Un tema del mayor interés es la necesidad que tiene el “hombre” de orientar la vida hacia un ideal que le dé sentido, le eleve el ánimo y le abra nuevos horizontes de plenitud.
El “hombre” actual quiere vivir a tope, saciar sus ansias de goce y bienestar, realizarse plenamente y con rapidez; pero, con frecuencia, no acierta a descubrir qué actitudes lo llevan a su pleno desarrollo y cuáles hacia su destrucción como persona.1.- Situación actual de la sociedad
Vivimos en una sociedad en la que abundan las guerras, la violencia en los hogares con gran número de mujeres asesinadas, las familias rotas, la trata de mujeres, los atentados terroristas, el consumo de drogas y su secuela de muertes, la miseria y el hambre en muchos países, la tiranía de las grandes compañías multinacionales, el número considerable de gente sin trabajo con las consecuencias nefastas para toda la familia, la cuestión climática, la pandemia del covid-19, la corrupción política, los paraisos fiscales, la economía sumergida, etc. etc. Abundan los problemas y faltan las soluciones globales para este mundo que alguien denominó “ la aldea global”. Esta es la cara fea de la sociedad; por suerte, existe la cara agradable formada por personas que se esfuerzan, que ponen su vida e ilusión no sólo en procurar su propio interés sino también el de los demás.
2.-La causa original de los problemas es el egoísmo de las personas. Son egoístas las grandes potencias: Cada una mira su propio interés y crecimiento, no importándoles nada o muy poco lo que pase en el resto. Por ejemplo, la cuestión climática se solucionaría si todas las grandes potencias quisieran. Son egoístas los grandes empresarios y compañías multinacionales que, en busca del mayor rendimiento, imponen unos precios a sus productos que otras compañías o los productores de las materias primas no pueden soportar y se arruínan. Son egoístas los que pagan sueldos miserables a gran parte de sus empleados a los que han contratado como temporales, condenándolos a no poder planificar su futuro, a estar pendientes del próximo contrato y a vivir en continuo sobresalto. Es egoísta toda persona que sólo mira por ella y se desentiende de las dificultades de los demás. Aquí entramos casi todos; pues, casi todos, en una o varias ocasiones hemos dicho: “ese no es mi problema”.
3.- La sociedad tiene mecanismos para manipular a las personas. La sociedad cultiva preferentemente cuanto incrementa el poder y descuida, por principio, lo que incrementa el desarrollo personal. La sociedad se deja llevar por la fuerza motriz de “dominar y poseer”. Manipula la propaganda política: Que se apropia del descontento y la frustracción de los posibles votantes y para atraerlos utiliza la manipulación más burda y mejor financiada, miente sin límite y promete sin intención de cumlir lo prometido. Manipula la publicidad engañosa, la que miente sobre la calidad y los componentes de sus productos o la que lanza rebajas ficticias. Todos los días asistimos a las trampas de la propaganda demagógica comercial que pretende atraer nuestra atención para vencer nuestra resistencia, aunque sea sin convencer. Manipulan los programas de prensa, radio y TV: En los que los “pensantes” opinan sobre temas y cuestiones que están muy lejos de conocer a fondo, llevando desconcierto y confusión a gran parte de la sociedad. Cuando se ofrecen ideas poco o nada fundamentadas a personas carentes de formación sólida y de criterio propio, no se las enriquece, sino que se les desorienta y manipula. Una sociedad en este estado de anestesia es pasto fácil para toda clase de logreros, demagogos, aventureros y totalitarios que pululan por el país. Manipulan los que se valen del poder subyugante de los medios de comunicación social para incitar a la juventud a cultivar las experiencias embriagadoras - en sus diversos aspectos - y contribuyen a crear un clima propicio para su incremento. La manipulación en cada uno de sus aspectos conduce a un proceso de infantilización de amplio recorrido en la masa popular.
Contra la manipulación, reflexión: Cuando alguien llega a una situación límite siente la necesidad de precisar a fondo qué entiende por vida humana plena, qué escala de valores ha de orientar sus decisiones, qué formas distintas hay de libertad y a cuál ha de concederse la primacía. Todos tenemos derecho a la libre expresión de nuestras opiniones, pero el ejercicio de este derecho implica usarlo responsablemente, ateniéndonos a la realidad y no aferrándonos al deseo de imponer el propio criterio. Es necesario reflexionar sobre el falso concepto de libertad que repite machaconamente: La democracia es un sistema de libertades. En teoría, es cierto que la democracia es un sistema de libertades; pero, en la práctica, no es tan cierto porque no todos nos obligamos a medir el alcance de nuestra libertad e impedir que el mal uso de la misma haga daño físico o moral a otras personas. Un caso palpable es el gusto por las experiencias fascinantes del poder, el lujo, la fama, el erotismo banal, la droga en sus diversas modalidades, la velocidad viaria, los juegos de azar, etc., que lanzan por el barranco del vértigo a los que entran en ellas porque lo fascinante seduce, y la seducción arrastra, impide reflexionar, minimiza y empobrece la libertad. Estos procesos fascinan con la promesa de ganancias inmediatas y producen euforia al principio, pero terminan destruyendo a la persona y encerrándala en un vacío existencial que le impide reflexionar sobre su propia realidad y le acostumbra a dejarse llevar por la exaltación fácil, en detrimento del desarrollo de su personalidad. Los ciudadanos no debemos olvidar que tanto en las dictaduras como en las democracias pueden existir tiranos: hombres y grupos ansiosos de poder y dominio. La única diferencia radica en que el tirano-dictador manipula sin necesidad de disimular, y el tirano-demócrata manipula con disimulo. La democracia permite entregarse fácilmente a toda suerte de procesos de fascinación; pero no explica los riesgos a que se expone el “hombre” cuando se entrega a estas experiencias de vértigo, y así se muestra incapaz de impedir que el “hombre” termine en la desesperación.
2.- El “hombre” es un ser de "encuentros”
El “hombre” desarrolla y perfecciona su personalidad en proporción directa a la cantidad y calidad de encuentros y diálogos positivos mantenidos con las personas de su entorno. Hoy sabemos por la ciencia que el hombre se desarrolla como persona a medida que se va encontrando con otras personas, con la historia, con instituciones, con paisajes, con Dios. La vida no es más que una sucesión de encuentros. La vida es tan variada porque son variados los encuentros: encuentros en silencio dentro de uno mismo, encuentros con personas, encuentros con situaciones, encuentros con preguntas, encuentros con ideas. Los encuentros hay que buscarlos y permitir que te busquen y te atraigan; a veces dejarlos pasar, porque acertar en su elección condiciona el devenir de nuestra vida. Los encuentros nos hacen crecer como personas, caminar, cambiar el rumbo o permanecer. Los encuentros dan plenitud a la vida, si sabemos aprovecharlos y extraer de ellos todo su sentido y significado. Los encuentros transforman. ¡Cuántas personas han cambiado radicalmente su modo de vivir tras un encuentro! ¡Cuántas dicen que tal o cual persona les cambió la vida! El encuentro con el silencio: La vida de muchas personas transcurre en un trabajo frenético, un no parar, un constante ir y venir sin tiempo ni lugar para el silencio. Sin embargo, es imprescindible para seguir adelante recargar las pilas, conectar con lo verdaderamente esencial y auténtico, volver la mirada hacia dentro de uno mismo, hacia lo más profundo del ser y escuchar con el corazón sus más hondos anhelos. Con la edad, la búsqueda del silencio activo suele ser más intensa porque en él se encuentra paz, serenidad, energía y sabiduría; en el silencio activo se tranquiliza la mente, se alimenta el espíritu y se llena la vida de sentido. El silencio es el comienzo de la sabiduría, es una frase atribuída a Pitágoras. Ponerse en soledad y silencio para apagar el ruido exterior e interior; para descubrir si lo que estamos haciendo y la manera en que lo estamos haciendo, en nuestro día a día, está configurando quiénes somos y discernir si, de verdad, ese que vemos reflejado es el que queremos ser. l ser humano necesita parar y reencontrarse con el silencio, recrearse en él; para reflexionar, para conectar con lo verdaderamente esencial que, lógicamente está en lo más alto de su escala de valores. Hay que cuidar lo esencial y dedicarle tiempo.
La soledad rodeada de multitud: En nuestra sociedad se da con demasiada frecuencia el fenómero de la “soledad rodeada de multitud”, es decir, personas que viven una profunda soledad aunque están rodeadas y se comunican con muchas personas. La soledad rodeada de multitud suele darse entre las personas que han logrado fama por su profesión, cantantes, deportistas, modelos, actores y actrices; en general, todos los que lograron el éxito en sus profesiones y fueron admirados y adulados por la multitud mientras duró el éxito y olvidados cuando se acabó. Dura, triste y sola es la vida del que, tras haber gozodo de fama, dinero y poder, tras haber estado rodeado y haber sido adulado por la gente, cuando se acaba la fama, el dinero o el poder, pasa al olvido. La soledad rodeada de multitud suele darse también entre personas corrientes, que nos encontramos por la calle, que saludamos con un ¡hola! o un ¡adiós!; personas que no tienen amigos de verdad, que viven solas y nadie las visita. Hay muchas mujeres mayores que, tras la muerte del marido, se han quedado solas; visitadas por sus hijos de vez en cuando, pero que pasan la mayor parte de su tiempo en completa soledad. Viven en una gran ciudad, están rodeadas de muchos vecinos, pero pasan días enteros sin hablar con nadie. Los encuentros de la soledad rodeada de multitud no son todo lo positivos que deberían ser porque no llenan los deseos más íntimos de la persona, se quedan en la periferia y los encuentros periféricos, aunque sean numerosos, no siempre penetran hasta el corazón humano.
El “hombre” siente verdadero terror ante la soledad; no ante la soledad física que la soportará mejor o peor, sino ante la soledad existencial, es decir, ante una existencia desconectada de los otros, del mundo, del significado último de la vida. El “hombre” huye de la soledad, pero no siempre acierta la dirección, huye mucho hacia fuera y muy poco hacia dentro, pretende compensar su soledad mediante el exceso de trabajo, las relaciones superficiales y las adicciones que le fascinan y seducen, provocando su conexión con fanatismos, extremismos, populismos y radicalismos porque todos ellos se basan en explotar la necesidad humana de estar conectados a algo, de ser parte de algo que nos dé sentido e identidad, algo que nos haga sentir vivos, conectados, pertenecientes a, vinculados a.
Cuando el devenir de la vida es estereotipado y puramente externo, a la larga, produce tal insatisfacción que encierra al “hombre” en un vacío existencial, achica y asfixia su personalidad hasta la inanición, e inicia así el proceso de autodestrucción: aparecen la tristeza, la angustia y el vértigo interior que le lleva a la desesperación, la cual, con frecuencia, termina en suicidio.
En los encuentros con las personas es importante considerar que no haya toxicidad previa entre ambos; si la hubiere, aclarar las causas y hacerla desaparecer; de lo contrario, el encuentro será totalmente negativo. Todo encuentro con otro es un eslabón más en el camino vital y tiene sus condiciones:
1ª Condición: Tener criterio propio: Adoptar una escala de valores propia adaptada a la personalidad de cada uno, mejorarla si es preciso y actúar en conformidad con ella. Tener criterio propio encarnado en un ideal a conseguir que esté en consonancia con el valor más importante de la escala de valores. El ideal es la idea motriz del actuar humano. Una sociedad sin ideales es una sociedad sumisa ante todo tipo de novedades y modas, descreída y sin creencias en las que confiar. No creemos en la religión, no creemos en la democracia, no creemos en las instituciones, no creemos en la sociedad civil como motor de cambio y, por no creer, no creemos ni en nosotros mismos. Pero como necesitamos creer, porque sin creencias, sin certezas el ser humano vive en la angustia, en la inseguridad pues acabamos creyendo en lo último que llega, lo que más nos impacta emocionalmente, en lo que creen los famosos influencers. El fenómeno de las fake news tiene bastante que ver con la falta de creencias sólidas, de criterios a los que agarrarnos para valorar, decidir y actuar. El ser humano tiene la capacidad de crear y ordenar sus valores. Así, para una persona, su valor fundamental y fuerza motriz puede ser la religión, pero para otra puede ser la familia, los hijos, el amor, la libertad, la justicia, la protección medioambiental o la ayuda a los más necesitados. Esos valores fundamentales responden a preferencias esenciales que nos orientan en la vida y a la necesidad universal del ser humano de tener una orientación, un fin al que dirigir su vida para llenarla de sentido. Toda persona tiene sus propias convicciones que le aportan certeza, seguridad, confianza, sentido de pertenencia, creer en algo estable y fuerte que le ayuda a comprender el mundo, a vivir en él y le proporciona la motivación para actuar.
A lo largo de la historia esas convicciones han sido transmitidas por la familia y por la religión. Creer en algo nos da fuerza y nos da seguridad, si en lo que creemos nace de nuestra esencia, de nuestros valores, de nuestro yo ideal y lo concretamos en algo que es realizable en el mundo exterior y aporta a otros, esa creencia se transforma en confianza, en energía creadora que nos impulsa a mejorar, a superarnos, a retarnos, a luchar y entramos en una dinámica de realización crecimiento y bienestar. El ideal a perseguir por el “hombre” en su vida es conquistar con los que le rodean los modos más elevados de unidad que le sea posible. Tal ideal constituye la verdadera libertad humana y la clave del rearme moral que necesita esta sociedad. No es tarea fácil, porque no es fácil elegir el camino de la generosidad frente al del egoísmo imperante. Esta labor la tiene que hacer cada cual consigo mismo y proyectarla lo más posible en su ámbito social. La regeneración de la sociedad, si viene, será como resultado de la regeneración de cada persona, que es la mejor forma de colaborar en la instauración de una sociedad más justa y solidaria.
2ª Condición: Tener apertura al otro: La apertura pide empatía entre ambos, ponerse cada en lugar del otro, no para dominarle y ponerle al servicio del interés personal sino para crear juntos una relación de respeto y colaboración, que sólo será posible si ambos adoptan una actitud básica de generosidad. Respeto, empatía, colaboración y generosidad son las cualidades básicas para un buen encuentro.
Al ideal egoísta de “me encuentro con el otro para dominarle” contraponer el ideal generoso de “me encuentro con el otro para comprenderle y ayudarle”. La generosidad exige el ofrecimiento de posibles vías que enriquezcan la personalidad del otro y, con frecuencia, exige renunciar a lo que apetece para ofrecer al otro lo que más le ayude. En los encuentros dirigir la atención hacia la persona, no hacia el provecho que se puedas sacar de ella. Reducir el encuentro a un mero medio para obtener beneficios es rebajar el rango de esa persona y envilecerla.
3ª Condición: Diálogo sincero: La falta de sinceridad de uno suscita desconfianza y sospechas en el otro, lanzándole a obrar de la misma manera y convirtiendo el encuentro en una farsa totalmente negativa. La falta de sinceridad por una o ambas partes dialogantes convierte el diálogo en una mentira y cubre el encuentro de negatividad.
3.- Es necesaria una renovación social
Ante el panorama descrito en los números anteriores se presenta al “hombre” actual el dilema de no hacer nada y seguir igual o intentar una regeneración social que satisfaga y dé cumplida respuesta a los deseos humanos. La regeneración social es un desideratum utópico; todos quieren un mundo mejor para ellos mismos y para sus hijos; pero, muy pocos encauzan su propia vida en ese sentido. El “hombre” debe encontrar una base firme sobre la que asentar su conducta privada y social; todos, creyentes y agnósticos, necesitamos partir de unas convicciones comunes que nos vienen dadas por la investigación científica porque es verificable y sometible a comprobación. Existen experimentos y experiencias que han llevado por vía científica a poder afirmar que “toda vida verdadera se produce en los encuentros” y que, a través de ellos se puede llegar a la instauración de una sociedad más justa y solidaria.
4.- La regeneración social preconizada por el Cristianismo
Grandes y expertos autores (William James, Freud, Jung, Gordon Allport, Erich Fromm, Viktor Frankl) han sostenido que la religión cumple funciones fundamentales en la vida de las personas, como dar sentido, guía, seguridad, esperanza e ideales nobles. En un momento en que nos sentimos desbordados, desmoralizados, desorientados es importante recuperar conceptos que sean capaces de dar respuesta a cada persona sobre el significado de su vida presente y futura. La religión, practicada con sinceridad por las personas, lejos de acrecentar el individualismo, la separación y el enfrentamiento es una vía de unión entre ellas y un camino de autorrealización y de contribución al bien común.
1.- El amor a Dios, primer mandamiento cristiano
“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazon, con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el más grande y primer mandamiento. El segundo, semejante a éste, es: Amarás al prójimo como a tí mismo” (Mt 22,37-39).
La religión une al “hombre” con Dios y con los demás hombres. “Dios es Amor” (1 Jn 4,8). El cristianismo es la religión del amor en tres dimensiones: Amor de Dios al hombre; del hombre a Dios y de los hombres entre sí.
Amor de Dios hacia el “hombre”: “El amor de Dios hacia nosotros se manifestó en que envió al mundo a su Hijo unigénito para que nosotros vivamos por Él” (1 Jn 4,9). No hay mayor amor que dar la vida por la persona amada.“Cristo murió por nosotros” (Rom 5,8) . Un amor tan grande de Dios significa que valemos mucho para Él, tanto que nos ha adoptado como hijos y le podemas llamar “¡Abba! ¡Padre!” (Gál 4,6). Si Jesús no lo hubiera revelado, jamás por mente humana habría pasado la idea de ser el hombre hijo adoptivo de Dios; adoptivo, pero verdadero hijo. Jesús, Hijo único del Padre;los hombres, hijos adoptivos. El don gratuito de la filiación adoptiva impele constantemente a los creyentes a una vida nueva, a vivir como hijos de tal Padre. Esta vida nueva encierra en sí misma el deseo y la voluntad de asemejarse a Él, cambiar el corazón y hacerlo sensible a los sentimientos del Padre hacia todos sus hijos.
Dios siempre acoge al que al que confía en Él. Es el Padre retratado en la parábola del hijo pródigo: el padre que espera el retorno del hijo descarriado, el padre que le recibe sin reproches, le abraza, le viste con la túnica más rica y organiza una gran fiesta “porque este hijo mío había muerto y ha vuelto la vida; se había perdido y ha sido hallado” (Lc 15, 24) Dios siempre invita, “venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré” (Mt 11,28)
El amor del “hombre” a Dios: Se debe amar a Dios por ser quien es: plenitud de ser, bien infinito, suma bondad y misericordia. Se debe “amar a Dios porque Él nos amó primero” (1Jn 4,19) y ese amor debe ser manifestado en palabras y en obras; pues éstas garantizan la credibilidad de aquéllas y debe ser vivido en todas las circunstancias: familia, trabajo, ocio, etc. El creyente en Dios lo debe ser las 24 horas del día y los 365 días del año. Amamos a Dios cuando oramos, orar es arrancar las raíces de nuestras divisiones y conflictos y dar paso a la unión fraterna. “Si vas a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu herrmano tiene algo contra tí, deja allí tu ofrenda, ve a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt 5, 23-24). No agrada a Dios la oración del que está enemistado con su prójimo; Dios ama al que ora limpio de toda enemistad, odio y rencor. Orar a nuestro Padre es superar el individualismo, abrir el corazón a todos los hombres y ensancharlo en un amor sin límites, en especial, hacia los que carecen de afecto, de cariño y de medios, y hacia los que aún no conocen al Señor.
El amor de los hombres entre sí: La paternidad adoptiva de Dios injerta en el corazón humano la fraternidad universal. Por ser todos hijos adoptivos de Dios, somos todos hermanos, sin distinción alguna por la raza, el coloro el sexo. Esta fraternidad real debe manifestarse en todos los acontecimientos de la vida, en palabras y en obras porque éstas muestran la honradez y sinceridad de aquéllas. “No podéis llamar Padre vuestro al Dios de toda bondad si mantenéis un corazón cruel e inhumano”, escribió San Juan Crisóstomo. Y San Pablo recomienda “tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp 2.5).San Juan evangelista escribió:“Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve” (1Jn 4,20). “A Dios nadie le ha visto jamás; pero el Unigénito del Padre, que mora en el seno del Padre, le conoce y le hadado a conocer” (Jn 1,18) “A Dios nunca le vio nadie; si nosotros nos amamos mutuamente, Dios permanece en nosotros” (1Jn 4,12)
La fraternidad universal permite que veamos a Dios en las demás personas y de esta forma se convierte en la vía óptima para solucionar todos los conflictos, evitar todas las guerras, desterrar todos los odios y rencores, respetar a todas las personas y llevarlas a su plenitud. La consideración de la presencia de Cristo en los demás es una gran fuerza motriz del actuar cristiano. Entre todos los atributos de Dios, son el amor y el perdón los que más le muestran como Padre y los más nucleares de la fraternidad; el creyente, para mostrarse como hijo de Dios, ha de amar y perdonar con su misma generosidad; dejarse penetrar por la bondad y misericordia del Padre, y así lograr lo que tantas veces se hace tan difícil: amar y perdonar. Amar y perdonar, no sólo a los amigos, sino también a los que no lo son, a los que nos odian, persiguen, maltratan o calumnian. San Maximiliano Kolbe: En su biografía de se narra este hecho de amor sublime: Este franciscano polaco fue arrestado por la Gestapo alemana el 17 de febrero de 1941 y, en mayo, llevado al campo de concentración de Auschwitz. Karl Fritzsch, encargado de Auschwitz, había establecido que, si un prisionero se fugaba, castigaría a diez a morir de hambre en un búnker. En julio de 1941 el prisionero Zygmunt Pilawski se fugó y fueron seleccionados los 10 prisioneros, entre ellos el sargento polaco Franciszek Gajowniczek que dijo: “He perdido a mi mujer y ahora se quedarán huérfanos mis hijos”. Maximiliano Kolbe no era uno de los 10, pero como todos los prisioneros estaba de pie y firme. Al oír las palabras del sargento polaco, Kolbe se adelantó y dijo al oficial alemán: “Yo no tengo a nadie. Soy un sacerdote católico, déjeme ocupar su puesto”. Kolbe fue encerrado junto a los otros nueve en un búnker donde, tras dos semanas de privaciones, fue asesinado con una inyección de fenol el 14 de agosto. Fue canonizado por San Juan Pablo II el 10 de octubre de 1982. Su fiesta se celera el 14 de agosto.
Otro hecho de amor al prójimo es la vida de San Damián de Molokai : Se llamaba Jozef Van Veuster, nació el 3 de enero de 1840, en Tremeloo, Bélgica. Pertenecía a la Congregación de los Sagrados Corazones y fue destinado como misionero a Hawái. El 10 de mayo de 1873, a petición propia, fue aceptado para cuidar a los leprosos en la isla de Molokai. Al llegar les dijo: “Permaneceré con vosotros hasta la muerte. Mi vida será vuestra vida, mi pan será vuestro pan. Y si el buen Dios lo quiere, quizá vuestra enfermedad será un día la mía”. Pasó 16 años dedicado en cuerpo y alma a sus leprosos; se contagió de la lepra y falleció el 15 de abril de 1889. Benedicto XVI lo canonizó el 11 de octubre de 2009. Su fiesta se celebra el 15 de abril.
Podría citar a miles y miles de personas que, a lo largo de los dos mil años de cristianismo, han dedicado y gastado sus vidas en ayudar de todas las formas posibles a los necesitados. Lo omito por razón de brevedad. Sí quiero hace constar que ninguna otra institución ha hecho ni hace tanto por las necesidades sociales como la Iglesia. Esto confirma que la propuesta de Jesús para la renovación de la sociedad, que es la propuesta de la Iglesia, es la mejor para un mundo sin rumbo, hambriento de justicia, de amor y de paz.
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