jueves, 1 de septiembre de 2011

3.- CONTANDO ELTIEMPO

Cada año, la noche del 31 de diciembre, en nuestra civilización occidental, celebramos con inmenso jolgorio el paso al año siguiente. Hacemos nuestros brindis, nos felicitamos, en España tomamos las doce uvas y el cielo se cubre de luces de color que alegran nuestra vista, mientras nuestros oídos son atormentados con las tracas de los fuegos artificiales.
Es nuestra forma de despedir al año que termina y dar la bienvenida al que llega.
Pero, ¿cómo se ha llegado a fijar el número exacto del año? ¿Por qué el próximo 31 de diciembre celebraremos el final del año 2005 y no del 5523, por ejemplo?
El tiempo:
Concebimos el tiempo intuitivamente como algo que existe independientemente de nosotros mismos. No obstante, el tiempo, como tal, no existe; es sólo un concepto creado por el hombre y que cada ser humano construye en su mente a través de sus propias y sucesivas experiencias; es más, esas mismas experiencias le hacen dividir el tiempo en pasado, presente y futuro. Las experiencias humanas referidas a unos acontecimientos concretos provocaron en nuestros antepasados la necesidad de medir el tiempo, es decir, de establecer unidades continuas de tiempo y fijar en ellas cada uno de sus acontecimientos.
La era, el siglo, el año, el mes, el día, la hora, el minuto y el segundo son unidades de tiempo.

El día y la noche:
El comienzo de nuestro tiempo se hizo patente en la observación del tiempo astronómico. Al periodo de luz comprendido desde que sale el sol hasta que se pone, se le denomina día y noche al periodo de oscuridad; el conjunto de ambos se llama día natural y es interpretado como el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta completa sobre sí misma, exponiendo una parte a los rayos solares, dando lugar al día y ocultando la parte opuesta, dando lugar a la noche.
La Tierra, en su movimiento de rotación, invierte 23 horas, 56 minutos y 4 segundos. Debido a la inclinación del eje terrestre, la duración de los días y las noches es desigual en los distintos lugares de la tierra. Solamente en el ecuador, la sucesión de noche y día se produce cada doce horas; en los polos, al contrario, el día y la noche se suceden cada seis meses.

Las estaciones:
Simultáneamente al movimiento de rotación, la esfera terrestre describe el movimiento de traslación alrededor del Sol, recorriendo una órbita elíptica en la que invierte 365 días, 6 horas, 9 minutos y 11 segundos. La inclinación del eje de la Tierra es de 23º 27´, adoptando diversas posiciones respecto al Sol y dando lugar a las cuatro estaciones, que no obedecen a la proximidad o lejanía del Sol, sino al tiempo de recepción de los rayos solares y a la inclinación con que los recibe la Tierra, casi perpendiculares en el verano y muy oblicuos en el invierno.

La era:
Para dar un número de orden a los años es imprescindible partir de un punto “cero”; el cual, por supuesto no es el punto cero de los años solares, los cuales ya existían antes, sino que sólo es el número “cero” en cuanto a la asignación de un orden convencional. A este número “cero” o punto fijo, se le llama era.
El punto “cero” de la era se fija en consideración a un acontecimiento de gran relieve para la humanidad
Prescindiendo de las menos importantes, me voy a referir sólo a dos: la era romana, con un breve detalle del calendario romano y la era cristiana en otras reflexiones.

La era romana:
El punto “cero” de la era romana es la fundación de la ciudad de Roma por Rómulo y Remo que, según la leyenda tuvo lugar después de la caída de Troya, cuando un grupo de troyanos fugitivos, dirigidos por Eneas, llegó a la desembocadura del río Tíber, donde se establecieron.
Rómulo, un descendiente de Eneas, fundó Roma en una fecha que los romanos situaron en el año 753 anterior a nuestra era cristiana.
La era romana se suele denominar “Ab urbe cóndita” (abreviatura A.U.C.), y que significa: Desde la fundación de Roma.


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