1.- ¿QUIÉN ES EL VERBO?
Lo dice claramente San Juan en su evangelio: “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios” (Jn 1.1.) Para responder a esta pregunta, contemplamos al Verbo en tres aspectos distintos: Su relación con Dios, con el mundo y con el hombre.
2.- Relación del Verbo con Dios.
Tres frases cortas y luminosas: “ Al principio era el Verbo “ indica su eternidad. “El Verbo estaba en Dios” expresa la íntima unión del Verbo con Dios, del Hijo unigénito con el Padre. “El Verbo era Dios”, como consecuencia de la estrecha unión con el Padre, ambos participaban de la naturaleza divina. El Verbo, Palabra, Sabiduría o Hijo de Dios es la segunda persona de la Trinidad. La Sabiduría eterna de Dios existió con Dios antes de todas las cosas, es decir, es eterna como Dios. La describe bellamente el libro de los Proverbios: “Me dió Yavé el ser en el principio de sus caminos. “Desde la eternidad fui ungida; desde los orígenes, antes que la tierra fuese. Antes que los abismos, fui engendrada: antes que fuesen las fuentes de abundantes aguas. Antes que los montes fuesen cimentados; antes que los collados, fui yo concebida” (Prov 8,22-25)
3.- Relación del Verbo con el mundo En el principio creó Dios el cielo y la tierra..“(Gen, 1,21). El acto creador de Dios marca el inicio absoluto del tiempo, y Dios va a desarrollar en el tiempo su designio amoroso hacia el hombre. “Todas las cosas fueron hechas por Él” (Jn 1,3), es decir: Dios creó todo por su Sabiduría, que es su Verbo o su Palabra. “Cuando fundó los cielos, allí estaba yo….cuando fijó sus términos al mar… cuando echó los cimientos de la tierra, estaba yo con Él como arquitecto” (Prov 8,27-30)
4.- Existencia histórica del Verbo hecho hombre “El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros (Jn 1,14). Y se encarnó en las entrañas de una doncella llamada María. “Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,31), son las palabras con las que un ángel anunció a María su futura maternidad. Dos preguntas fundamentales: ¿Por qué y para qué el Verbo de Dios se hizo hombre en Jesucristo? ¿Por qué Dios decide hacerse hombre? La respuests de San Juan es tan clara com escueta: POR AMOR. “Tanto amó Dios al mundo que le dio su unigénito Hijo” (Jn 3,16). Dios creador, tan grande y santo, ¿puede abajarse hasta amar a una de sus criaturas, el hombre, tan pequeño y pecador? Y si lo hace, ¿cómo le corresponderá el hombre? Dios toma la iniciativa y ofrece al hombre un diálogo de amor mútuo y en nombre de este amor le induce y enseña a amar a los demás hombres. A cuantos crean en Él les da el poder de llegar a ser hijos adoptivos de Dios. “ Ved qué amor nos ha mostrado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios y lo somos” (1Jn 3,1); “los que son movidos por el Espiritu de Dios, éstos son hijos de Dios… han recibido el espíritu de adopción, por el que claman: ¡Abba! ¡Padre! (Rom 8,14-15). El amor de Jesús es definitivo, se extiende más allá de su existencia terrenal, Él estará con nosotros “hasta la consumación del mundo” (Mt 28,29); y es un amor llevado hasta el extremo de entregar su vida en una cruz.
¿Para qué Dios decide hacerse hombre? “Para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).En la Sagrada Escritura observamos que la historia humana está entretejida por dos movimientos contrarios: el desarrollo progresivo del mal y el designio divino de salvación.
El desarrollo progresivo del mal (el tiempo de la ignorancia): La Biblia confirma el estado de perfección humana en el primer momento de su existencia (Génesis, cap.2). Pero, muy pronto, la Humanidad se sumirá en “el tiempo de la ignorancia” (Hch 17,30), tiempo de decadencia espiritual y de desarrollo progresivo del mal. Adán y Eva gozaban de la confianza y la amistad de Dios; pero, con su desobediencia (Gén 3,3s) entró en su corazón la desconfianza y quedó trastocada la noción de Dios: el Dios cercano, desinteresado y perfecto pasa a ser el Dios del que hay que esconderse. Es una perversión radical del concepto de Dios, que tuvo gravísimas consecuencias: *Pérdida de la amistad y la familiaridad con Dios, hasta el punto de que “se esconden entre los árboles” (Gén3,8). * Expulsión del paraíso (Gén 3,24) en el que el hombre gozaba de felicidad y de inmortalidad. La expulsión implica la pérdida del don de la inmortalidad y de la felicidad; lejos de Dios no hay acceso al árbol de la vida, ni a la felicidad duradera. * La ruptura con Dios causa la ruptura de la pareja humana: Adán acusa a Eva“la mujer que me diste por compañera me dió de él (del fruto) y comí” (Gé 3,12). En lo sucesivo, esta ruptura se extenderá a los hijos de Adán: el homicidio de Abel por su hermano Caín (Gén 4,8) será el comienzo de una serie interminable de odios, rencores, injusticias y toda clase de ofensas. Esta situación se prolongó durante siglos; y a todo este tiempo se le reconoce como “tiempo de la ignorancia”, tiempo del desconocimiento del Dios Único y verdadero. En todos los grandes imperios de estos siglos (acadio, egipcio, aqueménida, macedonio, romano etc), ante la necesidad sentida de protección y ayuda, se fabricaron toda clase de ídolos a los que rindieron culto. San Pablo da fe de lo dicho cuando habló en el Areópago de Atenas: “Atenienses, veo que sois sobremanera religiosos, porque el pasar y contemplar los objetos de vuestro culto he hallado un altar en el cual está escrito:”Al dios desconocido”. Pues ese que sin conocerlo veneráis es el que yo os anuncio” (Hch 17,23)
El designio divino de la salvación humana: Es otro movimiento que recorre los siglos de forma paralela al anterior. La historia, en su fondo, está orientada por el “designio de Dios” que en ella se desarrolla y se presenta jalonada por múltiples sucesos que son los actos de Dios aquí en la tierra. “En el principio creó Dios el cielo y la tierra“ Gen, 1,21). El acto creador de Dios marca el inicio absoluto del tiempo, y Dios va a desarrollar en el tiempo su designio amoroso hacia el hombre. La historia sagrada está jalonada por acontecimientos, que son como etapas del designio divino, y que están orientados a un fin, en el que el tiempo de espera alcanzará su término y su plenitud. Todo el Pentateuco tiene la finalidad, exclusivamente religiosa, de asentar las bases del monoteísmo, elección del pueblo de Israel, como pueblo de Dios, y hacer de Israel el instrumento a través del cual llegue a las naciones el designio divino de salvación, desde su comienzo hasta la plena manifestación en Jesús. Hay mucho recorrido desde Adán a Jesucristo.
Con Jesús llegó el fin hacia el que estaban orientados los tiempos preparatorios del Antiguo Testamento. “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo” (Gal 4,4) El nacimiento de Jesús corona la esperanza milenaria del pueblo judío, centrada en la expectativa del Mesías, Hijo de David. Un camino plagado de manifestaciones de Dios -más o menos claras –: La creación, los primeros seres humanos, la elección de Israel como pueblo de Dios, los jueces, los reyes, los profetas y, finalmente, Jesucristo, el enviado del Padre, su completa y perfecta revelación. Hay un pasaje en el evangelio de San Lucas que no quiero pasar por alto: José y María subieron de Nazaret a Belén para empadronarse y cumplir el mandato del gobernador romano Cirino; “Estando allí, se cumplieron los días del parto y dio a luz a su hijo, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, por no haber sitio para ellos en el mesón” (Lc 2, 6-7). He subrayado las palabras que indican el grado de humildad y pobreza al que se sometió el Señor. Para mostrar su amor al “hombre” podía haber tomado su carne humana en las entrañas de una princesa de Egipto o en la hija de un gran rey; podía haber nacido en un palacio y tener una cuna de oro (¡qué menos para el Creador y Señor del universo!); pero quiso hacerse hombre en las entrañas de una humilde doncella de Nazaret, quiso que se diese la circunstancia de que para ellos no hubiese sitio en el mesón (para ellos no había sitio porque era una familia pobre y humilde, si hubiesen sido ricos el mesonero les habría encontrado un espacio digno); María dio a luz en un establo y acunó a su Hijo en un pesebre. El abajamiento de Dios por amor al “hombre” adquiere así límites insospechados; pero, veremos más escalones: tomará forma de pan para ser alimento espiritual y morirá clavado en una cruz como forma suprema de manifestar su amor.
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