sábado, 16 de mayo de 2026

158.- LOS CUATRO EVANGELISTAS

 Introducción a los cuatro evangelios

En un momento dado, la misma novedad del evangelio como anuncio de Jesús, que hallamos en san Pablo, vino a fijarse por escrito, en un proceso de dolor y gozo. Ha sido doloroso que el mensaje original y vivo de los predicadores tuviera que fijarse con palabras escritas que son siempre incapaces de expresar su contenido. Pero ha tenido que ser también gozoso: porque es bello expresar por escrito los recuerdos y presencia de Jesús; porque es hermoso el modo en que se ha hecho, en cuatro libros diferentes que recogen, de forma pluriforme, la riqueza de Jesús. 

1.- No son vidas de Jesús: Los evangelios escritos no son vidas de Jesús en un sentido histórico o psicológico. Es cierto que asumen y transmiten la historia fundante de Jesús, el sentido de su vida-muerte. También reflejan su intención mesiánica, es decir, su forma de entender a Dios y de optar por los hombres. Pero, en un sentido estricto, no se pueden presentar como una historia en sentido biográfico. Por eso si buscamos en ellos los perfiles psicológicos del Cristo o los momentos del proceso de su vida nos equivocamos y corremos el riesgo de olvidar o deformar otros rasgos más importantes.

2.- Tampoco son un mito: Los evangelios escritos no son tampoco un mito, en el sentido clásico del término. Esto significa que ellos no presentan de manera simbólica y fundante los rasgos primigenios de un Dios que se mantiene por encima de los tiempos. No despliegan la verdad eterna y salvadora de aquello que sucede siempre, por encima de los cambios y  apariencias de la historia. Jesús no es una imagen del hombre universal, una expresión de la presencia permanente de Dios sobre la tierra, sino un hombre concreto de la historia.

Por eso, los libros que presentan su figura y que  nosotros llamamos evangelios ofrecen su novedad como noticia que se cuenta, es decir, como argumento de la actuación nueva de Dios y como signo (principio) de la transformación escatológica del hombre.

3.- Tampoco son libros de filosofía: No son un diálogo de tipo filosófico, en la línea de Platón. Conforme a los principios y  esquemas del diálogo platónico, los hombres van entrando por sí mismos en el secreto de las cosas: razonan en común y encuentran, cada uno en el secreto de su propia realidad, el más hondo sentido de la vida, de los bienes eternos y de aquellos otros que son sencillamente pasajeros.

Pues bien, en contra de eso, los evangelios de Jesús no buscan el sentido y la verdad del hombre utilizando como medio el diálogo ilustrado de los pensadores que penetran dialogando en el misterio de su propia hondura humana. No son tampoco un tratado filosófico de tipo aristotélico: no buscan la verdad por medio de la coherencia racional del hombre que investiga acerca de las causas y principios de las cosas. Por su misma forma literaria, ellos se muestran diferentes: son  libros que expresan originariamente y de algún modo proclaman la novedad escatológica de Cristo como salvación de Dios para los hombres. Por eso vienen a mostrarse, al mismo tiempo, como predicación pascual y como historia mesiánica del Cristo.

4.- Los evangelios no son un libro de Ley judía: Son anuncio de la buena nueva de Dios en Jesucristo. Ciertamente, tienen algo deley nueva y pueden compararse con aquella que los judíos comenzaban a escribir codificando sus más antiguas y más nuevas tradiciones legales y sagradas (a través de la Misná), tras la ruina de Jerusalén y de su templo (el año 70 d.C.).

Pero los evangelios no se ocupan de ordenar y de fijar las leyes que derivan de las viejas tradiciones, sino que expresan y condensan, reflejan y proclaman la novedad del Cristo como salvación nueva de Dios para los hombres. Por eso ellos transmiten y anuncian el sentido, actualidad y gracia de su vida salvadora. No tratan de la genealogía de los dioses (mitos), ni se ocupan de las leyes sociales de los hombres (Misná), ni definen los principios de la realidad en forma de diálogo o tratado (filosofía), ni pretenden recordar uno por uno los detalles de la vida humana de Jesús (historia), sino que anuncian y ofrecen de nuevo la gracia de Dios revelada en el Cristo. Entendidos así, losevangelios reflejan desde perspectivas distintas el anuncio y vida del único Jesús. Así decimos que hay un evangelio en cuatro evangelios.

5.- ¿Cómo leer los evangelios?: Alguien definió el evangelio, en su conjunto, como «la carta del amor del padre». Para entender correctamente esta definición me voy a servir de un supuesto que se da frecuentemente en la vida.                            Supongamos que se trata de dos personas que se aman profundamente (dos novios, dos esposos, una madre y su hijo, etc.); pero, por circunstancias de la vida, están separados por muchos kilómetros. Ambos desean tener noticias uno del otro, (hasta hace varias décadas las noticias se recibían por carta, ahora se llaman con el teléfono móvil). La cuestión es que ambos, en el caso de ser por carta, estarían esperando, con gran interés, la llegada de la carta con las buenas noticias del ser querido. Me viene a la mente el caso de unos jóvenes esposos que, a los pocos meses de casarse, él tuvo que desplazarse a Argentina por cuestiones de trabajo y permanecer allí más de un año. En la segunda carta que recibió, su esposa le comunicó que estaba «en estado de buena esperanza». La inmensa alegría icicial fue seguido de un largo periodo de cartas muy frecuentes, en las que uno y otra preguntaban y contaban todos los detalles que iban aconteciendo.

Este es el caso del evangelio.

El evangelio es la carta de Dios a su ser querido: el “hombre”.El Padre celestial ama profundamente a cada “hombre”. Él conoce muy bien a todos y quiere darse a conocer; para eso envió a su Hijo, hecho hombre en la entrañas de la Virgen María. Jesús es la revelación del Padre porque «nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo» (Lc 10,22). Jesús «inundado de gozo en 4el Espíritu Santo....dijo a los discípulos: Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis» (Lc 10,21.23) Es decir: dichosos los que pueden ver la carta del Padre.

¿Cómo hemos de leer el evangelio? Con el mismo deseo, con la misma ilusión, con el mismo interés que el esposo que estaba en Argentina leía las cartas de su esposa que estaba en España. El evangelio no es para leerlo de un tirón, sino para hacerlo pausadamente; metidos dentro de la escena y escuchar lo que Dios nos quiere decir por medio de esas palabras. Leer el evangelio es entablar un diálogo de amor con el Padre. Así, como el joven Samuel, decir: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» 1Sam 3,10) o como la Virgen María: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,37) o como Simón Pedro: «Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68) o como la samaritana:« Señor, dame de esa agua» (Jn 4,15).

¡Dichosos los que dialogan con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo a través del santo evangelio!

1.- SAN MATEO: Misión universal desde Galilea.

Tras algunos años (hacia el 80 d.C.), un autor a quien llamamos Mateo ha retomado en otra perspectiva la narración de Marcos, completándola con elementos del documento Q y con sus propias aportaciones, desde la nueva situación de su iglesia.

Mateo proviene de una comunidad judeocristiana que integra las tradiciones más helenistas de Marcos dentro de su propia iglesia (quizá en Antioquía), que aparece como auténtico Israel, donde se cumple de un modo universal (abierto a todos los pueblos) la verdadera Ley judía (cf. Mt 5–7). 

En contra del judaísmo nacional, el centro de unidad de la iglesia no está ya en Jerusalén, sino en la misión universal, iniciada simbólicamente en Galilea por los discípulos de Jesús, entre los cuales hay profetas, sabios y escribas (cf. Mt 23,34).  Es evidente que Mateo no negará la posibilidad de que el evangelio se dirija a Roma, como dice Pablo (cf. Rom 15,22-29) y la teología de Hechos. Pero su evangelio parece más preocupado por Oriente que por Roma (cf. Mt 2).

1.- ¿Quiés es San Mateo?: Según Marcos 2,14 y Lucas 5,27 le llaman Leví de Alfeo, pero él mismo se llama Mateo el publicano. “Pasando Jesús. Vio a un hombre sentado al telonio, de nombre Mateo, y le dijo: Sígueme. Y él, levantándose, le siguió” (Mt 9,9).

Residía en Cafarnaúm, donde ejercía de recaudador de impuestos para el rey Herodes Antipas. Fue uno de los doce apóstoles de Jesús y se supone que el mismo Jesús le impuso el nombre de Mateo, que significa “don del Señor”. La tradición dice que evangelizó Palestina y, más tarde, Arabia, Etiopía y Persia. 

Desde principios del siglo II se le considera autor del evangelio que lleva su nombre. Los títulos actuales de los evangelios son tardíos, de manera que, según la costumbre antigua, el verdadero título del evangelio son las primeras palabras: “Libro de la genealogía de Jesús, el Cristo, hijo de David, hijo de Abrahám” (Mt 1,1).

Este título recuerda los orígenes del pueblo de Israel (y del conjunto de la humanidad), que el Antiguo Testamento expone trazando las genealogías de sus personajes principales. José es el último personaje de la genealogía del evangelio de Mateo, cuya finalidad es establecer la unión de Jesús con David y Abraham. De este modo, Mateo situó a Jesús en la línea de la genealogía y las promesas que en Él se cumplirían.

2.- Origen del evangelio: La redacción del evangelio puede fijarse entre el 70 y el 80 d.C., una vez que han muerto los grandes líderes de la iglesia antigua (Pedro, Santiago, Pablo), en el momento en que resulta necesario fijar por escrito, de un modo normativo, los aspectos distintivos del camino de Jesús.      Mateo pertenece a una comunidad judeocristiana que ha querido interpretar el evangelio de la vida y muerte de Jesús en los moldes de la ley israelita. La comunidad de Mateo ha descubierto que el mensaje de Jesús, sin perder su base judía, debe abrirse a todos los pueblos, partiendo para ello de los mismos elementos básicos del mensaje de Jesús: gratuidad y amor al enemigo. Pedro, el primero de los Doce, es el garante de ese cambio y de esa interpretación universal del mensaje de Jesús. Mateo no ha querido dejar a un lado la Ley, sino interpretarla desde el mensaje universal de Jesús.

El evangelio de Mateo es el resultado de un proceso de interpretación del mensaje de Jesús que, partiendo de la ley judía,”habéis oído que se dijo a los antiguos….. pero yo os digo” (M 5,27.32; 38-39; 43-44), desemboca en una apertura universal, ratificada en Mt 28,16: “Id y enseñad a todas las gentes”. Esa universalidad implica una transformación de la ley nacional judía, en línea de gratuidad, de amor al enemigo y de superación de un tipo de juicio o ley del talión por el que cada uno recibe según sus obras.

El judaísmo concebía la Ley como expresión de un Dios que sanciona, controla y divide a los hombres; por el contrario, Jesús revela la verdad de Dios como gracia, abierta a todos los hombres. Guiados por el magisterio de Pedro, los cristianos de la iglesia de Mateo (¿en Antioquía?) han terminado elaborando y aceptando una visión universal de Jesús, que conserva muchos elementos judíos y que los actualiza abriéndolos a todos los pueblos. De esa manera se ha recreado el mensaje y vida de Jesús dentro de una comunidad judeocristiana que quiere ser fiel a sus raíces israelitas, aceptando y destacando, sin embargo, la universalidad del mensaje del Cristo.

3.- Mateo el evangelio del Emmanuel: La visión del “Dios con nosotros” atraviesa todo el evangelio, desde Mt 1,18-20, donde Jesús recibe el nombre de Emmanuel, hasta 28,16-60, donde el mismo Jesús habla como Emmanuel y promete “yo estaré con vosotros hasta el final de los tiempos”.

El evangelio de Mateo está concebido para presentar a Jesús como el Mesías esperado por los judíos. Después de haber mostrado, en el capítulo primero, que Jesús era descendiente del rey David (que era una de las profecías tradicionales sobre la procedencia del Mesías), ahora quiere probar su concepción virginal, según lo anunciado por el profeta Isaías en su vaticinio sobre el Emmanuel: “He aquí que una virgen está encinta y va a dar a luz un hijo y le llamará Emmanuel” (Is 7,14). Por eso, puntualiza los detalles de la concepción de Jesús de forma que quede claro que José, aunque estaba legalmente desposado(1) con María, no tuvo parte alguna en la concepción de Jesús.

Este es el texto del evangelio de San Mateo: “Su madre María estaba desposada con José; antes de que se unieran, se halló que ella había concebido del Espíritu Santo (2)José, su marido, como era justo y no quería difamarla, se propuso dejarla en secreto. Mientras él pensaba en esto, he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu mujer, porque lo concebido en ella es del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo; y le pondrás por nombre Jesús porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto aconteció para que se cumpliese lo que habló el Señor por medio del profeta, diciendo: He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y se le pondrá por nombre Emmanuel, que quiere decir: Dios con nosotros” (Mt 1,18-23).

El texto de Isaías 7, 14 sirve a Mateo para interpretar el nacimiento de Jesús. En Is 7,14 el profeta hablaba al rey de una virgen encinta y del nacimiento del Emmanuel. En Mt 1, 18-25 el ángel de Dios habla a José sobre María, su esposa, con la que aún no ha convivido, diciéndole que ha concebido un hijo del Espíritu Santo, añadiendo que él debe acoger a la madre y al niño, a quien debe poner el nombre de Jesús. En el versículo 23, el mismo evangelista afirma que se cumplió así la profecía del Emmanuel.

A.- María: Es la experiencia llena de esperanza que, abierta al Espíritu, rebasa el nivel israelita y, superando todas las divisiones, como madre del Emmanuel puede ser signo de Dios y representante del todos los pueblos.

María y el Emmanuel: El evangelio presenta a María como “parthenos”, virgen o doncella/joven, que puede dar a luz, conforme al sentido original de la palabra hebrea ‘almah de Is 7,14. La profecía del Emmanuel se ha cumplido en el nacimiento de Jesús, engendrado de María y acogido por José, que le pone un nombre y le introduce así dentro de la historia israelita.

Al llamarle Jesús, José impone al niño un título mesiánico, pues eso es lo que significa el término en hebreo: “Yehoshua”, Yahvé salva. Al identificar el sentido de Emmanuel (Dios con nosotros) con el de Jesús (Dios salva) pasamos del estar presente (Emmanuel) al de salvar (Jesús). Antes de hacer nada, Jesús es presencia universal de Dios, abierta a todos los hombres. La Ley de Israel  los divide y distingue conforme a su origen y a sus obras; mas, el nacimiento de Dios en Jesús los unifica.

Jesús, el Emmanuel, Dios con nosotros: El evangelio de Mateo presenta a Jesús en el momento de su concepción como “Dios con nosotros” (Emmanuel: Mt 1,23), y le presenta al final del evangelio como el Resucitado que envía a sus discípulos a predicar su mensaje a todas las naciones, diciéndoles: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta la consumación del tiempo” (Mt 28,19-20).

Jesús aparece de esa forma como “nueva Ley” o, quizá mejor, como presencia personal de Dios, manteniéndose así en la mejor línea de tradición del judaísmo, pero con una novedad básica: Él no es una entidad abstracta, sino un Hombre concreto, el Mesías, el Emmanuel, Dios con nosotros. Jesús no es solo un mensajero de Dios como fue Moisés, sino el mismo Dios que está presente en aquellos que predican su mensaje (Mt 28,20), que se reúnen en su nombre (Mt 18,19) o simplemente sufren necesidad sobre la tierra (Mt 25,31-46). Para interpretar rectamente el evangelio de Mateo, hay que precisar la función de este Jesús, que ocupa el lugar y cumple la función que antes realizaba la ley israelita.                                     Para Marcos y para Pablo el evangelio era ante todo “buena nueva”, “buena noticia”: la resurrección de Jesús, la pascua que se anuncia y anticipa en los creyentes.

Mateo ha interpretado el evangelio, además, como “buena doctrina”, como una enseñanza nueva y salvadora, que el Jesús pascual ofrece a todos los hombres, a través de sus discípulos (M 28,16-20), para que así puedan integrarse en la comunión universal de amor de la Iglesia (cf. Mt 18,16-20).                        Israel tenía su doctrina, la Ley, con sus preceptos y sus tradiciones que enmarcaban y determinaban la vida de los fieles. Jesús ha proclamado la Ley definitiva de la nueva humanidad, que se expresa y concreta en el Sermón de la Montaña (Mt 5-7).

B.- José: 

Es un israelita descendiente de David; pero, el mismo Dios por medio de un ángel le ha pedido que acoja a María y se ponga al servicio de la vida naciente, que abandone su actitud legalista y se ponga al servicio de la madre que ha concebido y dará a luz; que supere su Ley israelita y se abra al servicio de la vida que se expandirá a todas las naciones.

4.- Fuentes seguidas por Mateo: El evangelio de Marcos, que había escrito su evangelio esperando la próxima venida de Jesús, sirve a Mateo de esquema y fondo narrativo. Mateo es un judeocristiano culto, un escriba experto en las cosas del Reino que ha reescrito el evangelio de Marcos añadiendo elementos del documento Q, que conserva tradiciones de las palabras de Jesús y añadiendo, además, tradiciones provenientes de su propia comunidad jude ocristiana.

 La comunidad judeocristiana: Mateo ha escrito un evangelio en el que se conservan y expresan los diversos momentos de su redacción y las huellas de la comunidad judeocristiana representada en ellos. A esa etapa antigua de la comunidad pertenecen dos pasajes muy significativos. El primero está centrado en la Ley: “No penséis que he venido para abrogar la Ley o los Profetas. No he venido para abrogar, sino para cumplir. En verdad os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni siquiera una jota ni una tilde pasará de la Ley hasta que todo haya sido cumplido” (Mt 5,17-18). Los que hablan en este contexto, en nombre de Jesús, son sin duda unos judeocristianos contrarios a Pablo y a los cristianos helenistas. El segundo está centrado en la misión: “No vayáis por los caminos de los gentiles, ni entréis en las ciudades de los samaritanos; id, más bien, a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 10,5-6). La misión quedaba reducida al pueblo de Israel; este era el sentir de algunos judíos que pensaban que el mensaje de Jesús debía mantenerse en la nación judía hasta que llegara la vuelta del Mesías. Ambos pasajes han de interpretarse a la luz de un tercer texto: el mandato de Jesús que Mateo recoge al final de su evangelio: “Id y enseñad a todas las gentes” (Mt 28,19). Se trata de una misión “a todas las naciones” de la tierra, sin diferencia entre ellas. Hay una evolución evidente en la comunidad judeocristina a la que petenece Mateo. 

Un evangelio avalado por el recuerdo de Pedro: La evolución de los cristianos de la comunidad de Mateo y de él personalmente les lleva a asumir el dictamen de Pedro, partidario de una Iglesia que siendo judía se vuelve universal. Pedro defiende la misión de la Iglesia a todos los pueblos. 

Hubo un momento en que las diversas comunidades corrieron el riesgo de escindirse, por su forma de entender la ley judía. Fue necesaria la aportación de mediadores y, sobre todo, la de Pedro. Este tiempo difícil en la historia de la Iglesia está narrado detalladamente en el Libro de los Hechos 15, 1-33.                       San Mateo es patrono de los banqueros y su fiesta se celebra el 21 de Septiembre.

CITAS

(1)  Entre los judíos se distinguían los esponsales y el matrimonio propiamente dicho. Se consideraban desposados dos jóvenes cuando se comprometían oficial y mutuamente a un futuro matrimonio. Éste tenía lugar cuando el esposo recibía en su casa a la desposada.

(2) Aquí “Espíritu Santo” no se refiere a la tercera persona de la Santísima Trinidad, sino a la acción especialísima de Dios.


2.- SAN MARCOS: Primer evangelio

Es el primer evangelio conservado y conocido, pues del documento Q* (un conjunto de dichos sin relato biográfico sobre Jesús) solo podemos hacer suposiciones, a partir de los textos actuales de Mateo y Lucas. Es posible que Marcos empleara tradiciones e incluso algunos textos anteriores; pero lo cierto y novedoso es que, en el momento clave del gran cambio eclesial, hacia el 70 d.C., él asumió la teología básica de Pablo y la vinculó con los recuerdos de Jesús, escribiendo y publicando un evangelio que definirá desde entonces la visión del cristianismo.

Todo nos permite suponer que Marcos quiso rechazar las pretensiones de una iglesia judaizante (Santiago), centrada en los parientes de Jesús, que intentaba seguir centrando a los cristianos en Jerusalén, dentro de la observancia de unas leyes que son propias de los escribas judíos (cf. Mc 3,20-31). Podemos suponer también que Marcos se opuso a un tipo de lectura básicamente sapiencial y moralista del evangelio, tal como parece suponer una visión aislada del libro de los Dichos (Q).

1.- ¿Quién es San Marcos?: En los Hechos de los apóstoles, cuando Pedro es liberado de la cárcel “se fue a la casa de María, la madre de Juan, por sobrenombre Marcos” (Hch 12,12), en esta casa se reunían los cristianos para rezar. Aquí comenzó el contacto de Marcos con Pedro y seguramente con otros Apóstoles. Damos por cierto que este “Juan, llamado Marcos” es el mismo que nombra San Pablo en 2Tim 4,11 y Fil 1,24 y San Pedro en 1Pe 5,13, donde afectuosamente le llama “mi hijo”.

Cuando Jesús fue apresado en el Huerto de los Olivos, “le seguía un cierto joven envuelto en una sábana” (Mc 14,51). Es curioso que sólo este evangelista lo diga, por lo que algunos interpretan que el joven era Marcos. ¿Conoció Marcos a Jesús de Nazaret? Seguramente sí, dando por cierto que Marcos y el joven de la sábana son la misma persona.

Junto a Pablo y Bernabé: Marcos era también “primo hermano de Bernabé” (Col 4,10). En el primer viaje de Pablo y Bernabé, Juan Marcos les acompañó como auxiliar (Hch 13,5); pero, “cuando llegaron a Perge de Panfilia, Juan se apartó de ellos y volvió a Jerusalén” (Hch 13,13). Pablo y Bernabé permanecieron en Antioquía, enseñando y evangelizando y, pasados algunos días, Pablo decidió “visitar a los hermanos por las ciudades en las que habían evangelizado” (Hch 15, 36); Bernabé quería que les acompañe Marcos, pero Pablo se opuso porque no había ido antes con ellos. Pablo y Bernabé se separaron; Pablo llevó consigo a Silas y, por otro lado, Bernabé se embarcó hacia Chipre acompañado de Marcos.                                                                 Posteriormente recobró la confianza de Pablo, quien estando preso en Roma, escribió una carta a la colosenses en la que les pide que acojan a Marcos, que es su colaborador en el reino de Dios y que le es de gran consuelo (Col 4,10) Pablo en su segunda carta a Timoteo, le dice: “A Marcos tómale y tráele contigo, que me es muy útil para el ministerio” (2 Tim 4,11)

Compañero de Pedro: Marcos acompañó a Pedro cuando evangelizaba en Roma. Su relación fue tan cercana que le llamó “mi hijo” (1 Pe 5,13). En este tiempo Marcos aprendió de Pedro la mayoría de los detalles de la vida de Jesús que después escribió en su evangelio.

2.- El evangelio de Marcos: Marcos no fue discípulo directo de Jesús; pero, la tradición cristiana identifica a Marcos (primo hermano de Bernabé, colaborador de Pablo y campañero de Pedro en Roma) como el autor del evangelio que lleva su nombre. Esta tradición está sustentada en el obispo Papías de Hierápolis quien afirmó que “Marcos fue el intérprete de Pedro”. Este testimonio de Papías es conocido a través de Eusebio de Cesaréa, que escribió: “Marcos llegó a ser el intérprete de Pedro y escribió de manera exacta, pero no por orden, todo lo que recordaba de las cosas dichas y hechas por el Señor. Porque él no había oído al Señor ni había sido uno de sus seguidores, sinoque más tarde, como he dicho, fue seguidor de Pedro “ (3)

Esta es la tradición más temprana y auténtica que tenemos de los evangelios. Sea como fuere, el evangelio de Marcos se extendió muy pronto, tanto por su valor intrínseco como por el hecho de haber sido aceptado por Mateo y Lucas,

 ¿A qué fieles dirigió Marcos su evangelio?: Todo indica que sus destinatarios eran los cristianos de Roma, pues estaba preocupado por lo que estaban pasando los cristianos de la Urbe en aquellos días. Hay detalles que sugieren que los destinatarios no eran hebreos, sino gentiles convertidos .         En 7, 3-4 escribe: “Los fariseos y todos los judíos, si no se lavan cuidadosamente, apegados a la tradición de los ancianos, no comen; y de vuelta de la plaza, sino se asperjan, no comen; y otras muchas cosas que guardan por tradición: el lavado de las copas, de las vasijas y de las bandejas”.

Otro detalle es el uso de expresiones arameas con su traducción: En 3, 17: “Boanerges” (hijos del trueno). En 5, 41: “Talitha cumi” (niña, a ti te digo, levántate). En 7,34; “Efeta” (ábrete). En 15, 22: “Gólgota” (lugar de la calavera). En 15, 34: “Eloí, Eloí, lama sabachtaní?” (Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Datación del evangelio de Marcos: No con certeza absoluta, pero sí con bastante probabilidad, la fecha pudo ser a mediados o final de la década de los años 60 del primer siglo. Según San Ireneo, Marcos escribió su evangelio después de la muerte de Pedro, crucificado por orden del emperdor Nerón, después del incendio de Roma del año 64. Muchos exégetas opinan que el de Marcos fue el primer evangelio escrito, y que Mateo y Lucas le usaron como referencia cuando escribieron sus propios evangelios.

 Finalidad del evangelio: Todos lo evangelios comparten el propósito de poner por escrito la vida y enseñanzas de Jesús. Ya habían sido martirizados Santiago el Mayor y el diácomo San Esteban y, además, muchos de los testigos oculares de la vida, muerte y resurrección de Jesús iban muriendo, por lo que era necesario preservar su testimonio.                                                  En el caso concreto de Marcos, hay una segunda finalidad: aplicar la vida y enseñanzas de Jesús para apoyar a los cristianos de Roma en sus especiales circunstancias de persecución.

Al emperador Nerón, el cual reinó desde el año 54 al 68, no le gustaba que los cristianos no adorasen su imagen, él era “el señor y dios” al que debían adorar y no a Jesús que ellos proclamaban “su Dios y Señor”. Nerón desató una terrible persecución contra los cristianos a los que, además, acusó de haber provocado el incendio de Roma del año 64.

 4.- Origen del evangelio de Marcos: Tras la muerte de Pedro, Pablo y Santiago y la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70 d.C., las comunidades cristianas, para robustecer su identidad, profundizaron en la vida y en el mensaje de Jesús. Querían conocer lo mejor posible quién había sido Jesús, qué había hecho, por qué le habían condenado. En este proceso resultan fundamentales los testimonios de las comunidades de Galilea y Jerusalén que conservaron y transmitieron los recuerdos históricos de Jesús.                                                                  Marcos se sirvió para componer su evangelio de las tradiciones galileas sobre Jesús, de la predicación de Pedro en Roma cuando él le acompañaba y de la predicación pascual de Pablo; más tarde, Mateo y Lucas se servirán del evangelio de Marcos para escribir los suyos añadiendo sus propias aportaciones.     Se puede afirmar que el evangelio de Marcos ha sido y sigue siendo el escrito de mayor influencia del Nuevo Testamento: ha ratificado la importancia de la historia de Jesús (centrada en su muerte), ha destacado el papel de su palabra y el sentido de su vida (sirviendo así de base para los escritos de Lucas y Mateo), y ha desarrollado la teología de Pablo, recreándola desde la historia de Jesús que debe ser proclamada tras la pascua de Galilea.

  Los tiempos del evangelio de Marcos: 

 El principio: Comienza con dos profecías; una, del profeta Malaquías: “He aquí que envío delante de ti mi ángel que preparará tu camino” (4) y otra de Isaías: “Voz de quien grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos” (5).                          

Estas dos profecías aluden a la preparación de la llegada de Jesucristo hecha por Juan el Bautista bautizando en el río Jordán y “predicando el bautismo de penitencia para el perdón de los pecados” (Mc 1,4). Marcos nos sitúa así ante la palabra de Dios que prepara la llegada del Mesías.                                                La obra de Marcos hay que situarla al final de un proceso en cuatro tiempos distintos: 

1º Encarnación, nacimiento, predicación, pasión, muerte y resurrección de Jesús.

2º Predicación oral de los apóstoles dando testimonio de Jesús como testigos oculares.

3º Como fruto de la predicación de los apóstoles sobre las palabras y los hechos de Jesús surgen las tradiciones orales en las comunidades cristianas que van fundando.

4º Aparición de los evangelios escritos. 

Marcos es un cristiano que recoge las tradiciones en su propia comunidad y las elabora para dar una respuesta a los problemas que tenían las comunidades cristianas posiblemente en el entorno de Roma. 

Los cristianos romanos, tanto los procedentes del judaísmo (judeocristianos) como los gentiles convertidos, confesaban a Jesús como el Mesías, Señor e Hijo de Dios; pero, unos y otros tenían una visión errónea del Mesías. Los judeocristianos, como el pueblo judío en general, pensaban que el Mesías iba a ser descendiente del rey David, que iba a restaurar el trono real en Israel y convertir la nación en el reino de Dios en la tierra; los gentiles convertidos estaban en un ambiente dominado por el culto al emperador y caracterizado por el poder y la violencia, sufriendo en sus propias carnes la terrible persecución del emperador Nerón y no experimentaban el señorío del Mesías.       Marcos pretende corregir estas visiones erróneas y cambiarlas por el conocimiento auténtico de Jesús. Para la opinión pública romana la buena noticia era todo lo referente el emperador y a su imperio, fundado en el poder y la fuerza. Marcos contrapone otra concepción según la cual Jesús en persona es la buena noticia, Él es el Hijo de Dios, el Mesías que proclama y trae el reino de Dios. La actuación que compete el Hijo de Dios es la debilidad, no el triunfalismo. Su misión como Mesías es dar la vida para redimir a los demás.

 La meta: La meta del evangelio de Mateo es la pascua como presencia de Jesús resucitado. Al ser bautizado Jesús por Juan el Bautista en el Jordán, se escuchó una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el predilecto, en quien tengo mis complacencias” (Mc 1,11). Estas palabras aluden a Jesús resucitado presente en los que acogen su palabra y asumen la conversión mediante la aceptación del mensaje salvador de Jesús.                                 Jesús es el centro del evangelio, por eso Marcos narra la historia de su vida, como la revelación y presencia de Dios entre los hombres. El mismo Hijo de Dios se ha introducido en la historia de los hombres, viviendo entre ellos en pequeñez, para abrirles el camino del Reino, con su gesto de entrega hasta la muerte. La llamada de Jesús a su seguimiento indica una presencia activa y actual. En esta perspectiva, la pascua ya ha llegado, Jesús resucitado está presente en el interior de cada convertido. El mismo Hijo de Dios se ha introducido en la historia de los hombres, viviendo entre ellos, para abrirles el camino del Reino, con su gesto de entrega hasta la muerte.           Marcos es la historia pascual de Jesús, cuya vida aparece como buena nueva de Dios, pues eso es precisamente la encarnación histórica del Hijo de Dios, una buena nueva. El evangelio de Marcos no se centra en lo que djo Jesús, ni en lo que hará al final de los tiempos, sino en lo que había sido y era la historia de su vida, desde el bautismo a la muerte: una confesión y un testimonio de la presencia definitiva de Dios entre los hombres para ofrecerles su salvación.                                                                       No expone el proyecto de un hombre pasado, sino el evangelio o buena nueva de alguien que está vivo. Frente a las calamidades que los agoreros pronostican, el evangelio de Marcos es anuncio de la felicidad y promesa de Jesús, que suscita una esperanza y abre una experiencia profunda de Dios, en línea de felicidad y plenitud, de reconciliación y vida abierta a los hombres y mujeres porque Él ha resucitado.                                   Por haberlo puesto de relieve, su libro fue y sigue siendo un texto clave de la Escritura sagrada, como un manual donde se condensa la llamada y el seguimiento cristiano de las personas que quieren descubrir y asumir el sentido de la entrega de la vida en favor de los demás.                                                                      El libro de Marcos define la identidad de Jesús y la tarea de sus seguidores; indica el camino que los cristianos han de recorrer para conocer quién es Jesús y para dirigirse al Reino de Dios, que él ha proclamado y que se encarna en su persona.

 Muerte de Marcos: Marcos fue nombrado obispo de Alejandría de Egipto y, años más tarde, fue allí mismo martirizado por los paganos; le ataron una soga al cuello y le arrastraron por las calles. En el año 828, ante la amenaza de los árabes las reliquias atribuídas a San Marcos fueron llevadas por dos navegantes venecianos desde a Alejandría a Venecia. Se conservan en la Basílica de San Marcos que fue construída para tal efecto. Es venerado como santo por la Iglesia Católica, que celebra su fiesta el 25 de Abril, por la Ortodoxa y por la Copta.

CITAS

(3) Eusebio de Cesaréa, Historia Eclesiástica, libro 3, cap.39 secc 15.

(4) “He aquí que voy a enviar a mi mensajeo, que preparará el camino delante de mi”(Malaquías, 3,1)

(5) “Una voz grita: Abrid camino a Yavé en el desierto, enderezad en la estepa una calzada a vuestro Dios” (Is, 40,3) 

3.- SAN LUCAS: La historia de Pedro y Pablo.

Al mismo tiempo que Mateo, o quizá un poco más tarde, escribió Lucas su obra doble: el evangelio de su nombre, como biografía mesiánica de Jesús (en paralelo a Marcos y Mateo), y el libro de los Hechos, donde ofrece una visión unitaria y teológica de la historia de la Iglesia, centrada en la misericordia de Dios, que se expresa a través de la promesa y venida del Espíritu Santo (cf. Lc 24; Hch 1–2).                                                                             Lucas ha ofrecido así la primera historia teológica de la iglesia, entendida como expresión del evangelio de Jesús en una perspectiva abierta y dirigida por Pedro y por Pablo a todos los pueblos y, de un modo especial, al centro del Imperio que es Roma. Allí llega Pablo cautivo (Hechos 28), para anunciar el evangelio desde la misma cárcel. El evangelio se vuelve así palabra misionera universal.

1.- ¿Quién es San Lucas?: Nació en Antioquía de Siria, donde los seguidores de Jesús empezaron a llamarse “cristianos”, sus padres eran gentiles y él se convirtió a la fe alrededor del año 40 de nuestra era. Es el único escritor del Nuevo Testamento que no es israelita. No conoció a Jesús, igual que Pablo de Tarso. Por eso, tuvo que informarse de todo a través de los testigos oculares (Lc 1,2-3), los Apóstoles y la Virgen María, los discípulos y mujeres que habían acompañado al Señor.                                    Es el evangelista que más habla de la Virgen María y nos transmitió detalles de su vida que Ella “guardaba y meditaba en su corazón” (Lc 2,19). San Lucas acompañó en sus viajes a San Pablo, quien le llama “su colaborador” (Flm 24) y“médico amado” (Col 4,14), lo que nos indica que ésta era su profesión. Le acompañó hasta su muerte en Roma “sólo Lucas está conmigo” (2Tim 4,11). Después de la muerte de San Pablo, la tradición le ubica predicando el evangelio en Bitinia y Acaya.     El Evangelio de San Lucas es el más extenso de los cuatro Evangelios y el de expresión más culta y elegante, hace en perfecto griego un relato exacto, lleno de afecto y sentimiento. Escribe para los gentiles convertidos, resaltando el aspecto universal de la redención, Jesús dijo a los apóstoles: “predicad a todas las naciones, comenzando por Jerusalén” (Lc 24,47). San Lucas muestra una atención especial a los pobres, los pecadores y arrepentidos e insiste en la necesidad de la oración. Destaca la misericordia paternal de Dios en las parábolas de la oveja perdida, del buen samaritano y, sobre todo, en la del hijo pródigo.

Los Hechos de los Apóstoles son la continuación de su Evangelio. En los doce primeros capítulos narra lo que hicieron los Apóstoles, especialmente San Pedro, para establecer la fe en Cristo; casi la totalidad del resto lo dedica a los viajes de San Pablo como fiel colaborador y testigo de los mismos. La Iglesia Católica celebra su fiesta el 18 de Octubre.

2.- Evangelio: Hacia el año 90/95 d.C., un cristiano culto, de origen probablemente pagano, que había sido prosélito judío y conocía bien la Biblia griega (los LXX), quiso escribir la primera historia de Jesús y de su movimiento, siguiendo modelos cristianos y helenistas: “Muchos han intentado componer una diéguesis (relato) de las cosas que han sucedido entre nosotros, siguiendo lo que nos han transmitido los primeros testigos oculares, convertidos en servidores de la Palabra. Según eso, también yo, después de investigar todo con diligencia, desde los orígenes, he decidido escribírtelo con orden, ilustre Teófilo, para que compruebes la solidez de las enseñanzas que has recibido” (Lc 1,1-4).

 Un escritor de tradición: Le llamamos Lucas con la tradición, pero ignoramos su nombre y lugar de residencia. Escribió una obra en dos partes (Lc y Hch). Algunos dicen que lo hizo en Roma, porque allí culmina la segunda parte de su obra (Hechos); otros piensan que en Éfeso (que parece estar más vinculada a la tradición paulina que se desarrolla en las pastorales). Sea como fuere, su obra se sitúa en un lugar donde se reconocen y aceptan dos escritos cristianos anteriores (Marcos y Q), porque los utiliza como base de su obra.       Escribe porque se lo pide la Iglesia, que acogerá pronto su obra como propia. Conoce la Biblia (los LXX) y se ha informado, en lo posible, de los momentos principales de la vida de Jesús, dialogando probablemente con testigos y evangelistas anteriores (promotores del movimiento de Jesús), partiendo básicamente de los dos textos ya citados: 

(a) El documento Q*, que le sirve básicamente para recrear el mensaje de Jesús.                                                                                          (b) Del evangelio de Marcos toma básicamente el programa narrativo. En ese sentido su evangelio puede y debe compararse al de Mateo, que utiliza y recrea también los mismos textos anteriores (Mc y Q). Pero Mateo lo hace desde una tradición judeocristiana, más centrada en el cumplimiento mesiánico de la Ley judía. Lucas, en cambio, desde el fondo de la tradición  cristiano-helenista, para ofrecer así un evangelio más apropiado a los gentiles, añadiendo una serie de textos propios, tomados en parte de tradiciones judeocristianas anteriores, con una fuerte elaboración suya.

 División: Lucas toma sus motivos no solo de Mc y el Q, sino también de su propia fuente, pero su texto no es un simple mosaico, sino que forma una unidad literaria (narrativa) y teológica, de tal manera que cada uno de sus elementos ha de interpretarse desde el conjunto, como vienen destacando los investigadores. No escribe una narración a la que luego se le añaden algunas notas teológicas, sino que su misma estructura narrativa tiene ya un intenso carácter teológico.                            En un sentido general, podemos dividir el evangelio en cuatro partes, con un prólogo y un epílogo. Según el prólogo (Lc 1,1-4), Lucas dedica el libro, escrito con los métodos histórico-literarios de su tiempo, a un tal Teófilo (= amante de Dios), como una contribución al conocimiento del cristianismo, entendido como un fenómeno religioso y cultural. El epílogo (Lc 24,50-53) sirve para concluir el evangelio, cerrándolo en sí mismo (en el nacimiento, vida y pascua de Jesús): en contra del Jesús de Marcos y Mateo, que no se va, sino que queda en Galilea con los suyos, el Jesús de Lucas sube al cielo desde Jerusalén (como había anunciado en Lc 24,46-49), abriendo así un tema nuevo que será  desarrollado en Hechos. Entre ese prólogo y epílogo se sitúan sus cuatro partes:

3.- Presentación: Jesús, evangelio de Dios (Lc 1,5–4,13). Se divide en tres partes:                                                                                              1. Anuncio del nacimiento de Juan y Jesús (Lc 1,5-56).                 2. Dos nacimientos (Lc 1,57–2,52).                                                         3. Primera actividad de Juan y Jesús (Lc 3,1–4,13).

A diferencia de Marcos y en paralelo con Mateo (aunque de un modo distinto), Lucas empieza con un «evangelio de la infancia», situando a Jesús en el trasfondo de la esperanza de Israel, en paralelo con Juan Bautista. Jesús se entronca en la esperanza y profecía de Israel, aunque la desborda y culmina.       En el último apartado, sigue más de cerca a Marcos. El centro de esta sección lo forma la proclama del evangelio: «Os anuncio una buena noticia (evangelio) que será de gran gozo para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Señor» (Lc 2,10-11).                                                         Este «evangelio» o buena noticia sustituye a los «evangelios imperiales», en los que se anunciaba el nacimiento del nuevo emperador, como en la famosa Inscripción de Priene, del año 9 a.C., en la que se celebra el nacimiento de Augusto como comienzo de una nueva era de salvación.

Actividad en Galilea (Lc 4,14–9,50): Puede dividirse también en tres partes.                                                                                                     1. Manifestación y rechazo de Jesús (Lc 4,14–6,11).                          2. Enseñanzas y milagros (Lc 6,12–8,56).                                            3. Revelación a los discípulos (Lc 9,1-50).

Aquí aparece el mensaje básico de Jesús en Galilea, en línea profética, abierta al mesianismo. En la primera y última parte sigue más a Marcos. En la parte central está más cerca del Q. En los dos casos, el evangelio recoge las tradiciones de las iglesias y misión de Galilea. Todo el tema se presenta y centra en el «discurso de Nazaret» (Lc 4,16-30).

  Viaje a Jerusalén (Lc 9,51–19,27): Se divide igualmente en tres partes.                                                                                                             1. Seguimiento y confianza en el Padre (Lc 9,51–13,21).                  2. Comidas cristianas (Lc 13,22–17,10).                                                3. Llegada del Reino (Lc 17,11–19,28).

Esta sección comienza con una introducción solemne, que enmarca y sitúa todo lo que sigue: «Cuando llegó el tiempo en que había de ser recibido (ascendido), afirmó su rostro y comenzó a subir hacia Jerusalén» (cf. 9,51). Lucas introduce y reinterpreta aquí mucho material del «Q», pero no en forma de sabiduría desvinculada de la vida de Jesús, sino como expresión de un camino que conduce a Jerusalén (un nuevo Éxodo). Eso significa que el material Q (que podría convertirse en doctrina gnóstica) viene a entenderse y se entiende en el contexto de un camino mesiánico de entrega de la vida. Este es el centro del evangelio: la subida a Jerusalén, como cumplimiento de las promesas de Israel y como principio de un nuevo éxodo cristiano.

 Actividad en Jerusalén: Pasión y resurrección (Lc 19,28–24,49), con tres partes.                                                                                            1. Entrada en Jerusalén y controversias con los jefes de Israel (Lc 19,28–21,4). 2. Discurso escatológico (Lc 21,5-38).                     2. Juicio y muerte (Lc 22,1–23,56).                                                        3. Resurrección y apariciones de Jesús (Lc 24,1-49).

Lucas vuelve al esquema y los temas de Marcos, con cambios menores. También esta sección comienza con la «decisión» de culminar la subida a Jerusalén (19,28; retomando el motivo anterior de 9,51). Todo el mensaje y camino de Jesús en Galilea ha de entenderse desde su «oferta de salvación» en Jerusalén, en disputa con las autoridades de la ciudad. En ese contexto se sitúa el discurso escatológico, donde ya no es esencial la «prisa por la hora». En la historia de la pasión, intenta «disculpar» a Pilato, representante del Gobierno romano, cargando la responsabilidad en los «jerarcas judíos» (nunca en el pueblo de Israel, en cuanto tal).                                                                             Ofrece una catequesis de Pascua, con el relato de los discípulos de Emaús y la gran aparición/misión a todos los discípulos, en Jerusalén (no en Galilea, como en Mc 16,1-8 y en Mt 28,16-20).

4.- Teología básica: historia de la salvación.

Lucas define su teología en el prólogo: «He decidido escribir un relato de los acontecimientos que han venido a suceder entre nosotros..., a fin de que así reconozcas la firmeza de las doctrinas que has recibido» (Lc 1,1-4). ¿Qué acontecimientos? Las cosas que Jesús ha cumplido y enseñado, hasta su ascensión al cielo (Hch 1,1-2). Las otras cosas (los primeros pasos de la Iglesia) quedan para Hechos. Los acontecimientos de Jesús se han realizado, según Lucas, a la luz de todo el mundo (Hch 26,26). No son objeto de un mensaje intimista, propio de un libro de meditaciones, sino el tema de una historia que merece ser contada.                                                                                      Lucas parece ser el único escritor del Nuevo Testamento que escribe también para no creyentes, ofreciendo así su libro en el mercado abierto de su tiempo. Pero no abandona la tradición, sino al contrario: se apoya en otros libros y testigos de la Iglesia.De un modo especial (lo mismo que Mateo) asume dos «textos previos» (Mc y Q) que él ha querido precisar y completar y selecciona sus fuentes, pero lo hace de un modo dialogante, y así, a diferencia de Marcos y, quizá, en contra de Mateo, ha podido aceptar tradiciones de la iglesia de Jerusalén, vinculada a la figura de Santiago, al comienzo del evangelio y de Hechos (Lc 1–2; Hch 1–7).                                                                                              En esa línea, él ha visto a Jesús como punto de partida y centro de un profundo movimiento religioso que se va extendiendo por el mundo y que merece ser contado. Lucas puede realizar su cometido porque es un buen narrador con un buen argumento   (Jesús), y porque sabe exponerlo no solo en un plano kerigmático (Marcos) o catequético/eclesial (Mateo), sino en un plano histórico-literario, transmitiendo, al mismo tiempo, la fe de su Iglesia (¿Roma, Éfeso...?).                                                                  Con el paso de los años, la inquietud de aquellos cristianos que esperaban el fin del mundo y la venida inmediata de Jesús se ha ido transformando. Ciertamente, Lucas sabe que «Jesús vendrá», pero mientras tanto, él abre un largo tiempo de vida creyente para los cristianos. De esa forma el interés del mensaje de Jesús (el pasado de su historia) se desplaza hacia la iglesia (Hechos); pero la misma identidad de la iglesia exige que quede clara la historia de Jesús (evangelio de Lucas).

5.- Temas abiertos:Lucas parece el único escritor del Nuevo Testamento que (dirigiéndose a la iglesia) escribe también para no creyentes, editando su libro para el mercado cultural y religioso de su tiempo. Marcos (y en un sentido también Mateo) estaba más interesado en la «venida» final de Jesús. Ciertamente, Lucas sabe que «Jesús vendrá», pero mientras vuelve en su gloria, se abre un largo tiempo de vida creyente. De esa forma distingue tres «tiempos»: época de Israel (Antiguo Testamento), vida de Jesús (Lc) y tiempo de la Iglesia (Hch).

  Una historia acabada: Según Lucas, la historia de Jesús en el mundo ha terminado (se ha cerrado en la Ascensión: Lc 24; Hch 1). En esa línea, podríamos decir que su Evangelio (Lc), siendo en un sentido autónomo y muy valioso, puede interpretarse, en otro, como «prólogo» del libro de los Hechos.                                       El pasado de la historia de Jesús, que termina en la Ascensión, se vuelve principio de vida para la Iglesia. Jesús ha sido recibido en la Gloria de Dios Padre y, desde allí, guía el camino de la Iglesia, por medio del Espíritu Santo.

 Del Jesús histórico al Cristo universal: El Jesús de la historia (que ha vivido y muerto) es principio y modelo, impulso y misterio del camino (¡toda la vida de Jesús es camino!; cf. Lc 9–18) que lleva a los hombres al cumplimiento de la esperanza que se expresa en forma de resurrección. La meta de la historia se expresa y concreta según eso en la victoria de Jesús, que está ya sentado a la derecha del Padre y que atrae a todos, desde su altura (cf. buen ladrón: Lc 23,43, y visión de Esteban: Hch 7,56-60).

 Jesús y la Iglesia: El evangelio de Jesús resulta inseparable del despliegue de la Iglesia, como muestra el hecho de que Lc y Hch forman dos partes de un mismo «libro cristiano», el libro de la historia y vida de los seguidores de Jesús.

6.- Obra doble

Con el nombre de Lucas aludimos, de modo general, a un autor que ha escrito la primera historia sobre los principios del cristianismo. Su obra, que en principio tenía carácter unitario, aunque constaba de dos tomos, ha sido luego dividida, de manera que en las ediciones oficiales de la Biblia aparece en dos lugares:                                                                                                         (a) El Evangelio de Lucas, queda tras el de Mateo y Marcos, formando parte de los cuatro evangelios canónicos.                   

(b) Los Hechos de los Apóstoles vienen después de los evangelios, como si fueran una introducción a la cartas de Pablo y al resto de escritos del Nuevo Testamento.                                   Tomando su obra en unidad, debemos afirmar que Lucas ha escrito un tratado (logos: Hch 1,1), una obra literaria sobre el tema (logos: Lc 1,2) de Jesús y sus discípulos. Conserva la tensión kerigmática de Mc y las enseñanzas principales de Mt (tomadas de Q), pero reelabora la figura de Jesús de una manera poderosa, dentro de un esquema de conjunto en el que quiere ofrecer al lector culto (incluso no cristiano) una visión general del movimiento cristiano.                                                            Se trata de una obra paradójica. Por un lado quiere ser irénica, suavizando aquellos rasgos de Jesús y de sus discípulos que pueden parecer más duros para un lector de origen pagano y de cultura griega. Pero, desde la distancia que ofrece la lejanía literaria y teológica (no está implicado en la disputa inmediata sobre el sentido de la resurrección, como Mc, ni sobre la ley judía, como Mt), Lucas puede recuperar en plano histórico y narrativo elementos que Mc y Mt habían relegado, especialmente en referencia al judaísmo. Por otra parte, Lucas es un buen narrador y ha escrito un libro paradójico, hábil en datos y omisiones, irénico en conjunto, pero radical e intenso en la valoración del movimiento de Jesús.                          Ciertamente, quiere pactar con Roma mostrando que Jesús y su Iglesia no son contrarias al Imperio; pero, al mismo tiempo, conserva la radicalidad mesiánica del Evangelio, la novedad más honda del mensaje de Jesús en relación a la pobreza y la  superación de la violencia. Lucas ofrece con su obra doble, evangelio y Hechos, el primer tratado que existe sobre el cristianismo.

1.- Tiempo de Israel, tiempo de Jesús: Su obra es relativamente larga y está bien articulada. En el fondo de ella pueden distinguirse los siguientes momentos, presentados de un modo histórico o temporal.                                                             (A) Hay un tiempo y verdad de Israel, definido por las promesas anteriores (del Antiguo Testamento) y por la piedad sincera de sus protagonistas, que aparecen sobre todo en Lc 1–2 y Hch 1–5. El ambiente y tono de esos capítulos es totalmente israelita.  Como israelita nace Jesús (Lc 1–2) y dentro de Israel, en el contexto del templo de Jerusalén, nace la Iglesia. Por eso, frente a Mc 16 y Mt 28, que sitúan el primer mensaje de la Iglesia en Galilea (consumando de esa forma la ruptura de los cristianos frente a Jerusalén), Lucas funda la venida de Jesús (cf. Lc 1–2) y el origen de la Iglesia (cf. Hch 1–5) en el entorno del templo. Su cristología se integra, por tanto, en la historia de la profecía y esperanza israelita.

(B) Hay un tiempo de Jesús, bien delimitado, entre nacimiento y ascensión. Ese es el tiempo del que trata el 9,5; 16,7), pero, en un sentido estricto, él ha llegado con la pascua al final de su camino histórico, de forma que ahora lo hallamos sentado a la derecha de Dios, desde donde envía su Espíritu (Hch 2,32-33), para fundar así su Iglesia, hasta el momento en que vuelva otra vez Jesús. Lucas, en cambio, ha separado esos tiempos al escribir su libro en dos partes y más los han separado aún los editores del Nuevo Testamento, al colocar cada parte de la obra de Lucas en un lugar separado, como libros distintos: un evangelio de Jesús y un libro de los Hechos.

2.- Tiempo de la Iglesia: La novedad de Lucas consiste en fijar y desarrollar el tiempo de la Iglesia tras la ascensión o subida de Jesús (Lc 24,50-53; Hch 1,9-11). Este es el tema del libro de los Hechos. La misma ausencia de Jesús se convierte para Lucas en principio teológico: Jesús ha superado ya su antigua forma de existencia, para enviar su Espíritu (cf. Lc 24,49; Hch 2,33), iniciando el tiempo y camino de la Iglesia, que Lucas vincula a la experiencia de Pentecostés (Hch 2,1-13). Tenemos, por tanto, tres tiempos y dos libros: del primer tiempo trata todo el  Antiguo Testamento; de los otros dos tratan los dos libros de Lucas. Esta visión, de tipo más lineal y pedagógico que la de Pablo, Marcos o Mateo, ha podido convertirse en presupuesto normal de la visión cristiana de la salvación y constituye, a mi entender, el logro histórico-teológico más hondo de Lucas.        Él podía haber escrito quizá otro tipo de trabajo: un ensayo moral sobre la novedad cristiana, un sermón pascual... Pero ha preferido trazar una historia seguida y unitaria donde el misterio de Dios se revela a lo largo del mismo despliegue de la salvación humana. Lucas ha integrado así la cristología (narración sobre Jesús: Lc) en un contexto teológico ternario, por no decir trinitario. No ha tenido que escribir una primera obra sobre Dios (historia israelita), porque la encuentra escrita y la emplea como fuente de inspiración y punto de partida: es la Biblia que asume en su versión de los LXX, sirviéndose de ella para escribir los comienzos de la historia de Jesús y de la Iglesia (Lc 1–2; Hch 1–5). Su cristología propiamente dicha (Lc) se encuentra así precedida por la teología (Biblia israelita) y seguida por la pneumatología, que se expresa en el mismo despliegue de la Iglesia, que aparece así como expresión y presencia de un Jesús glorificado (Hch).

7.- El evangelio de Lucas.

Significativamente, Lc no ha empleado la palabra evangelio en su libro sobre Jesús, sino que la emplea solo en contexto de Iglesia (en Hch 15,7; 20,24). Eso no es casualidad, sino que responde a su visión de historiador de los orígenes del cristianismo y a su propia forma de entender su trabajo literario, que él ha introducido de este forma: «Ya muchos han intentado componer un relato de las cosas que han  sucedido entre nosotros, siguiendo lo que nos han transmitido los primeros testigos oculares, convertidos en servidores de la Palabra. Según eso, también yo, después de investigar todo con diligencia, desde los orígenes, he decidido escribírtelo con orden, ilustre Teófilo, para que compruebes la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1,1-4).

Lucas conoce la existencia de diversos relatos que narran dentro de la Iglesia las cosas que en ella han sucedido desde los mismos orígenes del acontecimiento de Jesús. No rechaza la validez de esos relatos, pero piensa que deben completarse, para expresar así mejor la coherencia (solidez) de la enseñanza cristiana. Los relatos anteriores pueden contener buenas historias y enseñanzas de Jesús, pero a su juicio carecen de un orden de conjunto. Por eso, Lucas ha querido escribir un nuevo relato donde presenta de forma ordenada los acontecimientos y enseñanzas de Jesús, tal como han sido testificados y transmitidos por los primeros misioneros. Según eso, él no inventa, transmite; no crea, organiza y unifica lo transmitido. De esa forma, su relato puede presentarse como un logos (cf. Hch 1,1), una especie de tratado en dos volúmenes o tomos.

Lucas no escribe un eu-angelion como Marcos, ni tampoco un libro de genealogía de Jesús como Mateo, sino un relato-tratado de los acontecimientos y palabras relativas a Jesús y a los principios de la Iglesia, en dos volúmenes. Solo cuando la Iglesia posterior, a finales del siglo II, ha separado las dos partes, la primera ha podido presentarse como unidad en sí misma, siendo interpretada a modo de evangelio y colocada al lado de los otros evangelios (Mc, Mt, Jn).

8.- Jesús y el evangelio.

Más que contenido del evangelio, el Jesús de Lucas aparece como evangelizador. Ciertamente, Lucas conoce el sentido que la palabra evangelio ha tenido dentro de la Iglesia. Por eso en Hch 15,7 ha presentado a Pedro como el primero en extender a los gentiles «la palabra del evangelio» (que aquí significa buena nueva universal del Cristo). Pablo, por su parte, en el sermón de su solemne despedida, aparece como aquel que ha dado siempre testimonio «del evangelio de la gracia» (Hch 20,24).     El Evangelio pertenece, por tanto, al misterio de la predicación cristiana, asumida por los dos grandes fundadores de la Iglesia, como palabra pascual de salvación. Lógicamente, como buen historiador, Lucas no ha podido presentar a Jesús hablando de un evangelio, pues esa palabra solo adquirirá sentido tras la pascua. En esa línea, el mismo verbo evangelizar y el contenido del evangelio han recibido en Lucas un sentido más extenso, que se abre ya a la Iglesia.                                                   Ciertamente, siendo fiel a sus propias tradiciones, Lc conserva el verbo eu-angelidsein en los lugares clave de la historia de Jesús (Lc 4,18; 7,22; quizá también 16,16). Pero en otros lugares ese verbo tiende a perder su fuerza mesiánica original  (procedente del Segundo Isaías) para tomar el sentido más genérico de anuncio-anunciar.                                                           En esta perspectiva es importante el pasaje en que Lucas elabora un «evangelio del nacimiento», porque nos sitúa en la línea de lo que podríamos llamar el evangelio helenista del culto al emperador, a que alude una inscripción de Priene. El ángel del nacimiento dice a los pastores: «No temáis, os evangelizo una alegría grande… hoy ha nacido para vosotros el salvador [sôtêr], que es el Cristo, Kyrios, en la ciudad de David» (Lc 2,11).

Este sería para Lucas el evangelio estrictamente dicho: el anuncio de la buena noticia del nacimiento del salvador, noticia donde viene a encontrar su centro y plenitud toda la historia de los hombres.

4.- SAN JUAN: La tradición del discípulo amado.

Pasados unos años, en torno al 100-110 d.C., se integró en la Gran Iglesia una comunidad de cristianos, de origen judío, que habían empezado a desarrollarse primero en Jerusalén y después (quizá tras la guerra del 67-70 d.C.) en alguna zona del entorno de Siria-Transjordania o Asia Menor.                               Para ellos, la autoridad máxima de la Iglesia había sido el Espíritu Santo, que Jesús les había prometido y ofrecido, y partiendo de ella desarrollaron una intensa fraternidad, de tipo carismático, sin estructuras de organización exterior. Pasados algunos años, esos carismáticos del amor, impulsados por un personaje misterioso, que se presenta a sí mismo como el discípulo amado de Jesús, corrieron el riesgo de perder su identidad, entre disputas internas y tensiones de tipo gnóstico. En ese momento, algunos miembros de la comunidad se integraron en la Gran Iglesia, en un entorno donde la memoria y autoridad de Pedro, no la de Pablo u otro misionero, aparecía como garantía de unidad eclesial.

1.- ¿Quién es San Juan?: Zebedeo y Salomé tienen dos hijos: Juan y Santiago (el Mayor); naturales probablemente de Betsaida, como los hermanos Simón Pedro y Andrés. Estamos ante dos pares de hermanos (Mt 4, 18-22), todos son pescadores y socios (Lc 5,10). Andrés y Juan eran discípulos de Juan Bautista (Jn 1,35). Ambas parejas de hermanos fueron llamadas para seguir a Jesús (Mt 4, 18-22) y los cuatro fueron sus discípulos y, como tales, asistierom a la boda de Caná y  presenciaron el primer milagro de Jesús. Poco después fueron llamados definitivamente por Cristo al apostolado; a los hermanos Juan y Santiago les dio el nombre de Boanerges, hijos del trueno (Mc 3,17), por su carácter impulsivo.                                El núcleo íntimo de Jesús: Lo forman Pedro, Santiago y Juan. Los tres asisten a la transfiguración de Jesús: “Tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan…. Y se transfiguró ante ellos” (Mc 9,2). Juan y Pedro son los encargados de preparar la Pascua (Lc 22,8). En la última cena, Juan “estaba recostado en el pecho del Señor” (Jn 13,23). Asisten a la agonía de Jesús: “ Tomando consigo a Pedro, a Santiago y a Juan...(Mc 14, 33-34). Juan estuvo al lado de María junto a la cruz, “Jesús, viendo a su Madre y al dicípulo a quien amaba, que estaba allí, dijo a su Madre: Mujer, he ahí a tu hijo. Luego dijo al discípulo: He ahí a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (6) (Jn 19,26-27).                                                                                           Juan corrió delante de Pedro para visitar el sepulcro de Jesús: “{María Magdalena} corrió y vino a Simón Pedro y al otro  discípulo a quien amaba Jesús, y les dijo: Han tomado al Señor del monumento y no sabemos dónde le han puesto. Pedro y el otro discípulo fueron al manumento. Ambos corrían; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero… pero no entró”(Jn 20, 2-5). Juan fue el primero que reconoció a Jesús junto al lago de Tiberiades (Jn 21,7). Después de Pentecostés, aparece junto a Pedro ejerciendo el ministerio en Jerusalén (Hch 3,1-4.11) y en Samaría (Hch 8,14).                                  El rey Herodes Agripa I, (7) antes de la Pascua del año 44, según los Hechos de los Apóstoles (12,2), “dio muerte a Santiago, hermano de Juan, por la espada”. Esa persecución contra los cristianos provocó la dispersión momentánea de los Apóstoles fuera de Palestina; el apóstol San Juan y la Virgen María se establecieron en Éfeso, según lo confirma una tradición que se remonta al siglo II, Meryem Ana es la casa de la Virgen María en Éfeso. Con ocasión del Concilio de Jerusalén, celebrado el año 49, el Apóstol San Juan regresó de Éfeso a Jerusalén, acompañado de la Virgen María. Durante los años posteriores al Concilio de Jerusalén, la tradición ubica a San Juan ejerciendo su ministerio en Asia Menor.

 San Juan en Éfeso: A fines del siglo I, Éfeso era la tercera o cuarta metrópoli del Imperio Romano, después de Roma, Alejandría, y quizá Antioquía. San Ireneo de Lyón, testigo fiel de la tradición, escribió que “Juan redactó su evangelio cuando residía en Éfeso” (8). “La Iglesia de Éfeso, fundada por Pablo, y en la cual  Juan permaneció hasta los tiempos de Trajano, es también testigo de la Tradición apostólica verdadera” (9) “ Todos los presbíteros de Asia que, viviendo en torno a Juan, de él escucharon (el evangelio), puesto que vivió con ellos hasta el tiempo de Trajano. Algunos de ellos vieron no solo a Juan, sino también a otros Apóstoles, a quienes han escuchado decir lo mismo.» (10)                                                                                             Según las fuentes cristianas de los siglos II y III, el Apóstol Juan habría sido la gran autoridad cristiana de Asia hacia fines del siglo I, hasta tal punto que las iglesias de Asia consideran a Juan como «su propio Apóstol»

2.- Evangelio de Juan: El evangelio de Juan (Jn), con las tres cartas que llevan su nombre (1, 2 y 3 Jn), fueros escritos cuando Juan estaba en Asia Menor y constituyen una riqueza fundamental del Nuevo Testamento. Se ha dicho que el autor de ese evangelio ha sido Juan Zebedeo,  uno de los doce seguidores de Jesús (cf. Mc 1,19; 3,17; tc.), que, unido a Pedro, tuvo una función muy importante en el comienzo de la Iglesia, de tal forma que Pablo le presenta como una de sus columna: “Santiago, Cefas y Juan pasan por ser las columnas {de la Iglesia}” (Gal 2,9).                                                                                      En esa línea, la tradición ha identificado a Juan Zebedeo con «el Discípulo amado» (Jn 19,26-27; 20,2-8; 21,7-24).


 Un evangelio nuevo: El análisis interno prueba que el autor es judío, pues conoce y explica las costumbres judaicas (Jn 7,2), los nombres arameos (Jn 19,13) y la topografía de Palestina. Por otra parte, conoce los hechos que narra como testigo ocular inmediato, da detalles minuciosos de algunos hechos; conoce bien a los demás apóstoles y está familiarizado con ellos.           Es uno de los tres íntimos del Maestro: Pedro, Santiago el Mayor y Juan. El evangelio parece escrito para gentes no judaicas, ya que explica las costumbres y la topografía palestinense.                                                                                                En cuanto a la fecha de su composición, se supone que es de finales del siglo primero. Su texto recoge y expresa la misma tradición de los sinópticos (Mc, Mt, Lc). Así lo muestran no solo los relatos de la pasión-muerte, sino todo el conjunto de los signos (milagros) y discursos que van siendo ocasión para que Jesús (el mismo protagonista de los sinópticos) se pueda expresar y desvelar en forma nueva como revelador pleno de Dios.                                                                                                        Los signos y discursos de Jesús en Juan son, por una parte, nuevos, y nos llevan a un espacio espiritual muy diferente, marcado por la búsqueda de una mayor profundidad experiencial. Pero, al mismo tiempo, provienen de la tradición antigua de la Iglesia de tal forma que se pueden derivar y de algún modo derivan del mismo material de los sinópticos. Pues bien, la Iglesia lo ha unido a los sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) formando con ellos el evangelio cuadriforme. Es evangelio porque acepta la carne de Jesús. Así lo indica la palabra más importante de su prólogo: «el Verbo/Logos se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). El Verbo de Dios no es una idea, un principio intemporal y superior con cuyo mito pudieran construirse tratados filosóficos diversos. Para Juan y para la Iglesia, el Verbo es Jesucristo, aquel que ha sido rechazado, aquel que ha muerto en cruz a favor del mensaje del Reino. Pues bien, esa encarnación del Verbo se halla vinculada a eso que pudiéramos llamar el misterio de la humanización eclesial. El riesgo estaba en buscar un tipo de comunidad cristiana donde solo importa la unidad espiritual entre sus miembros.                                                                   Pues bien, sin perder su dimensión espiritual, el evangelio acepta el valor y la necesidad de la iglesia concreta de Pedro en la que caben grupos distintos de cristianos, como iglesia bien visible, organizada. En esa línea, el capítulo final de Juan (Jn 21) es la expresión de una especie de pacto entre la Iglesia del discípulo amado y la Iglesia de Pedro, que se aceptan y reconocen mutuamente.                                                                          Es un evangelio espiritual, es decir, intimista, centrado en la experiencia interior más que en la acción social, en la libertad de la fe más que en la organización de la Iglesia. La tradición de Jesús, vivida en comunidades de intensa vida orante, se ha mostrado capaz de poner en movimiento unas energías creadoras muy intensas, un gran movimiento de hondura espiritual.                                                                                                     En ese contexto, los temas que en otros grupos resultaban centrales acaban siendo aquí muy secundarios: circuncisión o no circuncisión, leyes de alimentos, estructuras sociales... Un grupo de cristianos, reunidos en torno a un personaje carismático al que llaman «discípulo que Jesús amaba», han ido desplegando una experiencia clave de vida espiritual y de misterio, que ellos expresan en forma demeditación sobre Jesús, escribiendo de esa forma su evangelio, en claves simbólicas, intimistas, universales.

 Tradiciones y elaboración: En su forma actual, el evangelio de Juan (EvJn) es un texto muy elaborado y teológico, donde Jesús aparece como un «yo divino» (Logos) que se revela y actúa en el mundo. Pero en su fondo conserva tradiciones antiguas, que pueden ser históricamente fiables. Con ellas, y con la propia experiencia de su comunidad (del Discípulo amado), el evangelio de Juan ofrece uno de los textos más apasionantes no solo del cristianismo, sino de la historia de la humanidad. Tradición.        El EvJn recoge y recrea el recuerdo de las relaciones de Jesús con Juan Bautista (Jn1,1-51; 3,22-27; 4,1), lo mismo que una serie de recuerdos de Jerusalén y Judea, que aparecen más destacados que en los sinópticos, con insistencia en las fiestas judías, y en un relato de juicio y muerte de Jesús (Jn 18–19), muy cercano al de Mc, de manera que puede suponerse que había una antigua tradición que ha desembocado en ambos.               En ese contexto debemos recordar también los siete «milagros», que el EvJn ha podido tomar, al menos en parte, de un posible texto anterior, para reelaborarlos de modo teológico y catequético: bodas de Caná (Jn 2,1-11); el hijo del régulo (4,46-54); el paralítico de Betesda (5,1-15); la multiplicación de los panes (6,1-4); el camino sobre las aguas (6,16-22); la curación del ciego de Siloé (9,2-7) y la resurrección de Lázaro (11,32-45) (en otro contexto se sitúa el «milagro» pascual de 21,1-8: pesca milagrosa).

 Novedad: Desligándose de los grupos que han llevado a la guerra del 67-73 d.C., el autor (autores) de EvJn desarrolla una intensa visión sapiencial (mística) de Jesús, apoyándose en la tradición del «discípulo amado». Entre los elementos de esa ruptura han de citarse:                                                                            (a) Una búsqueda de interioridad y libertad. Jesús aparece como signo y principio de un camino de conocimiento personal, que nos introduce en lo divino.                                                              (b) El simbolismo sacramental: Juan reelabora la experiencia judía y cristiana de los sacrificios-sacramentos en línea de iluminación interior.                                                                                   (c) Una cristología alta: frente a la identificación política de Jesús (en la línea de la guerra del 76-73), EvJn le presenta como presencia divina. Hacia el 90-100 d.C., un redactor retoca y fija unitariamente el texto, al que se añadirán finalmente algunos pasajes (como Jn 21), en la línea de la tradición de Pedro, para que el evangelio sea admitido en la Gran Iglesia.

3.- San Juan y el emperador Diocleciano

Frente a la intolerancia religiosa del emperador que se hacía llamar “Domiciano señor y dios” (Domicianus dominus et deus), surgió en Éfeso San Juan que escribió en el Apocalipsis 1,8: «Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor» (Εγω ειμαι το Α και το Ω, αρχη και τελος, λεγει ο Κυριος). El emperador no pudo soportarlo y condenó a San Juan a morir en una caldera de aceite hirviendo. Juan salió ileso y Domiciano lo atribuyó a una especie de magia y, no atreviéndose a condenarle de nuevo, lo desterró a la isla de Patmos.

4.- Testimonios del martirio de San Juan

Tertuliano en su De praescriptione haereticorum XXXVI, proporciona los datos reseñados más arriba. El El Vetus martyrologium romanum aporta algunos detalles referidos a San Juan:                                                                                                       a) «...qui, ab Epheso, jussu Domitiani, vinctus Romam est perductus, et, judicante Senatu, ante eamdem portam in olei ferventis dolium missus, exivit inde purior et vegetior quam intravit.» ("… quien fue llevado atado desde Éfeso a Roma, por orden de Domiciano, y habiéndolo juzgado el Senado, ante la misma puerta, fue metido en una caldera de aceite hirviendo de la que salió más puro y vigoroso de lo que había entrado.” (11)                                                                                                   b) “... qui, post Evangelii scriptionem, post exsilii relegationem et Apocalypsim divinam, usque ad Trajani Principis tempora perseverans, totius Asiae fundavit rexitque Ecclesias, ac tandem, confectus senio, sexagesimo octavo post passionem Domini anno mortuus est, et juxta eamdem urbem sepultus.» (“… quien, después de la redacción del Evangelio y del Apocalipsis, después de la vuelta del destierro, continuando hasta la época del emperador Trajano, fundó y gobernó las iglesias de toda Asia, y finalmente, en una edad avanzada, murió en el año sesenta y ocho después de la Pasión del Señor, y fue sepultado cerca de la misma ciudad” (12).


CITAS

6 Es de suponer . que la Virgen María vivió con San Juan y donde él moraba, moraba Ella.

7 Este Herodes es hijo de Aristóbulo y nieto de Herodes el Grande: falleció después de la Pascua del año 44.

8  Ireneo de Lyon, Adversus haereses, Libro III,1,1.

9 Idem. Libro III.3,4.

10 Idem. Libro II, 22,5.

11 La traducción es de j.j.s.

12 Idem.