martes, 19 de mayo de 2026

CP.13º.- LLAMANDO A TU PUERTA. EL PROBLEMA DEL MAL


1.- La realidad del mal

El “hombre”, a lo largo de su vida, se enfrenta a una serie de realidades, unas que atañen a su ser físico -el propio cuerpo -, otras a su ser mental - temperamento, carácter, etc. - y otras que están fuera de él, como son todos los acontecimientos con los que se cruzará en su vida, tanto los que él personalmente inicie como los que le lleguen de otras personas.

¿Cómo enfrenta el “hombre” estas realidades?: Todas las realidades, situaciones o acontecimientos tienen su repercusión en la vida del “hombre” que las enfrenta. La repercusión será negativa si no es capaz de asumirla o resolverla dentro de los límites de los postulados moralmente correctos. La decisión que adopte determinará si cada realidad concreta es positiva onegativa.                                                                                                Toda elección es un acto moral por su intencionalidad, independientemente del resultado que, con frecuencia, no depende de”hombre”. Se trata de la libertad del “hombre” y el uso que hace de la misma. Ahí está la grandeza de su dignidad. El “hombre” es una realidad moral porque, en el uso de su libertad, puede elegir de un modo moral o inmoral. La vida humana es un desfile constante de opciones a elegir o descartar. La bondad o maldad moral estará determinada por la coherencia o incoherencia entre la opción adoptada y los postulados moralmente correctos.                                                      La maldad moral se instaura por el uso de la libertad sin coherencia con los postulados morales. El mal uso de nuestra libertad puede ir más allá de nosotros mismos y arrastrar a otros individuos, con el ejemplo, la persuasión o la inducción, a una actuación moralmente negativa. Cualquier conducta individual puede generalizarse y adquirir una fuerza y dimensión mucho mayor que cuando es desarrollada por un solo individuo. La conducta adquiere así una dimensión social y colectiva. La historia de la humanidad está llena de sucesos histórico-sociales, producto de la maldad que han llevado al retroceso, o producto de la bondad que han producido una evolución positiva.

 ¿Cuál es la causa última del mal?: Los creyentes partimos de la existencia de Dios creador y causa universal del mundo y de todas las realidades. Dios es causa de que haya una realidad, llamada“hombre”, que puede escoger libremente su propia condición. La libertad es la participación finita en la grandeza e independencia de Dios y, al mismo tiempo, es la causa del mal cuando se usa negativamente.                           Dios no es la causa del mal, pero, ¿acepta el mal? El “hombre”, desde su nacimiento, emprende una vía de desarrollo y crecimiento integral como persona. Las dificultades y problemas juegan un importante papel en el crecimiento integral del “hombre” porque le obligan a buscar las respuestas adecuadas a los conflictos planteados. El mal ofrece la opción de vencerlo, crecer y lograr un bien superior.                                   Se aprende más de los fracasos que de los triunfos. El fracaso da la opción de replantear la situación y buscar la solución adecuada y este esfuerzo implica crecimiento de la persona; los triunfos sean bienvenidos, pero hay que estar alerta para no incurrir en la vanagoria o la pasividad. El hecho de optar no sólo ofrece la posibilidad de crecer sino que da fe de la profunda libertad humana e indica claramente que los “hombres” somos dueños de nuestros actos. Sin este carácter de radicalidad inherente a la libertad humana, permitido por Dios a pesar del sufrimiento que a veces puede acarrear, el ser humano no podría evolucionar, sino que estaría lastrado desde el principio de su existencia

 Dios no acepta el mal, sino que lo permite: Dios respeta la naturaleza del “hombre” como ser que goza de libertad y, en contrapartida, de responsabilidad. Dios permite el mal para que el “hombre”, en pos de su propio crecimiento, venza al mal mediante la búsqueda del bien. Este precisamente ha sido el proceder de Dios en la historia de la humanidad: abrazar el bien y permitir el mal para ofrecer al “hombre” la oportunidad de crecer. Dios respeta la libertad del “hombre” y, en última instancia, pone a su alcance el bien superior y transcendental de la salvación ofrecida por Jesucristo, en su encarnación y redención. 

CAP.14: LLAMANDO A TU PUERTA. LA SOCIEDAD ACTUAL NECESITA UNA RENOVACIÓN

Un tema del mayor interés es la necesidad que tiene el “hombre” de orientar la vida hacia un ideal que le dé sentido, le eleve el ánimo y le abra nuevos horizontes de plenitud. El “hombre” actual quiere vivir a tope, saciar sus ansias de goce y bienestar, realizarse plenamente y con rapidez; pero, con frecuencia, no acierta a descubrir qué actitudes lo llevan a su pleno desarrollo y cuáles hacia su destrucción como persona.

1.- Situación actual de la sociedad

Vivimos en una sociedad en la que abundan las guerras, la violencia en los hogares con gran número de mujeres asesinadas, las familias rotas, la trata de mujeres, los atentados terroristas, el consumo de drogas y su secuela de muertes, la miseria y el hambre en muchos países, la tiranía de las grandes compañías multinacionales, el número considerable de gente sin trabajo con las consecuencias nefastas para toda la familia, la cuestión climática, la pandemia del covid-19, la corrupción política, los paraisos fiscales, la economía sumergida, etc. etc.      Abundan los problemas y faltan las soluciones globales para este mundo que alguien denominó “ la aldea global”. Esta es la cara fea de la sociedad; por suerte, existe la cara agradable formada por personas que se esfuerzan, que ponen su vida e ilusión no sólo en procurar su propio interés sino también el de los demás.

2.-La causa original de los problemas es el egoísmo de las personas.                                                                                                   Son egoístas las grandes potencias: Cada una mira su propio interés y crecimiento, no importándoles nada o muy poco lo que pase en el resto. Por ejemplo, la cuestión climática se solucionaría si todas las grandes potencias quisieran.               Son egoístas los grandes empresarios y compañías multinacionales que, en busca del mayor rendimiento, imponen unos precios a sus productos que otras compañías o los productores de las materias primas no pueden soportar y se arruínan.                                                                                                     Son egoístas los que pagan sueldos miserables a gran parte de sus empleados a los que han contratado como temporales, condenándolos a no poder planificar su futuro, a estar pendientes del próximo contrato y a vivir en continuo sobresalto.                                                                                                        Es egoísta toda persona que sólo mira por ella y se desentiende de las dificultades de los demás. Aquí entramos casi todos; pues, casi todos, en una o varias ocasiones hemos dicho: “ese no es mi problema”.

3.- La sociedad tiene mecanismos para manipular a las personas.                                                                                                      La sociedad cultiva preferentemente cuanto incrementa el poder y descuida, por principio, lo que incrementa el desarrollo personal. La sociedad se deja llevar por la fuerza motriz de “dominar y poseer”.                                                                             Manipula la propaganda política: Que se apropia del descontento y la frustracción de los posibles votantes y para atraerlos utiliza la manipulación más burda y mejor financiada, miente sin límite y promete sin intención de cumlir lo prometido.                                                                                         Manipula la publicidad engañosa, la que miente sobre la calidad y los componentes de sus productos o la que lanza rebajas ficticias. Todos los días asistimos a las trampas de la propaganda demagógica comercial que pretende atraer nuestra atención para vencer nuestra resistencia, aunque sea sin convencer.                                                                              Manipulan los programas de prensa, radio y TV: En los que los “pensantes” opinan sobre temas y cuestiones que están muy lejos de conocer a fondo, llevando desconcierto y confusión a gran parte de la sociedad. Cuando se ofrecen ideas poco o nada fundamentadas a personas carentes de formación sólida y de criterio propio, no se las enriquece, sino que se les desorienta y manipula.                                                                          Una sociedad en este estado de anestesia es pasto fácil para toda clase de logreros, demagogos, aventureros y totalitarios que pululan por el país.                                                            Manipulan los que se valen del poder subyugante de los  medios de comunicación social para incitar a la juventud a cultivar las experiencias embriagadoras - en sus diversos aspectos - y contribuyen a crear un clima propicio para su incremento. La manipulación en cada uno de sus aspectos conduce a un proceso de infantilización de amplio recorrido en la masa popular.

Contra la manipulación, reflexión: Cuando alguien llega a una situación límite siente la necesidad de precisar a fondo qué entiende por vida humana plena, qué escala de valores ha de orientar sus decisiones, qué formas distintas hay de libertad y a cuál ha de concederse la primacía.                                                Todos tenemos derecho a la libre expresión de nuestras opiniones, pero el ejercicio de este derecho implica usarlo responsablemente, ateniéndonos a la realidad y no aferrándonos al deseo de imponer el propio criterio. Es necesario reflexionar sobre el falso concepto de libertad que repite machaconamente: La democracia es un sistema de libertades. En teoría, es cierto que la democracia es un sistema de libertades; pero, en la práctica, no es tan cierto porque no todos nos obligamos a medir el alcance de nuestra libertad e impedir que el mal uso de la misma haga daño físico o moral a otras personas.                                                                                           Un caso palpable es el gusto por las experiencias fascinantes del poder, el lujo, la fama, el erotismo banal, la droga en sus diversas modalidades, la velocidad viaria, los juegos de azar, etc., que lanzan por el barranco del vértigo a los que entran en ellas porque lo fascinante seduce, y la seducción arrastra, impide reflexionar, minimiza y empobrece la libertad.              Estos procesos fascinan con la promesa de ganancias inmediatas y producen euforia al principio, pero terminan destruyendo a la persona y encerrándala en un vacío existencial que le impide reflexionar sobre su propia realidad y le acostumbra a dejarse llevar por la exaltación fácil, en detrimento del desarrollo de su personalidad.                              Los ciudadanos no debemos olvidar que tanto en las dictaduras como en las democracias pueden existir tiranos: hombres y grupos ansiosos de poder y dominio. La única diferencia radica en que el tirano-dictador manipula sin necesidad de disimular, y el tirano-demócrata manipula con disimulo. La democracia permite entregarse fácilmente a toda suerte de procesos de fascinación; pero no explica los riesgos a que se expone el “hombre” cuando se entrega a estas experiencias de vértigo, y así se muestra incapaz de impedir que el “hombre” termine en la desesperación.

2.- El “hombre” es un ser de "encuentros”

El “hombre” desarrolla y perfecciona su personalidad en proporción directa a la cantidad y calidad de encuentros y diálogos positivos mantenidos con las personas de su entorno. Hoy sabemos por la ciencia que el hombre se desarrolla como persona a medida que se va encontrando con otras personas, con la historia, con instituciones, con paisajes, con Dios.             La vida no es más que una sucesión de encuentros. La vida es tan variada porque son variados los encuentros: encuentros en silencio dentro de uno mismo, encuentros con personas, encuentros con situaciones, encuentros con preguntas, encuentros con ideas.                                                                             Los encuentros hay que buscarlos y permitir que te busquen y te atraigan; a veces dejarlos pasar, porque acertar en su elección condiciona el devenir de nuestra vida. Los encuentros nos hacen crecer como personas, caminar, cambiar el rumbo o permanecer. Los encuentros dan plenitud a la vida, si sabemos aprovecharlos y extraer de ellos todo su sentido y significado. Los encuentros transforman.                                                            ¡Cuántas personas han cambiado radicalmente su modo de vivir tras un encuentro! ¡Cuántas dicen que tal o cual persona les cambió la vida!                                                                                             El encuentro con el silencio: La vida de muchas personas transcurre en un trabajo frenético, un no parar, un constante ir y venir sin tiempo ni lugar para el silencio. Sin embargo, es imprescindible para seguir adelante recargar las pilas, conectar con lo verdaderamente esencial y auténtico, volver la mirada hacia dentro de uno mismo, hacia lo más profundo del ser y escuchar con el corazón sus más hondos anhelos.                        Con la edad, la búsqueda del silencio activo suele ser más intensa porque en él se encuentra paz, serenidad, energía y sabiduría; en el silencio activo se tranquiliza la mente, se alimenta el espíritu y se llena la vida de sentido. El silencio es el comienzo de la sabiduría, es una frase atribuída a Pitágoras.         Ponerse en soledad y silencio para apagar el ruido exterior e interior; para descubrir si lo que estamos haciendo y la manera en que lo estamos haciendo, en nuestro día a día, está configurando quiénes somos y discernir si, de verdad, ese que vemos reflejado es el que queremos ser.  l ser humano necesita parar y reencontrarse con el silencio, recrearse en él; para reflexionar, para conectar con lo verdaderamente esencial que, lógicamente está en lo más alto de su escala de valores. Hay que cuidar lo esencial y dedicarle tiempo.

La soledad rodeada de multitud: En nuestra sociedad se da con demasiada frecuencia el fenómero de la “soledad rodeada de multitud”, es decir, personas que viven una profunda soledad aunque están rodeadas y se comunican con muchas personas. La soledad rodeada de multitud suele darse entre las personas que han logrado fama por su profesión, cantantes, deportistas, modelos, actores y actrices; en general, todos los que lograron el éxito en sus profesiones y fueron admirados y adulados por la multitud mientras duró el éxito y olvidados cuando se acabó.       Dura, triste y sola es la vida del que, tras haber gozodo de fama, dinero y poder, tras haber estado rodeado y haber sido adulado por la gente, cuando se acaba la fama, el dinero o el poder, pasa al olvido.  La soledad rodeada de multitud suele darse también entre personas corrientes, que nos encontramos por la calle, que saludamos con un ¡hola! o un ¡adiós!; personas que no tienen amigos de verdad, que viven solas y nadie las visita. Hay muchas mujeres mayores que, tras la muerte del marido, se han quedado solas; visitadas por sus hijos de vez en cuando, pero que pasan la mayor parte de su tiempo en completa soledad. Viven en una gran ciudad, están rodeadas de muchos vecinos, pero pasan días enteros sin hablar con nadie. Los encuentros de la soledad rodeada de multitud no son todo lo positivos que deberían ser porque no llenan los deseos más íntimos de la persona, se quedan en la periferia y los encuentros periféricos, aunque sean numerosos, no siempre penetran hasta el corazón humano.

El “hombre” siente verdadero terror ante la soledad; no ante la soledad física que la soportará mejor o peor, sino ante la soledad existencial, es decir, ante una existencia desconectada de los otros, del mundo, del significado último de la vida. El “hombre” huye de la soledad, pero no siempre acierta la dirección, huye mucho hacia fuera y muy poco hacia dentro, pretende compensar su soledad mediante el exceso de trabajo, las relaciones superficiales y las adicciones que le fascinan y seducen, provocando su conexión con fanatismos, extremismos, populismos y radicalismos porque todos ellos se basan en explotar la necesidad humana de estar conectados a algo, de ser parte de algo que nos dé sentido e identidad, algo que nos haga sentir vivos, conectados, pertenecientes a, vinculados a. 

Cuando el devenir de la vida es estereotipado y puramente externo, a la larga, produce tal insatisfacción que encierra al “hombre” en un vacío existencial, achica y asfixia su personalidad hasta la inanición, e inicia así el proceso de autodestrucción: aparecen la tristeza, la angustia y el vértigo interior que le lleva a la desesperación, la cual, con frecuencia, termina en suicidio.                                                                                   

 En los encuentros con las personas es importante considerar que no haya toxicidad previa entre ambos; si la hubiere, aclarar las causas y hacerla desaparecer; de lo contrario, el encuentro será totalmente negativo.                                             Todo encuentro con otro es un eslabón más en el camino vital y tiene sus condiciones:

1ª Condición: Tener criterio propio: Adoptar una escala de valores propia adaptada a la personalidad de cada uno, mejorarla si es preciso y actúar en conformidad con ella. Tener criterio propio encarnado en un ideal a conseguir que esté en consonancia con el valor más importante de la escala de valores. El ideal es la idea motriz del actuar humano. Una sociedad sin ideales es una sociedad sumisa ante todo tipo de novedades y modas, descreída y sin creencias en las que confiar. No creemos en la religión, no creemos en la democracia, no creemos en las instituciones, no creemos en la sociedad civil como motor de cambio y, por no creer, no creemos ni en nosotros mismos. Pero como necesitamos creer, porque sin creencias, sin certezas el ser humano vive en la angustia, en la inseguridad pues acabamos creyendo en lo último que llega, lo que más nos impacta emocionalmente, en lo que creen los famosos influencers.                                                                                  El fenómeno de las fake news tiene bastante que ver con la falta de creencias sólidas, de criterios a los que agarrarnos para valorar, decidir y actuar.                                                                                El ser humano tiene la capacidad de crear y ordenar sus valores. Así, para una persona, su valor fundamental y fuerza motriz puede ser la religión, pero para otra puede ser la familia, los hijos, el amor, la libertad, la justicia, la protección medioambiental o la ayuda a los más necesitados.                       Esos valores fundamentales responden a preferencias esenciales que nos orientan en la vida y a la necesidad universal del ser humano de tener una orientación, un fin al que dirigir su vida para llenarla de sentido.                                                            Toda persona tiene sus propias convicciones que le aportan certeza, seguridad, confianza, sentido de pertenencia, creer en algo estable y fuerte que le ayuda a comprender el mundo, a vivir en él y le proporciona la motivación para actuar.

 A lo largo de la historia esas convicciones han sido transmitidas por la familia y por la religión. Creer en algo nos da fuerza y nos da seguridad, si en lo que creemos nace de nuestra esencia, de nuestros valores, de nuestro yo ideal y lo concretamos en algo que es realizable en el mundo exterior y aporta a otros, esa creencia se transforma en confianza, en energía creadora que nos impulsa a mejorar, a superarnos, a retarnos, a luchar y entramos en una dinámica de realización crecimiento y bienestar.                                                                                                       El ideal a perseguir por el “hombre” en su vida es conquistar con los que le rodean los modos más elevados de unidad que le sea posible. Tal ideal constituye la verdadera libertad humana y la clave del rearme moral que necesita esta sociedad.                 No es tarea fácil, porque no es fácil elegir el camino de la generosidad frente al del egoísmo imperante.                             Esta labor la tiene que hacer cada cual consigo mismo y proyectarla lo más posible en su ámbito social. La regeneración de la sociedad, si viene, será como resultado de la regeneración de cada persona, que es la mejor forma de colaborar en la instauración de una sociedad más justa y solidaria.

2ª Condición: Tener apertura al otro: La apertura pide empatía entre ambos, ponerse cada en lugar del otro, no para dominarle y ponerle al servicio del interés personal sino para crear juntos una relación de respeto y colaboración, que sólo será posible si ambos adoptan una actitud básica de generosidad.         Respeto, empatía, colaboración y generosidad son las cualidades básicas para un buen encuentro.

Al ideal egoísta de “me encuentro con el otro para dominarle” contraponer el ideal generoso de “me encuentro con el otro para comprenderle y ayudarle”. La generosidad exige el ofrecimiento de posibles vías que enriquezcan la personalidad del otro y, con frecuencia, exige renunciar a lo que apetece para ofrecer al otro lo que más le ayude.                                                     En los encuentros dirigir la atención hacia la persona, no hacia el provecho que se puedas sacar de ella. Reducir el encuentro a un mero medio para obtener beneficios es rebajar el rango de esa persona y envilecerla.

3ª Condición: Diálogo sincero: La falta de sinceridad de uno suscita desconfianza y sospechas en el otro, lanzándole a obrar de la misma manera y convirtiendo el encuentro en una farsa totalmente negativa. La falta de sinceridad por una o ambas partes dialogantes convierte el diálogo en una mentira y cubre el encuentro de negatividad.

3.- Es necesaria una renovación social

Ante el panorama descrito en los números anteriores se presenta al “hombre” actual el dilema de no hacer nada y seguir igual o intentar una regeneración social que satisfaga y dé cumplida respuesta a los deseos humanos. La regeneración social es un desideratum utópico; todos quieren un mundo mejor para ellos mismos y para sus hijos; pero, muy pocos encauzan su propia vida en ese sentido. El “hombre” debe encontrar una base firme sobre la que asentar su conducta privada y social; todos, creyentes y agnósticos, necesitamos partir de unas convicciones comunes que nos vienen dadas por la investigación científica porque es verificable y sometible a comprobación. Existen experimentos y experiencias que han llevado por vía científica a poder afirmar que “toda vida verdadera se produce en los encuentros” y que, a través de ellos se puede llegar a la instauración de una sociedad más justa y solidaria.

4.- La regeneración social preconizada por el Cristianismo

Grandes y expertos autores (William James, Freud, Jung, Gordon Allport, Erich Fromm, Viktor Frankl) han sostenido que la religión cumple funciones fundamentales en la vida de las personas, como dar sentido, guía, seguridad, esperanza e ideales nobles.                                                                                             En un momento en que nos sentimos desbordados, desmoralizados, desorientados es importante recuperar conceptos que sean capaces de dar respuesta a cada persona sobre el significado de su vida presente y futura. La religión, practicada con sinceridad por las personas, lejos de acrecentar el individualismo, la separación y el enfrentamiento es una vía de unión entre ellas y un camino de autorrealización y de contribución al bien común.

1.- El amor a Dios, primer mandamiento cristiano

“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazon, con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el más grande y primer mandamiento. El segundo, semejante a éste, es: Amarás al prójimo como a tí mismo” (Mt 22,37-39).

La religión une al “hombre” con Dios y con los demás hombres. “Dios es Amor” (1 Jn 4,8). El cristianismo es la religión del amor en tres dimensiones: Amor de Dios al hombre; del hombre a Dios y de los hombres entre sí.

Amor de Dios hacia el “hombre”: “El amor de Dios hacia nosotros se manifestó en que envió al mundo a su Hijo unigénito para que nosotros vivamos por Él” (1 Jn 4,9). No hay mayor amor que dar la vida por la persona amada.“Cristo murió por nosotros” (Rom 5,8) . Un amor tan grande de Dios significa que valemos mucho para Él, tanto que nos ha adoptado como hijos y le podemas llamar “¡Abba! ¡Padre!” (Gál 4,6). Si Jesús no lo hubiera revelado, jamás por mente humana habría pasado la idea de ser el hombre hijo adoptivo de Dios; adoptivo, pero verdadero hijo. Jesús, Hijo único del Padre;los hombres, hijos adoptivos. El don gratuito de la filiación adoptiva impele constantemente a los creyentes a una vida nueva, a vivir como hijos de tal Padre. Esta vida nueva encierra en sí misma el deseo y la voluntad de asemejarse a Él, cambiar el corazón y hacerlo sensible a los sentimientos del Padre hacia todos sus hijos.

Dios siempre acoge al que al que confía en Él. Es el Padre retratado en la parábola del hijo pródigo: el padre que espera el retorno del hijo descarriado, el padre que le recibe sin reproches, le abraza, le viste con la túnica más rica y organiza una gran fiesta “porque este hijo mío había muerto y ha vuelto la vida; se había perdido y ha sido hallado” (Lc 15, 24)               Dios siempre invita, “venid a mí todos los que estáis fatigados y cargados, que yo os aliviaré” (Mt 11,28)

El amor del “hombre” a Dios: Se debe amar a Dios por ser quien es: plenitud de ser, bien infinito, suma bondad y misericordia. Se debe “amar a Dios porque Él nos amó primero” (1Jn 4,19) y ese amor debe ser manifestado en palabras y en obras; pues éstas garantizan la credibilidad de aquéllas y debe ser vivido en todas las circunstancias: familia, trabajo, ocio, etc. El creyente en Dios lo debe ser las 24 horas del día y los 365 días del año. Amamos a Dios cuando oramos, orar es arrancar las raíces de nuestras divisiones y conflictos y dar paso a la unión fraterna.  “Si vas a presentar una ofrenda ante el altar y allí te acuerdas de que tu herrmano tiene algo contra tí, deja allí tu ofrenda, ve a reconciliarte con tu hermano y luego vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt 5, 23-24).                                                   No agrada a Dios la oración del que está enemistado con su prójimo; Dios ama al que ora limpio de toda enemistad, odio y rencor. Orar a nuestro Padre es superar el individualismo, abrir el corazón a todos los hombres y ensancharlo en un amor sin límites, en especial, hacia los que carecen de afecto, de cariño y de medios, y hacia los que aún no conocen al Señor.

El amor de los hombres entre sí: La paternidad adoptiva de Dios injerta en el corazón humano la fraternidad universal. Por ser todos hijos adoptivos de Dios, somos todos hermanos, sin distinción alguna por la raza, el coloro el sexo. Esta fraternidad real debe manifestarse en todos los acontecimientos de la vida, en palabras y en obras porque éstas muestran la honradez y sinceridad de aquéllas. “No podéis llamar Padre vuestro al Dios de toda bondad si mantenéis un corazón cruel e inhumano”, escribió San Juan Crisóstomo. Y San Pablo recomienda “tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús” (Flp 2.5).San Juan evangelista escribió:“Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. Pues el que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve” (1Jn 4,20). “A Dios nadie le ha visto jamás; pero el Unigénito del Padre, que mora en el seno del Padre, le conoce y le hadado a conocer” (Jn 1,18) “A Dios nunca le vio nadie; si nosotros nos amamos mutuamente, Dios permanece en nosotros” (1Jn 4,12)

La fraternidad universal permite que veamos a Dios en las demás personas y de esta forma se convierte en la vía óptima para solucionar todos los conflictos, evitar todas las guerras, desterrar todos los odios y rencores, respetar a todas las personas y llevarlas a su plenitud. La consideración de la presencia de Cristo en los demás es una gran fuerza motriz del actuar cristiano.                                                                                                Entre todos los atributos de Dios, son el amor y el perdón los que más le muestran como Padre y los más nucleares de la fraternidad; el creyente, para mostrarse como hijo de Dios, ha de amar y perdonar con su misma generosidad; dejarse penetrar por la bondad y misericordia del Padre, y así lograr lo que tantas veces se hace tan difícil: amar y perdonar.            Amar y perdonar, no sólo a los amigos, sino también a los que no lo son, a los que nos odian, persiguen, maltratan o calumnian.                                                                                                 San Maximiliano Kolbe: En su biografía de se narra este hecho de amor sublime: Este franciscano polaco fue arrestado por la Gestapo alemana el 17 de febrero de 1941 y, en mayo, llevado al campo de concentración de Auschwitz. Karl Fritzsch, encargado de Auschwitz, había establecido que, si un prisionero se fugaba, castigaría a diez a morir de hambre en un búnker. En julio de 1941 el prisionero Zygmunt Pilawski se fugó y fueron seleccionados los 10 prisioneros, entre ellos el sargento polaco Franciszek Gajowniczek que dijo: “He perdido a mi mujer y ahora se quedarán huérfanos mis hijos”. Maximiliano Kolbe no era uno de los 10, pero como todos los prisioneros estaba de pie y firme. Al oír las palabras del sargento polaco, Kolbe se adelantó y dijo al oficial alemán: “Yo no tengo a nadie. Soy un sacerdote católico, déjeme ocupar su puesto”. Kolbe fue encerrado junto a los otros nueve en un búnker donde, tras dos semanas de privaciones, fue asesinado con una inyección de fenol el 14 de agosto. Fue canonizado por San Juan Pablo II el 10 de octubre de 1982. Su fiesta se celera el 14 de agosto.

Otro hecho de amor al prójimo es la vida de San Damián de Molokai : Se llamaba Jozef Van Veuster, nació el 3 de enero de 1840, en Tremeloo, Bélgica. Pertenecía a la Congregación de los Sagrados Corazones y fue destinado como misionero a Hawái. El 10 de mayo de 1873, a petición propia, fue aceptado para cuidar a los leprosos en la isla de Molokai. Al llegar les dijo: “Permaneceré con vosotros hasta la muerte. Mi vida será vuestra vida, mi pan será vuestro pan. Y si el buen Dios lo quiere, quizá vuestra enfermedad será un día la mía”. Pasó 16 años dedicado en cuerpo y alma a sus leprosos; se contagió de la lepra y falleció el 15 de abril de 1889. Benedicto XVI lo canonizó el 11 de octubre de 2009. Su fiesta se celebra el 15 de abril.

Podría citar a miles y miles de personas que, a lo largo de los dos mil años de cristianismo, han dedicado y gastado sus vidas en ayudar de todas las formas posibles a los necesitados. Lo omito por razón de brevedad. Sí quiero hace constar que ninguna otra institución ha hecho ni hace tanto por las necesidades sociales como la Iglesia. Esto confirma que la propuesta de Jesús para la renovación de la sociedad, que es la propuesta de la Iglesia, es la mejor para un mundo sin rumbo, hambriento de justicia, de amor y de paz.

CAP.15: LLAMANDO A TU PUERTA. LA RENOVACIÓN INTERIOR DEL “HOMBRE”

 

1.- La llamada de Dios

La  conversión del “hombre” se origina por la llamada de Dios. Él siempre actúa primero, siempre va por delante. “Venid a mí todos los que estáis cargados y agobiados y yo os aliviaré” (Mt 11,28) Todo es puro don de Dios, ofrece sus dones, pero no impone que el “hombre” los acepte. Cuando la respuesta del “hombre” es positiva, Dios le guía, le conduce y le da las fuerzas para seguir adelante en su proceso de  renovación interior. Dios lo hace todo, el “hombre” sólo es un “instrumento voluntario” del que se sirve para demostrar su amor a los demás hombres.

2.- La respuesta del “hombre”

La libertad del “hombre” es la participación finita en la grandeza e independencia de Dios, que le creó a su imagen y semejanza; le dotó de libertad, capaz de amar y de odiar, de elegir el bien o el mal. La libertad del “hombre”, si es mal empleada, es la causa de todas las desdichas que han llevado a la humanidad a cotas incleíbles de maldad. El “hombre” del siglo XXI, como el de todas las épocas de la historia, está rodeado por el mal. Dios ama al “hombre”y quiere lo mejor para él, por eso  llama a la puerta de su corazón insistentemente, esperando que le abra.

 Importancia del “sí” humano: Tenemos en las Sagradas Escrituras un SÍ que cambió la historia de la Humanidad, es el sí de María: “hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38) Y el Verbo, segunda persona de la Santísima Trinidad se hizo carne en las entrañas de la Virgen María. El “sí” del “hombre” a la llamada de Dios permite que el Espíritu Santo tenga libertad de acción para cambiar y modelar el interior del ser humano.                        El “sí” del “hombre” es una respuesta de fe, de confianza en Dios. El “hombre” de fe dice como el profeta Samuel “habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10). El “sí” del “hombre” es una respuesta de amor al amor de Dios, cuyo resultado es entrar en el círculo íntimo de los hijos de Dios. “Si alguno me ama, guardará ni palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos morada” (Jn 14,23). El sí acogedor de la llamada divina convierte al “hombre” en morada de Dios.

3.- Tres supuestos de la renovación interior

1. El que nace a la fe: Este primer supuesto lo engrosan los que antes no conocían a Cristo, pero habiendo oído su llamada, la acogen y piden ser bautizados y así entran a formar parte de la Iglesia de Jesús. El bautismo renueva totalmente el interior del bautizado adulto. Nada volverá a ser igual. Ahora, perdonados todos sus pecados anteriores, es templo vivo de Dios y el Espíriu Santo tiene libertad de acción para modelar al nuevo “hombre”.

2. El del arrepentido: Es el segundo supuesto, a él pertenece todo “hombre” que fue bautizado en su niñez e, incluso, que hizo la Primera Comunión; pero, en un momento dado, se apartó de la fe y de todo cuanto conlleva; pasó a ser un cristiano que dejó de creer. Uno de esos que dicen: “Soy cristiano, pero no practico”.                                                                                                Un día escucha una de las múltiples llamadas de Dios y decide seguirla. Volver a seguir a Dios significa que se convierte a Él, que su mente y su corazón han cambiado radicalmente y va a procurar que ese cambio se manifieste en toda su conducta.     El arrepentido renace, por la fuerza del Espíritu Santo, a una vida nueva en conformidad con los mandatos del Señor. El arrepentido pasa de su agnosticismo, su ateísmo o   de su lejanía de Dios a aceptarle y seguirle. Tiene presente sus muchos ofensas a Dios, su mal comportamiento con los demás; pero, en la Biblia lee estas frases que le reconfortan y animan:       “Aunque vuestros pecados fuesen como la grana, quedarán blancos como la nieve” (Isaías 1,18). “ Les perdonaré sus maldades y no me acordaré más de sus pecados” (Jeremías 31,34)                                                                                                                  Los escribas y fariseos murmuraban contra Jesús y sus discípulos porque habían comido en casa del publicano Leví y Jesús les dijo: “No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos; y yo no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores” (Mc 2,17). En otra ocasión, como colofón a la parábola de la oveja perdida, dijo Jesús: “Yo os digo que en el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos” (Lc 15, 7)                                               San Pablo conforta al pecador arrepentido cuando escribe: “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rom 5, 20) . En la Vigilia Pascual cantamos: “Oh feliz culpa que mereció tal y tan gran Redentor”.                                                                                    El mismo San Lucas escribe en su evangelio la parábola del hijo pródigo. Sólo Dios sabe cuántas personas han vuelto a Él por la meditación de esta parábola de la misericordia.

3. Todos los creyentes en Jesús de Nazaret: El grupo de este tercer supuesto está formado por todos los creyentes en Jesús de Nazaret que intentamos, con más o menos éxito, adaptar nuestra vida a las enseñanzas del Maestro. Digo “intentamos” porque, por unas cosas o por otras, solemos fallar con mucha frecuencia. Se suele decir que “no es malo caer, lo malo es no levantarse”. El tropiezo y la caída, si se miran de forma positiva, son ocasiones para reconocer humildemente nuestra fragilidad, pedir la ayuda necesaria, levantarnos y emprender otra vez el camino interrumpido. Todos necesitamos renovar nuestra conversión a Dios todos los días, porque, si todos los días caemos, todos los días hemos de ponernos en pie y volver a caminar con la ayuda del Señor.

4.- ¿Qué es la conversión o renovación interior?

La conversión interior es la respuesta positiva del “hombre” a la oferta de Dios. Consiste en un proceso de renovación de la mente, es decir, renovación del modo de pensar, de reflexionar, de ver el mundo, las personas y las relaciones; es una renovación que cambia el modo de interaccionarconsigo mismo, con Dios y con los demás. Implica, sobre todo, examinar la propia conducta. “Que cada una examine sus obras” (Gál 6,4).      El “hombre” se convierte cuando acepta el don de Dios porque se fía de Él; la conversión está vinculada con la fe en el designio de Dios. Aceptar el don de la fe es una conversión a Dios, presente en Cristo. “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,9)                                                                                                          La conversión, al estar ligada a la fe, está centrada en Cristo, en sus palabras y en sus obras; es un proceso dinámico a través del cual se adquiere una vida nueva, una nueva mentalidad, un nuevo modo de pensar, que afecta a todas las dimensiones humanas: religiosa y civil, personal y colectiva.                                    La renovación de la mente implica asumir criterios éticos con madurez, realizar un real y profundo proceso de transformación y maduración hasta acercarnos lo más posible a“tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús” (Flp 2,5) y que “Cristo se forme en nosotros” (cf. Gál 4,19)                                                          Es transformar el propio ser, la propia vida según las enseñanzas de Jesús. Es amar por encima de todo, es ser fraterno por encima de todo, es ser servidor por encima de todo, es ser misericordioso por encima de todo, es ser generoso por encima de todo… Es amar a todos por igual, a imagen y semejanza de Jesús, entregar al prójimo lo mejor de uno mismo, aportar la riqueza espiritual de la fe, siempre vulnerable pero afirmada por la fuerza del Espíritu, a todos aquellos con los que tratamos y convivimos.

¡Difícil tarea! Me atrevo a decir: imposible. Imposible para el que cuenta sólo con sus fuerzas humanas; pero, el que manda amar al prójimo también da las fuerzas necesarias para hacerlo. Todo es puro don de Dios, Él lo hace todo y nosotros sólo somos sus instrumentos. Dios se sirve del “hombre” para demostrar su amor a los demás hombres. San Pablo lo entendió muy bien, por eso escribio: “Todo lo puedo en Aquél que me conforta” (Fip 4,13)

5.- Necesidad de una renovación interior del “hombre”

San Pablo aconsejaba a los romanos: “No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente” (Rom 12, 2) Si miramos al mundo actual observamos que hay costumbres, modas, hábitos, formas de pensar y de actuar que requieren un cambio del que renazca una sociedad respetuosa con los valores humanos y con la dignidad e igualdad de las personas.                                                                                                   Con frecuencia, respiramos el aire seductor de la “civilización de la riqueza, del poder, del lujo, del dinero fácil, del placer momentáneo”, quedamos deslumbrados y caemos en sus trampas. El “hombre”necesita apertura mental permanente y discernimiento constante para no aceptar cualquier cosa que le ofrezcan las personas o la sociedad sino para examinarlo y valorarlo en su justa medida y, posteriormente, asumir la decisión más acorde con su escala de valores humanos y religiosos.                                                                                                      La renovación de la mente es un proceso que induce a revisar también la relación con Dios, el contenido y la cualidad de nuestra oración. El “hombre interior” descubre en su conciencia el conocimiento innato del bien y del mal, por eso remuerde cuando obra el mal y goza cuando obra el bien.

6.- Pasos para la renovación interior:

En la parábola de la misericordia, el hijo menor muestra con detalle los pasos de su renovación, de su cambio interior: 

Reconoce su estado de miseria actual: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre! (Lc 15,17)

Actúa para cambiar: “Me levantaré e iré a mi padre” (15,18)

Se arrepiente del mal que ha hecho: “Padre, he pecado conta el cielo y contra tí. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros” (15,18)

Resultado: ¡Es abrazado por el padre! “El padre dijo a sus criados: Pronto, traed la túnica más rica y vestídsela, poned un anilo en su mano y unas sandalias en sus pies y traed un becerro bien cebado, matadle y comamos y alegrémonos porque este hijo mío que había muerto ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado. Y celebraron la fiesta” (22-24).

7.- El “hombre” renovado y transformado en colaborador

Da gratis lo que gratis ha recibido: El “sí” del “hombre” a la llamada de Dios le convierte en su colaborador ante los demás “hombres” y esto no por mérito o poder personal, sino porque con su acogida a la llamada divina ha dado entrada en su vida al Espíritu Santo para que actúe con su poder y supla la debilidad humana.                                                                                      El “sí” del “hombre” es un sí desde la humildad, pues reconoce que todo es obra de Dios que por amor habita en él. No es él la luz, únicamente la refleja. No es él el que salva persuadiendo a las personas a obrar el bien; solo es un instrumento, más o menos digno, para los designios salvadores de Dios.                      El “sí” del “hombre” es un sí desde la disponibilidad para que Dios se sirva de él para llevar a cabo en él y por él su designio de salvación.                                                                                                       El “sí” del “hombre” es un sí de agradecimiento. El lo ha recibido todo de Dios; pero reconoce que no es sólo para él, sino para que colabore y dé gratis a los demás lo que él ha recibido gratis.

Colaborador de Dios, sólo colaborador, porque sabe que “si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la construyen” (Sal 127,1) Con San Agustín, reconoce la importancia de su colaboración a la obra de la salvación, “Dios, que te creó sin tí, no te salvará sin tí”. Colaborar con Dios es algo muy fuerte para el ser humano. ¡Nada menos que colaborar con Dios!                   ¡Él así lo quiere! Es una tarea capaz de intimidar a cualquiera; pero la timidez pasa al recordar se estas frases de la Sagrada Escritura: “Nada te asuste, nada temas porque tu Dios irá contigo adonde quiera que vayas” (Josué 1,9)                                    Y Jesús dice: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28,20)                                                                                                      El colaborador debe estar unido al Señor: La parábola de la vid y los sarmiemtos explica con claridad meridiana la importancia de estar unidos al Señor para que la colaboración sea fructífera.    “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada”(Jn 15, 5). Dios es el agente principal (la vid) y el“hombre” es un colaborador (sarmiento unido a la vid).

8. No importa la hora de la llamada de Dios: 

En la parábola de los obreros enviados a la viña a distintas horas del día (Mt 20,1-16) hay que observar que Dios llama a trabajar en las cosas de su Reino a diversas horas. Los colaboradores pueden haber nacido en una familia cristiana y haber vivido la fe desde el principio o pueden proceder de otras religiones o cultos o  ser  hijos  pródigos que han vuelto arrepentidos.              No importa la procedencia ni la edad que tuvieran cuando fueron llamados; lo que importa es que respondieron a la llamada y todos recibieron su paga.                                              ¡Resplandor de la bondad y misericordia de Dios!                     Ante esta realidad, no cabe pensar: yo soy mayor y he pasado toda mi vida negando, olvidando y ofendiendo a Dios, ¿qué puedo hacer ahora? No olvides que Dios llama a cualquier edad y que al que responde a su llamada y se arrepiente de su mala vida anterior, le recibe con un abrazo.

9.- ¿Qué puedes hacer?

Estar dispuesto a escuchar al Señor (pon oído atento a tu conciencia). “Habla Señor que tu siervo escucha” (1Sam 3,10) Pide al Señor que cree en tí un corazón limpio, que renueve tu espíritu, que te dé tranquilidad y fortaleza de ánimo. Y, sobre todo, dale gracias por haberte llamado, aunque haya sido en la penúltima hora. Bendice y alaba al Señor por su bondad y misericordia.

lunes, 18 de mayo de 2026

CAP.16º: LLAMANDO A TU PUERTA . LA LIBERTAD HUMANA

  

 Introducción

«Liberté, Egalité, Fraternité» El lema tiene su origen en la Revolución Francesa, cuando era un grito de guerra contra la monarquía opresora y un llamamiento a los derechos básicos del pueblo francés. Suele atribuirse a Maximilien Robespierre en su campaña a favor del sufragio de todos los hombres adultos. Traducido de forma literal, el lema francés significa: "libertad, igualdad, fraternidad". Sin embargo, de forma menos literal, indica valores fundamentales que definen la sociedad y la vida democrática en general. En este artículo me ceñiré  exclusivamente al valor «libertad».

1.Definición de libertad: El diccionario de la RAE define la libertad, en su primera acepción: “Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos”. La raíz intrínseca de esta facultad natural del ser humano se encuentra en el poder reflexivo de la mente, que le capacita para emitir juicios de valor sobre las personas, las cosas y los acontecimientos que le rodean. Estos juicios de valor inclinan a la voluntad a obrar de una manera o de otra, e incluso a no obrar. Por tanto, los actos, elecciones o decisiones de la voluntad son las manifestaciones del ejercicio de la libertad.

 2.Importancia de la libertad: El requisito imprescindible para el ejercicio de la libertad es la ausencia de cualquier coacción externa e interna.

Donde hay coacción no hay libertad.

Si por la coacción no existiese la libertad, carecerían de sentido la virtud y el vicio, el mérito y el demérito, el premio y el castigo (fijémonos en que son cosas reconocidas por los hombres de todos los siglos y de todos los países); porque no se concibe que pueda haber virtud o vicio, mérito o demérito, premio o castigo en acciones u omisiones que no se han podido evitar. El deseo de libertad del ser humano se manifiesta en todos los campos de la vida: social, político, religioso, económico o psicológico. Seguramente se habla tanto de él porque, a pesar de todos los «progresos» realizados, sigue siendo un deseo insatisfecho. El ser humano manifiesta tan gran ansia de libertad porque su aspiración fundamental es la aspiración a la felicidad, y porque comprende que no existe felicidad sin amor, ni amor sin libertad: un amor que proceda de la coacción, del interés o de la simple satisfacción de una necesidad no merece ser llamado amor. El amor verdadero, y por lo tanto el amor que hace feliz, no se compra ni se vende. Este amor sólo existe entre personas que disponen libremente de ellas mismas para entregarse al otro. Así es como llegamos a entender la extraordinaria importancia de la libertad. Todo el mundo está más o menos de acuerdo en que el respeto a la libertad de los demás constituye un principio ético fundamental.

¿Libertad exterior o interior? Un error relativo a la noción de libertad es considerar esta última como una realidad exterior dependiente de las circunstancias, y no una realidad ante todo interior. Existe algo muy obvio, pero que nos cuesta mucho comprender, y es que, cuanto más dependa nuestra sensación de libertad de las circunstancias externas, mayor será la evidencia de que todavía no somos verdaderamente libres. Con mucha frecuencia tenemos la impresión de que lo que limita nuestra libertad son las circunstancias que nos rodean: las normas impuestas por la sociedad, las obligaciones de todo tipo que los demás hacen recaer sobre nosotros, tal o cual limitación que disminuye nuestras posibilidades físicas, nuestra salud, etc. Por lo tanto, para hallar nuestra libertad sería preciso eliminar todas estas ataduras y obstáculos. Cuando nos sentimos prácticamente «asfixiados» por las circunstancias que nos rodean, nos volvemos en contra de las instituciones o de las personas que consideramos que son aparentemente su causa. ¡Cuánto resentimiento hemos alimentado en nuestra vida contra todo lo que no es de nuestro agrado y nos impide ser lo libres que deseamos!

Este modo de ver las cosas encierra cierta parte de verdad y parte de engaño. Parte de verdad porque es cierto que hay limitaciones que es preciso remediar, barreras que hay que salvar para conquistar la libertad; y parte de engaño, que, so pena de no gustar jamás de la verdadera libertad, deberíamos desenmascarar.

¿Cuál es el engaño? Creer que podemos eliminar todas las ataduras y obstáculos. Incluso aunque desapareciera de nuestras vidas todo cuanto creemos que se opone a nuestra libertad, no existiría garantía de acabar consiguiendo esa plena libertad a la que aspiramos. Cuando superamos unos límites, siempre aparecen otros. De ahí el riesgo de encontrarse inmerso en un proceso sin fin, en una permanente insatisfacción. Nunca dejaremos de tropezar con obstáculos dolorosos. De algunos de ellos podremos librarnos, pero nos toparemos con otros más firmes: las leyes de la física, loslímites de la naturaleza humana o los de la vida en sociedad. El deseo de libertad que habita en el corazón del hombre contemporáneo a menudo se traduce en un intento desesperado de traspasar los límites dentro de los cuales se siente como encerrado. Siempre queremos ir más lejos, más deprisa; queremos aumentar nuestro poder de transformar la realidad. Y esto es así en todos los aspectos de la existencia.

¡Cuántos jóvenes desaparecidos por el exceso de velocidad o por sobredosis de heroína! ¡Por un anhelo de libertad que no han sabido hallar el auténtico modo de hacerlo realidad! ¿No se convierte entonces en un sueño al que vale más renunciar a cambio de una vida apagada y mediocre? ¡Claro que no! Pero es necesario descubrir dentro de uno mismo la verdadera libertad.

A causa de la errónea visión de la libertad a que aludíamos antes, a menudo se considera que el único ejercicio de libertad auténtico consiste en elegir entre diferentes posibilidades la que más nos conviene; de forma que, cuanto mayor sea el abanico de posibilidades, más libres seremos. En esa forma de pensar, la medida de nuestra libertad sería proporcional a la cantidad de opciones posibles. Es un hecho cierto que el uso de nuestra libertad nos conduce a optar entre distintas  posibilidades. Pero pecaríamos de falta de realismo si lo contempláramos sólo desde este ángulo.                       En nuestra vida hay multitud de aspectos fundamentales que no podemos elegir, ya que conforman nuestra identidad estructural: nuestros padres, nuestro sexo, el color de los ojos, el carácter o  nuestra lengua materna. Ahora bien, los elementos de nuestra existencia que sí elegimos son elementos coyunturales de una importancia bastante menor que los que no escogemos.                                                                                Además, si en la etapa de la adolescencia la vida se presenta ante nosotros como un gran abanico de posibilidades coyunturales entre las que elegir, no podemos dejar de admitir que el abanico se va cerrando con los años y que cuantos más años vamos cumpliendo, menos son nuestras posibilidades de elección.                                                                                                                El falso concepto de libertad conlleva graves repercusiones en la conducta de los jóvenes de hoy en día. Por ejemplo: Es muy significativa su actitud frente a cualquier tipo de compromiso. Las elecciones definitivas se retrasan, porque todas ellas se contemplan como una pérdida de libertad.

Consecuencia: no se atreven a tomar decisiones, ¡con lo cual no deciden su forma de vivir! Es la vida la que decide por ellos, porque el tiempo no se detiene y sigue pasando  .

Ser libre es también aceptar lo que no se ha elegido: Existe otro modo de ejercer la libertad; un modo a primera vista menos celebrado y más pobre y humilde, pero a fin de cuentas más corriente, y de una fecundidad humana y espiritual inmensa: la libertad no es solamente elegir, sino aceptar lo que no hemos elegido.                                                                                                               El acto más elevado y fecundo de libertad humana reside antes en la aceptación que en el dominio. El hombre manifiesta la grandeza de su libertad cuando transforma la realidad, pero más aún cuando acoge confiadamente la realidad que le viene dada día tras día.                                                                              Resulta natural y fácil aceptar las situaciones que, sin haber sido elegidas, se presentan en nuestra vida bajo un aspecto agradable y placentero. Evidentemente, el problema se plantea a la hora de enfrentarnos con lo que nos desagrada, nos contraría o nos hace sufrir. Y, sin embargo, es en estos casos precisamente cuando, para ser realmente libres, se nos pide «elegir» lo que no hemos querido e incluso lo que no hubiéramos querido a ningún precio.                                                     He aquí una paradoja de nuestra existencia: ¡para llegar a ser verdaderamente libres tenemos que aceptar que no siemprelo seremos!                                                                                                Quien desee acceder a una verdadera libertad interior, deberá aceptar su realidad, sus limitaciones personales, su fragilidad, su impotencia, diversas situaciones que impone la vida… algo que cuesta mucho hacer, porque sentimos un rechazo espontáneo hacia las situaciones sobre las que no ejercemos nuestro control. Pero la verdad es ésta: las situaciones que más nos hacen crecer de verdad como personas son precisamente aquellas que no dominamos, porque la mayor ilusión del hombre es la de dominar su vida, porque la vida es un don que, por su misma naturaleza, escapa a todo intento de ser dominado; lograr dominarla es subir un peldaño en el crecimiento personal.

Rebelión, resignación, aceptación: Existen tres actitudes posibles frente a aquello de nuestra vida, de nuestra persona o de nuestras circunstancias, que nos desagrada o que consideramos negativo:                                                                            1ª La rebelión es el caso de quien no se acepta a sí mismo y se rebela: contra Dios que lo ha hecho así, contra la vida que permite tal o cual acontecimiento, contra la sociedad, etc. (84). La rebelión suele ser la primera reacción espontánea frente al sufrimiento. El problema está en que no resuelve nada; por el contrario, no hace sino añadir un mal a otro mal y es fuente de desesperación, de violencia y de resentimiento. Jamás se ha construido nada importante ni positivo a partir de la rebelión; ésta solamente aumenta y propaga más aún el mal que pretende remediar.

2ª La resignación: A veces sucede a la rebelión. Como me doy cuenta de que soy incapaz de cambiar tal situación o de cambiarme a mí mismo, termino por resignarme. La resignación constituye una declaración de impotencia, sin más; aunque, comparada con la rebelión, puede representar cierto progreso, en la medida en que conduce a una actitud no agresiva; pero, la resignación es insuficiente y permanecer en ella es totalmente estéril; quizá sea una virtud filosófica, pero nunca será una virtud cristiana porque carece de esperanza. Tanto la rebelión como la resignación son actitudes estériles, basadas en el «rechazo de la realidad» y en no poner los medios adecuados para cambiar esa realidad.

3ª La aceptación: La aceptación implica una nueva disposición interior, un cambio que lleva a decir «sí» a una realidad que antes percibía como negativa y ahora la acepto porque vislumbro que tengo perspectivas de esperanza. La diferencia decisiva entre la resignación y la aceptación radica en que en esta última es muy distinta la actitud del corazón. La resignación es un túnel oscuro y sin salida, mientras que en la aceptación se vislumbra cierta luz al final del túnel que nos da esperanza de poder cruzarlo.

Exigencias de la aceptación esperanzadora:

1ª exigencia: Que nos aceptemos a nosotros mismos y a los demás como somos. Como somos, es decir, con nuestras virtudes y nuestros defectos, nuestras capacidades y nuestras deficiencias, nuestros errores o malas decisiones del pasado y con nuestros aciertos. La no aceptación de nosotros mismos crea una tensión interior, una insatisfacción y una frustración que con frecuencia volcamos sobre los demás, y los convertimos en cabeza de turco de nuestros conflictos interiores. Cuando estamos de mal humor contra algo que nos rodea, suele ser porque no nos sentimos contentos con nosotros mismos ¡y se lo hacemos pagar a los demás! El que no está en paz consigo mismo, necesariamente estará en guerra con los demás.                                                                                                           Existe un profundo vínculo de doble dirección entre la aceptación de sí y la aceptación de los demás, de tal modo que debemos aceptarnos a nosotros mismos para poder aceptar a los demás. Ambas aceptaciones se propician y realimentan. La aceptación de nosotros mismos nos ayuda a ser más comprensivos con los demás, a aceptarlos tal como son, a no intentar cambiarlos según nuestro gusto.

2ª exigencia: Que aceptemos la realidad con todos sus acontecimientos. Los acontecimientos que nos trae la vida no siemprte son gratificantes, alegres y positivos, también suelen abundar los negativos, las dificultades y los sufrimientos. Y, volviendo al «principio fundamental»: No seremos capaces de transformar eficazmente nuestra vida si no comenzamos por acogerla en su integridad y, en consecuencia, por aceptar cualquier acontecimiento al que nos  enfrentemos. Esta doble exigencia de la aceptación nos hace comprender que para transformar «la realidad» de un modo fecundo hay que comenzar por aceptar esa realidad. Solo la plena aceptación de la realidad actual puede ser la base sólida sobre la que podremos construir una realidad nueva.                                  Evidentemente, resulta difícil aceptar lo que no percibimos como gratificante o positivo. Y es más difícil aún cuando se trata de dificultades y sufrimientos de todo tipo. Tenemos la  experiencia de que, sean cuales sean nuestros proyectos o nuestra cuidadosa planificación, existen multitud de circunstancias que no podemos controlar y multitud de acontecimientos contrarios a nuestra previsión, nuestras aspiraciones o nuestros deseos, que nos vemos obligados a aceptar. Creo que lo más importante es no contentarse con aceptarlas a regañadientes, sino que debemos dar un paso más, aceptarlas para sacar de ellas un bien, aceptarlas para fortalecernos como personas, aceptarlas para superarlas.

Con razón decía Nietzsche: «Cuando el hombre encuentra un para qué vivir, puede soportar cualquier cómo vivir».

 El lado positivo de las contrariedades: Las contrariedades no solo traen inconvenientes, sino también ventajas. La primera, evitan que nos encerremos en nuestros proyectos, nuestros planes o nuestro juicio personal. La auténtica cárcel que nos aprisiona y de la que debemos liberarnos somos nosotros mismos y nuestra pequeñez de corazón y de entendimien. En la vida, lo peor que podría sucedemos (74)es que todo fuera de acuerdo con nuestros deseos: eso supondría el fin de todo crecimiento. El auténtico mal no son las contrariedades sino el miedo a lo que éstas nos puedan traer. Las contrariedades acogidas con esperanza nos hacen crecer, nos educan, nos purifican, nos hacen «pisar tierra» y abandonar imaginaciones inútiles, nos hacen ser menos justicieros y más comprensivos con los demás. Por el contrario, el miedo nos endurece, nos encorseta en actitudes defensivas e, incluso, a menudo nos conduce a decisiones irracionales de nefastas consecuencias.                                                                                         Con esto no deseo hacer apología del dolor: éste ha de ser aliviado en la medida de lo posible. Pero forma parte de nuestra vida y querer eliminarlo por completo significa eludir la vida misma. Rehuir el dolor es rehuir la vida y, a fin de cuentas, cuanto la vida puede traernos de bueno y de bello. Tampoco pretendo minusvalorar el placer, que también forma parte de la vida y es algo bueno. Darnos placer y dar placer a los demás es la forma más natural y corriente de manifestar el amor. Los actos más importantes y fecundos de nuestra libertad no son aquellos mediante los cuales transformamos el mundo exterior, sino aquellos mediante los cuales modificamos nuestra propia actitud interior para darle un sentido positivo.

 La aceptación disminuye el sufrimiento: Cuando experimentamos un sufrimiento, lo que más daño nos hace no es tanto éste como su rechazo, porque entonces al propio dolor le añadimos otro mayor: el de nuestra oposición, nuestra rebelión, nuestro resentimiento y la inquietud que provoca en nosotros. La tensa resistencia que genera en nuestro interior y la no aceptación del sufrimiento hacen que éste aumente. Mientras que, cuando lo aceptamos, se vuelve de golpe menos doloroso. Cuando sobreviene el dolor, es perfectamente normal intentar remediarlo en la medida de lo posible. Si me duele la cabeza, tendré que tomarme una aspirina para aliviarme. Pero siempre habrá sufrimientos irremediables que conviene esforzarse en aceptar con tranquilidad. Y esto no es masoquismo, ni gusto por el dolor, sino todo lo contrario, porque la aceptación de un sufrimiento hace éste mucho más soportable que la crispación del rechazo.                                                                                       Cuando nos enfrentamos al dolor cotidiano, al «peso del día y del calor», al cansancio, hay que evitar pasarse el tiempo refunfuñando por dentro o esperando que acabe cuanto antes; hay que evitar soñar permanentemente con una vida distinta: es preferible aceptar de corazón la que tienes. La vida es buena y bella tal como es, incluso con su parte de dolor. Toda existencia, incluso si se encuentra abocada al dolor, es infinitamente valiosa.

3.- La libertad cristiana

Dios, que es Amor, creó a la Humanidad por amor, porque ama a todos los seres humanos como Padre; al mismo tiempo, espera ser amado por todos. Amar es un acto de la voluntad y, por tanto, solo se ama cuando ese acto es plenamente voluntario. Por coacción o por la fuerza se pueden hacer muchas cosas; pero, no amar.                                                                            Dios no quiere que los seres humanos le amemos sin voluntad, como si fuésemos robots; por eso nos creó semejantes a Él, con inteligencia y voluntad, y capaces de decidir si le amamos o no.

Dios nos creó libres

En la vida lo más importante no es lo que nosotros podemos hacer sino lo que Dios puede hacer en nosotros y a través de nosotros (85). El gran secreto de toda fecundidad y crecimiento interior es aprender a dejar hacer a Dios. Jesús dijo: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Es situarnos en la realidad de lo que somos, de nuestras circunstancias y decir «sí».                                                                                                                 En la Sagrada Escritura encontramos, entre otros, estos tres ejemplos de aceptación de la realidad.                                                  1º El profeta Samuel dispuesto a escuchar «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 Sam 3,10).                                                                  2º María acepta la voluntad de Dios «Dijo María: He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38)                       3º Jesús, en su oración en Getsemaní, en medio del inmenso dolor, invoca al Padre con estas palaras de aceptación: «No se haga mi voluntad sino la tuya» Lc 22,42)                                                      Dejar que Dios actúe en nosotros: Es un acto libre de nuestra voluntad, que siempre requiere, por nuestra parte, una triple aceptación:                                                                                        1ª Aceptación previa de nuestra situación real porque Dios no actúa sobre lo imaginario, lo ideal o lo soñado, sino sobre lo real y lo concreto. Dios ama con amor de Padre a cada persona real yconcreta, tal cual es. Dios no ama a personas «ideales» ni sale al encuentro de personas tales como «les gustaría ser» o como « deberían ser»; Dios ama y sale al encuentro de las personas «tal como son», con sus virtudes, errores y miserias. Dios conoce nuestras debilidades y nuestras flaquezas, pero no nos condena ni se escandaliza de ellas. Ante Él, podemos - sencillamente- ser como somos. Recordemos lo que nos dice el Señor por boca del profeta Isaías: «Eres a mis ojos de gran estima, de gran precio y te amo» (Is 43, 4).                                                                                               Si no admito que tengo tal falta o debilidad, si no admito que estoy marcado por ese acontecimiento pasado, si no me acepto como soy, lo que estoy haciendo, en uso de mi libertad, es cerrarme al amor de Dios y al encuentro con Él. Aceptarse a uno mismo significa acoger las propias miserias, pero también los valores, permitiendo que se desarrollen todas nuestras legítimas posibilidades y nuestra auténtica capacidad.

2ª Aceptación previa de los demás, tal como son; si no acepto a los otros tal y como son (y, por ejemplo, me paso la vida exigiéndoles que correspondan a mis esperanzas), estoy rechazando la oportunidad de un encuentro fructífero.  La disponibilidad hacia los demás es un aspecto fundamental en las relaciones humanas. En cada encuentro con una persona, sea cual sea su duración, debemos transmitir la sensación de estar disponibles al cien por cien, y de no tener ninguna preocupación ni otra cosa que hacer que estar con esa persona y vivir con ella lo que haya que vivir en ese instante, todo el tiempo que haga falta. Y no es una simple cuestión de cortesía, sino una verdadera disponibilidad del corazón. Esto  es algo que cuesta mucho, porque tenemos un fuerte instinto de propiedad en lo relativo al tiempo, y el hecho de no poder dominarlo a nuestro antojo crea en nosotros cierta inseguridad.  Dios nos ama y acepta tal como somos. Dios es el Creador de nuestra libertad y, cuanto más influye Él en nuestro corazón, más libres nos hacemos. Los actos que realizamos bajo la acción del Espíritu Santo provienen de Dios, pero son también actos plenamente libres, plenamente queridos y plenamente nuestros.  

Escoger libremente ser cristianos íntegros: Los cristianos íntegros son los que practican las llamadas virtudes teologales; es decir, la fe, la esperanza y la caridad que son el centro de la existencia cristiana y el medio privilegiado de colaboración entre Dios y el ser humano.

¿Qué es la fe?: La fe es un don gratuito de Dios: «Nadie puede decir: “Jesús es el Señor”, si no es bajo la acción del Espíritu Santo» (1 Cor 12,3). Pero, al mismo tiempo, la fe es la adhesión personal del hombre a Dios unida al libre esentimiento a la verdad que Él ha revelado, es decir, la fe es un acto con el cual el hombre se confía libre y totalmente a Dios que se ha revelado, a través de Cristo, como Padre que ama al hombre. Con los actos de fe el hombre rinde a Dios el homenaje de su entendimiento y de su voluntad.                                                                                                «Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios que previene y ayuda, y los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad»(86)                                                                                                      La fe hace que me adhiera a la verdad transmitida por la Escritura, la cual no cesa de mostrarme la bondad de Dios, su misericordia, su absoluta fidelidad a sus promesas y su amor incondicional e irrevocable hacia sus hijos manifestado en Cristo, nacido, muerto y resucitado por nosotros. El me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2, 20). Por la fe el corazón se adhiere a esta verdad y encuentra en ella una esperanza inmensa e indestructible. Todo cuanto hay de positivo y de bueno en nuestra vida procede del amor de Dios que gratuitamente ha sembrado su Espírutu en nuestros corazones. Pero este regalo sólo puede ser plenamente fecundo en nosotros si cuenta con la cooperación de nuestra libertad.    Este aspecto voluntario aparece más marcado en łos momentos de duda. y tentación. Hay ocasiones en las que la fe no es espontánea y exige un gran esfuerzo la adhesión voluntaria de nuestra voluntad a la verdad propuesta por la Palabra de Dios. En esas ocasiones, no olvidemos que, cuando hacemos un acto de fe, éste sólo es posible porque «el Espíritu Santo ayuda nuestra debilidad» (Rom 8, 26).

¿Qué es la esperanza? Es el estado de ánimo que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea (87).Las esperanzas terrenales: El mundo ofrece muchos bienes apetecibles para el corazón humano deseoso de felidad y con ansias de amor. Pero, no podemos olvidar que lo que ofrece elmundo son bienes fugaces, que terminan para cada uno el día de su muerte, porque el poder, las riquezas, los honores, los placeres y demás no acompañan a nadie al sepulcro. El autor del libro del Eclesiastés escribió muy claro sobre la caducidad de los bienes terrenales: «He contemplado todo cuanto habían hecho mis manos y todos los afanes que al hacerlo tuve, y vi que todo era vanidad y apacentarse de viento, y que no hay provecho alguno debajo del sol (Eccli II, 11.)

Hay muchos hombres rectos, impulsados por un noble ideal –aunque sin motivo sobrenatural, por filantropía–, afrontan toda clase de privaciones y se gastan generosamente en servir a los otros, en ayudarles en sus sufrimientos o en sus dificultades. Es muy respetable y admirable, la tenacidad de quien trabaja por estos nobles ideales. Pero, es una lástima que todo acabe el día de su sepulcro.

La esperanza cristiana: Al contrario, cuando reconocemos la contingencia de las iniciativas terrenas, y abrimos nuestra mente a la transcendencia, toto el quehacer humano se abre a la auténtica esperanza, la que eleva todo lo humano al encuentro con Dios. La luz de la transcendencia ilumina la vida humana y aleja las tinieblas de la caducidad. La esperanza cristiana es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna junto a Dios como suma felicidad. San Agustín de Hipona experimentó muchas cosas mientras buscaba la felicidad fuera de Dios; pero solo logró esa felicidad cuando aceptó a Dios en su vida. Estonces escribió esta frase, que con el tiempo se ha hecho tan famosa:« ¡Nos creaste, Señor, para ser tuyos, y nuestro corazón estará inquieto, hasta que descanse en Ti! (S. Agustín, Confessiones, 1, 1, 1 (PL 32, 661) San Pablo escribió: «No nos ha creado el Señor para construir aquí una Ciudad definitiva» (Hebr 13, 14)               La verdadera esperanza da al ser humano la seguridad de sentirse y ser hijo de Dios y poder llamarle «¡Abba! ¡Padre! (Gal 4, 6). Es más, al ser hijo adoptivo de Dios, también heredará la felicidad eterna de estar junto al Padre. Porque «ya no es siervo, sino hijo, y si hijo, también heredero» (Gal 4,7)

La esperanza cristiana no separa al hombre de las cosas de esta tierra, sino que le acerca a esas realidades de un modo nuevo: Obrando el bien, revisando las actitudes ordinarias ante la ocupación de cada instante; fomentando la felicidad de los que le rodean, sirviendo a los otros con alegría, con comprensión, con una sonrisa. Es así como los quehaceres diarios y todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva, que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano.Para que esto se produzca, para que Dios actúe en el hombre y a través del hombre, éste debe elegir a Dios y decirle:«Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad»(Del Salmo 40)

La esperanza cristiana habla de la continua bondad del Señor con los hombres, siempre dispuesto a oírlos, porque jamás se cansa de escuchar. Le interesan sus alegrías, sus éxitos, sus apuros, sus doloresy sus fracasos. Por eso, el hombre debe dirigirse a su Padre del cielo en las circunstancias favorables y en las adversas, acogiéndose a su misericordiosa protección. La certeza de la propia nulidad puede hace pensar al hombre que su realidad es una auténtica multitud de ceros; pero la esperanza le hará poner a Cristo a la izquierda de esos ceros (10000…) y la nulidad se trocará en una fortaleza irresistible.

¡Eso es el hombre unido libremente a Cristo! «El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?» (Salmo 27,1). El Cielo es la meta del hombre unido a Cristo. Así lo ha prometido Él mismo: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas…voy a prepararos un lugar...para que donde yo estoy estéis también vosotros » (Jn 14,2-3) Llegará un día cuando el Padre diga a los unidos a Cristo: «Siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en las cosas pequeñas, yo te confiaré las grandes: entra en el gozo de tu Señor!

Mientras llega ese momento, San Pablo nos dice «Vivid alegres con la esperanza» (Rom 12,2) La fe y la esperanza son provisionales, sólo para este mundo, y enseguida pasarán: en el cielo, la fe será reemplazada por la visión, la esperanza por la posesión; sólo el amor no pasará jamás: nada reemplazará al amor porque éste es el fin. Lo cual significa que en la tierra el amor es la participación más plena en la vida del cielo, mientras que la fe y la esperanza se hallan al servicio de la caridad, la única que posee un carácter definitivo.

A causa de los fracasos, las decepciones, las dificultades, la experiencia de nuestra miseria y las inquietudes que nos desasosiegan, solemos desanimarnos. En este caso, el remedio (es decir, el modo de hacer rebrotar el amor) no reside en un esfuerzo voluntarista, sino en reanimar la esperanza. La terapia apropiada es la de descubrir la raíz del desaliento, ese «punto de desesperanza», y poner el remedio, volver a dotar a la persona de una mirada esperanzada sobre este aspecto concreto de su vida.                                                                                      Todo esto responde a una realidad psicológica tan sencilla como importante: para que nuestra voluntad sea fuerte y dispuesta, necesita verse alimentada por el deseo. Y ese deseo no puede ser poderoso si lo que se desea no se percibe como posible y accesible; porque, si nos representamos algo como inaccesible, dejamos de desearlo y quererlo con fuerza. No se puede querer nada de modo eficaz si tenemos la sensación psicológica de que «no llegaremos». La esperanza nos permite remodelar nuestras representaciones mentales de modo que volvamos a percibir lo que queremos como algo deseable y accesible. Gracias a la esperanza, sé que lo puedo esperar todo de Dios con total confianza. «Todo lo puedo en aquel que me conforta», dice San Pablo (Fil 4, 13). La esperanza nos cura del miedo y el desaliento, dilata el corazón y permite que el amor se expanda. Pero, a su vez, la esperanza necesita apoyarse en la fe para constituir una auténtica fuerza; así puedo «esperar contra toda esperanza» (Rom 4, 18), «porque sé a quién me he confiado» (2Tim 1,12).

 ¿Qué es la caridad? En el pensamiento cristiano, la caridad es la forma más elevada de amor, pues significa el amor recíproco entre Dios y el hombre. El hombre manifiesta su amor a Dios cuando ama desinteresadamente al prójimo. La descripción de la caridad que hace San Pablo se encuentra en el Nuevo Testamento (I Cor. 13).                                                                                   En la primera carta de San Juan, leemos:«Si alguno dijere: Amo a Dios, pero aborrece a su hermano, miente. El que no ama a su hermano, a quien ve, no es posible que ame a Dios, a quien no ve» (1Jn 4,20) Una de las acepciones que da el Diccionario de la RAE de la palabra caridad es «limosna que se da o auxilio que se presta a los necesitados». Este sentido es el más corriente en la sociedad y es también muy significativa su importancia.                Añadamos, para terminar, que el fin de la obra del Espíritu Santo en nuestra vida consiste en suscitar y hacer crecer las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad: éste es, por así decirlo, su «papel» principal, y todos los demás carismas, dones u operaciones de la gracia son sólo medios con vistas al crecimiento de la fe, la esperanza y la caridad.                               Las tres virtudes teologales no se pueden separar; ninguna de ellas es capaz de existir realmente sin las otras. La más importante de las tres es, por supuesto, el amor. En el Himno a la caridad, San Pablo deja muy claro su papel fundamental: «Aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy» (1 Co 13, 2); para añadir un poco después: «Ahora permanecen estas tres: la fe, la esperanza y la caridad; pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13).          En consecuencia, ser cristiano no es solo frecuentar tal o cual práctica, ni seguir una lista de mandamientos y deberes; ser cristiano es, ante todo, creer en Dios, esperarlo todo de El y querer amarle a El y al prójimo de todo corazón. Todos los aspectos de la vida cristiana persiguen un solo fin: aumentar la fe, la esperanza y la caridad. Sin esta finalidad, no sirven para nada.

CITAS

84 La rebelión no siempre es negativa. Puede tratarse de una primera e inevitable reacción psicológica ante circunstancias brutalmente dolorosas, y beneficiosa siempre que no nos quedemos encerrados en ella. La rebelión, como rechazo de la realidad, puede puede tener un significado positivo: el del rechazo de una situación inadmisible que nos empuja a obrar contra ella con medios legítimos y proporcionados.

85 La cuestión de fondo es la siguiente: ¿cómo un acto humano (el acto de creer, de esperar o de amar) puede ser un acto plenamente humano, libre y voluntario, a la vez que un don gratuito de Dios, un fruto de la acción del Espíritu Santo en el corazón del hombre? En este punto tocamos el profundo misterio de la «interacción» entre la actividad de Dios y nuestra libertad, un problema espinoso tanto en el plano filosófico como en el teológico. Sin adentrarnos en él, diremos simplemente que no existe contradicción.

86 Concilio Vaticano II, Constitution Dei verbum, 5

(87) Diccionario de la RAE.