LA MORADA DE DIOS
En el evangelio de San Juan leemos estas hermosas palabras de Jesús: Yo estoy en mi Padre, vosotros en mí y yo en vosotros. El que recibe mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama y el que me ama a mí, será amado por mi Padre, y me manifestaré a él» (Juan 14,20-21)
«Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos morada» , (Juan 14,23)
¿Qué es una morada?
La «morada» es la residencia permanente, allí donde se vive. En el Antiguo Testamento, la morada de Dios era el Templo de Jerusalén; en el Nuevo Testamento, la morada de Dios es la Iglesia en su conjunto y, en particular, el alma, la mente y el corazón de cada uno de los creyentes que guardan la palabra del Señor.
El Señor llama constantemente a la puerta de mi corazón, quiere entrar, pero yo soy el dueño de la llave, y decido si le abro o permanezco sordo ante sus llamadas. Él insiste una y mil veces; yo puedo elegir entre ignorarlo, rechazarlo o aceptarlo.
Convertirme en morada de Dios implica que abro mi corazón al encuentro con Él; que le acepto como mi valor principal, preferido a todos los valores humanos; que le elijo como forjador de mi vida, una vida nueva en la que todo mi interés está en corresponder a su amor.Amar al Señor y guardar su palabra es el mandamiento nuevo: «Amaos unos a otros como yo os he amado. En esto todos reconocerán que sois mis discípulos » (Juan 13, 34-35)
Cristo es la piedra angular, sobre ella se alza toda la edificación que
convierte en morada de Dios al que le ama y guarda su palabra. San Pablo escribe a los de Éfeso: «Vosotros sois edificados para ser morada de Dios en el Espíritu» (Efesios 2,22)
Es el Señor el que nos edifica y construye. Él es el verdadero autor de nuestra morada espiritual, nosotros sólo somos sus instrumentos. El libro de los Salmos indica que trabajan en vano los que intentan construir por su cuenta, marginando al Señor: «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan lo que la construyen» (Salmo 127, 1)
En cambio, San Pablo escribe a los de Colosas: «Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Colosenses 4,13) Y esto se puede aplicar en todos los sentidos, en todos los lugares y tiempos. Lo importante es ser morada de Dios, su presencia conforta y ayuda; Él es nuestra piedra angular y punto de apoyo.
Vosotros sois mis amigos
«Os llamo amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros, sino que soy yo el que os ha elegido" (Juan 15,15-16).
Es el proceder de Jesús: Actúa primero y espera la respuesta humana. Llama a la puerta de nuestro corazón y espera que le abramos; nos elige como amigos y espera que le aceptemos. No fuerza, no impone; propone e invita.
A los que le aceptan los llama «amigos» y crea con ellos una fuerte relación: les da a conocer que «Dios es Amor y el que vive en amor permanece en Dios y Dios en él» (1Juan 4,16).
Jesús no tiene secretos con sus amigos, por eso les cuenta todas las
cosas que oyó de su Padre.
Los amigos de Jesús comparten con Él sus necesidades y problemas, sus heridas y fracasos, sus esperanzas y deseos, sus sueños y sus pesadillas; en una palabra: descargan en Él los secretos más íntimos de su corazón.
La pregunta es: ¿He aceptado a Jesús como mi amigo?
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