Vocación al matrimonio y vocación al sacerdocio
Vocación viene del latín vocatio, del verbo vocare que significa “llamar”. Toda vocación es un don de Dios que llama a vivir ese estado de vida.
“Tener vocación” al matrimonio o al sacerdocio es sentirse llamado a esos estados de vida. El matrimonio y el sacerdocio no se excluyen entre sí. Solamente son dos carismas distintos. “El Espíritu distribuye {sus dones} a cada uno según quiere” (1 Cor 12,11).
Hay personas que tienen solamente una de las dos vocaciones: Desde el principio del mundo, la inmensa mayoría de personas solo han sentido y vivido su vocación al matrimonio; por otra parte, están los llamados a vivir célibes toda la vida y están, también, los que han sentido las dos vocaciones y a las dos han respondido; aunque el papa emérito Benedicto XVI piensa que «no es posible consumar ambas vocaciones (sacerdocio y matrimonio) de forma simultánea».
Lo realmente importante no es tener una o dos vocaciones, sino el modo de vivirlas. Dios llama a todos a santificarse en el ejercicio de su vocación.
De nada sirve al sacerdote o a la monja su vocación al celibato si no lo viven con el gozo de unirse más a Cristo y con la generosidad de ser más útiles a los demás. De nada sirve a los esposos su vocación al matrimonio si no lo viven con armonía, respeto y mutua entrega.
En una misma persona pueden coincidir las dos vocaciones, al matrimonio y al sacerdocio; la Iglesia Católica latina lo confirma al admitir en su seno varias excepciones del celibato:
1ª Los sacerdotes casados de ritos orientales: Los maronitas libaneses y los coptos egipcios.
2ª Los sacerdotes casados de la Iglesia greco-católica de Ucrania. Es una Iglesia católica de rito oriental, que se unió a Roma por el tratado de Brest-Litovsk en el año1696 con tres condiciones: que se respetase su liturgia, su tradición y su disciplina.
Un testimonio: "En Ucrania un cura casado tiene más credibilidad entre la gente que un célibe. Ofrece más garantías, porque da ejemplo no solo a nivel personal, sino también familiar. A los curas célibes se les acepta con dificultades" (1)
3ª Los sacerdotes casados de la confesión anglicana o episcopaliana, que aceptaron sucesivamente Juan Pablo II en 1980 y Benedicto XVI en el 2009.
Para todos estos sacerdotes casados, el sacerdocio no conlleva la obligación del celibato.
Sacerdotes reducidos al estado secular
Se estima que en el mundo hay casados 100.000 sacerdotes de la Iglesia católica romana, de los cuales 6.500 pertenecen a España. Ante esta realidad, son muchas las voces que piden una revisión de la disciplina del celibato.
El Papa Francisco, en el Sínodo de la Amazonía, invitó a opinar; se discutió la posibilidad de ordenar hombres casados y la aceptación fue abrumadora.
Los teólogos conservadores de la Iglesia, incluido el Papa emérito Benedicto XVI, han manifestado su disconformidad.
El mismo Papa Francisco ha dicho sobre el celibato: “Al no ser dogma de fe, siempre está la puerta abierta”.
Jesucristo nunca dijo que sus discípulos tenían que ser célibes. De hecho, Pedro, el elegido por Jesús como cabeza de su Iglesia, estaba casado y seguramente varios de los demás apóstoles, pues iban acompañados por sus esposas en sus viajes para predicar el evangelio. “¿Por ventura [...] no tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas?” (1Co. 9,5).
En los primeros siglos de la Iglesia, los sacerdotes e, incluso, los obispos eran casados o solteros, indistintamente. San Pablo solo les pide a los obispos que "sean hombres de una sola mujer" (1Tim 3,2 y Tito 1,5). Y añade: “Quisiera que todos los hombres fueran como yo (célibes); pero cada uno tiene su propio don...si no pueden guardan continencia, cásense, que mejor es casarse que abrasarse” (1 Cor 7,7.9)
Es pura lógica. El consejo paulino debería estar siempre en vigor. El celibato se impone en la Iglesia católica de rito latino, mientras que en la Iglesia católica de rito oriental y en todas las demás confesiones cristianas: protestantismo, anglicanismo e Iglesia ortodoxa rige el celibato opcional.
Todas las demás cuestiones pueden y deben ser resueltas. No hacerlo es vivir en pura contradicción.
La Iglesia está obligada, por mandato del Señor, a predicar el evangelio: «Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura» (Mc 16,15) «La mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 37-38) Hay un mandato expreso del Señor: «Id por todo el mundo….» y hay una realidad: «Mucha mies y pocos obreros».
Unidos todos: Jerarquía, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, en sincera oración de discernimiento, roguemos al Señor que envíe obreros a su mies. Roguemos para que el Espíritu Santo ilumine a la Jerarquía para que, a la hora de tomar las decisiones, abandonen todo clericalismo, ejerzan la fraternidad cristiana y traten a los «Renatos», no como apestados sino como obreros del Señor, que solamente desean santificar sus vidas en su doble vocación al sacerdocio y al matrimonio, como otros muchos lo están haciendo tras haber obtenido la dispensa del celibato.
Cosas que hacen reflexionar
1ª Hay escasez de sacerdotes, pero, por exigir el celibato, se impide el ejercicio sacerdotal a 100.000 sacerdotes casados y se dejan sin sacerdote a miles de creyentes. El Papa Pablo VI, como queda dicho más arriba, no se atrevió a dar personalmente la dispensa del celibato al joven sacerdote Renato y tampoco lo hizo la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Y yo me pregunto: ¿Cuántos «Renatos» habría en estos 100.000 casados a los que se les ha impedido el servicio sacerdotal? La respuesta es: Muchos miles.
Y me sigo interrogando: ¿Es más importante la obligatoriedad del celibato sacerdotal que el servicio que pueden y quieren prestar estos miles de sacerdotes?
Dejo la respuesta al amable lector. La mía es: ¡Cuántos talentos se desperdician por conservar una norma eclesiástica! ¡Cuántos sufrimientos causados a estos «Renatos» que, no lo olvidemos, siguen siendo sacerdotes en virtud del sacramento del Orden recibido!
Cualquiera podría pensar que hay abundancia de sacerdotes; pero la realidad es otra: Hay escasez, han disminuido las vocaciones y es muy grande el envejecimiento del clero actual.
2ª Por las excepciones comentadas más arriba, se da la paradoja de que en una misma población coincidan sacerdotes célibes de la Iglesia Católica romana y sacerdotes casados de la Iglesia greco-católica de Ucrania, de los maronitas libaneses o de los exsacerdotes anglicanos. Ante la desigualdad entre ellos por causa del celibato, ¿qué pueden pensar tanto ellos como los feligreses?
Lo mismo sucede en las universidades pontificias y en los seminarios diocesanos, donde los aspirantes al sacerdocio son de las procedencias anteriores.
3ª Son hechos que existen realmente y que merecen una profunda reflexión, tanto por parte de la Jerarquía, como de las comunidades cristianas y de los aspirantes al sacerdocio. No se trata de eliminar el celibato, que es un regalo del Espíritu Santo y por el que siempre daremos gracias a Dios. Siempre habrá sacerdotes célibes y ¡ojalá sean muchos! Se trata de ¡aceptar con toda normalidad!, la existencia de sacerdotes casados en la Iglesia romana; sin que ello suponga la existencia de 1ª y 2ªclase. Se trata de que todo sacerdote que, en cualquier momento de su trayectoria, no se sienta con fuerzas suficientes para seguir con el celibato y desee ardientemente seguir su vocación sacerdotal, pueda solicitar la dispensa del celibato (que debería ser concedida en corto plazo y no tardar años y años).
NOTAS
1 Oleksandr Dorykevych, sacerdote ucraniano