EL TRIGO Y LA CIZAÑA
Jesús propuso a los discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos es semejante a uno que sembró semilla buena en su campo; pero, mientras dormía, vino el enemigo y sembró cizaña entre el trigo. Cuando creció la hierba y dio fruto, apareció la cizaña.
- Los criados dijeron al amo: Señor, ¿no sembraste trigo en tu campo? ¿Por qué hay cizaña?
- Él les contestó: Eso es obra de un enemigo.
- Ellos le dijeron: ¿Quieres que la arranquemos?
- Les dijo: No, no sea que, al arrancar la cizaña, arranquéis también el trigo. Dejad que ambos crezcan hasta la siega y entonces diré a los segadores: Tomad la cizaña y atadla en haces para quemarla y el trigo recogedlo para encerrarlo en el granero» (Mt 13,24-30)
¿Quienes son?
El sembrador representa a Jesús de Nazaret.
El campo donde siembra es el interior de cada persona o de todas en general.
El trigo representa el bien, es decir, los buenos pensamientos, sentimientos y acciones de las personas.
La cizaña representa el mal, es decir, los malos pensamientos, sentimientos y acciones de las personas.
El enemigo representa a las personas que inducen o aconsejan a otros para hacer el mal.
ENSEÑANZAS:
1ª enseñanza: «Por sus obras los conoceréis» (Mt, 7,16).
Mis palabras pueden ser engañosas; pero mis obras dicen lo que soy de verdad. Debo preguntarme y responderme con sinceridad:
¿Yo soy trigo o soy cizaña? Lo conoceré examinando mis pensamientos, mis sentimientos y mis obras.
2ª enseñanza: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Mt 7,1).
En el mundo, considerado como campo del Señor, coexisten el trigo y la cizaña, personas que practican el bien y otras que hacen el mal. Así será mientras el mundo exista.
No tengo ningún derecho a juzgar a otras personas. Si quiero ser justo, debo separar las acciones y sus autores; las acciones me pueden gustar o desagradar, puedo opinar sobre ellas y aceptarlas o condenarlas; pero, toda persona, en cuanto tal y en cualquier circunstancia, merece mi respeto a su dignidad y libertad de elección.
Me pongo en su pellejo y pienso, ¿qué habría hecho yo si me hubiese encontrado en sus circunstancias?
La cizaña y el trigo son plantas y no tienen libertad para cambiar; las personas sí podemos cambiar, porque somos libres para elegir. En cualquier momento, una persona buena puede convertirse en una malvada y una malvada convertirse en buena persona.
3ª enseñanza: Debo aprender del Señor.
Él aborrece las malas acciones; pero ama a las personas, sea lo que sean y hagan lo que hagan. Dios es paciente y misericordioso y espera que florezca el trigo donde ahora hay cizaña.
Ya llegará el día de la separación y, en juicio justo, dará a cada uno según sus obras. A los que obraron el bien durante su vida terrena, les dirá: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino» (Mt 25,34 y siguientes). El reino de Dios es un reino de justicia, de amor y de paz.
En cambio, a los que obraron el mal, les dirá: «Apartaos de mí, malditos» (Mt 25, 41 y siguientes).
El amor al prójimo, practicado o no, será la norma suprema del juicio de Dios al fin de los tiempos.
4ª enseñanza: Debo cultivar mi campo, mi interior personal, para que
produzca trigo y no cizaña. Esa debe ser mi tarea fundamental en esta vida.
Dijo el Señor: «Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, tampoco vosotros si no permanecéis en mi. Yo soy la vid y vosotros los sarmientos. El que permanece unido a mí, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada» Jn 15, 4-5)
Me incorporé a Cristo el día de mi bautismo y debo robustecer esa
incorporación reavivando la presencia viva de Cristo en mi interior. Como el sarmiento solo tiene vida y da fruto si está unido a la vid, así también yo solamente tendré vida abundante y produciré frutos en la medida en que esté unido a Cristo.
Las obras buenas son el mejor ejemplo, la mejor predicación y el mejor apostolado para que los demás, según dijo Jesús, «viendo vuestras buenas obras glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos» (Mt 5,16).
5ª enseñanza: La unión con Cristo me lleva al amor a Cristo y a convertirme en su morada. Dice el Señor: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada» (Jn 14, 23).
San Pablo escribe a los corintios estas bellas palabras:
«¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros» (1ª Cor 3, 16).
Ahí es nada.
¡Dios habita en el corazón de los qume le aman!
¡Dios habita en mí!