El “hombre” es el único ser que es dueño de sus decisiones
El “hombre”puede elegir y tomar sus decisiones personales porque dispone de los medios naturales necesarios y suficientes para ello.Leemos en el libro del Eclesiástico que Dios quiso dejar al “hombre en manos de su propia decisión” (Eclo 15,14), es decir, le dotó de liberta A veces, se verá coaccionado y hasta forzado a obrar en contra de su voluntad, aunque, en su interior permanezca firme la decisión adoptada, porque goza de inteligencia y de voluntad y en su corazón lleva impresa la Ley Natural que le indica lo que es bueno y lo que es malo. ¿De dónde proviene esta percepción de la diferencia entre el bien y el mal? En realidad estamos programados por Dios con una ley moral interna. En todos los continentes y países, razas y pueblos, religiones y credos, han existido y existen personas buenas porque sus obras son buenas y personas malas porque sus obras son malas. Hablando de árboles frutales, leemos en el evangelio de San Mateo que “por sus frutos los conoceréis; todo árbol bueno da frutos buenos y todo árbol malo da frutos malos” (Mt 7,16-17) Trasladado esto a los “hombres”, diríamos que el fruto del ser humano son sus obras y tal como sean éstas, el “hombre” es bueno o malo. Es el fruto, dulce o amargo, de la libre condición humana.
El bien y el mal no son patrimonio de nadie; todos los seres humanos, en cualquier momento y lugar, podemos ser autores de acciones que implican el bien o el mal, hacia nosotros mismos, hacia nuestros semejantes, hacia la Naturaleza o hacia Dios. Las obras buenas agradan a Dios y le desagradan las malas, y es indiferente que sus autores sean creyentes o no. Creyentes y no creyentes disponemos de la Ley Natural inscrita en nuestros corazones; por ella sabemos lo que está bien y lo que está mal y podemos elegir. Los creyentes, además de la Ley Natural, tenemos la Ley religiosa positiva, que ilumina, aclara y concreta a la natural. En este sentido somos unos privilegiados; no por nuestros méritos sino porque hemos recibido de Dios el don gratuito de la fe.
Dios es Padre de todos los “hombres” y a todos ofrece sus dones; pero, en uso de su libertad, el “hombre” ignora, rechaza o acepta el don de Dios. La libertad no es un valor absoluto del “hombre”; es un grave error usarla para hacer el mal. Toda elección tendrá sus propias consecuencias.
El “hombre” tiene derecho a la libertad religiosa: En virtud de este derecho, fundado en la dignidad de la persona humana, “nadie puede ser coaccionado en materia religiosa por personas particulares, grupos sociales o poderes públicos; a nadie se le puede obligar a obrar en contra de su conciencia, ni impedir que actúe conforme a ella, en privado y en público” (88)
El “hombre” tiene la obligación moral de buscar la verdad: Conforme a su dignidad de persona dotada de inteligencia y voluntad libre, tiene la obligación moral de buscar la verdad en general y, en particular, la verdad religiosa, adherirse a la verdad conocida y ordenar su vida según las exigencias de la verdad.”Por tanto, cada cual tiene la obligación, y por consiguiente tambiénm el derecho, de buscar la verdad en materia religiosa, a fin de que, utilizando los medios adecuados, llegue a formarse rectos y verdaderos juicios de conciencia. La búsqueda de la verdad debe hacerse… mediante la libre investigación, sirviéndose del magisterio o de la educación, de la comunicación y del diálogo, mediante los cuales unos exponen a otros la verdad que han encontrado o creen haber encontrado para así ayudarse mutuamente en la investigación de la verdad, y una vez conocida ésta, hay que adherirse a ella firmemente son asentimiento personal” (89)
El “hombre” decide su camino respecto a Dios: Tiene tres alternativas: ignorarlo, rechazarlo o aceptarlo.
IGNORAR A DIOS
La vida de muchas personas discurre ignorando a Dios. ¿Qué es ignorar a Dios? Es “pasar de Dios”, “no hacer caso de Dios”. Hay quien ignora a Dios no por una decisión propia, sino porque, habiéndose criado en un ambiente donde nunca oyó el nombre de Dios, le resulta desconocido. Este punto de vista se desvacece al paso del tiempo; ya no vivimos en una sociedad pétrea y anquilosada, los medios de comunicación nos ponen al día de todos los acontecimientos,¡y también hablan de Dios! Nadie puede ignorar a Dios y vivir como si Dios no existiese, excusándose en “eso de Dios, de la Iglesia, de la religión son cosa de los curas”. Ahora gozamos de muchos medios para aclarar y comprobar qué es eso del hecho religioso. Otros alegan la escusa de no tener tiempo para esas cosas, entendiendo por esas cosas a Dios y todo lo que a Él se refiere. Viven a un ritmo tan vertiginoso que no les queda tiempo para dedicarlo a Dios; le ignoran, ocupados, en exclusiva, en sus propios negocios e intereses, en alcanzar el éxito y en que éste sea reconocido. Cerrados en sí mismos, ignoran totalmente a Dios y piensan que son ellos los artífices de su vida, que todo lo que logran se debe SOLO a su esfuerzo y tesón. No tienen tiempo ni para escuchar la voz de su conciencia, que es la voz de Dios, pero la tienen adormilada e insensible. Otros, maniatados y ciegos por buscar cómo saciar sus pasiones, carecen de tiempo para lo trascendente y su espíritu agoniza engullido por el fango movedizo de lo terrenal. No dominan sus pasiones y terminan siendo sus esclavos. La forma más visible de ignorar a Dios es ignorar a los “hombres” que sufren necesidades, porque quien ignora a los necesitados, ignora a Dios. ¡Qué situación más lamentable ! Nacieron para ser dueños de sí mismos; pero, han ido bajando escalón tras escalón hasta convertirse en esclavos de sus vicios. Un pobre hombre me decía hace unos días: “Ya ves hasta dónde he llegado”.
Estos “hombres” ignoran a Dios; pero, Dios no los ignora a ellos. El ring, ring de Dios seguirá sonando… un día y otro, un mes y otro, un año y otro, porque el amor “todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera y jamás decae” (1 C or 13,7)
RECHAZAR A DIOS
El “hombre” que rechaza el don de Dios queda reducido a sus fuerzas naturales porque, aunque Dios le ofrezca su ayuda, él la rechaza. La ayuda de Dios es como un manantial que está siempre manando, siempre a disposición del “hombre” para que pueda beber; pero, así como el sediento sólo calmará su sed cuando se acerque al manantial y beba, así también el “hombre” solamente dispondrá de la ayuda de Dios cuando se acerque a Él y se llene de Él. Cuando tengo sed, cojo un vaso, abro el grifo del agua fresca, lleno el vaso y bebo. ¿Qué pasaría si, a pesar de morirme de sed, no me acercase al grifo o pusiese el vaso boca abajo?
Sencillamente, seguiría teniendo sed. Las potencias naturales del ser humano son limitadas y, además, están acosadas y disminuídas por las diversas pasiones que encierra el corazón del “hombre”. No es, por tanto nada extraño, ante la dificultad de obrar con rectitud y dignidad, que se deslice hacia el mal obrar y caiga en todo clase de maldad. La historia de la humanidad está tristemente llena de casos. La maldad humana causa la ruptura de todas las relaciones: separa de Dios y produce la muerte espiritual; separa de sí mismo y produce la división interior con su dosis de culpa y vergüenza y separa de los demás y produce odios, rencores, asesinatos y guerras.
¿Dios sabía todo esto antes de la creación del “hombre”? ¿Dios sabía que su plan sobre el hombre estaba condenado al fracaso? Dios creó al “hombre” perfecto porque le amaba y quería ser amado por él; le dotó de libertad para que le pudiera amar libremente. El “hombre” pudo elegir amar a Dios o rechazarlo. Claro que Dios sabía que el “hombre” se rebelaría y haría toda clase de maldad; pero, no fue Dios quien fracasó sino el “hombre” al usar mal su libertad. El fracaso-rebelión del “hombre” hace que el plan de Dios sea tan asombroso que parece increíble. Si grande es la maldad humana, mucho más grande, infinitamente más grande, es el amor, la bondad y la misericordia de Dios. Ante la maldad de los “hombres”, Dios pudo, simplemente, perdonar sin exigir nada a cambio; pero, en su infinita sabiduría, quiso que brillasen por igual su amor por el “hombre” y su justicia divina.
Este es el núcleo más asombroso que se pueda imaginar del designio de Dios para la salvación del “hombre”: El mismo Dios, en Jesucristo, se hace hombre, toma forma de hombre para rescatar al “hombre”. El asombro crece más todavía al considerar que cualquier obra o acción de Jesús, por ser Dios y hombre, tenía un valor infinito y por tanto, suficiente para pagar la deuda contraída por el “hombre” y que exigía la justicia divina.
El designio de Dios muestra que Jesucristo, con su muerte clavado en la cruz, satisfizo plenamente a la justicia divina y, además, manifestó en sumo grado el amor de Dios al “hombre”, porque, como Él mismo dijo: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13)
Volviendo a las consecuencias de rechazar el don de Dios, vienen a mi memoria las palabras del obispo de Hipona, San Agustín: “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti”. Dios, para crear al “hombre”, no necesitó su consentimiento; pero, sí lo necesita para salvarle, porque, al crearle dotado de libertad, ha puesto en manos del “hombre” la última palabra.
Dios ama al “hombre” con amor infinito; pero, si el “hombre”, por obrar la maldad, rechaza el amor de Dios, él mismo se condena, de tal modo que podemos añadir a las palabras de San Agustín: Dios, que te creó sin tí, no te condenará sin tí.
A los que rechacen el amor de Dios, Jesucristo les dirá: “Apartaos de mí, obradores de iniquidad” (Mt 7,23). “Apartaos de mí, malditos...porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui peregrino y no me hospedasteis; estuve desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis….en verdad os digo que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo” (Mt 25, 41-45)
En el libro de los Proverbios se pueden encontrar muchos sobre la dicha del justo y la desgracia del impío: ”La ganancia del justo es para vida; la del impío, se le va en vicios” (Prov 11, 5). “En la boca del justo florece la sabiduría; en la del impío, la perversidad” (Prov 10, 31-32).
El apóstol San Juan emplea dos títulos muy fuertes para denominar a los “hombres”: Hijos de Dios e hijos del diablo. “En esto se conocen los hijos de Dios y los hijos del dieblo. El que no practica la justicia no es de Dios y tampoco el que no ama a su hermano” (1Jn 3,10). “El que practica la justicia es justo” (1 Jn 3,7)
ACEPTAR A DIOS
¿Cómo conciliar el “apartaos de mí, malditos” con la frase de San Pablo: “Dios quiere que todos los hombres se salven” (1 Tim 2, 4) Sencillamente, porque Dios no rechaza a nadie; lo que rechaza es la maldad hecha por el “hombre”, el empecinamiento en el mal y la falta de arrepentimiento.
A semejanza de la parábola del hijo pródigo, todo “hombre” arrepentido de sus malas obras es acogido y abrazado por Dios.
Nunca es tarde para aceptar a Dios: El Señor siempre está dispuesto a cobijarnos como la gallina cobija a sus polluelos (Mt 23,37). En el libro del Apocalipsis se encuentra este texto precioso: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguien escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él y cenaré con él y él conmigo. Al que venciere le haré sentarse en mi trono conmigo, así como yo también vencí y me siento con mi Padre en su trono” (Ap 3, 20-21) .
San Mateo, en su evangelio 20, 1-16, habla de los obreros enviados a trabajar a la viña en distintas horas del día y cómo cada uno recibe el salario correspondiente. Dios llama a la puerta de cada corazón humano de muy diversas maneras porque quiere hacer partícipes a los “hombres” de su propia felicidad. A unos los llama en la niñez y a otros en la adolescencia, en la edad adulta, en la vejez e, incluso, en el lecho de muerte. ¡Todos los momentos de la vida son buenos para aceptar al Señor! ¡Bendito el “hombre”que abre su corazón al don de Dios! ¡Bendito el “hombre” que contesta a las llamadas de Dios!
No tengas miedo de aceptar a Dios: Alguien puede decir: Me he pasado toda la vida sin acordarme de Dios, haciendo toda clase de maldades; pero, en este momento de mi existencia me doy cuenta de lo bajo que he caído; estoy asustado y, aunque no estoy muy seguro de que exista otra vida después de ésta, la realidad es que tengo mucho miedo por lo que me pueda pasar. A este “alguien” le voy a transcribir unas palabras de la Sagrada Escritura: “Esfuérzate y ten valor; nada te asuste porque Dios estará contigo dondequiera que vayas” (Josué 1,9) “Aunque vuestros pecados fueran como la grana, quedarán blancos como la nieve… si vosotros queréis y sois dóciles” (Isaías 1, 18-19). “Les perdonaré sus maldades y no me acordaré más de sus pecados” (Jeremías 31,34).
Un fariseo llamado Simón invitó a Jesús a comer y estaba sorprendido porque Jesús había perdonado los pecados a una mujer pecadora. Jesús dijo a Simón: “Le son perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho” (Lc 7,47) “Ánimo, soy yo, no temáis” (Mc 6,50) dijo Jesús a sus discípulos en medio del mar de Galilea. “Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, Yo os aliviaré… y hallaréis descanso” (Mt 11,28) En La parábola de la misericordia, la figura del padre expresa con claridad cómo es el amor de Dios. Estas citas de la Sagrada Escritura (podía haber puesto otras muchas) remiten a un Dios que ama al “hombre”, le acompaña, le perdona y olvida todas sus maldades, le quita todo temor, le protege y le invita a ir a Él. El Señor solo pone al “hombre” una condición: Que corresponda a su amor.
Consecuencias de la aceptación del don de Dios: Dios quiere que lo amemos libremente, por ser quien es, no por una obligación. El “hombre” no está programado para amar ni para no amar, sino para elegir libremente lo uno o lo otro. Dios lo creó libre. Aceptar el don de Dios implica: Poner a Dios como valor principal y fundamental de la escala personal de valores; tratar de llevar a la práctica el mandamiento del amor en sus dos vertientes, amor a Dios y amor al prójimo. “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” (Mt 22,37) y “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Mt 22,39) Se trata de un plan de vida muy exigente, que el “hombre” por si solo no puede acometer con sus fuerzas naturales, sino que necesita la ayuda de Dios, quien siempre da las fuerzas que el “hombre” necesita para corresponde a su amor.
El cristiano es un “hombre“ de oración: Oración para alabar al Señor por ser quien es; oración para darle gracias por su amor y por todo lo que nos da; oración para pedirle perdón y rogarle que nos siga otorgando sus favores. Creer en Dios y aceptarle como compañero de viaje da a la mente humana una perpectiva distinta y mucho más amplia de la realidad del mundo, y, al mismo tiempo, transforma el corazón haciéndole más sensible y comprometido con los acontecimientos humanos, sean festivos o dolorosos. La fe hace ver al prójimo no como competidor sino como hermano. La fraternidad universal nace de la fe en Dios como Padre común. Por la fe somos hijos adoptivos de Dios y le llamamos Padre. San Pablo escribe: “...de manera que ya no somos siervos, sino hijos, y si hijos, también herederos”(Gál 4, 7) A los que hayan aceptado el don del amor de Dios, Jesucristo les dirá en el último día:“Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me dísteis de comer; tuve sed y me dísteis de beber; peregriné y me acogísteis; estaba desnudo y me vestísteis; enfermo y me visitásteis; preso y vinísteis a verme….cuantas veces hicisteis eso a uno de mis hermanos menores, a mí me lo hicísteis” (Mt 25, 34-40)
¡TENGO SED DE TI! : Comentando las palabras de Cristo en la cruz, escribió la Madre Teresa de Calcuta estas preciosas líneas:
“Mira que estoy a la puerta y llamo”... Es verdad. Estoy a la puerta de tu corazón, de día y de noche. Aún cuando no estés escuchando, aún cuando dudes que pueda ser Yo, ahí estoy; esperando la más pequeña señal que me pernita entrar. Quiero que sepas que, cada vez que me invitas, Yo vengo siempre, sin falta. Vengo en silencio e invisible, pero con un poder y un amor infinitos. Vengo con mi misericordia, con mi deseo de perdonarte y de sanarte, con un amor hacia ti que va más allá de tu comprensión.
“Venid a mi todos los que tenéis sed..” Yo te saciaré y te llenaré ¿Tienes sed de amor? Yo te amo más de lo que puedes imaginarte ... hasta el punto de morir en la cruz por ti.
“Tengo sed de ti” Ésa es la única manera en que puedo describir mi amor. Tengo sed de amarte y de que tú me ames. Ven a mí y llenaré tu corazón y sanaré tus heridas. Te haré una nueva criatura y te daré la paz aún en tus pruebas.
“Tengo sed de ti”. Nunca dudes de mi misericordia, de mi deseo de perdonar, de mi anhelo por bendecirte y vivir mi vida en ti, y de que te acepto sin importar lo que hayas hecho. “Tengo sed de ti”. No importa si te sientes poca cosa a los ojos del mundo. No hay nada que me interese más en todo el mundo que tú. Ábrete a mí, ven a mí, ten sed de mí, dame tu vida. Confía en mí. Pídeme todos los días que entre y me encargue de tu vida y lo haré. Lo único que te pido es que te confíes plenamente a mí. Yo haré todo lo demás. Todo lo que has buscado fuera de mí te ha dejado más vacío; así que no te ates a las cosas de este mundo, pero, sobre todo, no te alejes de mí cuando caigas. No hay nada que yo no pueda perdonar y sanar, así que ven ahora y descarga tu alma.
No importa cuánto hayas andado sin rumbo, no importa cuántas veces me hayas olvidado, no importa cuántas cruces lleves en esta vida; hay algo que quiero que recuerdes siempre, y que nunca cambiará:
Tengo sed de ti, tal y como eres. No tienes que cambiar para creer en mi amor, tu confianza en ese amor te hará cambiar. Tú te olvidas de mí y, sin embargo, Yo te busco a cada momento del día y estoy llamando a las puertas de tu corazón. ¿Encuentras esto difícil de creer? Mira la Cruz, mira mi corazón traspasado por ti. ¿No has comprendido mi Cruz?
Escucha de nuevo las palabras que dije en ella: “Tengo sed”. Sí, tengo sed de ti. Como el resto del salmo que dice de mí: “... esperé compasión inútilmente, esperé alguien que me consolara y no lo hallé”.
Toda tu vida he estado deseando tu amor. Nunca he cesado de buscarlo y de anhelar que me correspondas. Tú has probado muchas otras cosas en tu afán por ser feliz. ¿Por qué no intentas abrirme tu corazón, ahora mismo? Cuando me abras las puertas de tu corazón y te acerques lo suficiente, me oirás decir, una y otra vez, no en meras palabras humanas sino en espíritu: “No importa lo que hayas hecho; te amo por ti mismo.
Ven a mí con tus miserias y tus pecados, con tus problemas y tus necesidades, y con todo tu deseo de ser amado. Yo estoy a la puerta de tu corazón y llamo... ábreme, porque tengo sed de ti”.
Hasta aquí el precioso comentario de la Madre Teresa.. Son palabras que, en boca de Jesús, expresan la profunda fe que atesoraba el corazón de la Madre Teresa y que encierran la enorme confianza y simplicidad de trato que existía entre ambos, no menos que la intensidad repetitiva de la llamada de Jesús.
CITAS
88 Concilio Vaticano II: Declaración sobre la libertad religiosa, 2
89 Idem, 3