1.- La llamada de Dios
La conversión del “hombre” se origina por la llamada de Dios. Él siempre actúa primero, siempre va por delante. “Venid a mí todos los que estáis cargados y agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11,28) Todo es puro don de Dios, ofrece sus dones, pero no impone que el “hombre” los acepte.
Cuando la respuesta del “hombre” es positiva, Dios le guía, le conduce y le da las fuerzas para seguir adelante en su proceso de renovación interior. Dios lo hace todo, el “hombre” sólo es un “instrumento voluntario” del que se sirve para demostrar su amor a los demás hombres.2.- La respuesta del “hombre”
La libertad del “hombre” es la participación finita en la grandeza e independencia de Dios, que le creó a su imagen y semejanza; le dotó de libertad, capaz de amar y de odiar, de elegir el bien o el mal. La libertad del “hombre”, si es mal empleada, es la causa de todas las desdichas que han llevado a la humanidad a cotas incleíbles de maldad. El “hombre” del siglo XXI, como el de todas las épocas de la historia, está rodeado por el mal. Dios ama al “hombre”y quiere lo mejor para él, por eso llama a la puerta de su corazón insistentemente, esperando que le abra.
Importancia del “sí” humano: Tenemos en las Sagradas Escrituras un SÍ que cambió la historia de la Humanidad, es el sí de María: “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38) Y el Verbo, segunda persona de la Santísima Trinidad se hizo carne en las entrañas de la Virgen María. El “sí” del “hombre” a la llamada de Dios permite que el Espíritu Santo tenga libertad de acción para cambiar y modelar el interior del ser humano. El “sí” del “hombre” es una respuesta de fe, de confianza en Dios. El “hombre” de fe dice como el profeta Samuel “habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10). El “sí” del “hombre” es una respuesta de amor al amor de Dios, cuyo resultado es entrar en el círculo íntimo de los hijos de Dios. “Si alguno me ama, guardará ni palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos morada” (Jn 14,23). El sí acogedor de la llamada divina convierte al “hombre” en morada de Dios.
3.- Tres supuestos de la renovación interior
1. El que nace a la fe: Este primer supuesto lo engrosan los que antes no conocían a Cristo, pero habiendo oído su llamada, la acogen y piden ser bautizados y así entran a formar parte de la Iglesia de Jesús. El bautismo renueva totalmente el interior del bautizado adulto. Nada volverá a ser igual. Ahora, perdonados todos sus pecados anteriores, es templo vivo de Dios y el Espíriu Santo tiene libertad de acción para modelar al nuevo “hombre”.
2. El del arrepentido: Es el segundo supuesto, a él pertenece todo “hombre” que fue bautizado en su niñez e, incluso, que hizo la Primera Comunión; pero, en un momento dado, se apartó de la fe y de todo cuanto conlleva; pasó a ser un cristiano que dejó de creer. Uno de esos que dicen: “Soy cristiano, pero no practico”. Un día escucha una de las múltiples llamadas de Dios y decide seguirla. Volver a seguir a Dios significa que se convierte a Él, que su mente y su corazón han cambiado radicalmente y va a procurar que ese cambio se manifieste en toda su conducta. El arrepentido renace, por la fuerza del Espíritu Santo, a una vida nueva en conformidad con los mandatos del Señor. El arrepentido pasa de su agnosticismo, su ateísmo o de su lejanía de Dios a aceptarle y seguirle. Tiene presente sus muchos ofensas a Dios, su mal comportamiento con los demás; pero, en la Biblia lee estas frases que le reconfortan y animan: “Aunque vuestros pecados fuesen como la grana, quedarán blancos como la nieve” (Isaías 1,18). “ Les perdonaré sus maldades y no me acordaré más de sus pecados” (Jeremías 31,34) Los escribas y fariseos murmuraban contra Jesús y sus discípulos porque habían comido en casa del publicano Leví y Jesús les dijo: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; y yo no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Mc 2,17). En otra ocasión, como colofón a la parábola de la oveja perdida, dijo Jesús: “Yo os digo que en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos” (Lc 15, 7) San Pablo conforta al pecador arrepentido cuando escribe: “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20) . En la Vigilia Pascual cantamos: “Oh feliz culpa que mereció tal y tan gran Redentor”. El mismo San Lucas escribe en su evangelio la parábola del hijo pródigo. Sólo Dios sabe cuántas personas han vuelto a Él por la meditación de esta parábola de la misericordia.
3. Todos los creyentes en Jesús de Nazaret: El grupo de este tercer supuesto está formado por todos los creyentes en Jesús de Nazaret que intentamos, con más o menos éxito, adaptar nuestra vida a las enseñanzas del Maestro. Digo “intentamos” porque, por unas cosas o por otras, solemos fallar con mucha frecuencia. Se suele decir que “no es malo caer, lo malo es no levantarse”. El tropiezo y la caída, si se miran de forma positiva, son ocasiones para reconocer humildemente nuestra fragilidad, pedir la ayuda necesaria, levantarnos y emprender otra vez el camino interrumpido. Todos necesitamos renovar nuestra conversión a Dios todos los días, porque, si todos los días caemos, todos los días hemos de ponernos en pie y volver a caminar con la ayuda del Señor.
4.- ¿Qué es la conversión o renovación interior?
La conversión interior es la respuesta positiva del “hombre” a la oferta de Dios. Consiste en un proceso de renovación de la mente, es decir, renovación del modo de pensar, de reflexionar, de ver el mundo, las personas y las relaciones; es una renovación que cambia el modo de interaccionar consigo mismo, con Dios y con los demás. Implica, sobre todo, examinar la propia conducta. “Que cada una examine sus obras” (Gál 6,4). El “hombre” se convierte cuando acepta el don de Dios porque se fía de Él; la conversión está vinculada con la fe en el designio de Dios. Aceptar el don de la fe es una conversión a Dios, presente en Cristo. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9) La conversión, al estar ligada a la fe, está centrada en Cristo, en sus palabras y en sus obras; es un proceso dinámico a través del cual se adquiere una vida nueva, una nueva mentalidad, un nuevo modo de pensar, que afecta a todas las dimensiones humanas: religiosa y civil, personal y colectiva. La renovación de la mente implica asumir criterios éticos con madurez, realizar un real y profundo proceso de transformación y maduración hasta acercarnos lo más posible a“tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Flp 2,5) y que “Cristo se forme en nosotros” (cf. Gál 4,19) Es transformar el propio ser, la propia vida según las enseñanzas de Jesús. Es amar por encima de todo, es ser fraterno por encima de todo, es ser servidor por encima de todo, es ser misericordioso por encima de todo, es ser generoso por encima de todo… Es amar a todos por igual, a imagen y semejanza de Jesús, entregar al prójimo lo mejor de uno mismo, aportar la riqueza espiritual de la fe, siempre vulnerable pero afirmada por la fuerza del Espíritu, a todos aquellos con los que tratamos y convivimos.
¡Difícil tarea! Me atrevo a decir: imposible. Imposible para el que cuenta sólo con sus fuerzas humanas; pero, el que manda amar al prójimo también da las fuerzas necesarias para hacerlo. Todo es puro don de Dios, Él lo hace todo y nosotros sólo somos sus instrumentos. Dios se sirve del “hombre” para demostrar su amor a los demás hombres. San Pablo lo entendió muy bien, por eso escribio: “Todo lo puedo en Aquél que me conforta” (Fip 4,13)
5.- Necesidad de una renovación interior del “hombre”
San Pablo aconsejaba a los romanos: “No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente” (Rom 12, 2) Si miramos al mundo actual observamos que hay costumbres, modas, hábitos, formas de pensar y de actuar que requieren un cambio del que renazca una sociedad respetuosa con los valores humanos y con la dignidad e igualdad de las personas. Con frecuencia, respiramos el aire seductor de la “civilización de la riqueza, del poder, del lujo, del dinero fácil, del placer momentáneo”, quedamos deslumbrados y caemos en sus trampas. El “hombre”necesita apertura mental permanente y discernimiento constante para no aceptar cualquier cosa que le ofrezcan las personas o la sociedad sino para examinarlo y valorarlo en su justa medida y, posteriormente, asumir la decisión más acorde con su escala de valores humanos y religiosos. La renovación de la mente es un proceso que induce a revisar también la relación con Dios, el contenido y la cualidad de nuestra oración. El “hombre interior” descubre en su conciencia el conocimiento innato del bien y del mal, por eso remuerde cuando obra el mal y goza cuando obra el bien.
6.- Pasos para la renovación interior:
En la parábola de la misericordia, el hijo menor muestra con detalle los pasos de su renovación, de su cambio interior:
Reconoce su estado de miseria actual: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre! (Lc 15,17)
Actúa para cambiar: “Me levantaré e iré a mi padre” (15,18)
Se arrepiente del mal que ha hecho: “Padre, he pecado conta el cielo y contra tí. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros” (15,18)
Resultado: ¡Es abrazado por el padre! “El padre dijo a sus criados: Pronto, traed la túnica más rica y vestídsela, poned un anilo en su mano y unas sandalias en sus pies y traed un becerro bien cebado, matadle y comamos y alegrémonos porque este hijo mío que había muerto ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado. Y celebraron la fiesta” (22-24).
7.- El “hombre” renovado y transformado en colaborador
Da gratis lo que gratis ha recibido: El “sí” del “hombre” a la llamada de Dios le convierte en su colaborador ante los demás “hombres” y esto no por mérito o poder personal, sino porque con su acogida a la llamada divina ha dado entrada en su vida al Espíritu Santo para que actúe con su poder y supla la debilidad humana. El “sí” del “hombre” es un sí desde la humildad, pues reconoce que todo es obra de Dios que por amor habita en él. No es él la luz, únicamente la refleja. No es él el que salva persuadiendo a las personas a obrar el bien; solo es un instrumento, más o menos digno, para los designios salvadores de Dios. El “sí” del “hombre” es un sí desde la disponibilidad para que Dios se sirva de él para llevar a cabo en él y por él su designio de salvación. El “sí” del “hombre” es un sí de agradecimiento. El lo ha recibido todo de Dios; pero reconoce que no es sólo para él, sino para que colabore y dé gratis a los demás lo que él ha recibido gratis.
Colaborador de Dios, sólo colaborador, porque sabe que “si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen” (Sal 127,1) Con San Agustín, reconoce la importancia de su colaboración a la obra de la salvación, “Dios, que te creó sin tí, no te salvará sin tí”. Colaborar con Dios es algo muy fuerte para el ser humano. ¡Nada menos que colaborar con Dios! ¡Él así lo quiere! Es una tarea capaz de intimidar a cualquiera; pero la timidez pasa al recordar se estas frases de la Sagrada Escritura: “Nada te asuste, nada temas porque tu Dios irá contigo adonde quiera que vayas” (Josué 1,9) Y Jesús dice: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28,20) El colaborador debe estar unido al Señor: La parábola de la vid y los sarmiemtos explica con claridad meridiana la importancia de estar unidos al Señor para que la colaboración sea fructífera. “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada”(Jn 15, 5). Dios es el agente principal (la vid) y el“hombre” es un colaborador (sarmiento unido a la vid).
8. No importa la hora de la llamada de Dios:
En la parábola de los obreros enviados a la viña a distintas horas del día (Mt 20,1-16) hay que observar que Dios llama a trabajar en las cosas de su Reino a diversas horas. Los colaboradores pueden haber nacido en una familia cristiana y haber vivido la fe desde el principio o pueden proceder de otras religiones o cultos o ser hijos pródigos que han vuelto arrepentidos. No importa la procedencia ni la edad que tuvieran cuando fueron llamados; lo que importa es que respondieron a la llamada y todos recibieron su paga. ¡Resplandor de la bondad y misericordia de Dios! Ante esta realidad, no cabe pensar: yo soy mayor y he pasado toda mi vida negando, olvidando y ofendiendo a Dios, ¿qué puedo hacer ahora? No olvides que Dios llama a cualquier edad y que al que responde a su llamada y se arrepiente de su mala vida anterior, le recibe con un abrazo.
9.- ¿Qué puedes hacer?
Estar dispuesto a escuchar al Señor (pon oído atento a tu conciencia). “Habla Señor que tu siervo escucha” (1Sam 3,10) Pide al Señor que cree en tí un corazón limpio, que renueve tu espíritu, que te dé tranquilidad y fortaleza de ánimo. Y, sobre todo, dale gracias por haberte llamado, aunque haya sido en la penúltima hora. Bendice y alaba al Señor por su bondad y misericordia.
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