1. El hombre, Jesús de Nazaret
Jesús, el Hijo de Dios, al nacer de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado. Con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Jesús de Nazaret experimentó también, como cualquier hombre, los sentimientos humanos: la alegría, la tristeza, la indignación, la admiración, el amor. Lloró sobre Jerusalén: "Al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: ¡Si al menos en este día conocieras lo que hace a la paz tuya!" (Lc 9, 41-42). Lloró en la muerte de su amigo Lázaro: "Viéndola llorar Jesús (a María), y que lloraban también los judíos que venían con ella, se conmovió hondamente y se turbó, y dijo ¿Dónde le habéis puesto? Dijéronle Señor, ven y ve. Lloró Jesús..." (Jn 11, 33-35). Y lloró en Getsemaní, donde el sentimiento de tristeza alcanzó una intensidad particular: "Tomando consigo a Pedro, a Santiago y a Juan, comenzó a sentir temor y angustia, y les decía: Triste está mi alma hasta la muerte" (Mc 14, 33-34) "Lleno de angustia, oraba con más insistencia; y sudó como gruesas gotas de sangre, que corrían hasta la tierra" (Lc 22, 44) El zenit de la tristeza y del abandono que Jesús experimentó en su vida terrena lo indican estas palabras que pronunció cuando pendía de la cruz: "Eloí, Eloí, lama sabachtani?... Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34). Son palabras que Jesús tomó del Salmo 22, 2 y con ellas expresó el desgarro supremo de su alma y de su cuerpo, incluso la sensación misteriosa de un abandono por parte de Dios. ¡Este es el clavo más dramático, punzante y lacerante de toda la pasión!
2. Los dolores de Jesús
Jesús de Nazaret, como cualquier hombre, experimentó el cansancio, el hambre y la sed. Su cuerpo era vulnerable, sensible al dolor. Jesús fue flagelado: «Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabás, y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado». (Mc 15,15) Jesús recibió 40 azotes(1), que era el máximo consentido por la ley mosaica (Deuteronomio 25,3) La flagelación, reservada a las clases más humildes y a los esclavos, formaba parte de la crucifixión romana, con la finalidad de debilitar al condenado y acelerar la muerte en la cruz, era la antesala de la crucifixión. Jesús fue azotado (2) con el flagelo de cuero con bolas de hierro y huesecillos intercalados que era el usado por los romanos. Esto, según las explicaciones médicas, daría lugar a temblores e incluso desmayos, y un cuadro de hemorragias intensas, daño en el hígado y el bazo y acumulación de sangre y líquidos en los pulmones. Con este mismo instrumento fue golpeado, varias veces, durante el camino desde el Pretorio de Pilato hasta en monte Calvario. Jesús fue coronado con una corona de espinas: «Los soldados llevaron [a Jesús] al Pretorio, y reuniendo en torno de Él a toda la cohorte (3), le despojaron de sus vestiduras y le echaron encima una clámide de púrpura y, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y en la mano una caña y, doblando ante Él la rodilla, se burlaban diciendo: ¡Salve, rey de los judíos!. Y escupiéndole, le golpeaban con la caña en la cabeza» (Mt 27, 27-30).
La corona de espinas tenía una doble función: humillar a Jesús como Rey de los judíos, y provocarle dolor. Los soldados romanos sabían que se había proclamado rey delante de Pilatos, por lo que, en una imitación burlesca le pusieron la corona de espinas, la caña y el manto púrpura como remedo de la corona, del cetro y de la capa imperial.
Jesús fue cargado con la cruz en el camino al Calvario: «[Los soldados] tomaron a Jesús, quien, llevando su cruz, salió hacia el sitio llamado Calvario» (Jn 19,16) Jesús caminaba tan desfallecido que los soldados «echaron mano de Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron con la cruz para que la llevase en pos de Jesús»(Lc 23,26) Los soldados obligaron a Simón de Cirene a llevar la cruz no por compasión hacia Jesús sino porque temían que Jesús no llegase vivo al monte Gólgota, dado su extrema debilidad. Jesús, con toda probabilidad, levantó los ojos hacia Simón y le mostró su agradecimiento. En los evangelios no se menciona que Jesús cayera en tierra bajo el peso de la cruz o que una mujer llamada Verónica le limpiara el rostro con un paño: tales hechos son tradiciones posteriores.
¿Cómo era la cruz en la que los soldados romanos crucificaron a Jesús? En la Roma clásica la "crux" era un instrumento de madera para ejecuciones, «un madero, árbol o armazón en el que se empalaba, fijaba o ahorcaba a los delincuentes».
Con el tiempo la crux llegó a tener diversas formas: 1ª forma de la crux: Crux simplex era un simple madero (sin travesaño) al cual se fijaba o empalaba (4) al reo para dejarle morir. Si el ajusticiado era empalado, moría en pocos segundos; si era atado al madero con los brazos extendidos directamente sobre la cabeza, moría asfixiado en pocos minutos; pero, si podía apoyar los pies, tardaba más tiempo en morir porque podía incorporarse y respirar.
¿Cómo crucificaban los romanos? Consta que ya en el año 71 a.C., cuando Marco Licinio Craso acabó con la rebelión de los esclavos liderados por Espartaco, unos 6.000 prisioneros fueron crucificados a lo largo de la Vía Apia, desde Roma a Capua. También, el rey y sumo sacerdote judío Alejandro Janneo (103-76 a.C.) crucificó a 800 fariseos. En el año 4 a.C. Publio Quintilio Varo crucificó a 2.000 judíos que se habían rebelado tras la muerte de Herodes I el Grande. Lo más probable, por ser tan elevado el número de reos, es que estas crucifixiones se hiciesen con un simple madero fijado en la tierra y cada reo con los brazos atados al madero por encima de la cabeza, soportando el peso del cuerpo, hasta que morían por asfixia. Precisamente, los romanos añadieron un travesaño horizontal, que pesaba unos 20 kilogramos al que ataban al reo por los brazos, para que tardase más tiempo en morir y prolongar su sufrimiento (¡¡qué crueldad!!) y, sobre todo, cumplir la labor disuasoria, ya que el impacto en el público se consideraba lo más importante.
2ª forma de la crux: Crux compacta nació cuando añadieron el travesaño horizontal al vertical. La crux compacta tenía dos maderos y podía tener dos formas: en forma de T y en forma de †. El poste vertical normalmente estaba fijado al suelo de antemano en el lugar elegido para la ejecución. Al reo se le ataban los brazos al larguero transversal y se le obligaba a cargarlo y llevarlo hasta el lugar de ejecución. Una vez allí, el reo era atado o clavado al madero transversal el cual era izado y encajado en el madero central. La crux usada para ajusticiar a Jesús, con toda certeza, tenía DOS MADEROS. En cuanto a la forma, la más probable es la †.
Es una opiniuón unánime entre los investigadores que lo clavos fueron clavados en las muñecas, no en las palmas; debido a la complexión ósea, las manos "se rasgarían" con el peso del cuerpo. Ya suspendido en la cruz, los pies de Jesús también fueron fijados con clavos, uno al lado del otro, y no superpuestos como es costumbre representarlo. Estas perforaciones, por llegar a nervios importantes, provocan un dolor inmenso y continuo. La representación más antigua conocida de Jesús llevando la cruz data del 420-430. La imagen es una placa de marfil custodiada en el Museo Británico, y muestra a Cristo cargando una cruz muy pequeña, con forma de †.
La imaginería cristiana, a lo largo de los siglos, ha representado a Cristo crucificado con diversos materiales y formas. Tenemos en España una talla de tres maderos; se trata del crucifijo gótico de Puente la Reina (Navarra). En este pueblo se unen los dos grandes Caminos de Santiago, el de Roncesvalles y el de Somport; a muy pocos metros de la unión está la iglesia románica del Crucifijo, en la que se venera una preciosa imagen de Cristo crucificado. Este crucifijo, llama la atención por la forma insólita de la cruz, formada por tres maderos: un vástago central derecho y dos laterales, que salen de la mitad del central y forman entre sí un ángulo casi recto. Tanto el vástago central como los laterales imitan un árbol sin labrar ni descortezar, hasta el punto de verse perfectamente los cortes de las otras ramas. El escultor que lo hizo no resistió la tentación de plasmar en su escultura la fuerza sobrehumana del rostro de Cristo agonizante por el dolor inaudito de su cuerpo destrozado. En la liturgia del Viernes Santo, se canta esta vieja antífona que procede de la liturgia de la Iglesia primitiva (5), y que hace mención al árbol de la cruz: «Mirad el árbol de la cruz, en que estuvo clavada la salvación del mundo. Venid a adorarlo». Cristo crucificado es el centro de las miradas, el objeto de los afectos y el destinatario del amor agradecido del pueblo cristiano. La inscripción: La presencia de la inscripción con la condena en la cima del madero vertical constituye, según los exégetas bíblicos, uno de los datos más sólidos del carácter histórico de la pasión. La inscripción indica la causa de la condena. En el latín de la Vulgata de San Jerónimo la inscripción es «IESUS NAZARENUS REX IUDAEORUM» (Jesús Nazareno, Rey de los judíos). De ahí viene la sigla INRI.
Jesús fue clavado en la cruz: «Cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron y a dos malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda» (Lc 23,33) Era una práctica común que los grupos de ejecución del ejército romano estuvieran compuestos por cuatro soldados y un centurión, y que estos pudieran reclamar los bienes de la víctima como parte de su salario (expoliatio). En efecto, la Biblia narra que, tras crucificarlo, los soldados se repartieron sus vestiduras. (Jn 19, 23-24)
¿Quienes presenciaron la crucifixión de Jesús? «Estaban junto a la cruz de Jesús: su Madre, el apóstol Juan, María la de Cleofás y María Magdalena» (Jn 19, 25-26). Aunque no lo dice la Sagrada Escritura, es de suponer que el apóstol Pedro, después de haber negado tres veces a Jesús, al ver que era condenado a muerte, le siguiese hasta el monte Calvario, mezclado entre la multitud y viese desde lejos la crucifixión del Maestro. Los dolores de Jesús en la crucifixión: Nadie puede hacerse idea de lo que debió sentir Jesús cuando los clavos taladraban sus muñecas y pies. Penetraban uno tras otro, hendiéndose en la carne, rompiendo los huesos y clavándose, finalmente, en los maderos. Jesús llegó a la cima del dolor físico. Tenía el cuerpo lacerado por los azotes, los hombros magullados por llevar el madero transversal (6), la cabeza ensangrentada por la corona de espinas y las manos y los pies perforados por los clavos.
¿Qué sintió María, la Madre de Jesús? Difícil es expresar con palabras lo que siente una madre cuando está viendo a su hijo sufrir y agonizar de esa forma. Cuando Jesús cumplió 8 años y fue presentado en el templo, el anciano Simeón dijo a María: «una espada atravesará tu alma» (Lc 2, 35), refiriéndose al sufrimiento tan intenso que tendría al ver crucificar a su Hijo. Con cada golpe de martillo, los clavos producían en Jesús un fuerte dolor físico y taladraban el alma de su Madre. Todavía María no tenía plena comprensión del misterio encerrado en la persona de su Hijo; pasados los días, cuando recibió el Espíritu Santo, todo lo entendió .
¿Qué sintieron los discípulos y las mujeres? Un enorme sufrimiento ante tanto dolor de su Maestro y una gran tristeza porque pensaban que ¡todo había terminado! Se equivocaban, y más tarde lo comprobarían.
¿Qué siento yo, cuando contemplo a Jesús Crucificado? Con la luz del Espíritu Santo que recibí el día de mi bautismo, ahora mi más profundo sentimiento es:
¡Que soy un ser privilegiado!
¡El Señor me amó tanto que dio su vida por mí!
Me amó y me sigue amando, porque Dios no cambia. A la luz de Cristo crucificado, mi vida monótona y sin color, queda tocada por el amor de Dios, y se transforma en una página llena de color, de luz y de amor.
El Crucifijo es la imagen más elocuente del amor de Dios.
La agonía y muerte de Jesús en la cruz son la manifestación más profunda de su amor, "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin" (Jn 13, 1). "Nadie tiene amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos" (Jn 15, 13).
Al morir Jesús en la cruz, lo que antes era un patíbulo ignominioso, símbolo de reprobación y de muerte, pasó a ser instrumento de salvación y signo de gloria y de vida.
3. Jesús se quedó con nosotros Al instituir el sacramento de la Eucaristía, Jesús perpetuó su entrega. La Palabra, la Sabiduría de Dios, que se hizo hombre en las entrañas de la virgen María, se convierte en verdadera comida en la Eucaristía (7), es una unión perfecta entre Dios y el ser humano. No es posible concebir mayor abajamiento de Dios. La distancia entre Dios y el hombre es infinita; pero, por amor y para rescatar al hombre, la Sabiduría de Dios se abajó y se hizo hombre entre los hombres. Al mismo tiempo se produjo la mayor elevación del ser humano: nada menos que su adopción como hijo de Dios. La Sabiduría de Dios encarnada tomó el nombre de Jesús. «No temas, María...concebirás en tu seno y darás a luz un hijo al que pondrás por nombre Jesús» (Lc 2,30-31) No acabó aquí el abajamiento de Dios, sino que descendió un peldaño más y se convirtió, bajo las especies del pan y el vino, en «comida y bebida» de los que elige para ser sus amigos.
Jesús está presente, aunque escondido, en la Eucaristía.
¿Por qué Jesús se ha quedado en la Eucaristía?: Esta es la única respuesta: POR AMOR. «Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que os mando: que os améis unos a otros. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; os llamo amigos porque todo lo que oí de mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn15, 14 ss).
Una leyenda cuenta que un hombre se cayó en un pozo y pedía a gritos ayuda. Buda le oyó y, desde el brocal del pozo, le dijo: “Si hubieras cumplido mis enseñanzas, no te habrías caído dentro del pozo”. También le oyó Confucio, y le dijo: “Cuando salgas, vente conmigo y te enseñaré lo que tienes que hacer para no volver a caer más en el pozo”. También Jesús oyó los gritos del hombre desesperado; se acercó, vio su desesperación y bajó al pozo para ayudarlo a salir.
Algo parecido ha hecho Jesús: «El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos» (Mc 10,45). Su crucifixión no es sino la culminación de esa entrega. «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1).
El amor de Jesús no terminó cuando se acabó su vida terrena; tras su ascensión junto al Padre, sigue amando a todos los que le aceptan y se cuentan entre sus amigos; y sigue llamando insistentemente al corazón de todos, a la espera de que le abran.
¿Para qué Jesús se ha quedado en la Eucaristía? Para no separarse de sus amigos. Jesús, por amor, se convierte en nuestro mejor amigo. Su amor es entrega, regalo, compañía, generoso ofrecimiento de sí mismo a todos. El amor busca la compañía del ser amado, al que se ofrece y entrega (si es aceptado), estableciéndose entre ambos una profunda corriente de afecto y amistad. Jesús no ha querido separarse de sus amigos; está en el Sagrario, escondido misteriosamente, bajo las especies sacramentales del pan y el vino, esperando que sus amigos vayan a visitarle, le abran sus corazones, le den gracias por sus favores, le canten y festejen, le cuenten sus alegrías y sus penas, sus éxitos y sus fracasos, todo. Él nos invita y nos dice: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os aliviaré» (Mt 11,28) Jesús es el amigo que nunca falla; con Él siempre se puede contar. Por eso…
Si quieres curar tus heridas, él es médico. Si estás ardiendo de fiebre, él es manantial. Si estás oprimido por la iniquidad, él es justicia. Si tienes necesidad de ayuda, él es fuerza. Si temes la muerte, él es la Vida. Si deseas el cielo, él es el camino. Si buscas refugio contra las tinieblas, él es luz. Si buscas manjar, él es alimento».
CITAS
1 Seguramente fueron 39, uno menos de los 40; tal era la costumbre para no pasarse de los 40 que indicaba la Ley.
2 En la Sábana Santa conservada en Turín se aprecian 250 golpes y 150 latigazos con un flagellum.
3 La cohorte era una unidad táctica del ejército romano.
4 En el Antiguo Testamento hay testimonios de esta práctica por los persas: «Se arrancará de su casa una viga, que se alzará para colgarle en ella» (Esdras 6,1). «Los dos eunucos fueron colgados de una horca» (Ester 2,23) «Y fue colgado Amán de la horca que él había preparado para Mardoqueo» (Ester 7,10) En Rumanía, el emperador Vlad III (1431-1476) fue apodado «El Empalador». Se estima que entre 1456 y 1462 ordenó 60.000 empalamientos.
(5)Seguramente influenciada por la antigua costumbre romana de crucificar sobre un árbol
(6) El médico forense estadounidense Frederick Thomas Zugibe (1928-2013), profesor de la Universidad de Columbia y expatólogo jefe del Instituto Médico Legal, realizó una serie de experimentos con voluntarios para controlar los efectos que tendría una crucifixión en el cuerpo del ser humano. Los resultados fueron publicados en el libro The Crucifixion of Jesus: A Forensic Inquiry (La crucifixión de Jesús: una investigación forense, en español). Para sus estudios, se utilizaron cruces de madera: el madero vertical de 2,34 metros de altura y de 60 kg. de peso y el horizontal de 2 metros y 20 kg. de peso. Los individuos, todos adultos jóvenes de 30 años, fueron suspendidos brevemente en ellas y sus reacciones fueron monitoreadas electrónicamente, con electrocardiogramas, midiendo el pulso y la presión arterial. Resultado: Todos acusaron fuertes calambres provocados por la incomodidad de la postura, además de un constante hormigueo en las pantorrillas y muslos.
7 La palabra ágape conserva actualmente el significado de “comida”, tomado de las reuniones que hacían los primeros cristianos.
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