viernes, 1 de mayo de 2026

6 EL TRIGO Y LA CIZAÑA

 EL TRIGO Y LA CIZAÑA

    Jesús propuso a los discípulos esta parábola: 
«El reino de los cielos es semejante a uno que sembró semilla buena en su campo; pero, mientras dormía, vino el enemigo y sembró cizaña entre el trigo. Cuando creció la hierba y dio fruto, apareció la cizaña.
- Los criados dijeron al amo: Señor, ¿no sembraste trigo en tu campo? ¿Por qué hay cizaña?
- Él les contestó: Eso es obra de un enemigo.
- Ellos le dijeron: ¿Quieres que la arranquemos?
- Les dijo: No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo. Dejad que ambos crezcan hasta la siega y entonces diré a los segadores: Tomad la cizaña y atadla en haces para quemarla y el trigo recogedlo para encerrarlo en el granero» (Mt 13,24-30)

¿Quienes son?
        El sembrador representa a Jesús de Nazaret.
      El campo donde siembra es el interior de cada persona o de todas en general.
    El trigo representa el bien, es decir, los buenos pensamientos, sentimientos y acciones de las personas.
    La cizaña representa el mal, es decir, los malos pensamientos, sentimientos y acciones de las personas.
    El enemigo representa a las personas que inducen o aconsejan a otros para hacer el mal.

ENSEÑANZAS:
    1ª enseñanza: «Por sus obras los conoceréis» (Mt, 7,16). 
    Mis palabras pueden ser engañosas; pero mis obras dicen lo que soy de verdad. Debo preguntarme y responderme con sinceridad: 
¿Yo soy trigo o soy cizaña? Lo conoceré examinando mis pensamientos, mis sentimientos y mis obras.

2ª enseñanza: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Mt 7,1). 
    En el mundo, considerado como campo del Señor, coexisten el trigo y la cizaña, personas que practican el bien y otras que hacen el mal. Así será mientras el mundo exista.
    No tengo ningún derecho a juzgar a otras personas. Si quiero ser justo, debo separar las acciones y sus autores; las acciones me pueden gustar o desagradar, puedo opinar sobre ellas y aceptarlas o condenarlas; pero, toda persona, en cuanto tal y en cualquier circunstancia, merece mi respeto a su dignidad y libertad de elección.
    Me pongo en su pellejo y pienso, ¿qué habría hecho yo si me hubiese encontrado en sus circunstancias? 

La cizaña y el trigo son plantas y no tienen libertad para cambiar; las personas sí podemos cambiar, porque somos libres para elegir. En cualquier momento, una persona buena puede convertirse en una malvada y una malvada convertirse en buena persona.

3ª enseñanza: Debo aprender del Señor. 
    Él aborrece las malas acciones; pero ama a las personas, sea lo que sean y hagan lo que hagan. Dios es paciente y misericordioso y espera que florezca el trigo donde ahora hay cizaña. 
    Ya llegará el día de la separación y, en juicio justo, dará a cada uno según sus obras. A los que obraron el bien durante su vida terrena, les dirá: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino» (Mt 25,34 y siguientes). El reino de Dios es un reino de justicia, de amor y de paz. 
    En cambio, a los que obraron el mal, les dirá: «Apartaos de mí, malditos» (Mt 25, 41 y siguientes).
    El amor al prójimo, practicado o no, será la norma suprema del juicio de Dios al fin de los tiempos.

4ª enseñanza: Debo cultivar mi campo, mi interior personal, para que
produzca trigo y no cizaña. Esa debe ser mi tarea fundamental en esta vida.
    Dijo el Señor: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, tampoco vosotros si no permanecéis en mi. Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada»  Jn 15, 4-5)

    Me incorporé a Cristo el día de mi bautismo y debo robustecer esa
incorporación reavivando la presencia viva de Cristo en mi interior.        Como el sarmiento solo tiene vida y da fruto si está unido a la vid, así también yo solamente tendré vida abundante y produciré frutos  en la medida en que esté unido a Cristo.
    Las obras buenas son el mejor ejemplo, la mejor predicación y el mejor apostolado para que los demás, según dijo Jesús, «viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 5,16).
5ª enseñanza: La unión con Cristo me lleva al amor a Cristo y a convertirme en su morada. Dice el Señor: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada» (Jn 14, 23). 
    San Pablo escribe a los corintios estas bellas palabras: 
«¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros» (1ª Cor 3, 16). 
Ahí es nada.
¡Dios habita en el corazón de los qume le aman! 
¡Dios habita en mí!

7. YO TAMPOCO TE CONDENO

 YO TAMPOCO TE CONDENO

    Jesús estaba en el templo enseñando a la gente que le rodeaba. Y sucedió que 

«los fariseos trajeron a una mujer sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio, le dijeron: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante delito de adulterio. En la Ley nos ordena Moisés apedrear a éstas; tú, ¿qué dices? Esto lo decían tentándole1, para tener de qué acusarle. Jesús, inclinándose, escribía en la tierra con el dedo. Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: El que de vosotros esté sin pecado, que le arroje la primera piedra. E inclinándose de nuevo seguía escribiendo. Ellos se fueron marchando uno a uno, comenzando por los más ancianos y quedó Jesús solo y la mujer en medio.

Incorporándose Jesús le dijo:

- Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?

- Nadie, Señor.

- Yo tampoco te condeno; vete y no peques más» (Jn 8, 3-11)

Comentario 

    Este es uno de los varios lazos con los que los fariseos intentaron hacer caer a Jesús en contradicción.

    San Mateo recoge en su evangelio otros lazos de los fariseos a Jesús. He aquí dos:

     1º «¿Es lícito pagar tributo al César o no? » (Mateo 22, 15-22).

    2º La mujer que, por aplicación de la Ley del levirato estuvo casada con siete hermanos: «En la resurrección, ¿de cuál de los siete será la esposa, porque los siete la tuvieron como tal? Jesús les respondió: En la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino que serán como ángeles del cielo» (Mateo 22, 23-30)

ENSEÑANZAS

1ª enseñanza: La doble moral de los fariseos 

 «Jesús habló a la muchedumbre y a sus discípulos, diciendo: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced y guardad lo que os digan, pero no les imitéis en sus obras porque ellos dicen y no hacen» (Mateo 23, 1-3)

    Los fariseos aconsejaban en sus predicaciones cosas que ellos no hacían. Predicaban la verdad con sus palabras; pero, al no refrendarlas con sus obras, quedaban al descubierto porque las obras ponen de manifiesto lo que es cada persona.

    Me pregunto si yo también soy un fariseo y practico la doble moral. ¿Hago lo que aconsejo? ¿Me exijo a mí mismo lo que exijo a los demás?

2ª enseñanza: «Yo tampoco te condeno». 

    Jesús se inclinó y escribió en el suelo. No sabemos lo que escribió; es posible que fuera algo referente a la vida de los acusadores, porque éstos, al leerlo, se fueron marchando, uno tras otro, abochornados al verse descubiertos.

    Jesús dijo a la mujer: «¿Dónde están? ¿Nadie te ha condenado? Nadie, Señor, contestó ella».

    La mujer reconoce su pecado y con ello abre la puerta al perdón de Jesús que le dijo: «Yo tampoco te condeno». 

    Jesús no condena, sino que obra encoherencia con lo que había dicho en otra ocasión:«no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a penitencia» (Lucas 5,32).

    Jesús ha venido al mundo a salvar al que acepte ser salvado. Jesús no condena a nadie; eso será al fin del mundo, cuando juzgará y dará a cada uno según sus obras. En la vida presente, Jesús llama constantemente a la puerta del corazón humano y espera pacientemente a que le abramos.

3ª enseñanza: «Vete y no peques más». 

    Han quedado solos Jesús y la mujer que había corrido el gran peligro de ser apedreada por los fariseos hasta su muerte .

    Ella está arrepentida de su adulterio y temerosa ante lo que pueda hacer Jesús. Él no la condena sino que, viendo su arrepentimiento, la perdona y consuela, diciendo: «Vete y no peques más».

    El Señor conoce las debilidades humanas. Son muchas nuestras flaquezas; a pesar de nuestros buenos propósitos, una y otra vez volvemos a caer.

    ¿Qué hizo después la mujer? Nada sabemos. Seguramente sería en adelante una pecadora arrepentida que amó mucho al Señor.

Ese es nuesro camino

8 CONFIA Y ESPERA

 CONFIA Y ESPERA

    El Adviento es una palabra típica del cristianismo que hace alusión a las cuatro semanas anteriores al 25 de diciembre, día en que se celebra el Nacimiento de Jesús.
    ¿De dónde procede la palabra «adviento»? Procede del verbo latino advenire, que significa llegar. La palabra «adviento» significa «llegada».
    En una llegada podemos contemplar: Al o a los que llegan; al o los que esperan y el lugar de llegada. 
    Un ejemplo muy cotidiano
    Una mujer encinta está sintiendo los síntomas de la cercanía del parto, avisa a su esposo y ambos van al hospital donde dará a luz a su bebé.
    Aplicando a la fiesta de Navidad el ejemplo, surgen varios encuentros.

a) Encuentro con María
    Una mujer a punto de dar a luz, que espera la llegada de su hijo. ¿Quién es María? Es una joven virgen de Nazaret que está desposada, es decirprometida en esponsales a José. María ha sido saludada por el ángel Gabriel con estas palabras:
    «Salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Ella se turbó al         oír estas palabras y discurría qué podían significar. El ángel        le dijo: No temas, María, porque has hallado gracia delante       de Dios, concebirás y darás a luz un hijo, a quien pondrás por       nombre Jesús» (Lc 1, 28-31).
    "Dijo María al ángel: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón? El ángel le contestó: El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra y, por esto, el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios" (V.34-35). "Dijo María: He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra" ( v.38)
        María confió porque tenía la firme convicción de que Dios siempre cumple su palabra, no puede mentir. María esperó y conservó todos los acontecimientos en su corazón, sin importarle no tener la completa comprensión de los mismos.
        María, por su participación en los sufrimientos de Jesús, es su cooperadora en la obra de nuestra redención.

b) Encuentro con José, el esposo que le acompaña.
¿Quién es José? Es un descendiente del rey David, aunque separados por 28
generaciones. José está desposado con María y «antes de que conviviesen1, se halló haber concebido María del Espíritu Santo.        José su esposo, siendo justo, no quiso denunciarla y resolvió repudiarla en secreto. Mientras reflexionaba sobre esto, se la apareció un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir (en tu casa) a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo»2 (Mt 1,18-20).
        José hizo como le había mandado el ángel del Señor, recibió (en su casa) a su esposa, la cual, sin que él la conociese 3, dio a luz un hijo y le puso por nombre Jesús» (Mt 1, 24-25).

    José es un hombre justo, sabe cómo es su esposa, está seguro de su dignidad, por eso no entiende que pueda estar encinta; pero el embarazo es evidente, y él no quiere denunciarla; entonces, «resolvió repudiarla en secreto».
        ¡Vaya papeleta! ¡Cuánto tuvo que sufrir el justo José!
Pero, el anuncio del ángel le tranquilizó y cambió de opinión. 
     No hubo repudio. José confió en las palabras de Dios y aceptó la nueva situación: Él no es el padre fisiológico de Jesús, pero sí va a ser legalmente el padre adoptivo. Su misión en la vida será cuidar y atender a María y a Jesús.

c) Encuentro de José y María
    Seguidamente, José habló con su esposa, celebraron el rito del matrimonio y José recibió a María en su casa. ¡Con qué amor, con qué respeto trataría el justo José a su esposa María durante el resto del embarazo, siempre a la espera del nuevo acontecimiento!

d) Encuentro en Belén con José y María
    Han viajado de Nazaret a Belén para empadronarse allí porque Belén era la casa madre de cuantos se consideraban descendientes de David, aunque tuvieran la residencia en otro lugar, como era el caso de José.
    San Lucas dice en su evangelio: «Estando allí {en Belén}, se cumplieron los días de su parto y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre4, por no haber sitio para ellos en el mesón» (Lc 2, 6-7)
    El lugar para dar a luz, normalmente hubiese sido el mesón, si en él se hubiesen alojado; pero hace pensar el detalle que añade San Lucas: «No había sitio para ellos en el mesón». 
    ¿No había sitio para ellos o estaba el mesón lleno y no
había sitio para nadie? 
    Fuere lo que fuere, la realidad fue que se refugiaron en una cuadra de animales, en la que María dio a luz y acostó al bebé en el pesebre.
María y José siguieron confiando en Dios y esperando.

    ¿Por qué el Padre celestial quiso que su Hijo se hiciese hombre mortal, igual en todo a los hombres, menos en el pecado? Por amor.
        Dios ama tanto al hombre que envió a su propio Hijo para que redimiese a todos
los hombres y pagase con su propia vida la deuda que ellos habían contraído con sus maldades, y así el hombre pudiese ser salvado. Digo «pudiese» porque, como escribió San Agustín: «Dios que te creó sin tí, no te salvará si tí»5

Dos planes: el de Dios y el del mundo
    El hombre es dueño de su libertad, tiene la facultad de elegir su propio plan de vida, que puede ser: El plan de Dios o el del mundo.
    ¿Cual es el plan de Dios?
    Dios es Amor, Dios ama al hombre y quiere ser amado por el hombre. «¡Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que se nos llame hijos de Dios! ¡Y lo seamos! (1 Juan 3,1).
«Él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido en sacrificio por el perdón de nuestros pecados» (1 Juan 4,10).
«Nadie tiene amor más grande que el dar la vida por sus amigo (Juan 15, 13)
¿Puede una madre olvidarse y no compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ella te olvidara, yo no te olvidaría» (Isaías 49,14-15)
«¡Cuán precioso, oh Dios, es tu amor! Los hijos de los hombres se acogen a la sombra de tus alas» (Salmo 36,8)

     El amor de Dios está dentro de nosotros, «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo» (Romanos 5,5).
    Somos sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada. Dios quiere compartir su felicidad con nosotros, nos convierte en su morada y se une a nosotros. El amor de Dios provoca en nosotros el amor a Dios como reconocimiento y el amor a los hombres como su manifestación, porque Dios se sirve de los hombres para mostrar su amor a los demás hombres.
    El amor así entendido hace participar de la felicidad de Dios. Una felicidad que se asienta en lo profundo del ser humano y empuja a ser pregonero del amor de Dios porque solo en este amor encontrará el hombre la felicidad; nada, lejos de él, puede hacerle feliz. Repetimos el dicho de San Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Tí y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en »6

NOTAS
«Antes de que conviviesen», es decir, habían celebrado los esponsales, pero todavía no habían celebrado el matrimonio.

«Cubrirá con su sombra». Es el anuncio de una concepción milagrosa: El Espíritu Santo aquí no se refiere a la tercera persona de la Santísima Trinidad, sino que es la fuerza, la virtud del Altísimo quien la cubrirá con su sombra.

«Sin que él la conociese». El sentido bíblico de conocer es tener relaciones sexuales.

La ley judía castigaba el adulterio con la lapidación de los adúlteros hasta morir. (Deuteronomio 22,23)

San Agustín, Sermón 169, 11, 13
 

miércoles, 29 de abril de 2026

9 LA PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO

     “Un hombre tenía dos hijos, y dijo el más joven al padre: Padre, dame la parte de hacienda que me corresponde. Les dividió la hacienda y, pasados pocos días, el más joven, reuniéndolo todo, partió a tierras lejanas y allí disipó toda su hacienda viviendo disolutamente.    

    Después de haberlo gastado todo, sobrevino una gran hambre en aquella tierra y comenzó a sentir necesidad. Se puso a servir a un ciudadano que le mandó a cuidar puercos. Deseaba llenar su estómago con las algarrobas que comían los puercos, y no le era permitido.
    Volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Y levantándose se vino a su padre.
   Cuando aún estaba lejos, viole el padre y, compadecido, corrió hacia él, y se arrojó a su cuello y le cubrió de besos.
    Díjole el hijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo.
    Pero el padre dijo a sus criados: Pronto, traed la túnica más rica y vestídsela, poned un anillo en su mano y unas sandalias en sus pies, y traed un becerro bien cebado y matadle, y comamos y alegrémonos, porque este mi hijo, que había muerto, ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado. Y se pusieron a celebrar la fiesta.
    El hijo mayor se hallaba en el campo y cuando, de vuelta, se acercaba a la casa, oyó la música y los coros, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: Ha vuelto tu hermano y tu padre ha mandado matar un becerro cebado, porque le ha recobrado sano.
    Él se enojó y no quería entrar; pero su padre salió y le llamo. Él respondió y dijo a su padre: Hace ya tantos años que te sirvo sin jamás haber traspasado tus mandatos, y nunca me diste un cabrito para hacer fiesta con mis amigos, y al venir este hijo tuyo, que ha consumido su fortuna con rameras, le matas un becerro cebado. 
    Él le dijo: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todos mis bienes tuyos son; mas era preciso hacer fiesta, porque este tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, se había perdido y ha sido hallado” (Lc 15, 11-32)

    Asistimos, en esta parábola, a un drama en dos actos:
    Acto primero: Acumula en dos personajes toda la miseria de que es capaz el ser humano, el comportamiento de uno y otro hijo representa la mezquindad humana en sus diversas vertientes.
    Acto segundo: Canta la misericordia del padre, que perdona al hijo menor y comprende al mayor.

Personajes de la parábola
    El hijo menor: Hace a su padre una petición insólita y en total contradicción con la tradición de la época: “Dame la parte de herencia que me corresponde”
    La petición está fuera de lugar, porque el hijo no tiene derecho alguno sobre la herencia hasta la muerte del padre.
    La petición encierra una grave ofensa al padre, un rechazo del hogar en el que ha nacido y ha sido alimentado, es un corte drástico con la forma de vivir, de pensar y de actuar, una ruptura con las raíces de la familia transmitidas de generación en generación, como un legado sagrado, y que tanto satisfacen al padre, y dan a la familia todo su valor: la generosidad, la gratuidad y la unidad de sus miembros. 
    Además de ofender gravemente a su padre, la petición del hijo menor es una traición a los valores de su familia.
    “Partió a tierras lejanas”: Es un hijo rebelde, insatisfecho, que se marcha dcasa para buscar lejos su felicidad. Es un inconsciente, un engreído, que se cree autosuficiente, como tantos jóvenes de nuestra sociedad que se marchan de sus hogares en busca de nuevas experiencias, alejándose de la seguridad amorosa de los padres, para caer en peligros y situaciones que ni siquiera sospechan. Es una situación que, por repetida, no deja de ser siempre nueva, desconcertante dolorosa para todos, en especial para los padres.
    El hijo menor toca fondo cuando se ve acuciado por el hambre y no le es permitido satisfacerla con las algarrobas de los cerdos. 
    Razona con lucidez, vuelve en sí y actúa: Me levantaré e iré a mi padre.
    ¡Ojalá que la sensatez vuelva a las mentes de tantos jóvenes que se lanzan en pos de aventuras peligrosas, sin darse cuenta de ello hasta sentir el vacío del hogar paterno!

    El hijo mayor: Es un hijo trabajador, un hijo fiel y obediente para con su padre; pero es un hijo egoísta. Está demasiado lleno de sí mismo para comprender que el amor es más importante que los bienes materiales, y que él necesita el amor de su padre.
    En la familia, el valor primordial es el amor entre sus miembros; de nada sirven las riquezas materiales si no van acompañadas por el amor familiar.
    El amor es algo consustancial al ser humano; nadie puede vivir sin él. Es el valor fundamental de la vida humana, imprescindible, desde la más tierna infancia, para el desarrollo integral del ser.
    Los padres tenemos la enorme responsabilidad de educar a nuestros hijos en el amor y para el amor. En el amor, porque es lo más valioso para los hijos. Denada valen los valiosos regalos o las generosas pagas que les demos, si echan de menos nuestro cariño, nuestra compañía y nuestro amor. Con él, crecerán contentos y felices, aunque tengan menos de otras cosas; sin él, crecerán raquíticos física y psíquicamente, vivirán amargados e inseguros.

    El padre: Primero obra según la costumbre y da al hijo menor la parte de la hacienda que le corresponde. 
    Consumado por el hijo el abandono del hogar, el padre espera contra toda esperanza; nunca se rinde; todos los días sale al altozano para otear el horizonte por si ve volver a su hijo.
    Un día le ve de lejos y corre hacia él, se arroja a su cuello y le cubre de besos. Llegados a casa, celebra el retorno con una gran fiesta. Perdona al hijo menor y corrige al mayor invitándole participar en la fiesta del amor familiar.
Significado de la parábola
    Con toda propiedad se ha dicho que esta parábola es un documento notarial en el que Cristo da fe de dos identidades: la de Dios-Padre y la del ser humano.
Identidad de Dios-Padre:
    Es el Padre que no discrimina a sus hijos, que siempre perdona y espera eretorno del hijo extraviado. El rostro afligido del padre y su encuentro amoroso con el hijo pródigo constituyen el retrato más expresivo y fiel del amor, de la compasión y de la misericordia de Dios. 
    El oficio de Dios es amar. Solo Él puede amar de esta manera, porque sólo Él se ha definido como Amor(I Jn 4,8).
    En esta parábola, el personaje del padre toca el corazón de todo hombre, haciendo brotar los latidos de ternura, y pasar del egoísmo a la entrega, del corazón cerrado al corazón abierto. 
    Es un clavo de ternura hundido en el corazón del hombre pecador, de todos los hombres pecadores. Todo ser humano, por muy pecador que sea, podrá resistirse a la verdad y a la belleza, pero se rendirá ante la ternura y el amor
    El amor todo lo puede, todo lo vence, todo lo olvida, todo lo
perdona. Así es Dios con el hombre y así deberíamos ser los hombres y mujeres, unos con otros. 

10. O.A.M.D.G.

 O.A.M.D.G.  

¿Qué significa esta sigla? En este último artículo del grupo Un manojo de reflexiones  quiero descubrir lo que significan para mí estas letras.  
Veamos: Hay tres verbos muy importantes en la vida de cada persona. Son estos:  pensar, aceptar y ofrecer.  

Primer verbo: PENSAR  
    Pensar es reflexionar, contemplar la realidad, al menos en estos tres aspectos fundamentales:  
personal, social y religiosa.  
    Las personas, por nuestra capacidad de elección, podemos ser artífices de nuestra realidad o  situación. Aquí radica la importancia de las decisiones que tomamos; nuestra situación futura depende, en gran medida, de las decisiones que hemos tomado anteriormente; digo en gran medida, porque la realidad de cada uno también depende de las decisiones de los demás.  
    Lo importante es reflexionar sobre la propia realidad en los tres aspectos citados para poner todos los medios y mejorarla.  

    a) ¿Cuál es mi situación física? No puedo elegir estar sano o estar enfermo. Aunque deseo  la salud, sé que cualquier enfermedad se me puede colar y, por tanto, tengo que prevenir y, si llega  el caso, enfrentarlo con serenidad.  

    b) ¿Cuál es la situación social que me ha tocado vivir? Es un mundo en el que un graN porcentaje de personas, está dominado por el egoísmo, el afán de poder y de subyugar a los demás,  e imponer su punto de vista, incluso por la fuerza si lo creen necesario.  
    Como consecuencia directa de este egoísmo abundan las guerras, los ataques terroristas, las  mafias, el narcotrafico, los asesinatos, etc., etc. toda unas gama de males.  
    Se constata una pérdida de los valores básicos, tanto a nivel de personas como social.  
Predomina el egoísmo…..el sálvese quien pueda…. el «y tú más».  
    Una parte de la sociedad está perdiendo el norte. Toda sociedad sin valores humanos, personales, cívicos y religiosos se convierte en una selva donde predomina el más fuerte. No me  extraña que el mal pulule en sus mil caras diferentes y cada día con más fuerza.  
    Por suerte, no todas las personas viven la realidad tan negra. No me gusta la realidad malvada del mundo. Pero, no está a mi alcance cambiarla; lo que sí puedo y debo hacer es procurar  que mi conducta personal en todos los ámbitos sea coherente con mi deseo de un mundo mejor. El  único camino que tengo para mejorar la realidad es mejorar mi propia conducta. Están bien los  buenos deseos y las buenas palabras, pero es mucho mejor si les acompaña una conducta coherente.  
    Hay muchas personas con una profunda vida interior, que viven felices y, a pesar de las  dificultades, grandes o pequeñas, que se les presentan cada día, no decaen en su empeño y emplean su tiempo y sus energías haciendo sus trabajos y profesiones lo mejor que saben y pueden.  
    Hay muchos grupos de personas que, viviendo en este mundo cruel e inhumano, no participan de su maldad sino que tratan de hacer todo el bien que pueden a sus semejantes; sin ninguna distinción, les dan el respeto que merecen como personas y dedican gran parte de su tiempo  a prestarles ayuda en sus necesidades. Pero estas conductas ejemplares se conocen muy poco porque los protagonistas viven su realidad social con sencillez, como algo normal, como un servicio, «sin hacer ruido»1, sin salir en los medios de comunicación.  

    Dos preguntas que cada uno debe hacerse: Yo, ¿a qué grupo pertenezco? ¿Qué importancia tiene en mi vida el tema religioso?  
    Son preguntas aptas para todos, pues todas las personas deben enfrentarse con el tema religioso y elegir el camino que crean conveniente.  
    La respuesta a la pregunta sobre el tema religioso debe ir acompañada de estas tres cualidades: Respeto, coherencia y amor.  

    1ª Respeto a la decisión de los demás. La religión no debe imponerse; por muy convencido que esté de la verdad de mi fe, no la puedo imponer a los demás, como ha sucedido en tiempos pasados. La religión, cualquiera que sea, se predica de palabra y, sobre todo, de obra y se ofrece. Es  el otro quien debe elegir.  

    2ªCoherencia entre las palabras y las obras. Coherencia interior para no engañarme a mí mismo, y simular que creo. Aquí no caben las medias tintas: o creo o no creo. Si creo de verdad, con  un corazón sincero, reflejaré mi fe en todas mis obras, en toda mi manera de actuar.  
    No es aceptable hacer una serie de «actos externos» de cara a la galería, cuando la realidad  interior es que no se tiene fe.  

    3ª Amor: Es lo más importante y en lo que más solemos fallar. La realidad del mundo sería muy diferente si todos practicásemos más el amor y menos el egoísmo, el odio y el rencor.  

El amor no se interpreta, el amor se vive y practica.  

Segundo verbo: ACEPTAR  
    La realidad de cada persona es el reflejo de la realidad social; unas veces hay nubarrones y fuertes tormentas que zarandean nuestro interior, con dolores y sufrimientos del cuerpo y del espíritu; otras veces la vida nos sonríe y todo lo vemos color de rosa. Son momentos diferentes y realidades distintas. De todas hemos de aprender, todas deben servir para nuestro crecimiento interior: las agradables, para disfrutarlas y compartirlas, y las otras, las que nos hacen sufrir, para superarlas e integrarlas como experiencias de la vida que tienen un por qué y un para qué.  
    El dolor y el sufrimiento son connaturales al ser humano, a nadie le agradan, todos procuramos evitarlos; pero, si aprendemos a manejarlos pueden sernos muy útiles.  
Veamos:  

  ¿Por qué sufrimos? Porque somos humanos e irremediablemente el dolor, de una forma u  otra, será nuestro compañero de viaje en muchos momentos de nuestra vida.  

    ¿Para qué sufrimos? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento? Cuando el dolor, en cualquiera de sus múltiples formas, llega a nuestra vida, podemos enfrentarlo, asumirlo y aceptarlo con amargura  (vía negativa) o con esperanza (vía positiva).  
    1ª Vía negativa: Soportar el sufrimiento con amargura. Es anclarse en el dolor, es sufrir  por sufrir, sin perspectiva de futuro. La interpretación negativa del dolor solo conduce a su incremento.  
    La resignación, aunque muchos no lo crean, no es una virtud cristiana; puede que sea una virtud estoica; pero no una virtud cristina porque está cerrada en sí misma, carece de esperanza, no  ofrece ninguna salida al mal que aflige.  
    2ª Vía positiva: Aceptar el sufrimiento con esperanza. Buscar y descubrir el significado de ese sufrimiento e integrarlo en la experiencia de vida.  

Solo sufre el que no sabe «para qué sufre».  

    La esperanza da alas para remontar los obstáculos, para salir de los atollederos, para aceptar el sufrimiento y salir de él robustecidos y encauzar la vida con mayores fuerzas. La esperanza es una bocanada de aire limpio que impide que nos ahoguemos en nuestra amargura interior.  
 La esperanza es una virtud humana de la que todos podemos y debemos gozar ante las dificultades de la vida; y es, al mismo tiempo, una virtud propia de los creyentes en la existencia de otra vida, la verdadera, la eterna. La vida terrenal es un tiempo de preparación para la eterna.  

Tercer verbo: OFRECER  
    Tendido en una cama de hospital, sobre una silla de ruedas o dentro de un campo de exterminio nazi, por poner algunos ejemplos, el ser humano puede vivir con esperanza, disfrutar de las cosas que, en esas circunstancias, le ofrece la vida y, al mismo tiempo, hacer mucho bien a los demás. 
 
    ¿Cómo es posible, se preguntarán algunos, que se pueda sacar un bien de algo que consideramos malo? Seas creyente o no, si tienes esperanza, no te resignarás, no te mostrarás pasivo ante el dolor, la enfermedad o cualquier otro mal que llegue a tu vida personal o social; al contrario, harás todo lo que esté en tu mano para superarlo y, además, aprovecharás la ocasión para convertir ese mal en fuente de bien.  
    En teoría, esto es muy sencillo; en la práctica, es algo más complicado.  
    Veamos unos ejemplos: Todos conocemos a personas que, por un accidente, han perdido la vista, un brazo o una pierna y, pasados los primeros días o meses de shock, han recuperado la serenidad, han asumido su nueva realidad y, aferrándose a la vida, han puesto todo su empeño en seguir adelante.  
   Y así tenemos: ciegos que han hecho sus carreras, medias o universitarias, mediante la lectura braille y han logrado un puesto de trabajo; deportistas que practican su deporte favorito sobre una silla de ruedas o con una pierna especial.  
    Estas personas son un ejemplo para la sociedad que les admira y agradece su ejemplo de entrega, esfuerzo y tesón para superar la dificultad.  
    Los creyentes, además, tenemos el ejemplo del Señor, quien en medio de los sufrimientos de su agonía en Getsemaní, oró al Padre, diciendo: «Padre mío, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero, no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22,42)  
    Cristo con sus sufrimientos y muerte en la cruz redimió a la Humanidad, conquistó para todos los seres humanos la posibilidad de ser hijos adoptivos de Dios y gozar con Él en la vida eterna.  
    Como creyente, puedo aceptar y ofrecer a Dios no solo los sufrimientos que llegan a mi vida, sino también todas mis acciones, cualesquiera que sean, si son honestas, son agradables a Dios  y se las puedo ofrecer para su mayor gloria.  
    Ofrecer a Dios todo lo que hago cada día lleva consigo la exigencia de hacerlo bien, lo mejor que pueda. Sería de muy mal gusto y de falta de fe ofrecer a Dios algo mal hecho o hecho de mala gana. La dignidad de Dios y mi propia coherencia me exigen poner todo mi empeño en hacer  las cosas lo mejor que pueda.  
    Ofrecer a Dios todas mis obras es contribuir al bien de los demás. Todos somos miembros de la familia humana. De nuevo San Pablo nos instruye cuando escribe: «De esta suerte, si padece un miembro, todos los miembros padecen con él y si un miembro es honrado, todos los otros se gozan a una» (1 Corintios 12, 26)  
    Las obras buenas son el mejor ejemplo, la mejor predicación y el mejor apostolado para que los demás, según dijo Jesús «viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos» (Mateo 5,16).  

Para finalizar vuelvo al principio.  
    ¿Qué significa la sigla O.A.M.D.G.? 
San Pablo escribe a los corintios esta frase de tan largo alcance: «Ya comáis, ya bebáis o hagáis otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1Corintios 10,31).  

De este texto de San Pablo, en latín, está tomada la sigla:  

Omnia Ad Maiorem Dei Gloriam.  
(Todo a la mayor gloria de Dios).