¿Qué es la paz interior? Es el sentimiento de bienestar y tranquilidad de ánimo que experimenta una persona cuando se siente bien consigo misma. Alguien la ha definido como “el silencio interno ll1eno del poder de la verdad, serenidad y ausencia de conflicto”.
Es superación del mal con el bien, de la falsedad con la verdad, del odio con el amor.
Lograr esto implica recorrer un largo y duro camino; pero, a caminar se empieza por un primer paso. ).
Soñamos utópicamente con la desaparición de todas las guerras, la desaparición de toda violencia; pero, nos olvidamos que la paz del mundo comienza por la paz en el interior de cada persona. Aquélla es una utopía, ésta será una realidad según los
pasos que demos cada uno.
Requisitos para la paz interior
Se pueden reducir a tres: paz consigo mismo, paz con los demás y paz con Dios.
1. Paz con uno mismo: La paz con uno mismo empieza por conocerse a sí mismo. ¿Quién soy yo?
Alguien dijo: “En cada Cual hay varios Cuales: el que él cree ser, el que los demás creen que es, el que realmente es y solo Dios conoce, y el que él cree que los demás creen que es”.
Parece un trabalenguas; pero, es una invitación a reflexionar sobre la propia identidad, sobre ¿quién soy yo? (1)
El ser humano tiene múltiples deseos y tiene que elegir y renunciar a unos en favor de otros; no siempre acierta, pues, con frecuencia, hace lo que no quiere y deja de hacer lo que querría hacer, generando en su interior el desgarro, la división y la ausencia de paz interior.
El ser humano lleva consigo la historia de su pasado que le ha dejado su huella y que se hace presente, a lo largo de su vida, de forma consciente o inconsciente para darle alas o como pesada carga.
Cuando el pasado se muestra placentero, todo va bien, hay alegría y ganas de seguir el camino; pero, cuando el pasado ha sido tortuoso, con decisiones equivocadas, e incluso delictivas, se muestra en el presente como una carga insufrible e incompatible con la paz interior.
¿Por qué cosas el ser humano pierde la paz interior?: Por una pena que no sabe encajar; por el rencor, el odio, el deseo de venganza; por la angustia que causa no cumplir con una obligación; por los remordimientos de conciencia.
Entonces el que sufre se hace muchas preguntas: ¿Por qué hice aquello? ¿Por qué dejé de hacer lo otro? ¿Qué habría pasado si hubiese tomado una decisión diferente? Etc. etc.
¿Cómo hacer las paces con uno mismo?
A) Acepta tu pasado, sea el que sea: Es fundamental reflexionar para llegar a aceptar la propia realidad. ¿Te equivocaste? ¿Hiciste algo que perjudicó a otra persona? Ya no puedes hacer nada para cambiarlo; pero, sí puedes y debes cambiar tú.
Es difícil perdonar a los demás; pero, es mucho más difícil perdonarse a sí mismo. Aprende a perdonarte. Asume tu pasado con honradez y sinceridad contigo mismo; a otros puedes engañar; a tí, no; tú conoces tu realidad.
B) Aceptar tus errores y arrepentirte de ellos, es la mejor actitud; por el contrario, los errores no asumidos seguirán golpeando tu mente, una y otra vez y reabriendo las heridas de tu corazón. Convierte tus errores en palancas para el éxito. Perdónate y haz la paz contigo mismo.
Aprende de tus errores: Con voluntad y decisión. El pasado, pasado está; acéptalo y empieza de cero una nueva forma de vivir de la que te sientas orgulloso. Vive el día de hoy, céntrate en lo que vas a hacer hoy, sin anticipar al mañana; echa fuera los fantasmas y miedos del pasado. Practica el bien y tu alma se llenará de paz; no permitas que tu pasado equivocado gobierne tu vida. Gobiérnala tú.
C) No te derrumbes: Ni por tu pasado, ni por las dificultades del presente. Vive de tal forma que te sientas pleno y satisfecho. Si caminas por la senda correcta saborearás la miel de la paz interior.
D) No te autocompadezcas: Tu vida depende de ti y de las acciones que emprendas.
E) Tampoco te engrías ni sobrevalores: Todos solemos ser algo egocéntricos. El egocentrismo es un globo al que debes desinflar. No eres ni el más bueno, hay personas muchos mejores, ni el más sabio, hay especialistas en muchas materias mejores que tú y, además, los verdaderos sabios reconocen lo poco que saben y lo mucho que ignoran, al contrario del egocéntrico que se cree sabio y apabulla con su verborrea casi vacía. No te derrumbes ni te sobrevalores, te queda mucho por hacer y lo conseguirás si trabajas con humildad y sinceridad. Sólo así podrás estar en paz contigo mismo de forma plena. Decían los antiguos que "en el medio está la virtud".
Aprovecha el tiempo (carpe diem): Tu tiempo es valioso, disfruta de él y sácale todo el jugo. Pon orden en tu vida. Merece la pena que reflexiones. ¿Te has parado a pensar cuántas horas dedicas a actividades que no te aportan nada?
Si tu situación actual no te satisface, actúa para cambiarla, bien merece tu esfuerzo aquello que quieres. Mira lo que es realmente importante en tu vida, ponlo en primer lugar,haz tu escala de valores y desecha todo lo que te haga perder el tiempo. No aplaces tus decisiones, no dejes para un mañana incierto lo que puedas hacer en tu hoy.
F) No te compares con nadie: Nada te aporta que vivas en constante comparación con otra persona; cada cual vivirá su vida según sus circunstancias que, por supuesto, serán
diferentes.
No estés pendiente de la opinión de los demás sobre ti. Tu vida es tuya y debes vivirla como tú elijas hacerlo. Valórate tú, porque si tú no lo haces difícilmente lo van a hacer los demás.
G) Distingue lo que depende de tí y lo que no: Este es un principio básico para lograr la paz interior.
¿Hay algo que te preocupa y te hace sufrir? Ocúpate en ello. Haz TODO lo que puedas para solucionarlo.
¿El problema trasciende tus posibilidades? Acepta la situación y deja de sufrir por algo que no está en tus manos. Actúa para controlar tu mente, no entres en el círculo vicioso de la preocupación constante.
Es una preciosa utopía querer arreglar el mundo; será una preciosa realidad si empiezas por cambiarte a tí mismo.
2.- Paz con los demás
La paz interior implica reencontrarse con la armonía perdida en nuestro interior, es decir, es el camino que debe llevarnos a respetar, aceptar y tolerar a los demás. La conquista de la paz y la felicidad, está en el interior de cada persona y requiere apartarse del odio, la venganza, la ira y el deseo de dañar a los demás y sustituirlos por amor, tolerancia, bondad, comprensión y respeto. Por la paz interior se escuchan las razones del que suponemos nuestro ofensor y se reparan las posibles injusticias cometidas, mostrando tolerancia, comprensión y clemente
perdón.
Muchas veces, en las relaciones interpersonales nos falta buen trato, empatía, comprensión, diálogo, porque a veces no tenemos la paz con nosotros mismos y con Dios.
Las personas que viven con paz interior son capaces de perdonar, dialogar y encontrar las mejores soluciones.
Vivir en paz ayuda a aceptar nuestros errores y reflexionar sobre ellos. En la relación con los demás el perdón es una condición clave para lograr la paz interior.
3.- Paz con Dios
Este tercer requisito indica que para tener paz interior el ser humano, que cree en Dios, debe estar en paz con Él. Por tanto, solo me dirijo a los creyentes, aunque invito a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
Dos personas: Dios y el hombre:
El camino de Dios: Dios creador, tan grande y santo, ¿puede abajarse hasta amar a una de sus criaturas, el hombre, tan pequeño y pecador? Y si lo hace, ¿cómo le corresponderá el hombre?Dios toma la iniciativa y ofrece al hombre un diálogo de amor mútuo y en nombre de este amor le induce y enseña a amar a los demás hombres.
Todo el Antiguo Testamento está plagado de hechos y acontecimientos que muestran el amor de Dios y su gran fidelidad.
En el Nuevo Testamento, el apóstol San Juan ofrece la mejor
definición de Dios, cuando dice:
“Dios es Amor” (1) Jn 4,8
El amor de Dios se expresa en un hecho único: La llegada de Jesús que, como Dios y como hombre, encarna el diálogo de amor entre Dios y el hombre. El Padre se da a conocer a los hombres y les manifiesta su amor a través de Jesús, su Unigénito, que es uno con Él y Dios como Él. “Tanto amó Dios al mundo que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que
crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).
El que responde de corazón al amor de Dios siempre está dispuesto a cumplir su voluntad, rezamos en el Padrenuestro:“hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo” (Mt 6,10); “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”, reza el salmista (Sal 40,8).
No siempre será fácil, como no lo fue para Jesús, que oraba diciendo: “Padre mío, si es posible pase de mí este cáliz; pero, no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26,39).
Jesús, en su predicación, al dirigirse a la muchedumbre, nombra a Dios como “vuestro Padre” (Mt 5,48; 6,1); y enseña a orar diciendo “Así habéis de orar: Padre nuestro…” (Mt 6,9). A cuantos creen en Él les da el poder de llegar a ser hijos de Dios. “Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo somos” (1Jn 3,1);
“Los que son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios… han recibido el espíritu de adopción, por el que claman: ¡Abba! ¡Padre! " (Rom 8,14-15)
El amor de Jesús es definitivo, se extiende más allá de su existencia terrenal, Él estará con nosotros “hasta la consumación del mundo” (Mt 28,29); y es un amor llevado hasta el extremo, entregó su vida para dar vida a los hombres.
El camino del hombre: Unas veces responde con amor al amor; otras, lo rechaza y otras lo olvida, acordándose de Dios sólo cuando le acosan las tribulaciones.
Leemos en el libro del profeta Jonás: “Cuando desfalleció mi ánima, me acordé de Dios” (Jon 1,8). En el Salmo 31, el atribulado suplica a Yavé “yo en ti confío, oh Yavé, ¡Tú eres mi Dios! En tus manos están mis destinos… haz resplandecer tu faz sobre tu siervo y sálvame en tu piedad” (1)(Sal 31, 15-17)
En la parábola del hijo pródigo, parábola de la misericordia, leemos cómo un hijo, tras pedir a su padre la parte de la hacienda que le correspondía, abandonó la casa paterna, gastó la fortuna viviendo disolutamente “y comenzó a sentir necesidad ”(Lc 15,14). Pero, recapacitó, volvió en sí y se dijo: “Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra tí; no soy digno de ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tu criados” (Lc 15,18-19).
El padre sale al encuentro del hijo: Es la única respuesta que cabe esperar de un padre que ama a sus hijo. El hijo pródigo se encaminó hacia la casa paterna y “cuando aún estaba lejos, viole el padre y, compadecido, corrió hacia él, se echó a su cuello y le cubrió de besos” (Lc 15,20). El padre se olvidó de la ofensa, abrazó y besó a su hijo y organizó una fiesta de bienvenida. ¡Amor de padre!¡Amor de Dios!
Dios ama a cada ser humano con un amor infinito a pesar de las ofensas que haya cometido. Por muchas que sean las ofensas, siempre serán finitas, limitadas, y no significan nada en comparación con la inmensidad de la misericordia y el amor que Dios le tiene.
El problema radica en que el ser humano debe abrirse al amor de Dios, y dejar que entre en su mente y en su corazón.
El amor del Padre es brisa que calma los sudores del hijo arrepentido; las palabras del Padre son melodía que remueven el corazón del hijo; el abrazo del Padre es perfume que envuelve; los besos del Padre son caricias de bienvenida.
La morada de Dios: En el Antiguo Testamento Dios estableció una alianza con su pueblo como prueba de su amor de padre. “Estableceré con ellos un pacto de paz que será eterno…pondré mi morada en medio de ellos y seré su Dios y ellos serán mi pueblo” (Ez 37,26-27).
La presencia de Dios en medio de su pueblo era considerada como el bien supremo de la paz.
En el Nuevo Testamento, Jesús dijo a sus discípulos:”Si alguno me ama, guardará mi palabra, mi Padre le amará, vendremos a él y en él haremos morada” (Jn 14, 23)
Jesús se ofrece para ser nuestro consuelo: “Venid a mí todos los que estáis atribulados y yo os aliviaré” (Mt 11,28). El Señor siempre acoge.
¿Puede existir mejor encuentro con Dios que ser su morada? ¿Puede existir mayor seguridad que saber que siempre somos acogidos por el Señor?
La paz es un don de Dios:Jesús, el príncipe de la paz, se aparece a sus discípulos cuando están angustiados y les saluda diciendo: “La paz sea con vosotros” (Jn 20,19)
Un gesto que repetirá varias veces, A través de la oración, la meditación y el diálogo con Dios se llega a la reconciliación con Él, con uno mismo y con las personas que nos rodean. La oración dispone el corazón a recibir el don gratuito de la paz, a perdonar a los demás y a perdonarnos a nosotros mIsmos.
La paz interior como fruto: La paz interior es el fruto de abrir el corazón a la presencia del Señor. La comunión con Dios da la paz interior por ser manantial de serenidad, de alegría, de tranquilidad, es como entrar en un oasis de luz y de amor.
“Cristo es nuestra paz” (Ef 2,14) y mora en el alma de los que le aman, (Jn 14,23).
“Cristo es quien vive en mí” (Gal 2,20); “No temas, yo estoy contigo” (Hch 18,9-10)
Podemos decir con San Pablo: "No me avergüenzo, porque sé a quién me he confiado" (2Tim 1,12).
“Mi paz os dejo, mi paz os doy; yo os la doy no como la da el mundo” (Jn 14,27).
La paz de Dios y la paz del mundo
La paz del mundo de la que nos habla Jesús se funda en diversas cosas (salud, dinero, poder, fama, reconocimiento social, etc.) que no son malas para el ser humano; pero, si no están ordenadas según el plan de Dios, con frecuencia se vuelven contra la misma paz humana.
Hay abundantes ejemplos de personas que han logrado los sueños que anhelaban, y luego la situación se ha vuelto en contra de la propia persona, hasta la destrucción de su familia, y lo que a veces parecía ser muy bueno resultó no serlo. Y por el contrario, otras cosas que en un primer momento eran dolorosas, cuando pidieron ayuda al Espíritu Santo para comprenderlas y vivirlas según el plan divino, se revirtió la situación y se produjo una paz que nunca habían imaginado.
A veces una enfermedad, que Dios no quiere pero permite en la vida de una persona, hace descubrir la paz de Dios.
La paz interior no es exclusiva de los creyentes, toda persona que busque y practique el bien la puede poseer, porque, sin saberlo o reconocerlo, está buscando a Dios, sumo Bieny suma Verdad. La única condición es que la búsqueda sea hecha con rectitud de corazón, para que “el Espíritu Santo los guíe hacia la Verdad completa” (Jn 16,13)
Si no obramos con rectitud de corazón, se nos puede aplicar lo dicho por el profeta Isaías: “Este pueblo se me acerca sólo de palabra, me honra sólo con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Is 29,13)
Una obligación:
Dar gratis lo que gratis hemos recibido.
Esta es la misión a la que somos llamados. Como nadie puede dar lo que no tiene, primero hay que llenarse, sentir en nuestro interior el amor y la paz y después, sólo después, podremos irradiar ese amor y esa paz.
La fuerza del amor:
En el siglo primero antes de Cristo, el gran escritor, político y orador romano Cicerón dijo: Nihil difficile amanti, (nada es difícil para el que ama).
San Pablo escribió: “Todo lo puedo en Aquél que me conforta” (Fil 4,13); “si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?” (Rom 8,31) y “¿quién nos separará del amor de Cristo ? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? ….En todas estas cosas vencemos por Aquel que nos ama” (Rom 8,35-37).
El amor que Dios llena de paz nuestro corazón y nos impulsa a ser constructores de paz en todos y cada uno de los ámbitos de nuestra vida.
La Historia demuestra lo contrario:
En 1844, Karl Marx escribió la famosa frase: La religión es el opio del pueblo.
Pero, la historia demuestra lo contrario: La religión por medio del amor, su componente principal, mueve a millones de personas a dar, de palabra y de obra, testimonio del amor de Cristo y se entregan a sí mismas para construir el Reino de Cristo.
El mundo no siempre reconoce esta labor, como tampoco reconoció la del Señor, “ ya que no me creéis a mí, creed a mis obras” (Jn 10,38).
Constructores de paz
Construyen la paz los que hacen leyes justas y los que las cumplen; los empresarios que buscan antes el bienestar de sus empleados y, en segundo lugar, aumentar el capital propio; los que trabajan no sólo para obtener un medio de vida sino para servir a la sociedad; los que emplean parte de su tiempo en ayudar, consolar y aliviar los dolores de las más necesitados, etc.etc.
¡Ojalá que este artículo sirva para que vivamos la paz interior y la reflejemos en nuestras obras!
(1) ¡Con qué exactitud refleja este salmo nuestra tribulación por la pandemia del Covid-19!
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