos; pero, si aprendemos a manejarlos pueden sernos muy útiles.  
Veamos:  
¿Por qué sufrimos? Porque somos humanos e irremediablemente el dolor, de una forma u  
otra, será nuestro compañero de viaje en muchos momentos de nuestra vida.  
¿Para qué sufrimos? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento? Cuando el dolor, en cualquiera  
de sus múltiples formas, llega a nuestra vida, podemos enfrentarlo,sumirlo y aceptarlo con amargura  
(vía negativa) o con esperanza (vía positiva).  
1ª Vía negativa: Soportar el sufrimiento con amargura. Es anclarse en el dolor, es sufrir  
por sufrir, sin perspectiva de futuro. La interpretación negativa del dolor solo conduce a su  
incremento.  
La resignación, aunque muchos no lo crean, no es una virtud cristiana; puede que sea una  
virtud estoica; pero no una virtud cristiana porque está cerrada en sí misma, carece de esperanza, no  
ofrece ninguna salida al mal que aflige.  
2ª Vía positiva: Aceptar el sufrimiento con esperanza. Buscar y descubrir el significado  
de ese sufrimiento e integrarlo en la experiencia de vida.  
Solo sufre el que no sabe «para qué sufre».  
La esperanza da alas para remontar los obstáculos, para salir de los atollederos, para aceptar  
el sufrimiento y salir de él robustecidos y encauzar la vida con mayores fuerzas. La esperanza es  
una bocanada de aire limpio que impide que nos ahoguemos en nuestra amargura interior.  
La esperanza es una virtud humana de la que todos podemos y debemos gozar ante las  
dificultades de la vida; y es, al mismo tiempo, una virtud propia de los creyentes en la existencia de  
otra vida, la verdadera, la eterna. La vida terrenal es un tiempo de preparación para la eterna.  
Tercer verbo: OFRECER  
Tendido en una cama de hospital, sobre una silla de ruedas o dentro de un campo de  
exterminio nazi, por poner algunos ejemplos, el ser humano puede vivir con esperanza, disfrutar de  
las cosas que, en esas circunstancias, le ofrece la vida y, al mismo tiempo, hacer mucho bien a los  
demás.  
¿Cómo es posible, se preguntarán algunos, que se pueda sacar un bien de algo  
que consideramos malo? Seas creyente o no, si tienes esperanza, no te resignarás, no te mostrarás  
pasivo ante el dolor, la enfermedad o cualquier otro mal que llegue a tu vida personal o social; al  
contrario, harás todo lo que esté en tu mano para superarlo y, además, aprovecharás la ocasión para  
convertir ese mal en fuente de bien.  
En teoría, esto es muy sencillo; en la práctica, es algo más complicado.  
Veamos unos ejemplos: Todos conocemos a personas que, por un accidente, han perdido la  
vista, un brazo o una pierna y, pasados los primeros días o meses de shock, han recuperado la  
serenidad, han asumido su nueva realidad y, aferrándose a la vida, han puesto todo su empeño en  
seguir adelante.  
Y así tenemos: ciegos que han hecho sus carreras, medias o universitarias, mediante la  
lectura braille y han logrado un puesto de trabajo; deportistas que practican su deporte favorito  
sobre una silla de ruedas o con una pierna especial.  
Estas personas son un ejemplo para la sociedad que les admira y agradece su ejemplo de  
entrega, esfuerzo y tesón para superar la dificultad.  
Los creyentes, además, tenemos el ejemplo del Señor, quien en medio de los sufrimientos de  
su agonía en Getsemaní, oró al Padre, diciendo: «Padre mío, si quieres, aparta de mí este cáliz;  
pero, no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22,42)  
Cristo con sus sufrimientos y muerte en la cruz redimió a la Humanidad, conquistó para  
todos los seres humanos la posibilidad de ser hijos adoptivos de Dios y gozar con Él en la vida  
eterna.  
Como creyente, puedo aceptar y ofrecer a Dios no solo los sufrimientos que llegan a mi  
vida, sino también todas mis acciones, cualesquiera que sean, si son honestas, son agradables a Dios  
y se las puedo ofrecer para su mayor gloria.  
Ofrecer a Dios todo lo que hago cada día lleva consigo la exigencia de hacerlo bien, lo  
mejor que pueda. Sería de muy mal gusto y de falta de fe ofrecer a Dios algo mal hecho o hecho de  
mala gana. La dignidad de Dios y mi propia coherencia me exigen poner todo mi empeño en hacer  
las cosas lo mejor que pueda.  
Ofrecer a Dios todas mis obras es contribuir al bien de los demás. Todos somos miembros de  
la familia humana. De nuevo San Pablo nos instruye cuando escribe: «De esta suerte, si padece un  
miembro, todos los miembros padecen con él y si un miembro es honrado, todos los otros se gozan  
a una» (1 Corintios 12, 26)  
Las obras buenas son el mejor ejemplo, la mejor predicación y el mejor apostolado para que  
los demás, según dijo Jesús «viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en  
los cielos» (Mateo 5,16).  
Para finalizar vuelvo al principio.  
¿Qué significa la sigla O.A.M.D.G.? San Pablo escribe a los corintios esta frase de tan  
largo alcance: «Ya comáis, ya bebáis o hagáis otra cosa, hacedlo todo para  
gloria de Dios» (1Corintios 10,31).  
De este texto de San Pablo, en latín, está tomada la sigla:  
Omnia Ad Maiorem Dei Gloriam.  
(Todo a la mayor gloria de Dios).  

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