1.- ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?
Es la pregunta que hizo Jesús a sus discípulos: “Ellos contestaron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías u otro de los profetas. Y Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 13-16)
Jesús es la segunda persona de la santísima Trinidad: La Trinidad es el gran misterio del cristianismo. Como tal, es imposible que la mente humana pueda penetrarlo; sabemos su existencia porque Cristo así nos lo ha revelado: un solo Dios en tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Hay varios pasajes en la Biblia en los que aparecen las tres divinas personas:
En la Encarnación, el Padre es el Altísimo, representado por la voz del ángel que anunció a María: “Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús” ; “será llamado Hijo del Altísimo (Lc 1,31-32); “el Espíritu Santo vendrá sobre tí” ( Lc 1, 35); la segunda persona de la Santísima Trinidad tomó forma humana en las entrañas de una doncella, “El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14).
En el Bautismo de Jesús: El Padre dice al Hijo: “Tú eres mi Hijo, el amado, en quien tengo mis complacencias” (Lc 1,11) mientras que el Espíritu, en forma de paloma, descendía sobre Él.
En la Transfiguración: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle (Mt 17,5); el Espíritu Santo estás representado por la nube.
En la Ascensión: Justo antes de subir al Cielo, Jesús dio este mandato a los apóstoles: “Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt 28, 19). San Pablo se despide de los corintios con estas palabras: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros” (2Cor 13, 13).
Jesús es el rostro visible de Dios: “A Dios nadie le ha visto jamás...Dios unigénito, que mora en el seno del Padre, le ha dado a conocer” (Jn 1,18); el Unigénito del Padre, conoce al Padre y se ha hecho hombre para darnos a conocer al Padre y descubrirnos sus misterios. Dios, en las tres divinas personas, es espíritu invisible; pero, encarnándose en el seno de la Virgen María, tomó forma humana y se hizo visible. La esperanza milenaria del pueblo de Israel contemplaba la llegada de un Rey-Mesías que restablecería la antigua grandeza del Reino de David. El designio de Dios no sólo atañe a Israel sino a toda la humanidad, que necesita ser rescatada y salvada. El nacimiento de Jesús, al menos en su apariencia externa, fue todo lo contrario al de un rey. Jesús nació en una cuadra, rodeado de animales y María, su Madre lo acostó en un pesebre. Este Niño que nace tan pobre y desvalido es el Hijo de Dios. Va a tener una niñez y una adolescencia semejante a la de los demás niños de Nazaret, el pueblo donde vivirá con María y José.
Jesús es el Salvador de la humanidad: “En ningún otro hay salvación, pues ningún otro nombre se nos ha dado bajo el cielo, por el que podamos ser salvos”(Hch 4, 12) Cristo, Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre. El designio salvífico de Dios respecto a toda la humanidad se ha realizado en Jesús y en su comunidad eclesial, sacramento de salvación en la historia. Cristo es la única fuente de salvación y por Él adquiere valor cualquier otro atisbo de salvación fuera del cristianismo. Cristo no es uno de tantos mediadores salvíficos, que únicamente lo son en cuanto participan de la mediación de Jesús; Él es el único y definitivo mediador, la fuente de toda otra mediación participada.
Jesús es, además: * Señor y Mesías. “Tenga por cierto toda la casa de Israel que Dios le ha hecho Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado” (Hch 2, 36) Jesús es el único Mediador entre Dios y los hombres. “Porque uno es Dios, uno también el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, que se entregó a sí mismo para la redención de todos”(ITim 2, 5-6)
*Jesús es el reconciliador universal. “Plugo al Padre que en Él habitase toda la plenitud y por Él reconciliar consigo todas las cosas en Él” (Col 1, 19)
*Jesús es un hombre que “pasó por el mundo haciendo el bien y curando a todos los oprimidos” (Hch 10,38). “El Espíritu del Señor está sobre mí; me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos las recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos” (Lc 4,18-19)
*Jesús es el que, “a pesar de tener la forma de Dios… se anonadó, tomó la forma de siervo y se hizo semejante a los hombres … se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2,8)
*Jesús es el Mesías de los pobres... En la parábola de los invitados descorteses que noaceptaron ir al banquete, Jesús, por boca del anfitrión, dijo al criado: “Sal aprisa a las plazas y calles y a los pobres, tullidos, ciegos y cojos, tráelos al banquete” (Lc 14,21)
* Jesús fue exaltado por el Padre, quien “le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla, en el cielo , en la tierra y en los abismos” (Flp 2,9-10)
Toda la existencia cristiana consiste en “consagrar la vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Hch 15, 26) y el gozo supremo es “ser dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús” (Hch 5,41) y “morir por el nombre del Señor Jesús” (Hch 21,13)
2.- La redención de la humanidad
Viendo Dios que el “hombre“ había abandonado la senda del bien y había incurrido en toda clase de maldad, tuvo misericordia, se apiadó y envió a su Hijo para que redimiese a la humanidad caída y le enseñase el camino de la salvación.
Jesús tenía unos treinta años cuando empezó su predicación del Reino de Dios. Predicará durante tres años, al cabo de los cuales será sentenciado a muerte y crucificado. Será sepultado y resucitará al tercer día. Se aparecerá a sus discípulos y fundará su Iglesia poniendo a Pedro, el apóstol que había dicho que no le conocía, como su representante y cabeza de su Iglesia.
Para redimir al “hombre”, el Hijo de Dios pagó, muriendo en la cruz, la deuda que aquél tenía.
El patíbulo de la cruz: Hasta la llegada del emperador Constantino que legalizó el Cristianismo el año 313, los antiguos romanos ejecutaban a los considerados enemigos del Imperio atándolos o clavándolos a una cruz de madera y dejándolos en la cruz hasta su muerte, que era lenta, horrible y pública (como elemento de disuasión). Al morir Jesús en la cruz, ésta dejó de ser para los cristianos un patíbulo ignominioso y pasó a ser instrumento de salvación.
Dar a conocer el amor del Padre: Jesús es el Amor del Padre hecho persona humana. “Tanto amó Dios al mundo, que le dio a su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Jn 3, 16)
Jesús no sólo predica el amor del Padre y da a conocer su designio de salvación de todos los “hombres” sino que Él mismo es el artífice del plan salvador del Padre.
Enseñar a todas las gentes: Jesús es el Maestro por excelencia; la enseñanza es un aspecto esencial de su actividad: enseña en las sinagogas (Mt 4, 23; en el templo (Mt 21,23); con ocasión de las fiestas (Jn 8,20) y hasta diariamente (Mt 26,55). Le llaman Rabbi (Maestro) (Jn 13,13). La gente, “atónita, se decía: ¿De dónde le viene a éste tal sabiduría” (Mt 13,54), porque enseñaba con una autoridad especial, porque su doctrina no es de Él, sino del que le ha enviado (Jn 7,16), “según me enseñó el Padre, así hablo” (Jn 8,28). Jesús quiere dar a conocer el mensaje auténtico de Dios e inducir a “los hombres” a aceptarlo.
El Papa Pablo VI dijo que Jesús es:“El que está en el vértice de las aspiraciones humanas, Él es el término de nuestras esperanzas y oraciones, es un punto focal de los deseos de la historia y de la civilización; es decir, es el Mesías, el centro de la humanidad, el que da valor a las acciones humanas, que conforma la alegría y la plenitud de los deseos de todos los corazones, el verdadero hombre, el tipo de perfección, de belleza y de santidad puesto por Dios para personificar el verdadero modelo, el verdadero concepto de hombre, el hermano de todos, el amigo insustituible, el único digno de toda confianza y de todo amor, Él es el Cristo hombre. Y, al mismo tiempo, Jesús está en el centro de todo nuestra verdadera suerte, es la luz por la que la habitación del mundo toma proporciones, forma, belleza y sombra; es la palabra que todo lo define, todo lo explica, todo lo clarifica, todo lo redime; es el principio de nuestra vida espiritual y moral; dice lo que se debe hacer y da la fuerza, la gracia, para hacerlo; reverbera su imagen, más aún, su presencia, en cada alma que se hace espejo para acoger su rayo de verdad y de vida, de quien cree en Él y acoge su contacto sacramental; es el Cristo Dios; el Maestro, el Salvador”.(Alocución de Pablo VI)
El apóstol Pedro dijo ante el Sandrín: “Príncipes del pueblo y ancianos... sea manifiesto a todos vosotros y a todo el pueblo de Israel que, en nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros habéis crucificado, a quien Dios resucitó de entre los muertos, por Él, éste (11) se halla sano entre vosotros. Él es la piedra rechazada por vosotros los constructores, que ha venido a ser la piedra angular. En ningún otro hay salvación, pues ningún otro nombre nos ha sido dado por el que podamos ser salvos” (Hch 4, 10-12)
3.- Jesús histórico - bíblico y Jesús eclesial.
El Jesús histórico presentado por el Nuevo Testamento y el Jesús presentado por la Iglesia en su predicación, en la liturgia, en la catequesis y en todo el conjunto de la Tradición viva, ¿son el mismo? ¿Hay continuidad personal entre el Jesús histórico-bíblico y el Jesús eclesial? La predicación pascual de los Apóstoles se fundamenta y justifica en el Jesús histórico, cuyos puntos fundamentales son la encarnación, el nacimiento, la doctrina, la pasión, muerte y resurrección. Con honradez y rigor histórico no se puede poner en duda la identidad substancial entre el Jesús histórico-bíblico y el Jesús eclesial. Entre ambos hay una inalterable continuidad personal. Con razón, se habla del Cristo bíblico-eclesial.
4.- ¿Quién es Jesús para cada persona concreta?
Todo lo anterior encierra el designio amoroso de Dios para la salvación de todos los “hombres”. Dios espera la respuesta del “hombre”, y la respetará, sea la que sea.
11 Se trata del tullido que pedía limosna en la puerta del templo y que Pedro había curado, diciendo: “No tengo oro ni plata, lo que tengo, te doy: En nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda” (Hch 3, 6)
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