domingo, 3 de mayo de 2026

1. LOS DOS MANDAMIENTOS

   

1. LOS DOS MANDAMIENTOS

    Un fariseo preguntó a Jesús: «Maestro ¿Cuál es el principal mandamientde la Ley?» (Mateo 22, 36)
    Los judíos tenían 613 mandamientos y todos con el mismo rango de obligatoriedad. Los que eran sinceramente piadosos debían tener sus problemas porque además todos estos preceptos venían con la etiqueta de mandato divino.
    Con la pregunta el fariseo pretendía tender una trampa a Jesús; pero como siempre Él zanjó sagazmente la cuestión.
    Jesús le dijo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y primer mandamiento. El segundo, semejante a éste, es: Amarás al prójimo como a tí mismo» (Mateo 22, 37-39)

Primer mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios….».
    No podemos amar a alguien que no conocemos.  La prioridad de todo cristiano es el conocimiento de Dios, lo más perfectamente posible.
    Jesús dijo: "Nadie puede venir a mí si mi Padre, que me ha enviado, no le trae" (Juan 6, 44). 
    El Padre ha dado el primer paso enviando a su Hijo que, nacido de las entrañas de María, se hizo semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado. Jesús es el camino para ir al Padre porque con su vida y sus enseñanzas, nos lo ha dado a conocer. La unión entre Jesús y el Padre es perfecta, hasta el punto que Jesús dijo:«El que me ha visto a mí ha visto al Padr (Juan 14,9), «Yo y el Padre somos una sola cosa» (Juan 10,30). Quien ama a Jesús ama a Dios.
 
¿Cómo amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente?
    Esta es la parte humana del amor a Dios: Aceptarle y corresponderle.
Amar a Dios con todo tu corazón... significa:
    a) Priorizarlo por encima de todo, aceptarle como el primer valor.
    b) Aceptar un compromiso, una dedicación de la propia vida al amor de Dios.. Es  un compromiso y una dedicación reales, que van más allá de los sentimientos y se manifiestan en la conducta, en las cosas que hacemos y en cómo las hacemos.
«Si me amas, guarda mis mandamientos» (Juan 14,15) 
    Para amar a Dios no hay que hacer grandes cosas; basta con hacer bien las cosas de cada día, en casa, en la profesión, en los momentos de alegría y en los de dolor.
    c) Tener confianza plena en Dios, reconociendo que Él sabe lo que es mejor parmí en cada momento y situación. Es decir «sí» en las diversas circunstancias de la vida, ya sean favorables o adversas, porque el creyente sabe que se puede fiar de Dios.

    El «sí» de María cambió la historia de la Humanidad: «hágase en mí según tu palabr (Lc 1, 38)
    El «sí» de Jesús trajo la redención: «Padre, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22,42)

    El «sí» del creyente cristiano es aceptar a Dios y tratar de «tener los mismos sentimientos que el Señor» (Filipenses, 2,5) en todas las circunstancias de la vida.
    He aquí tres citas de San Pablo que lo expresan perfectamente:
         «Ya comáis, ya bebáis o hagáis otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1Corintios 10,31). Todas nuestras acciones, grandes o pequeñas, importantes o no, si son buenas, son agradables a Dios y las podemos ofrecer para su mayor gloria.
     "Os ruego….que no os conforméis al patrón de este mundo, sino que os transforméis por la renovación de la mente" (Romanos 12,1-2).
     «Buscad las cosas de arriba….pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierr (Colosenses 3, 1-2). 
    Esto no significa ignorar tus responsabilidades terrenales, sino mantener una perspectiva transcendente en todo lo que hacemos.
    Nuestra vida en la tierra tiene un recorrido limitado con unas necesidadeque deben ser satisfechas. Es un recorrido que procuramos hacer en las mejorecondiciones. Surge así el esfuerzo humano por su subsistencia: trabajar parobtener los medios necesarios, cuidar la salud y disfrutar del merecido descansoTodo esto es necesario y obligatorio; pero ¿con qué perpectiva lo hacemos ? ¿La  de una vida sólo terrenal o la de una vida en dos tramos, el terrenal y el eternio?
    La vida en la tierra es «flor de un día». Hay quien la vive sin tener en cuentsu transitoriedad; lo cierto e inevitable es que a todos nos llegará «el día del fin».
    El sabio Cohelet se hace esta pregunta: «¿Qué provecho saca el hombrde todo por cuanto se afana debajo del sol? (Eclesiastés 1,3)
La respuesta es distinta, según quien la dé:
    Los que no creen en la existencia de otra vida después de la muerte física, dicen que el provecho está en comer, beber y disfrutar todo lo que se puedaporque todo acaba con la muerte.
    Los que tenemos fe en la existencia de otra vida después de la muerte física, decimos que la vida terrenal es transitoria, que es un tiempo de preparación para la verdadera vida, la que no tiene n y que, además de comer, beber y disfrutar, hemos de vivir de tal forma que nuestras obras, por ser buenas, den gloria
a Dios y nos sirvan para la vida eterna. Los que tenemos fe tenemos la esperanza de lograr la vida eterna, por el amor que el Padre y Cristo nos tienen.
 

2. «SÍES» QUE CAMBIARON LA HISTORIA

 «SÍES» QUE CAMBIARON LA HISTORIA

    Tenemos en las Sagradas Escrituras DOS SÍES que han cambiado la historia de la Humanidad:
1. El sí de María
    «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38)
    Y el Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, se hizo carne en las entrañas de la Virgen María.
    Para anunciar a Jesús «fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen…. llamada María y, entrando, le dijo:
"Jaire, Kejaritomene, el Señor está contigo…..concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo» (Lucas 1,26-28. 31-32)
¿Qué significan estas palabras?
    Jaire y su versión latina "salve" eran un saludo corriente usado tanto por los griegos como por los romanos. Como saludo lo empleó Judas el besar a Jesús antes de entregarle: «Jaire, Rabbi» (Mateo 26,49). 
    Como saludo burlesco lo emplearon los soldados romanos que «doblando la rodilla ante Jesús, se burlaban diciendo; ¡Jaire, rey de los judíos! (Mateo 27,29)
 Después de la palabra jaire va el nombre o título de la persona a la que se saluda. En los casos citados son Rabbí y rey de los judíos refiriéndose a Jesús y Kejaritomene, como nombre de María.
    Kejaritomene, significa «agraciada en sumo grado»
    Cuando San Jerónimo pasó la Biblia del griego al latín, tradujo Kejaritomene por: Gratia plena, (Llena de gracia), que es el nombre con el que fue saludada por el ángel.
    El Señor está contigo, es decir, el Señor te acompaña y te asiste para que lleves a cabo sus planes. María había sido preparada desde el primer instante de su concepción para ser la Madre del Hijo Unigénito de Dios. Ella es Kejaritomene.
    En el momento sublime, cuando Gabriel le anuncia su futura maternidad, la humilde doncella de Nazaret da su conformidad con un sí emocionado y generoso:
Hágase en mí según tu palabra.

2. El sí de Jesús
    «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya», (Lucas 22, 42)
    Jesús está en el huerto de Getsemaní orando a su Padre. En su mente se representan, con todos los detalles y con todas las consecuencias, los dolores de su próxima pasión. Jesús se aflige de tal modo que suda gotas de sangre en tanta abundancia que corren hasta el suelo. El cuerpo de Jesús se estremece ante tanto dolor. Él insiste en la oración; «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
     Jesús acepta la voluntad de su Padre y cumple la misión para la que ha venido al mundo. Cristo acepta y obedece, no de cualquier forma sino en sumo grado, como escribió San Pablo: «obediente hasta la muerte y muerte de cruz»
    Mucho debemos valer a los ojos del Señor para que Él acepte morir en la cruz para ofrecernos la posibilidad de tener una vida plena y abundante.
     «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan10,10)
    «Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Juan 3,17)
    «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Timoteo 1, 15) (Filipenses 2,8).
Decir «sí» a Cristo cambiará la vida
    En los acontecimientos de la vida, todos gozamos de la facultad de elección, podemos decir «sí» o «no», según sea nuestra escala de valores. Los seres humanos valemos lo que valen nuestros valores; ellos son el fundamento de nuestras decisiones, que, con sus consecuencias, marcan el rumbo de nuestras vidas. Cada cual es responsable de lo que suceda después.
    El momento más importante en la vida de cada ser humano es cuando decide abrir o no la puerta de su corazón a la llamada insistente de Dios. Abrir es decir «sí», dejar entrar a Dios, aceptar su invitación a ser sus amigos. Cerrar la puerta es todo lo contrario.
    El “sí” del hombre a la llamada de Dios es una respuesta de amor al amor de Dios, con el resultado de entrar en el círculo íntimo de los hijos de Dios. Dios me ama y su amor es mi paz en los momentos de desasosiego e inquietud; es perdón cuando me veo abrumado por el pecado; es esperanza en mis momentos de desaliento. Él está siempre a la espera de mi respuesta, a pesar de mis desplantes, mis egoísmos, mi cerrazón y mi negatividad. El Señor está siempre ahí, esperándome. «He aquí que estoy a tu puerta y llamo...» (Apocalipsis 3,20)
    Aunque me haya convertido en erial y tierra llena de abrojos, el Señor llama a mi puerta, una y otra vez, para llenarme de su amor.
    El “sí” del hombre a la llamada de Dios es una respuesta de fe, de confianzen Dios. El hombre de fe dice como el profeta Samuel: “habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10).
    El “sí” del hombre a la llamada de Dios permite que el Espíritu Santo tenga libertad de acción para cambiar y modelar el interior del ser humano.
    El «sí» del hombre es apartarse del mal, obrar el bien y ofrecerlo a Dios en correspondencia a su amor infinito. Todas las acciones humanas que no sean malas en sí mismas, pueden ser hechas por amor a Dios y a Él ofrecidas; hasta las acciones más cotidianas. San Pablo expresa este pensamiento con estas palabras:
«Ya comáis, ya bebáis o hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Corintios 10,31)
    Da una gran tranquilidad interior saber que estoy agradando a Dios cuando me esfuerzo para hacer lo mejor que puedo todas mis cosas, sean de trabajo, de diversión o de ocio.
    Esta forma de vivir parece fácil; pero, dada la fragilidad de la naturaleza humana, no lo es tanto; a veces, se nos hace cuesta arriba y tratamos de distraernos con las bagatelas y vanidades del mundo, olvidando que lo más importante es dejar que Dios construya nuestro edificio interior.
    Todo crecimiento espiritual parte de dos verdades fundamentales: “Sin mí no podéis hacer nada” (Juan 15,5) “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filipenses 4, 13)
    A veces, confiamos en nuestras propias fuerzas y creemos que solos lo haremos; pero, la realidad termina imponiéndose, porque, como dice el salmista «si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen» (Salmo127,1)
    Nos lo advirtió Jesús cuando dijo: «Sin Mí no podéis hacer nada» porque el sarmiento no puede producir fruto si no está unido a la vid.
    A lo largo de la vida, e incluso de cada día, experimentamos la necesidad que tenemos de Dios. Son momentos de intimidad con el Señor: «A tí, mi Dios, levanto mi alma; en tí confío» (Salmo 25,2) «Muéstrame, Señor, tus caminos,… guíame en tu
verdad… acuérdate de tu misericordia… no te acuerdes de los pecados de mi juventud, acuérdate de mí, según tu amor» (Salmo 25,2.4-7) «Confío en Tí, Señor. En tus manos están mis destinos» (Salmo 31, 15-16) «Protéjeme, Dios mío, que me refugio  e Ti>>.

3. ¡ TENGO SED DE TÍ!

 ¡TENGO SED DE TI!

Santa Teresa de Calcuta escribió estas preciosas líneas:

“Mira que estoy a la puerta y llamo” (Apocalipsis  3, 20)

Es verdad. Estoy a la puerta de tu corazón, de día y de noche. Aún cuando no estés escuchando, aún cuando dudes que pueda ser Yo, ahí estoy; esperando la más pequeña señal que me permita entrar.

Quiero que sepas que, cada vez que me invitas, Yo vengo siempre, sin falta.

Vengo en silencio e invisible, pero con un poder y un amor infinitos. Vengo con mi misericordia, con mi deseo de perdonarte y de sanarte, con un amor hacia ti que va más allá de tu comprensión. Vengo deseando consolarte y darte fuerza, levantarte y vendar todas tus heridas. Te traigo mi luz, para disipar tu oscuridad y todas tus dudas. Vengo con mi poder, que me permite cargarte a ti: con mi gracia, para tocar tu corazón y transformar tu vida. Vengo con mi paz, para tranquilizar tu alma.

Venid a mi todos los que tenéis sed” (Juan 7,37)

Yo te saciaré y te llenaré ¿Tienes sed de amor? Yo te amo más de lo que puedes imaginarte ... hasta el punto de morir en la cruz por ti.

Tengo sed de ti”. Ésa es la única manera en que puedo describir mi amor. Tengo sed de amarte y de que tú me ames. Ven a mí y llenaré tu corazón y sanaré tus heridas.

Te haré una nueva criatura y te daré la paz aún en tus pruebas.

Tengo sed de ti”. Nunca dudes de mi misericordia, de mi deseo de perdonar, de mi anhelo por bendecirte y vivir mi vida en ti, y de que te acepto sin importar lo que hayas hecho.

Tengo sed de ti”. No importa si te sientes poca cosa a los ojos del mundo.

No hay nada que me interese más en todo el mundo que tú. Ábrete a mí, ven a mí, ten sed de mí, dame tu vida. Confía en mí. Pídeme todos los días que entre y me encargue de tu vida y lo haré. Lo único que te pido es que te confíes plenamente a mí. Yo haré todo lo demás.

Todo lo que has buscado fuera de mí te ha dejado más vacío; así que no te ates a las cosas de este mundo, pero, sobre todo, no te alejes de mí cuando caigas.

No hay nada que yo no pueda perdonar y sanar, así que ven ahora y descarga tu alma. No importa cuánto hayas andado sin rumbo, no importa cuántas veces me hayas olvidado, no importa cuántas cruces lleves en esta vida; hay algo que quiero que recuerdes siempre, y que nunca cambiará:

Tengo sed de ti, tal y como eres”.

No tienes que cambiar para creer en mi amor, tu confianza en ese amor te hará cambiar. Tú te olvidas de mí y, sin embargo, Yo te busco a cada momento del día y estoy llamando a las puertas de tu corazón. ¿Encuentras esto difícil de creer?

Mira la Cruz, mira mi corazón traspasado por ti. ¿No has comprendido mi Cruz?

Escucha de nuevo las palabras que dije en ella:

Tengo sed”. Sí, tengo sed de ti.

Toda tu vida he estado deseando tu amor. Nunca he cesado de buscarlo y de anhelar que me correspondas. Tú has probado muchas otras cosas en tu afán por ser feliz. ¿Por qué no intentas abrirme tu corazón, ahora mismo?

Cuando me abras las puertas de tu corazón y te acerques lo suficiente, me oirás decir, una y otra vez, no en meras palabras humanas sino en espíritu:“No importa lo que hayas hecho; te amo por ti mismo. Ven a mí con tus miserias y tus pecados, con tus problemas y tus necesidades, y con todo tu deseo de ser amado”.Yo estoy a la puerta d tu corazón y llamo… ábreme, porque tengo sed de ti”.

Reflexionando sobre este texto de Santa Teresa de Calcuta me he preguntado: Si el Señor ama tanto a los hombres y tiene tanta sed de su amor, ¿por qué éstos no le corresponden? Y me ha venido a la mente la queja de Jesús sobre la ciudad de Jerusalén: «Jerusalén, Jerusalén! ¡Cuántas veces quise cobijarte como la gallina cobija a sus polluelos bajo sus alas, y no quisiste! (Mateo 23,37)

Está claro que Jesús no quiere la muerte de nadie, sino que desea que todos vivan. Si Jerusalén había de perecer, como en efecto pereció de una manera terrible bajo los soldados romanos, fue porque no quiso aceptar a Jesús.

Lo que Cristo hubiera querido hacer por los judíos de Jerusalén y no pudo hacerlo porque ellos no le aceptaron, quiere hacerlo ahora, en este instante por mí.

¿Qué significan las palabras de Jesús? Es una comparación muy sencilla, casera, hermosa y conmovedora. La gallina está en el campo con sus pulluelos, ve en el suelo la sombra del halcón, que está suspendido justamente encima; en un instante, produce un cloqueo de alarma y reúne así a su pequeña familia, y los pollluelos están a salvo bajo sus alas protectoras.

El Señor constantemente llama a la puerta de mi corazón y espera que le abra para comunicarme su amor, para protegerme y ayudarme.

¡El Señor tiene sed mí!

El peor error que puedo cometer es creerme autosuficiente, pensar que no necesito a Dios y cerrar la puerta de mi corazón.

Consciente de mi necesidad, desde lo más profundo de mi ser, clamo diciendo:

¡Ven, Señor, ven!   

4 LA MORADA DE DIOS

 LA MORADA DE DIOS

    En el evangelio de San Juan leemos estas hermosas palabras de Jesús: Yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros. El que recibe mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama y el que me ama a mí, será amado por mi Padre, y me manifestaré a él» (Juan 14,20-21) 
    «Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos morada» , (Juan 14,23)
¿Qué es una morada?
    La «morada» es la residencia permanente, allí donde se vive. En el Antiguo Testamento, la morada de Dios era el Templo de Jerusalén; en el Nuevo Testamento, la morada de Dios es la Iglesia en su conjunto y, en particular, el alma, la mente y el corazón de cada uno de los creyentes que guardan la palabra del Señor.
    El Señor llama constantemente a la puerta de mi corazón, quiere entrar, pero yo soy el dueño de la llave, y decido si le abro o permanezco sordo ante sus llamadas. Él insiste una y mil veces; yo puedo elegir entre ignorarlo, rechazarlo o aceptarlo.
    Convertirme en morada de Dios implica que abro mi corazón al encuentro con Él; que le acepto como mi valor principal, preferido a todos los valores humanos; que le elijo como forjador de mi vida, una vida nueva en la que todo mi interés está en corresponder a su amor.Amar al Señor y guardar su palabra es el mandamiento nuevo: «Amaos unos a otros como yo os he amado. En esto todos reconocerán que sois mis discípulos » (Juan 13, 34-35)
    Cristo es la piedra angular, sobre ella se alza toda la edificación que
convierte en morada de Dios al que le ama y guarda su palabra. San Pablo escribe a los de Éfeso: «Vosotros sois edificados para ser morada de Dios en el Espíritu» (Efesios 2,22)
    Es el Señor el que nos edifica y construye. Él es el verdadero autor de nuestra morada espiritual, nosotros sólo somos sus instrumentos.         El libro de los Salmos indica que trabajan en vano los que intentan construir por su cuenta, marginando al Señor: «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan lo que la construyen» (Salmo 127, 1)
    En cambio, San Pablo escribe a los de Colosas: «Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Colosenses 4,13) Y esto se puede aplicar en todos los sentidos, en todos los lugares y tiempos. Lo importante es ser morada de Dios, su presencia conforta y ayuda; Él es nuestra piedra angular y punto de apoyo.
Vosotros sois mis amigos
    «Os llamo amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros, sino que soy yo el que os ha elegido" (Juan 15,15-16).
    Es el proceder de Jesús: Actúa primero y espera la respuesta humana. Llama a la puerta de nuestro corazón y espera que le abramos; nos elige como amigos y espera que le aceptemos. No fuerza, no impone; propone e invita.
    A los que le aceptan los llama «amigos» y crea con ellos una fuerte relación: les da a conocer que «Dios es Amor y el que vive en amor permanece en Dios y Dios en él» (1Juan 4,16). 
    Jesús no tiene secretos con sus amigos, por eso les cuenta todas las
cosas que oyó de su Padre.
    Los amigos de Jesús comparten con Él sus necesidades y problemas, sus heridas y fracasos, sus esperanzas y deseos, sus sueños y sus pesadillas; en una palabra: descargan en Él los secretos más íntimos de su corazón.
La pregunta es: ¿He aceptado a Jesús como mi amigo? 

5 ¿DÓNDE ESTŚ, SEÑOR?

 ¿DÓNDE ESTÁS? ¡SEÑOR!

Al rayar el alba, cuando nace el sol,
contigo me gusta encontrarme, Señor;
cuando llego al cruce, Tú estás ya esperando,
te cuento mis cosas, pido tu consejo, tu luz y valor
para esta mi vida afrontar
y llenarla de calma, de paz e ilusión,compartirla con todos, por ser eso mi tesoro mayor.
He redescubierto que te necesito,
que solo Tú puedes llenar el humano vacío
de esperanza, de paz y de amor.
He redescubierto por qué se odian los hombres,
por qué hay tantas guerras y tanto dolor:
eres para ellos un desconocido,
un extraño que llama a sus puertas
blindadas por el egoísmo y la sinrazón;
mientras ellos siguen en sus trece,
sufriendo y penando, con gran amargor,
por ganar del mundo unas bagatelas, que son y no son.
Al llegar la noche, te ruego, Señor,
que los hombres canten, cambiados por dentro,
rotas sus fronteras de separación;
canten todos juntos, se olviden del odio y del vil rencor,
gocen tu presencia, tu paz y tu amor.
Cuántas veces dije: ¿Dónde estás? ¡Señor!
He redescubierto que estás en mi hermano,
que es tuya su voz, que de todos tiene tu piel el color,
que de todos hablas los idiomas que en el mundo son,
que no tiene fines de espacio ni tiempo por todos tu amor.
Ellos no lo saben, viven “deslumbrados”, sin tu luz, Señor;
no saben amar; no tienen amor;
tal vez, no acerté yo a iluminarlos,
débil fue mi destello o nulo, Señor,
tal vez, no indiqué bien tu camino
o lo hice en falsa dirección.
Vagué por el mundo, en mil sitios te busqué, Señor,
puse en ellos el coraje y la fuerza de mi corazón;
pero no te hallé; Tú en ellos no estabas.
Tú estás en el pobre, en el desvalido,
en el triste y en el abatido.
Tú estás en los otros,
no importa do vienen, ni por qué razón,
todos portan impresa tu imagen en el corazón.
Al verlos, te veo; comparto con ellos mi sal y mi pan,
calmo tus dolores, curo tus heridas,
porque siempre Tú estás en el punto de mira.
Te veo en ellos, Señor,y mi corazón rezuma de dicha, de paz y de amor.
Gracias, mil gracias, Señor.
J. J.S

viernes, 1 de mayo de 2026

6 EL TRIGO Y LA CIZAÑA

 EL TRIGO Y LA CIZAÑA

    Jesús propuso a los discípulos esta parábola: 
«El reino de los cielos es semejante a uno que sembró semilla buena en su campo; pero, mientras dormía, vino el enemigo y sembró cizaña entre el trigo. Cuando creció la hierba y dio fruto, apareció la cizaña.
- Los criados dijeron al amo: Señor, ¿no sembraste trigo en tu campo? ¿Por qué hay cizaña?
- Él les contestó: Eso es obra de un enemigo.
- Ellos le dijeron: ¿Quieres que la arranquemos?
- Les dijo: No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo. Dejad que ambos crezcan hasta la siega y entonces diré a los segadores: Tomad la cizaña y atadla en haces para quemarla y el trigo recogedlo para encerrarlo en el granero» (Mt 13,24-30)

¿Quienes son?
        El sembrador representa a Jesús de Nazaret.
      El campo donde siembra es el interior de cada persona o de todas en general.
    El trigo representa el bien, es decir, los buenos pensamientos, sentimientos y acciones de las personas.
    La cizaña representa el mal, es decir, los malos pensamientos, sentimientos y acciones de las personas.
    El enemigo representa a las personas que inducen o aconsejan a otros para hacer el mal.

ENSEÑANZAS:
    1ª enseñanza: «Por sus obras los conoceréis» (Mt, 7,16). 
    Mis palabras pueden ser engañosas; pero mis obras dicen lo que soy de verdad. Debo preguntarme y responderme con sinceridad: 
¿Yo soy trigo o soy cizaña? Lo conoceré examinando mis pensamientos, mis sentimientos y mis obras.

2ª enseñanza: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Mt 7,1). 
    En el mundo, considerado como campo del Señor, coexisten el trigo y la cizaña, personas que practican el bien y otras que hacen el mal. Así será mientras el mundo exista.
    No tengo ningún derecho a juzgar a otras personas. Si quiero ser justo, debo separar las acciones y sus autores; las acciones me pueden gustar o desagradar, puedo opinar sobre ellas y aceptarlas o condenarlas; pero, toda persona, en cuanto tal y en cualquier circunstancia, merece mi respeto a su dignidad y libertad de elección.
    Me pongo en su pellejo y pienso, ¿qué habría hecho yo si me hubiese encontrado en sus circunstancias? 

La cizaña y el trigo son plantas y no tienen libertad para cambiar; las personas sí podemos cambiar, porque somos libres para elegir. En cualquier momento, una persona buena puede convertirse en una malvada y una malvada convertirse en buena persona.

3ª enseñanza: Debo aprender del Señor. 
    Él aborrece las malas acciones; pero ama a las personas, sea lo que sean y hagan lo que hagan. Dios es paciente y misericordioso y espera que florezca el trigo donde ahora hay cizaña. 
    Ya llegará el día de la separación y, en juicio justo, dará a cada uno según sus obras. A los que obraron el bien durante su vida terrena, les dirá: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino» (Mt 25,34 y siguientes). El reino de Dios es un reino de justicia, de amor y de paz. 
    En cambio, a los que obraron el mal, les dirá: «Apartaos de mí, malditos» (Mt 25, 41 y siguientes).
    El amor al prójimo, practicado o no, será la norma suprema del juicio de Dios al fin de los tiempos.

4ª enseñanza: Debo cultivar mi campo, mi interior personal, para que
produzca trigo y no cizaña. Esa debe ser mi tarea fundamental en esta vida.
    Dijo el Señor: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, tampoco vosotros si no permanecéis en mi. Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada»  Jn 15, 4-5)

    Me incorporé a Cristo el día de mi bautismo y debo robustecer esa
incorporación reavivando la presencia viva de Cristo en mi interior.        Como el sarmiento solo tiene vida y da fruto si está unido a la vid, así también yo solamente tendré vida abundante y produciré frutos  en la medida en que esté unido a Cristo.
    Las obras buenas son el mejor ejemplo, la mejor predicación y el mejor apostolado para que los demás, según dijo Jesús, «viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 5,16).
5ª enseñanza: La unión con Cristo me lleva al amor a Cristo y a convertirme en su morada. Dice el Señor: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada» (Jn 14, 23). 
    San Pablo escribe a los corintios estas bellas palabras: 
«¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros» (1ª Cor 3, 16). 
Ahí es nada.
¡Dios habita en el corazón de los qume le aman! 
¡Dios habita en mí!