domingo, 17 de febrero de 2013

58.- HABEMUS PAPAM (1)


   “Annuntio vobis gaudium magnum: Habemus Papam, cardinalem Joseph Ratzinger

Estas son las palabras pronunciadas por el cardenal Protodiácono, el 19 de abril, desde el balcón de San Pedro, para anunciar la elección del nuevo Papa.Los miles de fieles que abarrotaban la plaza de San Pedro estallaron en un continuado aplauso. Se acabaron las “fumatas negras”; después de cuatro votaciones, subían al cielo las espirales de la fumata blanca  mezcladas con los  “toques de gloria” de las campanas vaticanas, las de Roma y las de todo el mundo, como aplauso sonoro de tan gran noticia.

El cardenal José Ratzinger dejó de ser cardenal y se convirtió en el 265 sucesor de San Pedro, adoptando el nombre de Benedicto XVI.

El hombre:
Cuantos se han acercado a él dan fe de que Benedicto XVI posee una dignidad y una unción religiosa que cautiva, que es un hombre de oración, de presencia de Dios. Dicen que posee, casi de forma natural, una gran dulzura en el trato cercano y una timidez atractiva por su sencillez y humildad, virtudes que le adornan en alto grado.
Merecen ser destacadas las palabras pronunciadas en su primera intervención, cuando se definió a sí mismo como un simple y humilde trabajador en la viña del Señor”. Con tal bagaje de virtudes cabe esperar lo mejor de Benedicto XVI.
Posee una excepcional cultura humanística y especialmente teológica. Ha trabajado, codo con codo, durante más de dos décadas con Juan Pablo II, quien le hizo asumir grandes responsabilidades. Conoce a la perfección los entresijos de la Curia vaticana, lo que le será de máxima utilidad.
Si Juan Pablo II logró la cima indiscutible de la autoridad moral en un mundo tan dado a lo efímero, relativo y banal, fue por la solidez de sus principios, la coherencia de vida con los mismos y la capacidad mediática para hacerlos visibles en la sociedad.

El Papa:
Benedicto XVI tiene una preparación teológica muy semejante, tal vez superior, a la de su predecesor. Su elección significa continuidad en los principios, como no puede ser menos por tratarse de principios de valor universal; pero, con toda seguridad, se distanciará de su antecesor en la puesta en escena.
No es un Papa que domine los medios de comunicación social, que le guste salir en las televisiones, de carácter sencillo y humilde, no será tan dado a las manifestaciones masivas. Esto no quiere decir que se vaya a encerrar en el Vaticano, sino que será un Papa menos viajero que Juan Pablo II, aunque sí hará los viajes apostólicos que considere oportunos
Igual que Juan Pablo II, Benedicto XVI está dotado de un gran tesón y fuerza de voluntad para llevar a cabo la misión encomendada; es un incansable trabajador que asumirá la tarea de consolidar la posición de liderazgo moral en la sociedad contemporánea; pero, lo hará a su modo, dejando el sello de su propia personalidad.

Garantía y esperanza: 
Sus cualidades humanas y científicas, sus virtudes evangélicas y su capacidad de vivir la presencia del Espíritu son el mejor augurio para un prolífico pontificado. La oración de todos los creyentes sube al cielo impetrando para él las bendiciones divinas.

Los Papas de mi vida
He compartido mi época vital con siete Papas: Pío XI (1922-39), Pío XII (1939-58), Beato Juan XXIII (1958-63), Pablo VI (1963-78), Juan Pablo I (1978), Juan Pablo II (1978- 2005) y, finalmente, Benedicto XVI (2005...
Exceptuando a Pío XI, porque era yo demasiado niño para conservar su recuerdo y a Juan Pablo I porque, dada la cortedad de su pontificado, no dio tiempo para conocerle, de todos los restantes guardo un recuerdo muy grato.
Pío XII, hombre culto y aristócrata, llevó con acierto el timón de la Iglesia durante la segunda guerra mundial; muy querido por casi todos y calumniado por algunos.
Juan XXIII, la bondad personificada, el hombre del Concilio Vaticano II.
Pablo VI, el hombre que puso en práctica la doctrina del Concilio Vaticano II.
Juan  Pablo II, al que he dedicado la reflexión anterior.
Ahora llega Benedicto XVI al pontificado, espero de él lo mejor para la Iglesia y el mundo.
¡“Benedictus qui venit in nomine Domini”. Bendito el que viene en el nombre del Señor.!

 
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