1.- El nombre
Los judíos que vivían fuera de Palestina solían tener dos nombres, uno judío y otro griego o romano.
Su nombre judío era Saulo, en hebreo moderno Sha'ul (invocado, llamado), es el nombre del primer rey de Israel (1 Sam 10) Su nombre romano era Paulus (Pablo): No se sabe de dónde le viene este nombre; es posible que esté relacionado con la ciudadanía romana que poseía la familia por habitar en Tarso (38), capital de la provincia romana de Cilicia, en la actual Turquía.
2.- Formación
Saulo nació entre el año 5 y el 10, de nuestra era, en el seno de una famiia acomodada, recibió la educación inicial en la misma ciudad de Tarso y, en los primero años de su juventud, fue enviado a Jerusalén donde ingresó en la escuela del maestro de la Ley, el rabino Gamaliel, allí adquirió una sólida formación teológica, filosófica, jurídica y lingüística (hablaba hebreo, arameo, griego y latín), lo que sugiere que se preparaba para ser rabino. Saulo era fariseo, él mismo lo dice: “[Soy] hebreo e hijo de hebreo; y, según la Ley, fariseo y por el celo de ella, perseguidor de la lglesia” (Flp 3,5-6); “todos los judíos conocen mi vida… y pueden testificar que yo he vivido como fariseo conforme a la secta más estricta de nuestra religión” (Hch 26, 4-5) Durante la crucifixión de Jesús debió encontrarse fuera de Jerusalén, pues, en caso contrario, su desconocimiento del hecho no se explicaría. Sí estuvo presente en la lapidación del diácono Esteban, pues custodió la ropa de los lapidadores en prueba de conformidad.
3.- Perseguidor de los cristianos
La formación recibida de la rígida observancia de las tradiciones farisaicas, le llevó a convertirse en perseguidor de los cristianos. La lapidación del diácono Esteban fue el inicio de “una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén...Saulo devastaba la Iglesia, entrando en las casas, arrastraba a hombres y mujeres y los hacía encarcelar” (Hch 8, 1.3) “Saulo respiraba amenazas de muerte contra los discípulos del Señor” (Hch 9,1); “perseguí de muerte esta doctrina... yo era el que encarcelaba y azotaba en las sinagogas a los que creían en Él” (Hch 22, 4.19) ; “Muchas veces, por todas las sinagogas, los obligaba a blasfemar a fuerza de castigos y, loco de furor, los perseguí hasta las ciudades extrañas” (Hch 26,11)
En el año 36, los príncipes de los sacerdotes, accediendo a una petición suya, le encomendaron la misión de buscar y encarcelar a los cristianos de Damasco (Hch 9, 2-3)
1.- De perseguidor a perseguido
Lucas, como historiador ofrece el relato de la conversión de Saulo: “Cuando estaba de camino, al acercarse a Damasco, se vio de repente rodeado de una luz del cielo y, al caer a tierra, oyó una voz que decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?. Él contestó: ¿Quién eres, Señor? Soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que has de hacer” (Hch 9, 1-6) (39)
Es importante destacar que este “encuentro con Jesús” es real, que vio a Cristo resucitado (1 Cor 9,1); no fue un sueño o una visión, “[Cristo] se me apareció también a mí” (1 Cor 15,8) Los que viajaban con Saulo vieron la luz, pero no escucharon a Cristo hablar (Hch 22,9). Saulo perdió la visión y sus acompañantes tuvieron que guiarlo hasta la ciudad (Hch. 22,11). Como fruto de esta aparición de Jesús, en Saulo se produce un cambio radical: de perseguidor pasa a ser creyente, apóstol, predicador incansable de la fe cristiana y, finalmente, testigo de esta fe, muriendo decapitado. La “conversión” para los judíos significaba abandonar los ídolos y creer en el Dios verdadero; y para Pablo significaba aceptar que la esencia de la fe judía estaba, precisamente, en reconocer a Jesús como el Mesías que había de venir; Pablo no se convirtió al cristianismo que entonces no existía como religión, sino al reconocimiento de Jesús. Ya en Damasco, “estuvo tres días sin ver y sin comer mi beber” (Hch 9,9), al cabo de los cuales se le presentó Ananías y le dijo: “Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo” (Hch 9, 17); “el Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad y vieras al Justo y oyeras la voz de su boca” (Hch 22,14)
Pasados unos días, Saulo “se dio a predicar en las sinagogas diciendo que Jesús es el Hijo de Dios” (Hch 9,20) Predicó en Damasco y en “Arabia (40) y de nuevo volví a Damasco”(Gál 1,17) Los judíos estaban muy extrañados, porque sabían que había ido a Damasco para descubrir y encarcelar a los cristianos. Ante tal cambio, considerándole un traidor, decidieron matarle (Hch 9, 23). Habiendo llegado la resolución de los judíos a oídos de los cristianos, “tomándole de noche lo bajaron por la muralla descongándole en una espuerta” (Hch 9, 25) Llegó a Jerusalén y se encontró con el recelo de los creyentes que le conocían como perseguidor; Bernabé le presentó a los Apóstoles Pedro y Santiago el Menor, a los que contó todo lo que le había sucedido y ellos le contaron sus propias vivencias. Durante algún tiempo se dedicó a predicar en Jerusalén, junto con los Apóstoles. “Hablaba y disputaba con los judíos helenístas (41) , que intentaron quitarle la vida, pero los hermanos le llevaron a Cesárea y de allí le enviaron a Tarso” (Hch 9, 29-30) Bernabé fue a Tarso en busca de Saulo y juntos partieron hacia Antioquía de Siria donde predicaron durante un año logrando que la ciudad se convirtiese en centro de los cristianos que venían de la gentilidad. Entre los años 41 al 48, siendo Alejandro gobernador de Judea, se produjo una gran hambruna y los cristianos de Antioquía enviaron “socorros a los hermanos de Judea, cada uno según sus facultades, por medio de Saulo y Bernabé” (Hch 11, 29-30). “Cumplido el encargo, se volvieron a Antioquía, llevando consigo a Marcos” (Hch 12, 25).
4.- Viajes de San Pablo
En Pablo, que no perteneció al círculo inicial de los Doce Apóstoles, se dieron una serie de circunstancias: Su fuerte personalidad judía, su cultura helénica y su ciudadanía romana, que le sirvieron para fundar varias de las primeras comunidades cristianas y anunciar a Jesucristo tanto a los judíos como a los gentiles. Él mismo describe los avatares que soportó en sus viajes: “En peligros de muerte he estado muchas veces. Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez fui apedreado; tres veces padecí naufragio; un día y una noche pasé en el abismo. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en la ciudad; peligros en despoblado; peligros en el mar; peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias” (2 Cor 11. 23c-28).
Es digno de admiración el esfuerzo físico y mental que soportó para predicar a Cristo Resucitado y compartir su “experiencia personal”, tanto con los judíos como con los gentiles. Durante su predicación, Pablo se presentaba en las sinagogas de las diversas comunidades judías; pero, casi siempre, terminaba en fracaso, pues muy pocos hebreos se convertían a la fe en Cristo, por el contrario, eran muchos los gentiles que la abrazaban.
Primer viaje misionero de Pablo: Pablo, en compañía de Bernabé y de Marcos, iniciaron el primero de sus viajes misioneros; salieron de Antioquía de Siria y visitaron estas ciudades: Salamina y Pafos, en la isla de Chipre, y en el continente, Perge, Antioquía de Panfilia, Iconio, Listras y Derbe. Saulo abandonó el nombre judío de Saulo y empezó a usar el nombre romano de Paulus, tal vez, considerándolo más oportuno para su predicación a los gentiles. Recorrieron varias regiones de Asia Menor: Desde Pafos, la última ciudad de Chipre, donde se convirtió el procónsul romano Sergio Paulo, navegaron hasta Perge de Panfilia, allí los dejó Marcos, que se volvió a Jerusalén, y ellos se fueron a Antioquía de Pisidia, donde durante dos sábados predicaron la palabra de Dios. “Muchos de lo judíos y prosélitos adoradores de Dios siguieron a Pablo y Bernabé” (Hch 13, 43), pero otros, “ se llenaron de envidia y les insultaban y contradecían” (Hch 13, 45) Pablo y Bernabé les respondían: “A vosotros os teníamos que hablar primero la palabra de Dios, como la rechazáis… nos volveremos a los gentiles” (Hch 13, 46) “La palabra del Señor se difundía por toda la región, pero los judíos… promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y los arrojaron de sus términos” (Hch 13, 49-50). Ellos se fueron a Iconio, donde se repitió el mismo esquema: predican en la sinagoga; algunos judíos se rinden a la palabra predicada y la aceptan, pero la mayoría la rechazan y se revuelven contra el predicador al ver sus éxitos entre los prosélitos y gentiles y oír la doctrina predicada por Pablo y Bernabé sobre la igualdad de todos en Jesucristo, con la supresión de los privilegios de la nación escogida y promueven tumultos, “pretendiendo apedrear a los apóstoles que huyen a las ciudades de Licaonia, Listra y Derbe y a las regiones vecinas, donde predican el Evangelio” (Hch 14,5-7).
En Listra curaron a un cojo y la gente los tomó por dioses y querían ofrecerles sacrificios. Ellos no lo permitieron, diciéndoles: “Somos hombres iguales a vosotros” (Hch 14, 15) Pero, llegaron unos “judíos que venían de Antioquía e Iconio, y sedujeron a las turbas, que apedrearon a Pablo y le arrastraron fuera de la ciudad, dejándole por muerto” (Hch 14,19) Los discípulos cuidaron a Pablo y, “junto a Bernabé, al día siguiente, salió camino de Derbe, donde hicieron “muchos discípulos” (Hch 14, 20-21) Aquí terminó el primer viaje misionero de Pablo y Bernabé. Iniciaron el camino de vuelta por las mismas ciudades en las que antes habían predicado, Listra, Iconio, Antioquía de Pisidia, Perge y Antioquía de Siria, aprovechando cada estancia para animar y exhortar a los fieles y constituir presbíteros por la imposición de las manos. “Llegados, reunieron la iglesia y contaron cuanto había hecho Dios con ellos y cómo habían abierto a los gentiles las puertas de la fe” (Hch 14, 27) Después del primer viaje, Pablo y Bernabé residieron algún tiempo en Antioquía de Siria. Estando allí, asistieron al Concilio de Jerusalén. El Concilio de Jerusalén: Es el primer concilio y va a tener gran importancia en la historia de la Iglesia. En las comunidades recién fundadas vivían juntos y en igualdad de derechos los cristianos que procedían del judaísmo [judeo cristianos] y los que venían de la gentilidad. La circuncisión era considerada como señal de pertenencia al pueblo judío y de separación de los gentiles (Gén 17,10). Algunos [judeo-cristianos] que habían bajado de Jerusalén a Antioquía enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme a la Ley de Moisés, no podéis ser salvos” (Hch 15,1) Se produjo cierta agitación y Pablo y Bernabé decidieron ir a Jerusalén para consultar a los Apóstoles. Fueron muy bien acogidos y “contaron lo que Dios había hecho con ellos” (Hch 15, 4); pero, algunos que procedían del fariseísmo, dijeron: “Es preciso que se circunciden y guarden la Ley de Moisés” (Hch 15, 5) Pretendían imponer la circuncisión y la Ley para incorporar al judaísmo a los gentiles convertidos y, sólo después, podían ser admitidos en la fe cristiana. Tras una larga deliberación entre los Apóstoles y los presbíteros; habló Pedro y dijo: “...Dios ha testificado en su favor, dando a los gentiles el Espíriu Santo igual que a nosotros y no haciendo diferencia alguna entre nosotros y ellos” (Hch 15, 8-9). Hablaron Pablo y Bernabé, para referir “cuantas señales y prodigios había hecho Dios entre los gentiles por medio de ellos” (Hch 15,12). San Pablo añadiría, más tarde, en la carta a los gálatas: “Santiago, Cefas y Juan, que pasan por ser las columnas [de la Iglesia], nada me impusieron de más; antes al contario, cuando vieron que se me había confiado el evangelio de los incircuncisos, como a Pedro el de la circuncisión, reconocieron la gracia que se me habia dado y nos dieron la mano a mí y a Bernabé en señal de aprobación, para que nosotros nos dirigiésemos a los gentiles y ellos a los circuncisos” (Gál 2, 6-7). Habló finalmente Santiago el Menor diciendo: “Mi parecer es que no se inquiete a los gentiles que se conviertan a Dios” (Hch 15, 19)
Al final, escribieron una carta a los cristianos de Antioquía de Siria, que fue llevada por Pablo y Bernabé, en la cual, en resumen, les decían: “Ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros ninguna otra carga más que estas necesarias: que os abstengáis de las carnes inmoladas a los ídolos, de sangre y de lo ahogado y de la fornicación” (Hch 15, 28-29) (42) La decisión del concilio significó un avance significativo de apertura a todas las gentes. Pablo denunciará más tarde la inutilidad de las prácticas cultuales del judaísmo, como la circuncisión (Gál 6,12) y demás observancias impuestas por la Ley (Gál 4,10) porque la justificación no es fruto de la observancia de la Ley sino un don gratuito de Dios, otorgado por el sacrificio de Cristo. La Ley de Moisés, buena y santa en sí (Romanos 7, 12), hizo que el hombre conociera la voluntad de Dios, pero sin comunicarle la fuerza interior para cumplirla; por lo mismo, no consiguió más que hacerle consciente de su pecado y de la necesidad que tiene de la ayuda de Dios (Gálatas 3, 19-22; Romanos 3,20). Pues bien, “ al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, para que recibiésemos la adopción” (Gál 4,4-5). Cristo nos libró de la servidumbre de la Ley y nos dio por la fe en Él la justicia interior y la dignidad de hijos que nos hace sentinos hijos de Dios y llamarle Padre.
Segundo viaje misionero: Dijo Pablo a Bernabé: “Volvamos a visitar a los hermanos por todas las ciudades en las que hemos evangelizado la palabra del Señor y veamos cómo están” (Hch 15, 36). Bernabé quería que los acompañase Marcos, pero a Pablo no le pareció bien, por lo que Bernabé y Marcos se embarcaron hacia Chipre y Pablo, llevando consigo a Silas, inició su segundo viaje. Saliendo de Antioquía de Siria, atravesaron Siria y Cilicia, llegaron al sur de Galacia, a las ciudades de Derbe y a Listra, donde se les unió Timoteo (Hch 16,1-3); atravesando Frigia, llegó a Galacia del Norte, donde fundó nuevas comunidades. En este viaje cayó enfermo, como él mismo cuenta: “Bien sabéis que estaba enfermo de enfermedad corporal cuando por primera vez os anuncié el Evangelio” (Gál 4,13) Partieron de Galacia hacia Misia y llegaron a Tróade, (Troas) donde se supone que se les unió Lucas (43). Pablo decidió ir a Europa, navegaron a la isla de Samotracia y al día siguiente, al puerto de Neápolis (hoy Kavala), y caminaron hasta Filippos, en Macedonia, donde creó la primera comunidad cristiana europea. Allí fueron azotados con varas y sufrieron prisión por parte de los pretores romanos (Hch 16,22-23) Siguieron su viaje por Anfípolis, Apolonia y Tesalónica, donde, durante tres sábados, hablaron en la sinagoga; pero los judíos promovieron un alboroto en la ciudad y Pablo y Silas se fueron a Berea, que “recibió con toda avidez la palabra” (Hch 17,11). Enterados los judios de Tesalónica se presentaron en Berea y alborotaron a la plebe; por esta circunstancia, Pablo fue llevado por los hermanos a Atenas, quedando Silas y Timoteo en Berea. En Atenas, Pablo, según su costumbre, “disputaba con los judíos en la sinagoga y en el ágora con los que le salían al paso” (Hch 17,17). Le oyeron algunos filósofos y le llevaron al Areópago donde dijo a todos: “Atenienses, veo que sois sobre manera religiosos; porque al pasar y contemplar los objetos de vuestro culto he hallado un altar en el que está escrito: “Al dios desconocido”. Pues ese que sin conocerle veneráis es el que yo os anuncio” (Hch 17, 22-23) Pablo siguió hablando de Dios; pero, “cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, unos se echaron a reir y otros dijeron: Te oiremos sobre esto otra vez” (Hch 17, 32). Unos pocos se adhirieron a Pablo. Desde Atenas, Pablo marchó a Corinto y se hospedó, durante un año y medio, en la casa de Aquila y Priscila (44) y “como eran del mismo oficio, trabajaban juntos, pues ambos eran fabricantes de lonas” (Hch 18, 3), y se convirtieron en amigos entrañables. Se le unieron, de nuevo, Silas y Timoteo y “testificaban a los judíos que Jesús era el Mesías. Como éstos le resistían y blasfemaban, sacudiendo sus vestiduras, les dijo: Caiga vuestra sangre sobre vuestras cabezas; limpio soy yo de ella. Desde ahora me dirigiré a los gentiles” (Hch 18, 5-6)
Pablo permaneció bastantes días en Corinto, después, acompañado de Aquila y Priscila, navegaron hasta Éfeso, “él entró en la sinagoga y conferenció con los judíos. Éstos le rogaban que se quedase más tiempo, pero no consintió...Partió de Éfeso y, desenbarcando en Cesárea, subió a Jerusalén y saludó a la iglesia, bajando luego a Antioquía” (45)(Hch 18,19-22)
Tercer viaje de Pablo: El tercer viaje Pablo puede ser clasificado como agridulce, pues incluye las tribulaciones que abrumaron al apóstol y las crisis de las comunidades de Galacia y Corinto y, por otra parte, el viaje fue de gran fecundidad en la propagación del Evangelio. Desde Antioquía, “atravesó el país de Galacia (46) y Frigia (47) y confirmaba a todos los discípulos” (Hch 18, 23), siguió hasta Éfeso (48) y fijo en ella su nueva sede de evangelización. Durante tres meses habló libremente en la sinagoga; pero, como “algunos empezaron a maldecir el camino del Señor, Pablo se separó de ellos y predicaba todos los días en la escuela de Tirano, durante dos años, de manera que todos los habitantes de Asia oyeron la palabra del Señor, tanto los judíos como los griegos” (Hch 19, 9-10) En esta época, Pablo escribió la Carta a los gálatas, oponiéndose a los judaizantes que exigían fuesen circuncidados los gálatas que se convertían a la fe. También escribió las Cartas a los corintios, por las que conocemos los múltiples problemas surgidos en dicha comunidad que tuvo que afrontar. Escribio también la Carta a los romanos, pues ya existía allí una comunidad de creyentes a la que Pablo habia querido visitar “desde hace bastantes años, espero veros al pasar, cuando vaya a España” (Rom 15, 23-24)
En ese tiempo realizó una colecta en las diversas comunidades de Macedonia y Acaya para enviar a la comunidad necesitada de Jerusalén y que él mismo llevó en el viaje que ya tenía proyectado.
La estancia en Éfeso duró unos tres años (Hch 20,31). Los Hechos de los Apóstoles cuentan el enfrentamiento de Pablo con los siete hijos exorcistas de un sacerdote judío. Pablo logró que “bastantes de los que habían profesado las artes mágicas llevasen sus libros y los quemasen en público, llegando a calcularse el precio de lo quemado en cincuenta mil monedas de plata” (Hch 19,19).
Otro suceso muy sonado fue el motín de los plateros: La predicación de Pablo molestó a un platero llamado Demetrio, que hacía en plata templos de Artemisa, obteniendo pingües beneficios. Este fue su alegato: “Bien sabéis que nuestro negocio depende de este oficio; pero estáis viendo y oyendo que no sólo en Éfeso, sino en casi toda el Asia, ese Pablo ha persuadido y llevado tras sí a mucha gente, diciendo que no son dioses los hechos por manos de hombres. Esto no solamente es un peligro para nuestra industria, sino que es en descrédito del templo de la gran diosa Artemisa, que será reputada como nada y vendrá a quedar despojada de su majestad aquella a quien adora toda el Asia y toda la tierra”(Hch 19 25-27)
Pasado el tumulto de los plateros, Pablo se dirigió a Corinto, no por vía marítima sino por tierra, atravesando Macedonia, “exhortando a todos con largos discursos” (Hch 20,2). En Corinto permaneció tres meses; pero, una vez más, por las acechanzas de los judíos de Corinto contra él, decidió atravesar de nuevo Macedonia y volver a Tróade e iniciar su viaje a Jerusalén. Caminó desde Tróade a Asón donde se embarcó con rumbo a Mitilene y Mileto. Desde Mileto mandó llamar a los presbíteros de Éfeso a los que dirigió unas palabras muy enternecedoras (Hch 20, 18-35). Se despidieron todos “con gran llanto...porque les había dicho que no volverían a ver su rostro” (Hch 20, 38). Se embarcó de nuevo y, pasando por Rodas y Pátara, llegó a Tiro en Siria. Los fieles de Tiro le dijeron que no subiese a Jerusalén; mas, él embarcó hacia Tolemaida, desde donde fueron caminando hasta Cesárea; allí, una vez más, le dijeron que no subiese a Jerusalén. “No pudiendo disuadirle, pues estaba dispuesto a morir por Jesús, dijeron: Hágase la voluntad del Señor” (Hch 21,14). Así pues, Pablo y sus acompañantes subieron a Jerusalén, donde fueron recibidos con alegría por los hermanos, reuniéndose con Santiago el Menor y todos los presbíteros, les entregó la colecta.
5.- Prisión de Pablo
Unos judíos venidos de Asia vieron a Pablo en el templo y le acusaron de violar la Ley y profanar la santidad del Templo, provocaron una revuelta e intentaron matarle; intervino el tribuno romano, que le libró de los judíos y se lo llevó encadenado. Pablo pidió que le permitiese hablar al pueblo, el tribuno se lo concedió y Pablo les contó toda su historia; pero al final, los judíos gritaron: “Quita a ése de la tierra, que no merece vivir… en vista de esto, ordenó que lo azotasen y diesen tormento para conocer por qué causa gritaban así contra él” (Hch 22,22-24)
Pablo, dando muestras de gran habilidad, “preguntó al centurión: ¿Os es lícito azotar a un romano sin haberle juzgado?” (Hch 22,25) Al oír esto el centurión se lo dijo al tribuno y éste se cercioró de que verdaderamente Pablo era ciudadano romano y ordenó que le quirasen las cadenas. Al día siguiente hizo que se reuniese el Sanedrín y se presentó con Pablo, quien, en uso de la palabra y con habilidad, planteó la cuestión de la resurrección, enfrentando a fariseos y saduceos, de tal modo que el tribuno ordenó a los soldados que arrancasen a Pablo de en medio de los judíos para evitar que le despezazasen (Hch 23, 10) Una vez más, los judíos se confabularon para matar a Pablo, pero se enteró un sobrino de éste y se lo contó al tribuno, diciendo: “Los judíos han concertado pedirte que mañana lleves a Pablo ante el Sanedrín, alegando que tienen que averiguar con más exactitud algo acerca de él. No les creas, porque se han conjurado contra él más de cuarenta hombres de entre ellos y se han obligado por anatema a no comer ni beber hasta matarle, ya están preparados a la espera de que les concedas lo que van a pedirte” (Hch 23,20-21) El tribuno decidió enviar a Pablo al procurador de la provincia romana de Judea, Marco Antonio Félix, que residía en Cesárea Marítima, al norte de la región de Samaría. Cinco días después fueron a Cesárea el sumo sacerdote Ananías y algunos ancianos para acusar a Pablo, quien volvió a defenderse. El procurador, oídas ambas partes, postergó el juicio y dejó a Pablo en prisión durante dos años; al cabo de los cuales llegó el nuevo procurador, Porcio Festo. Festo convocó a los judíos ante su tribunal y mandó traer a Pablo, que fue, otra vez, acusado por los judíos, replicando Pablo “que ni contra la Ley de los judíos, ni contra el Templo, ni contra el César había cometido delito alguno” (Hch 25,8). Festo le prgunto si quería subir a Jerusalén para ser juzgado, a lo que Pablo contestó: “Estoy ante el tribunal del César; en él debo ser juzgado….nadie puede entregarme a ellos. ¡Apelo al César!... Festo respondió: Has apelado al César; al César irás” (Hch 25, 10.11.12) (49)
El rey Agripa fue a Cesárea para saludar a Festo y éste le habló del preso y, queriendo el rey conocerle, se le presentó. Pablo les expuso en detalle todo lo sucedido. “Levantándose el rey y el procurador, se decián uno al otro: Este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte o la prisión. Agripa dijo a Festo: Podría ponérsele en libertad si no hubiera apelado al César” (Hch 26, 31-32).
6.- Viaje a Roma
Pablo viaja como prisionero en manos de un centurión llamado Julio. Tras una travesía llena de peligros se vieron obligados a detenerse en la isla de Malta, donde fueron muy bien recibidos por los malteses, que “encendieron fuego y nos invitaron a todos a acercarnos a él, pues llovía y hacía frio” (Hch 28,2)
Pasados tres meses, embarcaron hacia Siracusa, donde permanecieron tres días; después, pasando por Regio y Pozzuoli, llegaron Roma, donde Pablo estuvo sujeto a arresto domiciliario, “con un soldado que tenía el encargo de guardarle… durante dos años” (Hch 28,16.30), del 61 al 63 d.C.
Queda sin dilucidar si durante la custodia domiciliaria o después de ella, Pablo pudo llevar adelante su proyecto de viajar a Hispania. Tanto quienes piensan que Pablo llegó a Tarragona, como los que piensan que nunca llegó, admiten que por el momento no es posible llegar a una conclusión clara y definitiva sobre el tema.
7.- Muerte de San Pablo
Poco antes de morir escribió: “A punto estoy de derramarme en libación, siendo ya inminente el tiempo de mi partida. He combatido el buen cmbate, he terminado mi carrera, he guardado la fe. Por lo demás, ya me está preparada la corona de la justicia, que me otorgará aquel día el Señor, justo juez, y no sólo a mí, sino a todos los que aman su manifestación” (Hch 2Tim 4,6-8)
Sucedió en Roma, bajo el emperador Nerón y fue una muerte violenta. Eusebio de Cesarea describe: "está registrado que Pablo fue decapitado en la misma Roma, y que Pedro también fue crucificado bajo Nerón”. Tertuliano dice que San Pablo murió decapitado, como Juan el Bautista. San Jerónimo escribe en su obra De viris illustribus, cap 5: “Pablo fue decapitado en el decimocuarto año de Nerón y fue enterrado en la vía Ostia en Roma”.
CITAS
38 Julio César había concedido a los ciudadanos de Tarso la ciudadanía romana por la ayuda que le prestaron en la guerra civil.
39 El mismo Pablo da dos relatos más: ante el pueblo, Hch 22, 4-16 y ante ante el rey Agripa en Cesárea, Hch 26,9-18.
40 No se trata de la actual Arabia saudí sino del reino nabateo cuya capital era la ciudad de Petra.
41 Los helenistas eran los judios de habla griega.
42 La carnes inmoladas a los ídolos se vendían en público y, más tarde, Pablo las declarará permitidas (1 Cor 8, 1ss); comer sangre o carne no sangrada estaba prohibido por la Ley (Gén 9,4); estos dos puntos se abolieron cuando la Iglesia de la gentilidad se desprendió de la sinagoga; la fornicación, el tercer punto de la carta, fue incluída porque entre los gentiles no era considerada falta grave.
43 La suposición se basa en que hasta aquí Lucas, autor de los Hechos de los Apóstoles, habla siempre en tercera persona del plural “llegaron”, y a partir de aquí usa la primera persona del plural “navegamos”.
44 Aquila y Priscila eran un matrimonio judeocristiano que habién llegado de Roma en virtud del decreto del emperador Claudio que ordenaba la expulsión de todos los judíos.
45 Allí los creyentes en Cristo empezaron a llamarse “cristianos”. Antioquía de Siria, tercera ciudad en importancia del Imperio Romano tras Roma y Alejandría, fue la base de la actividad misionera de San Pablo.
46 Galacia (tierra de los galos) era una región del centro de Asia Menor; sus ciudades principales eran Tarso, Derbe, Listra, Iconio y Antioquía e Pisidia.
47 Frigia era una región meridional de Asia Menor; sus ciudades principales eran Colosas, Laodicea y Hierápolis.
48 Éfeso era la cuarta ciudad del Imperio romano, después de Roma, Alejandría y Antioquia de Siria. Era un centro extratégico de comunicaciones hacia Oriente.
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