domingo, 3 de mayo de 2026

2. «SÍES» QUE CAMBIARON LA HISTORIA

 «SÍES» QUE CAMBIARON LA HISTORIA

    Tenemos en las Sagradas Escrituras DOS SÍES que han cambiado la historia de la Humanidad:
1. El sí de María
    «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38)
    Y el Hijo de Dios, la segunda persona de la Santísima Trinidad, se hizo carne en las entrañas de la Virgen María.
    Para anunciar a Jesús «fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen…. llamada María y, entrando, le dijo:
"Jaire, Kejaritomene, el Señor está contigo…..concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo» (Lucas 1,26-28. 31-32)
¿Qué significan estas palabras?
    Jaire y su versión latina "salve" eran un saludo corriente usado tanto por los griegos como por los romanos. Como saludo lo empleó Judas el besar a Jesús antes de entregarle: «Jaire, Rabbi» (Mateo 26,49). 
    Como saludo burlesco lo emplearon los soldados romanos que «doblando la rodilla ante Jesús, se burlaban diciendo; ¡Jaire, rey de los judíos! (Mateo 27,29)
 Después de la palabra jaire va el nombre o título de la persona a la que se saluda. En los casos citados son Rabbí y rey de los judíos refiriéndose a Jesús y Kejaritomene, como nombre de María.
    Kejaritomene, significa «agraciada en sumo grado»
    Cuando San Jerónimo pasó la Biblia del griego al latín, tradujo Kejaritomene por: Gratia plena, (Llena de gracia), que es el nombre con el que fue saludada por el ángel.
    El Señor está contigo, es decir, el Señor te acompaña y te asiste para que lleves a cabo sus planes. María había sido preparada desde el primer instante de su concepción para ser la Madre del Hijo Unigénito de Dios. Ella es Kejaritomene.
    En el momento sublime, cuando Gabriel le anuncia su futura maternidad, la humilde doncella de Nazaret da su conformidad con un sí emocionado y generoso:
Hágase en mí según tu palabra.

2. El sí de Jesús
    «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya», (Lucas 22, 42)
    Jesús está en el huerto de Getsemaní orando a su Padre. En su mente se representan, con todos los detalles y con todas las consecuencias, los dolores de su próxima pasión. Jesús se aflige de tal modo que suda gotas de sangre en tanta abundancia que corren hasta el suelo. El cuerpo de Jesús se estremece ante tanto dolor. Él insiste en la oración; «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».
     Jesús acepta la voluntad de su Padre y cumple la misión para la que ha venido al mundo. Cristo acepta y obedece, no de cualquier forma sino en sumo grado, como escribió San Pablo: «obediente hasta la muerte y muerte de cruz»
    Mucho debemos valer a los ojos del Señor para que Él acepte morir en la cruz para ofrecernos la posibilidad de tener una vida plena y abundante.
     «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Juan10,10)
    «Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Juan 3,17)
    «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores» (1 Timoteo 1, 15) (Filipenses 2,8).
Decir «sí» a Cristo cambiará la vida
    En los acontecimientos de la vida, todos gozamos de la facultad de elección, podemos decir «sí» o «no», según sea nuestra escala de valores. Los seres humanos valemos lo que valen nuestros valores; ellos son el fundamento de nuestras decisiones, que, con sus consecuencias, marcan el rumbo de nuestras vidas. Cada cual es responsable de lo que suceda después.
    El momento más importante en la vida de cada ser humano es cuando decide abrir o no la puerta de su corazón a la llamada insistente de Dios. Abrir es decir «sí», dejar entrar a Dios, aceptar su invitación a ser sus amigos. Cerrar la puerta es todo lo contrario.
    El “sí” del hombre a la llamada de Dios es una respuesta de amor al amor de Dios, con el resultado de entrar en el círculo íntimo de los hijos de Dios. Dios me ama y su amor es mi paz en los momentos de desasosiego e inquietud; es perdón cuando me veo abrumado por el pecado; es esperanza en mis momentos de desaliento. Él está siempre a la espera de mi respuesta, a pesar de mis desplantes, mis egoísmos, mi cerrazón y mi negatividad. El Señor está siempre ahí, esperándome. «He aquí que estoy a tu puerta y llamo...» (Apocalipsis 3,20)
    Aunque me haya convertido en erial y tierra llena de abrojos, el Señor llama a mi puerta, una y otra vez, para llenarme de su amor.
    El “sí” del hombre a la llamada de Dios es una respuesta de fe, de confianzen Dios. El hombre de fe dice como el profeta Samuel: “habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10).
    El “sí” del hombre a la llamada de Dios permite que el Espíritu Santo tenga libertad de acción para cambiar y modelar el interior del ser humano.
    El «sí» del hombre es apartarse del mal, obrar el bien y ofrecerlo a Dios en correspondencia a su amor infinito. Todas las acciones humanas que no sean malas en sí mismas, pueden ser hechas por amor a Dios y a Él ofrecidas; hasta las acciones más cotidianas. San Pablo expresa este pensamiento con estas palabras:
«Ya comáis, ya bebáis o hagáis alguna cosa, hacedlo todo para gloria de Dios» (1 Corintios 10,31)
    Da una gran tranquilidad interior saber que estoy agradando a Dios cuando me esfuerzo para hacer lo mejor que puedo todas mis cosas, sean de trabajo, de diversión o de ocio.
    Esta forma de vivir parece fácil; pero, dada la fragilidad de la naturaleza humana, no lo es tanto; a veces, se nos hace cuesta arriba y tratamos de distraernos con las bagatelas y vanidades del mundo, olvidando que lo más importante es dejar que Dios construya nuestro edificio interior.
    Todo crecimiento espiritual parte de dos verdades fundamentales: “Sin mí no podéis hacer nada” (Juan 15,5) “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Filipenses 4, 13)
    A veces, confiamos en nuestras propias fuerzas y creemos que solos lo haremos; pero, la realidad termina imponiéndose, porque, como dice el salmista «si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen» (Salmo127,1)
    Nos lo advirtió Jesús cuando dijo: «Sin Mí no podéis hacer nada» porque el sarmiento no puede producir fruto si no está unido a la vid.
    A lo largo de la vida, e incluso de cada día, experimentamos la necesidad que tenemos de Dios. Son momentos de intimidad con el Señor: «A tí, mi Dios, levanto mi alma; en tí confío» (Salmo 25,2) «Muéstrame, Señor, tus caminos,… guíame en tu
verdad… acuérdate de tu misericordia… no te acuerdes de los pecados de mi juventud, acuérdate de mí, según tu amor» (Salmo 25,2.4-7) «Confío en Tí, Señor. En tus manos están mis destinos» (Salmo 31, 15-16) «Protéjeme, Dios mío, que me refugio  e Ti>>.

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