1. Primer verbo: PENSAR
Pensar es contemplar a Cristo en sus sufrimientos. «Todo se entiende adorando. Cuando las rodillas se doblan, el corazón se inclina, la mente se calla ante enigmas que nos sobrepasan, entonces las rebeldías se las lleva el viento, las angustias se evaporan y la paz llena todos los espacios» (I.Larrañaga)
La fe, lejos de ser una adormidera, es el único instrumento capaz de dar al hombre una percepción de su propio dolor, que vaya más allá de la inmediatez de la herida (física o moral).
En la oración en el huerto de Getsemaní: «Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Mt 26,39) «Lleno de angustia, oraba con más instancia; y sudó como gruesas gotas de sangre que emppaban la tierra» (Ev Lucas 22,44)
En su detención: Llegó una turba precedida por Judas y éste besó a Jesús, y Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?» (Lc 22,48)
En casa de Caifás: «Se apoderaron de Él y lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y sacerdotes» (Mt 26,57) «Todo el Sanedrín buscaba falsos testimonios contra Jesús para condenarlo a muerte, pero no los hallaban, aunque se habían presentado muchos testigos falsos...Jesús callaba y el pontífice le dijo: Te conjuro por Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías. Jesús le contestó: Tú lo has dicho...Entonces el pontífice rasgó sus vestiduras, diciendo: Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de más testigos? Acabáis de oir la blasfemia. ¿Qué os parece? Respondieron: Reo es de muerte» (Mt 26,59-60ss.) Acabada la pantomima de juicio, los esbirros «comenzaron a escupirle en el rostro y a darle puñetazos» (Iden v 67)
Junto a Pilato: «Llegada la mañana, todos los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo tuvieron un consejo contra Jesús para quitarle la vida y atado lo entregaron al gobernador» (Mt 27,1-2) «Comenzaron a acusarle, diciendo: Éste pervierte a nuestro pueblo; prohibe pagar el tributo al César y dice que es el Mesías rey. Pilato le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos? Él respondió: Tú lo dices». (Lc 23,2-3) «Pilato dijo: Yo no encuentro en Él nada digno de muerte; le corregiré y le soltaré. Pero ellos,a grandes voces, pedían que fuese crucificado» (Lc 23,22-23) «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey va contra el César» (Jn 19,12)
En la flagelación: «Viendo Pilato que nada conseguía … se lavó las manos delante de la muchedumbre, diciendo: Yo soy inocente de esta sangre» (Mt 27,24) «Y a Jesús, después de hacerle azotar, se lo entregó para que lo crucificaran»
En las burlas de los soldados de Pilato: Los soldados, reunida toda la cohorte en torno a Jesús, le despojaron de sus vestiduras, le pusieron una clámide de púrpura, una corona de espinas en la cabeza y una caña en la mano. «Y, doblando la rodilla,se burlaban de Él, diciendo: ¡Salve, rey de los judíos! Y escupiéndole, le golpeaban con la caña en la cabeza….Después, le pusieron sus vestidos y le llevaron a crucificar» (Idem 27, 29-31)
En el camino del Calvario: «Tomaron a Jesús, que, cargado con la cruz caminó hasta el Calvario» (Ev Juan 19,16) Con Él llevaban otros dos malhechores para ser ejecutados. «Le seguía una gran muchedumbre del pueblo y de mujeres, que se herían y lamentaban por Él» (Ev Lucas 23,27)
En su crucificación: Cuando llegaron al monte Calvario, le crucificaron, y también a los dos malhechores. «Le dieron a beber vino mezclado con hiel; pero no quiso beberlo (1)» (Mt 27,34) «Los que pasaban le injuriaban diciendo: Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz» (Idem 27, 38s) «También los príncipes de los sacerdotes, los escribas y ancianos se burlaban de Él, diciendo: A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse. ¡El Mesías, el rey de Israel! Baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos» (Mc 15, 31-32) "Uno de los malhechores también le insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Pues, sálvate a tí mismo y a nosotros. Pero el otro le reprendía, diciendo: ...en nosotros se cumple la justicia, pues recibimos el castigo de nuestras obras; pero éste nada malo ha hecho. Y añadió: Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino." (Lc 23,39-41) En las palabras de Jesús desde la cruz: Pendiente de la cruz, pidió el perdón para los deicidas: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34) Contestó a la petición del malhechor: «Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». (Idem 23,43) «Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y el discípulo a quien amaba; viéndolos allí, Jesús dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo; y al discípulo: He ahí a tu Madre. Desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,25-27) «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»(2) «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu; y diciendo esto, expiró»(3)
2. Pensar es descubrir el «por qué» del sufrimiento de Cristo
«Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3,16) «Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo» Esta es la razón profunda de por qué Dios se hizo hombre: porque ama a este mundo, es decir, nos ama a nosotros que somos los que llenamos el mundo.
«El amor de Dios hacia nosotros se manifestó en que envió a su Hijo...En eso consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo» (1 Jn 4,9-10)
El AMOR es el «por qué» de los dolores y sufrimientos de Jesús.
«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13) El profeta Isaías, hablando del Siervo de Yavé, dice: «Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra paz fue sobre él y en sus llagas hemos sido curados» (Isaías 53,5) Tanto amó Jesús al género humano que, en medio del sufrimiento, oró al Padre diciendo: «Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya»
El Crucifijo es la imagen más elocuente del amor de Cristo.
Cada vez que un creyente “contempla” un crucifijo debe sentirse emocionado interiormente al pensar en los dolores que voluntariamente abrazó Jesús por su amor. ¡Cristo me amó hasta morir por mi!
3. Pensar es descubrir el «para qué» del sufrimiento de Cristo
«Para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3,16) «Para ser ofrecido en sacrificio por el perdón de nuestros pecados» ( Juan 4,10) Jesús sufrió y murió para asegurar la salvación a todos los que creyesen en Él. La noche de su arresto, mientras oraba en Getsemaní, se entregó por completo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42). El Padre no apartó el cáliz del sufrimiento y Cristo lo bebió todo por nosotros. No había otra manera de salvarnos. «En el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la «civilización del amor» (SD, 30).
El hecho innegable es que hay sufrimiento y que parece conveniente mitigarlo en uno mismo y en los demás, siempre que hacerlo no vaya contra el propio hombre, contra la dignidad de su vida. Pero aceptando al hombre como hombre que sufre, que sufrirá necesariamente, es fácil reconocer que lo que debe soportar puede ser ocasión de virtud y de desarrollo personal, de ejemplo estimulante para los demás y, a veces, una ayuda directa para otros. El sufrimiento es para el hombre mucho más que una ocasión de desarrollo personal, el sufrimiento, iluminado por Cristo, descifra el enigma del dolor y e la muerte.
Segundo verbo: ACEPTAR
Aceptar es descubrir la realidad de nuestros dolores físicos o emocionales. Precisamente, porque el dolor es cosa qu afecta a todos, es tan importante estar preparados para cuando llegue. Así nos disponemos para el momento de la práctica.
¿Por qué sufrimos? Porque somos humanos y el dolor será, irremediablemente, nuestro compañero de viaje en muchos momentos de nuestra vida.
¿Para qué sufrimos? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento? Cuando el dolor, en cualquiera de sus múltiples formas, llega a nuestra vida, podemos salir de él amargados (vía negativa ) o mejorados y perfeccionados en nuestro ser (vía positiva).
Vía negativa: Es anclarse en el dolor, es sufrir por sufrir, sin perspectiva de futuro. La interpretación negativa del dolor sólo conduce a su incremento, a la permanente amargura y, en muchos casos, a la desesperación y el suicidio.
Vía positiva: Buscar y descubrir su significado e integrarlo en la experiencia de vida.
Solo sufre el que no sabe «para qué sufre».
Solo la visión trascendente de la propia existencia da significado al dolor. No es para extrañarse de que no quieran vivir los que no tienen un motivo para sufrir o seguir sufriendo. Esto sucede, por ejemplo, cuando el dolor es muy intenso y prolongado o sin esperanza de mejora y sin una visión trascendente de la propia existencia. La eutanasia es la lógica consecuencia de los no creyentes que no admiten la trascendencia de su existencia. Sin la visión trascendente, cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal existencia no tiene sentido. Aun el mayor dolor puede ser asumido si se conoce su sentido, su «para qué»; el peor dolor es sufrir ese dolor sin conocer el sentido o propósito que lo dignifique. Cuando los creyentes somos tocados por un suceso doloroso, después de darnos un tiempo, llega el momento de aceptarlo como experiencia positiva y de gran valor para el futuro. El dolor bien integrado se convierte en el motor para cambiar el modo de vivir, darle otro color, pasar de la queja constante y la desesperación a la serenidad y la paz interior; en definitiva, para cambiar del egoísmo al amor.
En El hombre doliente, Victor Frankl escribió: «La enfermedad me es dada como una tarea, me encuentro con la responsabilidad de lo que voy a hacer con ella»
Aceptar el dolor es corresponder con amor al amor de Cristo; es seguir a Cristo. Él mismo lo dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día y sígame» (Lc 9,23) «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos morada» (Jn 14, 23) «Cristo Jesús, el que murió, aún más, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios Padre, es quien intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?… En todas estas cosas vencemos por aquél que nos amó» (Romanos 8,34.37) San Pablo escribió: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo» (Colosenses 1,34)
Tal vez, alguien se pregunte: ¿Acaso la Pasión de Cristo está incompleta? ¿No fue suficiente tanta sangre derramada? Es verdaderamente sobrecogedor el drama de la pasión de Cristo; pero, no es suficiente. San Agustín de Hipona acuñó una frase esclarecedora: «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti». Si la aplicamos a nuestro tema, podemos decir: «Cristo que te redimió sin ti, no te salvará sin ti». Por tanto, nadie puede decir: “Cristo murió por mí; ya estoy salvado, no debo preocuparme, no es preciso que yo haga nada más, porque su pasión me ha logrado el perdón de todas mis culpas». Y, sin embargo, no es así. Es cierto que la pasión de Cristo, con todos sus dolores, está completa y es plenamente suficiente para la salvación de toda la humanidad; pero, falta la parte correspondiente a cada hombre.
Es imprescindible que cada hombre acepte la redención que Cristo le ofrece. Esta aceptación lleva a la unión con Cristo en los sufrimientos, pequeños o grandes, que la vida trae cada día; los sufrimientos humanos aceptados se unen a los sufrimientos de Cristo y se trasforman en fuente de gozo interior. Es la alegría pascual que canta: ¡Feliz culpa que mereció tal y tan gran redentor!
Tercer verbo: OFRECER
El hecho doloroso integrado como experiencia positiva no sólo es valioso para el que sufre, sino que éste puede ofrecer su sufrimiento. Solo resuelve el problema del sufrimiento quien descubre el sentido valioso que tiene el dolor humano. «En el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la «civilización del amor» (Juan Pablo II,Salvifici doloris,30)
Es innegable y así lo corrobora la experiencia de muchas personas, que el sufrimiento puede ser ocasión de desarrollo personal, de ejemplo para los demás e, incluso, de ayuda directa para las demás. Jesús llamó «bienaventurados» a los pobres, a los mansos, a los que lloran, a los hambrientos y sedientos, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los pacíficos y a los perseguidos; es decir, a todos los que padecen de una u otra forma.
El que, por su visión transcendente de la vida humana, acepta el sufrimiento tiene mucho para ofrecer. Su dolor no solo es fuente de bien para él, también lo es para los demás. La actitud de Jesús ante el sufrimiento fue «Padre, hágase tu voluntad». El sufrimiento no es un absurdo para el cristiano, sino que, aceptado a imitación de Cristo, es una ocasión insustituible para la plenitud humana. Aceptar y ofrecer el sufrimiento es la cruz humana que el cristiano ama como voluntad del Padre.
No hay amor más grande que dar la vida por los amigos (Jn 15,13). Jesús nos manifestó su amor muriendo en la cruz; los cristianos le manifestamos nuestro amor aceptando y afreciendo nuestros sufrimientos. En cualquier momento del día, en cualquier situación, podemos ofrecer al Señor el dolor que padecemos, la molestia que sufrimos o el trabajo que hacemos. El sufrimiento aceptado y ofrecido por amor al Señor es la expresión práctica de la comunión de los santos.
¿En qué consiste la comunión de los santos? (4) Es la unión espiritual entre aquellos que, por la gracia, están unidos a Cristo muerto y resucitado. La Iglesia católica sostiene que existen tres estados en la Iglesia: los que viven en este mundo (Iglesia militante); los, ya difuntos, que se están purificando (Iglesia purgante) y los que ya gozan de la gloria de Dios, es decir, ya contemplan a Dios cara a cara (Iglesia triunfante). Todos juntos forman el cuerpo místico de Cristo. La comunión de los santos es el vínculo más íntimo entre quienes pertenecen al cuerpo místico de Cristo; por medio de esta comunión, interactúan e interceden cada uno por el bien de los demás. La comunión de los santos puede ser comparada a los vasos comunicantes. Todos los actos de un cristiano, sean grandes o pequeños, dolorosos o agradables, hechos con amor, se pueden ofrecer solidariamente en beneficio de cualquier otro miembro del cuerpo místico de Cristo. Aquí se ve muy claro el poder redentor del sufrimiento.
Cuarto verbo: AGRADECER
Un antiguo refrán español dice : "De bien nacidos es ser agradecidos"; lo podemos reformar en "De buenos cristianos es dar gracias a Dios." San Pablo recomienda "dar gracias a Dios en toda las situaciones" (1 Tes 5,18) Son muchos los motivos que tenemos pra dar gracias a Dios.
En el aspecto espiritual: Por por habernos redimido, por habernos regalado la fe, por amarnos con amor de Padre, etc.
En el aspecto humano: Por habernos llamado a la vida; por todo lo que nos da o permite que nos suceda cada día: alegrías y dolores; atisfacciones y desengaños; salud y enfermedad, etc. Dar gracias a Dios por habernos descubierto que el dolor y la enfermedad, cuando son aceptados por el hombre y ofrecidos a Dios, se convierten en manantial de paz, de alegría y de comunión fraternal con los hermanos dolientes del mundo.
