Introducción
«Liberté, Egalité, Fraternité» El lema tiene su origen en la Revolución Francesa, cuando era un grito de guerra contra la monarquía opresora y un llamamiento a los derechos básicos del pueblo francés. Suele atribuirse a Maximilien Robespierre en su campaña a favor del sufragio de todos los hombres adultos. Traducido de forma literal, el lema francés significa: "libertad, igualdad, fraternidad". Sin embargo, de forma menos literal, indica valores fundamentales que definen la sociedad y la vida democrática en general. En este artículo me ceñiré exclusivamente al valor «libertad».
1.Definición de libertad: El diccionario de la RAE define la libertad, en su primera acepción: “Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”. La raíz intrínseca de esta facultad natural del ser humano se encuentra en el poder reflexivo de la mente, que le capacita para emitir juicios de valor sobre las personas, las cosas y los acontecimientos que le rodean. Estos juicios de valor inclinan a la voluntad a obrar de una manera o de otra, e incluso a no obrar. Por tanto, los actos, elecciones o decisiones de la voluntad son las manifestaciones del ejercicio de la libertad.
2.Importancia de la libertad: El requisito imprescindible para el ejercicio de la libertad es la ausencia de cualquier coacción externa e interna.
Donde hay coacción no hay libertad.
Si por la coacción no existiese la libertad, carecerían de sentido la virtud y el vicio, el mérito y el demérito, el premio y el castigo (fijémonos en que son cosas reconocidas por los hombres de todos los siglos y de todos los países); porque no se concibe que pueda haber virtud o vicio, mérito o demérito, premio o castigo en acciones u omisiones que no se han podido evitar. El deseo de libertad del ser humano se manifiesta en todos los campos de la vida: social, político, religioso, económico o psicológico. Seguramente se habla tanto de él porque, a pesar de todos los «progresos» realizados, sigue siendo un deseo insatisfecho. El ser humano manifiesta tan gran ansia de libertad porque su aspiración fundamental es la aspiración a la felicidad, y porque comprende que no existe felicidad sin amor, ni amor sin libertad: un amor que proceda de la coacción, del interés o de la simple satisfacción de una necesidad no merece ser llamado amor. El amor verdadero, y por lo tanto el amor que hace feliz, no se compra ni se vende. Este amor sólo existe entre personas que disponen libremente de ellas mismas para entregarse al otro. Así es como llegamos a entender la extraordinaria importancia de la libertad. Todo el mundo está más o menos de acuerdo en que el respeto a la libertad de los demás constituye un principio ético fundamental.
¿Libertad exterior o interior? Un error relativo a la noción de libertad es considerar esta última como una realidad exterior dependiente de las circunstancias, y no una realidad ante todo interior. Existe algo muy obvio, pero que nos cuesta mucho comprender, y es que, cuanto más dependa nuestra sensación de libertad de las circunstancias externas, mayor será la evidencia de que todavía no somos verdaderamente libres. Con mucha frecuencia tenemos la impresión de que lo que limita nuestra libertad son las circunstancias que nos rodean: las normas impuestas por la sociedad, las obligaciones de todo tipo que los demás hacen recaer sobre nosotros, tal o cual limitación que disminuye nuestras posibilidades físicas, nuestra salud, etc. Por lo tanto, para hallar nuestra libertad sería preciso eliminar todas estas ataduras y obstáculos. Cuando nos sentimos prácticamente «asfixiados» por las circunstancias que nos rodean, nos volvemos en contra de las instituciones o de las personas que consideramos que son aparentemente su causa. ¡Cuánto resentimiento hemos alimentado en nuestra vida contra todo lo que no es de nuestro agrado y nos impide ser lo libres que deseamos!
Este modo de ver las cosas encierra cierta parte de verdad y parte de engaño. Parte de verdad porque es cierto que hay limitaciones que es preciso remediar, barreras que hay que salvar para conquistar la libertad; y parte de engaño, que, so pena de no gustar jamás de la verdadera libertad, deberíamos desenmascarar.
¿Cuál es el engaño? Creer que podemos eliminar todas las ataduras y obstáculos. Incluso aunque desapareciera de nuestras vidas todo cuanto creemos que se opone a nuestra libertad, no existiría garantía de acabar consiguiendo esa plena libertad a la que aspiramos. Cuando superamos unos límites, siempre aparecen otros. De ahí el riesgo de encontrarse inmerso en un proceso sin fin, en una permanente insatisfacción. Nunca dejaremos de tropezar con obstáculos dolorosos. De algunos de ellos podremos librarnos, pero nos toparemos con otros más firmes: las leyes de la física, loslímites de la naturaleza humana o los de la vida en sociedad. El deseo de libertad que habita en el corazón del hombre contemporáneo a menudo se traduce en un intento desesperado de traspasar los límites dentro de los cuales se siente como encerrado. Siempre queremos ir más lejos, más deprisa; queremos aumentar nuestro poder de transformar la realidad. Y esto es así en todos los aspectos de la existencia.
¡Cuántos jóvenes desaparecidos por el exceso de velocidad o por sobredosis de heroína! ¡Por un anhelo de libertad que no han sabido hallar el auténtico modo de hacerlo realidad! ¿No se convierte entonces en un sueño al que vale más renunciar a cambio de una vida apagada y mediocre? ¡Claro que no! Pero es necesario descubrir dentro de uno mismo la verdadera libertad.
A causa de la errónea visión de la libertad a que aludíamos antes, a menudo se considera que el único ejercicio de libertad auténtico consiste en elegir entre diferentes posibilidades la que más nos conviene; de forma que, cuanto mayor sea el abanico de posibilidades, más libres seremos. En esa forma de pensar, la medida de nuestra libertad sería proporcional a la cantidad de opciones posibles. Es un hecho cierto que el uso de nuestra libertad nos conduce a optar entre distintas posibilidades. Pero pecaríamos de falta de realismo si lo contempláramos sólo desde este ángulo. En nuestra vida hay multitud de aspectos fundamentales que no podemos elegir, ya que conforman nuestra identidad estructural: nuestros padres, nuestro sexo, el color de los ojos, el carácter o nuestra lengua materna. Ahora bien, los elementos de nuestra existencia que sí elegimos son elementos coyunturales de una importancia bastante menor que los que no escogemos. Además, si en la etapa de la adolescencia la vida se presenta ante nosotros como un gran abanico de posibilidades coyunturales entre las que elegir, no podemos dejar de admitir que el abanico se va cerrando con los años y que cuantos más años vamos cumpliendo, menos son nuestras posibilidades de elección. El falso concepto de libertad conlleva graves repercusiones en la conducta de los jóvenes de hoy en día. Por ejemplo: Es muy significativa su actitud frente a cualquier tipo de compromiso. Las elecciones definitivas se retrasan, porque todas ellas se contemplan como una pérdida de libertad.
Consecuencia: no se atreven a tomar decisiones, ¡con lo cual no deciden su forma de vivir! Es la vida la que decide por ellos, porque el tiempo no se detiene y sigue pasando .
Ser libre es también aceptar lo que no se ha elegido: Existe otro modo de ejercer la libertad; un modo a primera vista menos celebrado y más pobre y humilde, pero a fin de cuentas más corriente, y de una fecundidad humana y espiritual inmensa: la libertad no es solamente elegir, sino aceptar lo que no hemos elegido. El acto más elevado y fecundo de libertad humana reside antes en la aceptación que en el dominio. El hombre manifiesta la grandeza de su libertad cuando transforma la realidad, pero más aún cuando acoge confiadamente la realidad que le viene dada día tras día. Resulta natural y fácil aceptar las situaciones que, sin haber sido elegidas, se presentan en nuestra vida bajo un aspecto agradable y placentero. Evidentemente, el problema se plantea a la hora de enfrentarnos con lo que nos desagrada, nos contraría o nos hace sufrir. Y, sin embargo, es en estos casos precisamente cuando, para ser realmente libres, se nos pide «elegir» lo que no hemos querido e incluso lo que no hubiéramos querido a ningún precio. He aquí una paradoja de nuestra existencia: ¡para llegar a ser verdaderamente libres tenemos que aceptar que no siemprelo seremos! Quien desee acceder a una verdadera libertad interior, deberá aceptar su realidad, sus limitaciones personales, su fragilidad, su impotencia, diversas situaciones que impone la vida… algo que cuesta mucho hacer, porque sentimos un rechazo espontáneo hacia las situaciones sobre las que no ejercemos nuestro control. Pero la verdad es ésta: las situaciones que más nos hacen crecer de verdad como personas son precisamente aquellas que no dominamos, porque la mayor ilusión del hombre es la de dominar su vida, porque la vida es un don que, por su misma naturaleza, escapa a todo intento de ser dominado; lograr dominarla es subir un peldaño en el crecimiento personal.
Rebelión, resignación, aceptación: Existen tres actitudes posibles frente a aquello de nuestra vida, de nuestra persona o de nuestras circunstancias, que nos desagrada o que consideramos negativo: 1ª La rebelión es el caso de quien no se acepta a sí mismo y se rebela: contra Dios que lo ha hecho así, contra la vida que permite tal o cual acontecimiento, contra la sociedad, etc. (84). La rebelión suele ser la primera reacción espontánea frente al sufrimiento. El problema está en que no resuelve nada; por el contrario, no hace sino añadir un mal a otro mal y es fuente de desesperación, de violencia y de resentimiento. Jamás se ha construido nada importante ni positivo a partir de la rebelión; ésta solamente aumenta y propaga más aún el mal que pretende remediar.
2ª La resignación: A veces sucede a la rebelión. Como me doy cuenta de que soy incapaz de cambiar tal situación o de cambiarme a mí mismo, termino por resignarme. La resignación constituye una declaración de impotencia, sin más; aunque, comparada con la rebelión, puede representar cierto progreso, en la medida en que conduce a una actitud no agresiva; pero, la resignación es insuficiente y permanecer en ella es totalmente estéril; quizá sea una virtud filosófica, pero nunca será una virtud cristiana porque carece de esperanza. Tanto la rebelión como la resignación son actitudes estériles, basadas en el «rechazo de la realidad» y en no poner los medios adecuados para cambiar esa realidad.
3ª La aceptación: La aceptación implica una nueva disposición interior, un cambio que lleva a decir «sí» a una realidad que antes percibía como negativa y ahora la acepto porque vislumbro que tengo perspectivas de esperanza. La diferencia decisiva entre la resignación y la aceptación radica en que en esta última es muy distinta la actitud del corazón. La resignación es un túnel oscuro y sin salida, mientras que en la aceptación se vislumbra cierta luz al final del túnel que nos da esperanza de poder cruzarlo.
Exigencias de la aceptación esperanzadora:
1ª exigencia: Que nos aceptemos a nosotros mismos y a los demás como somos. Como somos, es decir, con nuestras virtudes y nuestros defectos, nuestras capacidades y nuestras deficiencias, nuestros errores o malas decisiones del pasado y con nuestros aciertos. La no aceptación de nosotros mismos crea una tensión interior, una insatisfacción y una frustración que con frecuencia volcamos sobre los demás, y los convertimos en cabeza de turco de nuestros conflictos interiores. Cuando estamos de mal humor contra algo que nos rodea, suele ser porque no nos sentimos contentos con nosotros mismos ¡y se lo hacemos pagar a los demás! El que no está en paz consigo mismo, necesariamente estará en guerra con los demás. Existe un profundo vínculo de doble dirección entre la aceptación de sí y la aceptación de los demás, de tal modo que debemos aceptarnos a nosotros mismos para poder aceptar a los demás. Ambas aceptaciones se propician y realimentan. La aceptación de nosotros mismos nos ayuda a ser más comprensivos con los demás, a aceptarlos tal como son, a no intentar cambiarlos según nuestro gusto.
2ª exigencia: Que aceptemos la realidad con todos sus acontecimientos. Los acontecimientos que nos trae la vida no siemprte son gratificantes, alegres y positivos, también suelen abundar los negativos, las dificultades y los sufrimientos. Y, volviendo al «principio fundamental»: No seremos capaces de transformar eficazmente nuestra vida si no comenzamos por acogerla en su integridad y, en consecuencia, por aceptar cualquier acontecimiento al que nos enfrentemos. Esta doble exigencia de la aceptación nos hace comprender que para transformar «la realidad» de un modo fecundo hay que comenzar por aceptar esa realidad. Solo la plena aceptación de la realidad actual puede ser la base sólida sobre la que podremos construir una realidad nueva. Evidentemente, resulta difícil aceptar lo que no percibimos como gratificante o positivo. Y es más difícil aún cuando se trata de dificultades y sufrimientos de todo tipo. Tenemos la experiencia de que, sean cuales sean nuestros proyectos o nuestra cuidadosa planificación, existen multitud de circunstancias que no podemos controlar y multitud de acontecimientos contrarios a nuestra previsión, nuestras aspiraciones o nuestros deseos, que nos vemos obligados a aceptar. Creo que lo más importante es no contentarse con aceptarlas a regañadientes, sino que debemos dar un paso más, aceptarlas para sacar de ellas un bien, aceptarlas para fortalecernos como personas, aceptarlas para superarlas.
Con razón decía Nietzsche: «Cuando el hombre encuentra un para qué vivir, puede soportar cualquier cómo vivir».
El lado positivo de las contrariedades: Las contrariedades no solo traen inconvenientes, sino también ventajas. La primera, evitan que nos encerremos en nuestros proyectos, nuestros planes o nuestro juicio personal. La auténtica cárcel que nos aprisiona y de la que debemos liberarnos somos nosotros mismos y nuestra pequeñez de corazón y de entendimien. En la vida, lo peor que podría sucedemos (74)es que todo fuera de acuerdo con nuestros deseos: eso supondría el fin de todo crecimiento. El auténtico mal no son las contrariedades sino el miedo a lo que éstas nos puedan traer. Las contrariedades acogidas con esperanza nos hacen crecer, nos educan, nos purifican, nos hacen «pisar tierra» y abandonar imaginaciones inútiles, nos hacen ser menos justicieros y más comprensivos con los demás. Por el contrario, el miedo nos endurece, nos encorseta en actitudes defensivas e, incluso, a menudo nos conduce a decisiones irracionales de nefastas consecuencias. Con esto no deseo hacer apología del dolor: éste ha de ser aliviado en la medida de lo posible. Pero forma parte de nuestra vida y querer eliminarlo por completo significa eludir la vida misma. Rehuir el dolor es rehuir la vida y, a fin de cuentas, cuanto la vida puede traernos de bueno y de bello. Tampoco pretendo minusvalorar el placer, que también forma parte de la vida y es algo bueno. Darnos placer y dar placer a los demás es la forma más natural y corriente de manifestar el amor. Los actos más importantes y fecundos de nuestra libertad no son aquellos mediante los cuales transformamos el mundo exterior, sino aquellos mediante los cuales modificamos nuestra propia actitud interior para darle un sentido positivo.
La aceptación disminuye el sufrimiento: Cuando experimentamos un sufrimiento, lo que más daño nos hace no es tanto éste como su rechazo, porque entonces al propio dolor le añadimos otro mayor: el de nuestra oposición, nuestra rebelión, nuestro resentimiento y la inquietud que provoca en nosotros. La tensa resistencia que genera en nuestro interior y la no aceptación del sufrimiento hacen que éste aumente. Mientras que, cuando lo aceptamos, se vuelve de golpe menos doloroso. Cuando sobreviene el dolor, es perfectamente normal intentar remediarlo en la medida de lo posible. Si me duele la cabeza, tendré que tomarme una aspirina para aliviarme. Pero siempre habrá sufrimientos irremediables que conviene esforzarse en aceptar con tranquilidad. Y esto no es masoquismo, ni gusto por el dolor, sino todo lo contrario, porque la aceptación de un sufrimiento hace éste mucho más soportable que la crispación del rechazo. Cuando nos enfrentamos al dolor cotidiano, al «peso del día y del calor», al cansancio, hay que evitar pasarse el tiempo refunfuñando por dentro o esperando que acabe cuanto antes; hay que evitar soñar permanentemente con una vida distinta: es preferible aceptar de corazón la que tienes. La vida es buena y bella tal como es, incluso con su parte de dolor. Toda existencia, incluso si se encuentra abocada al dolor, es infinitamente valiosa.
3.- La libertad cristiana
Dios, que es Amor, creó a la Humanidad por amor, porque ama a todos los seres humanos como Padre; al mismo tiempo, espera ser amado por todos. Amar es un acto de la voluntad y, por tanto, solo se ama cuando ese acto es plenamente voluntario. Por coacción o por la fuerza se pueden hacer muchas cosas; pero, no amar. Dios no quiere que los seres humanos le amemos sin voluntad, como si fuésemos robots; por eso nos creó semejantes a Él, con inteligencia y voluntad, y capaces de decidir si le amamos o no.
Dios nos creó libres
En la vida lo más importante no es lo que nosotros podemos hacer sino lo que Dios puede hacer en nosotros y a través de nosotros (85). El gran secreto de toda fecundidad y crecimiento interior es aprender a dejar hacer a Dios. Jesús dijo: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Es situarnos en la realidad de lo que somos, de nuestras circunstancias y decir «sí». En la Sagrada Escritura encontramos, entre otros, estos tres ejemplos de aceptación de la realidad. 1º El profeta Samuel dispuesto a escuchar «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3,10). 2º María acepta la voluntad de Dios «Dijo María: He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38) 3º Jesús, en su oración en Getsemaní, en medio del inmenso dolor, invoca al Padre con estas palaras de aceptación: «No se haga mi voluntad sino la tuya» Lc 22,42) Dejar que Dios actúe en nosotros: Es un acto libre de nuestra voluntad, que siempre requiere, por nuestra parte, una triple aceptación: 1ª Aceptación previa de nuestra situación real porque Dios no actúa sobre lo imaginario, lo ideal o lo soñado, sino sobre lo real y lo concreto. Dios ama con amor de Padre a cada persona real yconcreta, tal cual es. Dios no ama a personas «ideales» ni sale al encuentro de personas tales como «les gustaría ser» o como « deberían ser»; Dios ama y sale al encuentro de las personas «tal como son», con sus virtudes, errores y miserias. Dios conoce nuestras debilidades y nuestras flaquezas, pero no nos condena ni se escandaliza de ellas. Ante Él, podemos - sencillamente- ser como somos. Recordemos lo que nos dice el Señor por boca del profeta Isaías: «Eres a mis ojos de gran estima, de gran precio y te amo» (Is 43, 4). Si no admito que tengo tal falta o debilidad, si no admito que estoy marcado por ese acontecimiento pasado, si no me acepto como soy, lo que estoy haciendo, en uso de mi libertad, es cerrarme al amor de Dios y al encuentro con Él. Aceptarse a uno mismo significa acoger las propias miserias, pero también los valores, permitiendo que se desarrollen todas nuestras legítimas posibilidades y nuestra auténtica capacidad.
2ª Aceptación previa de los demás, tal como son; si no acepto a los otros tal y como son (y, por ejemplo, me paso la vida exigiéndoles que correspondan a mis esperanzas), estoy rechazando la oportunidad de un encuentro fructífero. La disponibilidad hacia los demás es un aspecto fundamental en las relaciones humanas. En cada encuentro con una persona, sea cual sea su duración, debemos transmitir la sensación de estar disponibles al cien por cien, y de no tener ninguna preocupación ni otra cosa que hacer que estar con esa persona y vivir con ella lo que haya que vivir en ese instante, todo el tiempo que haga falta. Y no es una simple cuestión de cortesía, sino una verdadera disponibilidad del corazón. Esto es algo que cuesta mucho, porque tenemos un fuerte instinto de propiedad en lo relativo al tiempo, y el hecho de no poder dominarlo a nuestro antojo crea en nosotros cierta inseguridad. Dios nos ama y acepta tal como somos. Dios es el Creador de nuestra libertad y, cuanto más influye Él en nuestro corazón, más libres nos hacemos. Los actos que realizamos bajo la acción del Espíritu Santo provienen de Dios, pero son también actos plenamente libres, plenamente queridos y plenamente nuestros.
Escoger libremente ser cristianos íntegros: Los cristianos íntegros son los que practican las llamadas virtudes teologales; es decir, la fe, la esperanza y la caridad que son el centro de la existencia cristiana y el medio privilegiado de colaboración entre Dios y el ser humano.
¿Qué es la fe?: La fe es un don gratuito de Dios: «Nadie puede decir: “Jesús es el Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). Pero, al mismo tiempo, la fe es la adhesión personal del hombre a Dios unida al libre esentimiento a la verdad que Él ha revelado, es decir, la fe es un acto con el cual el hombre se confía libre y totalmente a Dios que se ha revelado, a través de Cristo, como Padre que ama al hombre. Con los actos de fe el hombre rinde a Dios el homenaje de su entendimiento y de su voluntad. «Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad»(86) La fe hace que me adhiera a la verdad transmitida por la Escritura, la cual no cesa de mostrarme la bondad de Dios, su misericordia, su absoluta fidelidad a sus promesas y su amor incondicional e irrevocable hacia sus hijos manifestado en Cristo, nacido, muerto y resucitado por nosotros. El me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2, 20). Por la fe el corazón se adhiere a esta verdad y encuentra en ella una esperanza inmensa e indestructible. Todo cuanto hay de positivo y de bueno en nuestra vida procede del amor de Dios que gratuitamente ha sembrado su Espírutu en nuestros corazones. Pero este regalo sólo puede ser plenamente fecundo en nosotros si cuenta con la cooperación de nuestra libertad. Este aspecto voluntario aparece más marcado en łos momentos de duda. y tentación. Hay ocasiones en las que la fe no es espontánea y exige un gran esfuerzo la adhesión voluntaria de nuestra voluntad a la verdad propuesta por la Palabra de Dios. En esas ocasiones, no olvidemos que, cuando hacemos un acto de fe, éste sólo es posible porque «el Espíritu Santo ayuda nuestra debilidad» (Rom 8, 26).
¿Qué es la esperanza? Es el estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea (87).Las esperanzas terrenales: El mundo ofrece muchos bienes apetecibles para el corazón humano deseoso de felidad y con ansias de amor. Pero, no podemos olvidar que lo que ofrece elmundo son bienes fugaces, que terminan para cada uno el día de su muerte, porque el poder, las riquezas, los honores, los placeres y demás no acompañan a nadie al sepulcro. El autor del libro del Eclesiastés escribió muy claro sobre la caducidad de los bienes terrenales: «He contemplado todo cuanto habían hecho mis manos y todos los afanes que al hacerlo tuve, y vi que todo era vanidad y apacentarse de viento, y que no hay provecho alguno debajo del sol (Eccli II, 11.)
Hay muchos hombres rectos, impulsados por un noble ideal –aunque sin motivo sobrenatural, por filantropía–, afrontan toda clase de privaciones y se gastan generosamente en servir a los otros, en ayudarles en sus sufrimientos o en sus dificultades. Es muy respetable y admirable, la tenacidad de quien trabaja por estos nobles ideales. Pero, es una lástima que todo acabe el día de su sepulcro.
La esperanza cristiana: Al contrario, cuando reconocemos la contingencia de las iniciativas terrenas, y abrimos nuestra mente a la transcendencia, toto el quehacer humano se abre a la auténtica esperanza, la que eleva todo lo humano al encuentro con Dios. La luz de la transcendencia ilumina la vida humana y aleja las tinieblas de la caducidad. La esperanza cristiana es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna junto a Dios como suma felicidad. San Agustín de Hipona experimentó muchas cosas mientras buscaba la felicidad fuera de Dios; pero solo logró esa felicidad cuando aceptó a Dios en su vida. Estonces escribió esta frase, que con el tiempo se ha hecho tan famosa:« ¡Nos creaste, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón estará inquieto, hasta que descanse en Ti! (S. Agustín, Confessiones, 1, 1, 1 (PL 32, 661) San Pablo escribió: «No nos ha creado el Señor para construir aquí una Ciudad definitiva» (Hebr 13, 14) La verdadera esperanza da al ser humano la seguridad de sentirse y ser hijo de Dios y poder llamarle «¡Abba! ¡Padre! (Gal 4, 6). Es más, al ser hijo adoptivo de Dios, también heredará la felicidad eterna de estar junto al Padre. Porque «ya no es siervo, sino hijo, y si hijo, también heredero» (Gal 4,7)
La esperanza cristiana no separa al hombre de las cosas de esta tierra, sino que le acerca a esas realidades de un modo nuevo: Obrando el bien, revisando las actitudes ordinarias ante la ocupación de cada instante; fomentando la felicidad de los que le rodean, sirviendo a los otros con alegría, con comprensión, con una sonrisa. Es así como los quehaceres diarios y todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva, que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano.Para que esto se produzca, para que Dios actúe en el hombre y a través del hombre, éste debe elegir a Dios y decirle:«Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad»(Del Salmo 40)
La esperanza cristiana habla de la continua bondad del Señor con los hombres, siempre dispuesto a oírlos, porque jamás se cansa de escuchar. Le interesan sus alegrías, sus éxitos, sus apuros, sus doloresy sus fracasos. Por eso, el hombre debe dirigirse a su Padre del cielo en las circunstancias favorables y en las adversas, acogiéndose a su misericordiosa protección. La certeza de la propia nulidad puede hace pensar al hombre que su realidad es una auténtica multitud de ceros; pero la esperanza le hará poner a Cristo a la izquierda de esos ceros (10000…) y la nulidad se trocará en una fortaleza irresistible.
¡Eso es el hombre unido libremente a Cristo! «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?» (Salmo 27,1). El Cielo es la meta del hombre unido a Cristo. Así lo ha prometido Él mismo: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas…voy a prepararos un lugar...para que donde yo estoy estéis también vosotros » (Jn 14,2-3) Llegará un día cuando el Padre diga a los unidos a Cristo: «Siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en las cosas pequeñas, yo te confiaré las grandes: entra en el gozo de tu Señor!
Mientras llega ese momento, San Pablo nos dice «Vivid alegres con la esperanza» (Rom 12,2) La fe y la esperanza son provisionales, sólo para este mundo, y enseguida pasarán: en el cielo, la fe será reemplazada por la visión, la esperanza por la posesión; sólo el amor no pasará jamás: nada reemplazará al amor porque éste es el fin. Lo cual significa que en la tierra el amor es la participación más plena en la vida del cielo, mientras que la fe y la esperanza se hallan al servicio de la caridad, la única que posee un carácter definitivo.
A causa de los fracasos, las decepciones, las dificultades, la experiencia de nuestra miseria y las inquietudes que nos desasosiegan, solemos desanimarnos. En este caso, el remedio (es decir, el modo de hacer rebrotar el amor) no reside en un esfuerzo voluntarista, sino en reanimar la esperanza. La terapia apropiada es la de descubrir la raíz del desaliento, ese «punto de desesperanza», y poner el remedio, volver a dotar a la persona de una mirada esperanzada sobre este aspecto concreto de su vida. Todo esto responde a una realidad psicológica tan sencilla como importante: para que nuestra voluntad sea fuerte y dispuesta, necesita verse alimentada por el deseo. Y ese deseo no puede ser poderoso si lo que se desea no se percibe como posible y accesible; porque, si nos representamos algo como inaccesible, dejamos de desearlo y quererlo con fuerza. No se puede querer nada de modo eficaz si tenemos la sensación psicológica de que «no llegaremos». La esperanza nos permite remodelar nuestras representaciones mentales de modo que volvamos a percibir lo que queremos como algo deseable y accesible. Gracias a la esperanza, sé que lo puedo esperar todo de Dios con total confianza. «Todo lo puedo en aquel que me conforta», dice San Pablo (Fil 4, 13). La esperanza nos cura del miedo y el desaliento, dilata el corazón y permite que el amor se expanda. Pero, a su vez, la esperanza necesita apoyarse en la fe para constituir una auténtica fuerza; así puedo «esperar contra toda esperanza» (Rom 4, 18), «porque sé a quién me he confiado» (2Tim 1,12).
¿Qué es la caridad? En el pensamiento cristiano, la caridad es la forma más elevada de amor, pues significa el amor recíproco entre Dios y el hombre. El hombre manifiesta su amor a Dios cuando ama desinteresadamente al prójimo. La descripción de la caridad que hace San Pablo se encuentra en el Nuevo Testamento (I Cor. 13). En la primera carta de San Juan, leemos:«Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. El que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve» (1Jn 4,20) Una de las acepciones que da el Diccionario de la RAE de la palabra caridad es «limosna que se da o auxilio que se presta a los necesitados». Este sentido es el más corriente en la sociedad y es también muy significativa su importancia. Añadamos, para terminar, que el fin de la obra del Espíritu Santo en nuestra vida consiste en suscitar y hacer crecer las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad: éste es, por así decirlo, su «papel» principal, y todos los demás carismas, dones u operaciones de la gracia son sólo medios con vistas al crecimiento de la fe, la esperanza y la caridad. Las tres virtudes teologales no se pueden separar; ninguna de ellas es capaz de existir realmente sin las otras. La más importante de las tres es, por supuesto, el amor. En el Himno a la caridad, San Pablo deja muy claro su papel fundamental: «Aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy» (1 Co 13, 2); para añadir un poco después: «Ahora permanecen estas tres: la fe, la esperanza y la caridad; pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). En consecuencia, ser cristiano no es solo frecuentar tal o cual práctica, ni seguir una lista de mandamientos y deberes; ser cristiano es, ante todo, creer en Dios, esperarlo todo de El y querer amarle a El y al prójimo de todo corazón. Todos los aspectos de la vida cristiana persiguen un solo fin: aumentar la fe, la esperanza y la caridad. Sin esta finalidad, no sirven para nada.
CITAS
84 La rebelión no siempre es negativa. Puede tratarse de una primera e inevitable reacción psicológica ante circunstancias brutalmente dolorosas, y beneficiosa siempre que no nos quedemos encerrados en ella. La rebelión, como rechazo de la realidad, puede puede tener un significado positivo: el del rechazo de una situación inadmisible que nos empuja a obrar contra ella con medios legítimos y proporcionados.
85 La cuestión de fondo es la siguiente: ¿cómo un acto humano (el acto de creer, de esperar o de amar) puede ser un acto plenamente humano, libre y voluntario, a la vez que un don gratuito de Dios, un fruto de la acción del Espíritu Santo en el corazón del hombre? En este punto tocamos el profundo misterio de la «interacción» entre la actividad de Dios y nuestra libertad, un problema espinoso tanto en el plano filosófico como en el teológico. Sin adentrarnos en él, diremos simplemente que no existe contradicción.
86 Concilio Vaticano II, Constitution Dei verbum, 5
(87) Diccionario de la RAE.
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