domingo, 17 de mayo de 2026

159.- EL DOLOR Y EL SUFRIMIENTO


1. Las tres dimensiones de la persona

El ser humano se manifiesta en tres dimensiones, en tres modos diversos de ser:  biológico, psicológico y espiritual.     

Los padres transmiten el contenido genético de los cromosomas que determinan exclusivamente lo psicofísico, pero no lo espiritual que es específicamente humano y le confiere primacía sobre los demás animales.

La dimensión espiritual es, por naturaleza, invisible y, para expresarse y actuar utiliza las dimensiones psicofísicas, es decir, se expresa a través del cuerpo. La dimensión espiritual humana no es un instinto; por lo tanto, el hombre no se siente  instintivamente impulsado hacia Dios sino que, haciendo uso de su libertad, decide ignorar, rechazar o aceptar a Dios.

 2. El dolor y el sufrimiento

Son conceptos que suelen usarse conjuntamente, pero tienen diferencias significativas. Es de vital importancia entender la diferencia entre dolor y sufrimiento y comprender que serán nuestros compañeros de por vida, porque cada una de estas experiencias nos enfrentarán al cambio y crecimiento como personas.                                                                                          Las personas no existimos de forma aislada; vivimos en sociedad y nos suceden cosas. El entorno nos afecta. Tanto la alegría, la felicidad y el bienestar, como el sufrimiento, el malestar y la amargura son efecto de nuestra forma de manejar las cosas que nos ocurren, de cómo integramos los acontecimientos en nuestra vida. Del mismo modo que lo que nos rodea nos afecta, nosotros afectamos a lo que nos rodea y definimos nuestra relación con ello. No es conveniente convertirse en alguien que sufre solo, porque esto limita la visión del futuro.

¿Qué es el dolor?: El dolor es una sensación psicofísica desagradable; es lo que sientes de forma natural cuando pasa algo que te duele; es un mensaje de alerta que indica que algo está mal y requiere atención; es un fenómeno concreto que está presente de manera real para quien lo padece; es un aprendizaje personal, cada cual aprende el significado de la palabra “dolor” a través de la experiencia personal.                    El dolor puede ser:                                                                                        Físico, se siente en el organismo y se manifiesta no en la totalidad sino en una parte del mismo. Esta sensación es una respuesta automática, que no podemos evitar, ante algo que nos ha hecho daño. El dolor físico es sensorial, identificable y tangible y generalmente es temporal, tiene principio y fin.            Emocional,   generado a nivel psíquico sin que un motivo físico   medie para su aparición. El dolor emocional es producto de la reflexión interna, originada por el pensamiento o el recuerdo. Existe una cantidad prácticamente ilimitada de situaciones que nos pueden generar este malestar. Algunos ejemplos que suelen generar este tipo de dolor son las rupturas y desengaños amorosos, las peleas y conflictos serios con seres queridos, la pérdida de capacidades, la aparición de una enfermedad grave o la muerte de personas queridas.                      Hay dolores psíquicos que desgarran los tejidos de la mente sin piedad y causan más sufrimiento que los físicos. El dolor emocional puede llegar a somatizarse, es decir a expresar a través del cuerpo el malestar propio del sufrimiento originado a nivel psicológico, pudiendo aparecer en forma de dolor físico en diferentes partes del cuerpo.Un dolor que no es irreal ni fingido sino que realmente es percibido y puede causar molestias como dolores de espalda, vómitos, diarreas, episodios febriles, cefaleas y mareos.

El dolor emocional y el sufrimiento que genera no se pueden evitar. Si un ser querido muere o decide cesar su relación con nosotros, es lógico y normal tener un elevado nivel de sufrimiento, un estado de ánimo triste, una disminución de los niveles de energía y de ganas de hacer cosas. Hay que darse un tiempo, llegará el momento de aceptar la existencia del sufrimiento, darle un significado e integrarlo en la propia experiencia de vida, porque negar su existencia o hacer como si no existiera, es interpretar el dolor negativamente y, sin darnos cuenta ni quererlo, acrecentar su peso negativo.

¿Qué es el sufrimiento?: El sufrimiento es un acontecimiento que acompaña a todos los seres humanos; más pronto o más tarde, de una forma o de otra, a todos nos llega: Sufrir es parte de la vida y condición necesaria para la libertad. El sufrimiento es el grito desgarrado del alma, que implica a toda la estructura personal del ser humano, como consecuencia de la valoración personal y subjetiva de que algo amenaza o daña seriamente nuestra existencia o integridad, o la de alguien o algo que consideramos de importancia vital para nosotros y de que nada podemos hacer para evitarlo.                                                                    El sufrimiento viene cuando, con nuestra mente y nuestros pensamientos, nos resistimos a ese dolor y a ese cambio. Es decir, el sufrimiento ya no es un proceso natural de la vida, sino que lo añadimos nosotros cuando no queremos aceptar, cuando no queremos que ese dolor nos afecte. El dolor es  simplemente dolor, pero lo que te hace sufrir no es el dolor, sino lo que tú piensas de ese dolor.                                                        El sufrimiento es una experiencia emocional negativa intensa que involucra emociones y pensamientos negativos de angustia y ansiedad como resultado de la interpretación negativa que damos a un dolor a lo largo del tiempo.                                                La interpretación negativa del dolor acrecienta el malestar. Por tanto, el dolor es simplemente dolor, pero lo que te hace sufrir no es el dolor, sino lo que tú piensas de ese dolor.

En la vida lo que hace avanzar no es que algo nos duela o no nos duela, sino que enfrentemos al dolor para sentirlo y vivirlo, en las alegrías y en las tristezas, y sigamos caminando. Cuando sufrimos nos marchitamos, porque nos estamos resistiendo a sentir y a vivir. En cambio, cuando nos abrimos a la pérdida, al dolor y a la vida, nos liberamos, soltamos lastre, y podemos seguir floreciendo.

Causas del sufrimiento: El sufrimiento puede ser causado por una variedad de factores: el estrés, la tristeza, la angustia emocional, el dolor físico crónico, las enfermedades mentales, etc.

Cada cual sufre por la manera como interpreta su dolor.

¿Cómo cambiar de signo una interpretación negativa? La intepretación negativa se basa en unos pensamientos que no se ajustan a la realidad, o que son exagerados y hacen que nos sintamos incapaces de ver la realidad y afrontar la adversidad. Por tanto:                                                                                                        1º Indagar en el propio interior para identificar los pensamientos que causan el sufrimiento.                                         2º Evaluar esos pensamientos: Es decir, analizar en qué medida se ajustan a la realidad. Preguntarnos sobre cada uno de ellos: ¿Qué evidencias tengo de su ajuste a la realidad? ¿Pueden ser una exageración mía? ¿El problema es realmente tan grave como yo lo interpreto? Estos pensamientos negativos, ¿son útiles para mi futuro? Si continúo con ellos, ¿cómo será mi vida dentro de un tiempo más o menos largo?                                         3º No adoptar una conducta evasiva, es decir, no tratar de esconder e ignorar la presencia del sufrimiento mediante la desconexión mental o refugiarse en el alcohol o la droga.           4º Buscar pensamientos alternativos: Deberás sustituir esos pensamientos negativos que alimentan el sufrimiento con otros positivos que indiquen el sentido del sufrimiento. Y hacerlo sin engañarte ni minimizar el problema, sino asumiendo una actitud que ayude a procesar el dolor y seguir adelante. Es un cambio de actitud que procede de la dimensión espiritual, a partir de la cual es posible arrostrar algo desagradable.

“El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional”

El dolor es algo natural en la vida y forma parte de ella; es como una corriente de aire que entra por una ventana y sale por la otra. Viene y se va, pero no se queda ni un instante más de lo necesario; pero, su no aceptación lo convierte en sufrimiento que se puede quedar por tiempo indefinido.                                   El dolor siempre requiere aceptación para darle significado e integrarle en la vida; el sufrimiento surge por la falta de aceptación del dolor. La aceptación del dolor no hace que desaparezca el sufrimiento sino que lo convierte en un instrumento de crecimiento personal. Con la aceptación del dolor el ser humano es consciente de la realidad de la vida, de que el dolor es parte de ella y aceptarlo es la condición necesaria para vivir con libertad.                                                          La aceptación no es aguantar, resignarse o tolerar, es una elección consciente de la situación tal cual se presenta y llenarla de significado.

3. El sentido de la vida

El sentido de la vida difiere de un hombre a otro, de un día a otro y de una hora a otra y lo puede encontrar cualquier persona, de cualquier creencia, incluso un no creyente.                El hombre no inventa el sentido de su vida, sino que lo descubre y usa su libertad para aceptarlo o rechazarlo.                  Se suele creer que es el hombre quien se pregunta sobre el sentido de su vida; pero, es más bien la vida la que, en los diversos acontecimientos, interroga al hombre, la que cuestiona al hombre y éste es el que responde a las demandas que la vida le plantea en cada situación particular.                            Solo los seres humanos buscamos sentido a la vida; pero no lo hallaremos a menos que nos abramos a una dimensión profunda, a menos que todo lo que vivimos, experimentamos, obramos y elaboramos, esté impregnado de la confianza en algo (o Alguien) que no nace de nosotros mismos.

Descubre el sentido de tu vida: Vivimos en una sociedad intoxicada por el exceso de información y de estímulos, atrapada por el culto a lo último, a la novedad, a lo que sigue la gente.Descubrir el sentido es cuestionar el discurso, buscar lo que no se dice y lo que se trata de ocultar. Descubrir el sentido es atender solo a lo que es importante, es cribar el trigo y desechar la paja, la palabrería vana que distrae e impide atender a lo importante.                                                                            «No hay objetivos imposibles, solo personas que se cansan antes de lograrlos» (Bernardo Frau)                                                    Es una frase que suena bien y puede engañar. Porque sí hay objetivos imposibles, los que superan las capacidades de las personas. Una cosa son los deseos, los sueños de grandeza, las fantasías y otra muy diferente es la realidad. Descubrir el sentido de la vida es anclarse en la realidad, no en la fantasía.

4. El sentido del sufrimiento

El dolor, sea físico o sea emocional, es algo que no queremos experimentar. Nuestra naturaleza de animal de supervivencia nos indica que si algo nos hace daño, lo  preferible es evitarlo. Sin embargo, nuestra naturaleza humana se puede desvincular de nuestros instintos biológicos y nos ha dotado de la capacidad de reflexionar sobre el sufrimiento, preguntándonos si sirve para algo, si tiene algún sentido. Hay cosas que suponen una amenaza para nuestro organismo,  que nos producen dolor, a veces, mucho dolor;  tiene todo el sentido del mundo que tratemos de evitarlas.

También hay otras cosas que, para conseguirlas, tenemos que pasar, sí o sí, por algo que nos va a hacer sufrir. Un ejemplo: El ciclista que ha ganado la Vuelta a España ha tenido se tuvo que preparar concienzudamente antes de empezar la Vuelta y, una vez empezada, se sacrificó diariamente, sobre todo en las subidas a los puertos de 1ª categoría, hasta lograr el triunfo. La posibilidad de ganar la Vuelta ciclista tenía, para él, un valor  superior al sufrimiento. El ciclista comparó el sufrimiento con el triunfo y decidió que valía la pena sufrir, porque su sufrimiento tenía un sentido: la posibilidad del triunfo. Es más, el mismo sufrimiento le impulsaba a seguir pedaleando a pesar del dolor.

Afirmar que el sufrimiento tiene un sentido es afirmar que tiene un objetivo, un «para qué». Aunque el sufrimiento es un fenómeno universal en la vida humana, no existe un único y exclusivo «para qué», un único y exclusivo objetivo adecuado a toda la humanidad; muy al contrario, cada individuo debe descubrir en su propia existencia dicho objetivo, debe encontrar el sentido particular a cada uno de sus sufrimientos.

No se trata de aceptar el sufrimiento porque sí, sufrir por sufrir; aceptar el sufrimiento sin un objetivo no tiene sentido. Se trata de aceptar el sufrimiento porque lo vinculamos a conseguir un bien de valor superior o a impedir la instauración de un mal.

El «para qué» alude siempre a un valor positivo de rango superior al valor del bien sacrificado. Se sufre para obtener algo más valioso tanto para la propia persona como para aquellas con las que se relacione.                                                                 Frente al sufrimiento hay que tratar de descubrir cuál es su sentido profundo y, después, meditar y reflexionar. La capacidad de reflexión sobre el dolor propio es uno de los rasgos principales que diferencian a los seres humanos del resto de animales. Ellos actúan en función de sus instintos, los humanos actuamos en función de nuestra espiritualidad.

¿Cómo descubrir el sentido del sufrimiento?: Para descubrir el sentido del sufrimiento debemos acudir a la dimensión espiritual, que es la fuente interior que da sentido al sufrir humano, de ella proceden la libertad, la responsabilidad y la misma espiritualidad.                                                                      

Desde la dimensión espiritual se asigna un  sentido al sufrimiento y se canaliza el dolor asociado al mismo como energía y motivación para conseguir el objetivo determinado. El sufrimiento equivale a «sacrificio», es decir, renunciar a algo que se aprecia, pero que nos permitirá alcanzar otra cosa de mayor valor.                                                                                           Vistos a través de la dimensión espiritual, los acontecimientos humanos no son determinantes, sino sólo circunstancias ante las cuales la persona concreta puede adoptar una actitud y tomar una decisión.                                                                        Cuando la persona no encuentra sentido a su sufrimiento es doblemente desgraciada, pues además de su sufrimiento per se, acarrea una desesperación que nace de la rebelión ante el sufrimiento inevitable. Se puede decir que: «la desesperación es un sufrimiento sin sentido»

Con razón decía Nietzsche que «cuando el hombre encuentra un para qué vivir, puede soportar cualquier cómo vivir».

El ser humano posee dos características esenciales:

1ª Ser libre, inacabado, que elige y que se forma a sí mismo según sus decisiones.

2ª Estar dirigido a algo distinto de sí mismo, es decir, abierto al mundo, abierto al amor al otro que es lo que le puede hacer feliz y no encerrado en sí mimo, en su propio egoísmo.

Este ser se encuentra en constante búsqueda del sentido de la vida en general y de su vida en particular; la búsqueda que pueda conducirle al camino de una vida auténtica, digna y éticamente responsable. Es un proceso de lucha y elección por nuestro destino individual.

El ser humano, cuando encuentra sentido a su sufrimiento, es capaz de sufrir dignamente y desarrollar actitudes correctas frente a sus sufrimientos y crecer como persona. La felicidad es posible aún en los más graves sufrimientos. La persona es capaz de llevar sobre sí un sufrimiento, que la colma de plenitud, de felicidad, de alegría y de dicha.

Todo esto es posible debido a la autonomía, la libertad, la responsabilidad y la independencia de la persona respecto a su mundo y a su destino.                                                                              Sufrir significa superación y también crecer y madurar, pues la persona madura cuando se supera a a sí misma. Sí, la superación del dolor no es otra cosa que un proceso de maduración en que el ser humano alcanza su libertad interior a pesar de las dolencias.

El sufrimiento integrado aporta beneficios: Aporta sabiduría, resistencia, compasión y un profundo respeto de la realidad.  

La sabiduría emerge de la experiencia del sufrimiento. Cuando las cosas van bien, raramente nos detenemos a cuestionarnos sobre nuestras vidas y nuestras dificultades. Una situación difícil, sin embargo, suele obligarnos a salir de nuestro estado inconsciente, haciéndonos reflexionar sobre nuestras experiencias. Esta reflexión nos lleva, por un lado, a no dormirnos ni engreirnos en los laureles de las experiencias felices, y por otro lado, a no desanimarnos ni hundirnos ante el sufrimiento de las experiencias dolorosas.

La resistencia: El sufrimiento nos hace más resistentes, más capaces de superar las dificultades. «Lo que no nos mata, nos hace más fuertes» ( Nietzsche).                                                           «El carácter no puede desarrollarse cuando hay tranquilidad y todo es fácil. Sólo pasando por la experiencia de la prueba y por el sufrimiento se puede fortalecer el alma, clarificar la visión, inspirar la ambición y alcanzar el éxito» (Helen Keller)

La compasión se define como «un profundo conocimiento del sufrimiento de otra persona acompañado del deseo de aliviarlo», pero sólo podremos obtener un profundo conocimiento del sufrimiento de los demás si no hemos sufrido nosotros mismos. El sufrimiento lleva a la empatía, a sintonizar con otras personas y a ocuparnos de sus problemas como si fueran nuestros.   

El respeto de la realidad cotidiana que se manifiesta en dos tipos de experiencias:                                                                              

1ª Experiencias felices que nos transportan y nos hacen volar; es simbólico el hecho de que en esos momentos miramos hacia arriba, hacia el infinito, nos sentimos plenos y abiertos a todas las posibilidades.                                                                                           2ª Experiencias dolorosas que nos hacen sufrir, que nos recuerdan las limitaciones humanas y nos hacen mirar hacia abajo, hacia el suelo. Las experiencias dolorosas nos hacen pisar tierra, darnos cuenta de nuestra vulnerabilidad y, al mismo tiempo, nos empujan a superarlas y vencerlas.

Huye del dolor; pero si llega, acéptalo

El dolor es algo cotidiano y natural en la vida; no por eso hay que buscarlo ni regodearse en él. La tendencia natural es la huida; pero, si te alcanza, si llega a tu vida, lo mejor es aceptarlo y vencerlo.   La aceptación del dolor convierte el sufrimiento en un instrumento de crecimiento personal.

5. EL SUFRIMIENTO VISTO DESDE LA ÓPTICA CRISTIANA

Entre las preguntas y temas fundamentales de la religión está el sentido del sufrimiento. En efecto, cabe preguntarse: Si Dios es amor y omnipotencia, 

¿por qué permite el dolor?

 ¿por qué no elimina el sufrimiento? 

¿cómo puede haber un Dios que  permita que padezcamos de esta manera? 

Es una problemática que afecta a todos los hombres y mujeres del mundo, creyentes o no, a todos llega el dolor, la enfermedad y el sufrimiento.                                                                                           El sufrimiento contemplado, como se suele decir, de tejas para abajo, sin referencia a Dios,  es un problema cuando se presenta, cuando algo duele y no descubrimos su sentido. 

El sentido el sufrimiento presupone que el universo en su conjunto tiene un sentido. Solo desde ahí se puede preguntar sobre el sentido del sufrimiento.                                                              Cuando se cree en un Dios omnipotente y bueno, se puede preguntar: ¿cómo se armoniza la omnipotencia y bondad de Dios con la existencia del sufrimiento (y del mal en general)?

El cristiano - como cualquier otro hombre -, cuando sufre un dolor que desgarra al alma, se pregunta, al menos en el primer momento: ¿“Por qué, Señor, por qué?” Es una pregunta acerca de la causa del sufrimiento.

La existencia del mundo abre la mirada del alma humana a la existencia de Dios, a su sabiduria, poder y magnificencia; pero, el mal y el sufrimiento parecen ofuscar esta imagen, a veces de modo radical, tanto más en el drama diario de tantos sufrimientos sin culpa y de tantas culpas sin una adecuada pena.                                                                                                          

«Es esta una pregunta que tortura a muchos, hasta hacerles concluir que carece de respuesta, pues, no solo es imposible que exista un ser todopoderoso e infinitamente bueno que consienta todas las desgracias que ocurren en el mundo, sino que, en tales circunstancias, la vida ni siquiera merece la pena ser vivida» (R. Yepes. Los límites del hombre: el dolor)  

"A veces se requiere tiempo, mucho tiempo, para que esta respuesta a por qué el sufrimiento, comience a ser perceptible  interiormente. En efecto, Cristo no responde directamente ni en abstracto a esta pregunta humana sobre el sentido del sufrimiento.  El hombre percibe su respuesta salvífica a medida que él mismo se convierte en participe de los sufrimientos de Cristo" (Juan Pablo II,Salvifici Doloris, 26). 

Sólo quien sufre se halla en verdadera disposición de compadecerse del dolor ajeno. 

Para entender el sufrimiento hay que vivirlo. 

No se entiende el por qué del sufrimieto razonando, sino creyendo. A medida que el hombre toma su cruz, uniéndose espíritualmente a la cruz de Cristo, se revela ante él el sentido salvífico del sufrimiento.                                                                      

Las palabras de la oración de Cristo en Getsemaní prueban la verdad del amor mediante la verdad del sufrimiento. «Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se  haga mi voluntad sino la tuya» (Ev Mateo 26,39).                                        Solo por amor es posible aceptar un dolor tan grande que, solo su expectativa, hace entrar en agonía y sudar sangre. Lo determinante de la conducta de Cristo no será el dolor que padece o que se avecina, sino el deseo por Amor de obediencia al Padre para redimirnos.

Dios no desea el sufrimiento del hombre; solo lo permite:

 1º Porque respeta la libertad humana.                                               2º Porque el sufrimiento es necesario para que el hombre crezca ética y espiritualmente.                                                           Las desgracias y problemas que trae la vida no son un castigo de Dios, sino una oportunidad de aprendizaje, de crecimiento y de purificación.                                                                                            El concepto que Dios tiene sobre las cosas es distinto al concepto que tenemos los hombres. Así, lo que nos parece favorable, puede no serlo a los ojos de Dios. Lo que estimamos desgraciado, puede ser útil y conveniente. Dios ama al hombre concreto en las circunstancias concretas de su existencia, cualesquiera que sean.                                                                            

El concepto que Dios tiene sobre las cosas es que «todas concurran al bien de los que le aman» (Romanos 8, 28) La Providencia de Dios dirige todo (salud y enfermedad, riqueza y pobreza, etc.) a la salvación eterna de los que le aman.                El dolor y el sufrimiento tienen un significado importante para el hombre, un motivo de perfeccionamiento que, de algún modo, enriquece tanto la evolución individual como la experiencia del hombre en general. La vida, en el fondo, es un permanente desafío hacia el autocrecimiento y la perfección personal; sin la existencia de la desdicha o del dolor, la experiencia terrenal perdería su sentido de transcendencia.

La vida humana está destinada a un fin trascendente: 

Dios permite el mal para sacar de él un bien mayor

Como dice San Pablo: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia” (Romanos 5, 20).

La fe y la esperanza permiten al género humano sobrevivir con entusiasmo y aun con alegría, en un mundo hostil y en una vida efímera, precaria e incierta.

Hombre religioso: Es el que ha aceptado a Dios y entiende su vida como misión y vive la misión como mandato de Dios, que él acepta en conciencia y responsabilidad.                                                No debería haber gran diferencia entre el actuar responsable del hombre religioso y del que no lo es. El primero cumplirá su deber como algo mandado por Dios; el segundo vivirá su existencia no como un deber, sino como un reto a su responsabilidad.                                                                                            Para enfrentarse el hombre con la realidad recurre a su escala de valores y tiene la posibilidad de encontrar el valor que, en ese momento y situación, le parezca más pleno de sentido y más valioso. El ser humano es capaz de encontrar caminos plenos de sentido aún en situaciones de aparente fracaso.            El hombre religioso “ve más” que el que no lo es, porque tiene la vivencia de Alguien que le sugiere un deber, de Alguien que está sobre su conciencia y al que puede  acercarse por medio de la oración.                                                                                                  La conciencia es la guía del hombre y portavoz de ese Alguien. La conciencia es capaz de descubrir el sentido único y singular escondido en cada situación. En todo momento el ser humano apunta, por encima de sí, hacia algo que no es él, algo que le supera, algo que, en última instancia, esá Alguien: Dios.         

El valor que afirmamos del sufrimiento lo afirmamos con Jesucristo que llamó bienaventurados a cuantos lo padecían por pobreza, por hambre, por persecución... (Mt 5,3-11). Más aún, siendo El mismo el Bienaventurado por antonomasia, nos salva sufriendo y nos anima a lo mismo, a llevar su cruz, para que seamos asimismo partícipes de su  resurrección. El que está dispuesto a padecer por vivir según Cristo tiene garantizado el consuelo sobreabundante para su dolor.                  Recuerdo a una señora que vivía en la calle Guzmán el Bueno de Madrid: Era viuda, estaba totalmente inválida y llena de dolores, no podía hacer nada por sí misma, en todo dependía de su maravillosa hija que la cuidaba y atendía con un amor entrañable. Pues bien, un día esta señora me dijo que se sentía muy feliz a pesar de su situación. Le pregunté: ¿cuál es la clave de esa felicidad? Con una mirada al crucifijo que tenía enfrente, me respondió con una sonrisa: «Mi paz y felicidad interior es el fruto de cuatro palabras, cuatro verbos: «pensar, aceptar, ofrecer y agradecer»

Comprendí la grandeza de espiritu de la señora. Los cuatro verbos eran el compendio del «para qué» de su sufrimiento, que ella había convertido en fuente de felicidad. Seguía teniendo dolores, pero el sufrimiento aceptado había dado paso al ofrecimiento de los mismos al Señor e, incluso, a darle gracias por tal "regalo". El dolor ya no gobernaba su vida; no había desaparecido, pero lo vivía en una profunda paz interior, con sosiego y tranquilidad.

6. Cuatro verbos para cambiar el rumbo de la vida

1. Primer verbo: PENSAR 

Pensar es contemplar a Cristo en sus sufrimientos. «Todo se entiende adorando. Cuando las rodillas se doblan, el corazón se inclina, la mente se calla ante enigmas que nos sobrepasan, entonces las rebeldías se las lleva el viento, las angustias se evaporan y la paz llena todos los espacios» (I.Larrañaga)

La fe, lejos de ser una adormidera, es el único instrumento capaz de dar al hombre una percepción de su propio dolor, que vaya más allá de la inmediatez de la herida (física o moral).         En la oración en el huerto de Getsemaní:                                            «Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Mt 26,39)                                            «Lleno de angustia, oraba con más instancia; y sudó como gruesas gotas de sangre que emppaban la tierra» (Ev Lucas 22,44)                                                                                                                En su detención: Llegó una turba precedida por Judas y éste besó a Jesús, y Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?» (Lc 22,48)                                                                 En casa de Caifás: «Se apoderaron de Él y lo llevaron a la casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los escribas y sacerdotes» (Mt 26,57)                                                            «Todo el Sanedrín buscaba falsos testimonios contra Jesús para condenarlo a muerte, pero no los hallaban, aunque se habían presentado muchos testigos falsos...Jesús callaba y el pontífice le dijo: Te conjuro por Dios vivo a que me digas si tú eres el Mesías.  Jesús le contestó: Tú lo has dicho...Entonces el pontífice rasgó sus vestiduras, diciendo: Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de más testigos? Acabáis de oir la blasfemia. ¿Qué os parece? Respondieron: Reo es de muerte» (Mt 26,59-60ss.)

Acabada la pantomima de juicio, los esbirros «comenzaron a escupirle en el rostro y a darle puñetazos» (Iden v 67)           Junto a Pilato: «Llegada la mañana, todos los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo tuvieron un consejo contra Jesús para quitarle la vida y atado lo entregaron al gobernador» (Mt 27,1-2)                                                                                                «Comenzaron a acusarle, diciendo: Éste pervierte a nuestro pueblo; prohibe pagar el tributo al César y dice que es el Mesías rey. Pilato le preguntó: ¿Eres tú el rey de los judíos? Él respondió: Tú lo dices». (Lc 23,2-3)                                                          «Pilato dijo: Yo no encuentro en Él nada digno de muerte; le corregiré y le soltaré. Pero ellos,a grandes voces, pedían que fuese crucificado» (Lc 23,22-23)                                                              «Si sueltas a ése, no eres amigo del César; todo el que se hace rey va contra el César» (Jn 19,12)                                                        

En la flagelación: «Viendo Pilato que nada conseguía … se lavó las manos delante de la muchedumbre, diciendo: Yo soy inocente de esta sangre» (Mt 27,24) «Y a Jesús, después de hacerle azotar, se lo entregó para que lo crucificaran»                    En las burlas de los soldados de Pilato: Los soldados, reunida toda la cohorte en torno a Jesús, le despojaron de sus vestiduras, le pusieron una clámide de púrpura, una corona de espinas en la cabeza y una caña en la mano. «Y, doblando la rodilla,se burlaban de Él, diciendo: ¡Salve, rey de los judíos! Y escupiéndole, le golpeaban con la caña en la cabeza….Después, le pusieron sus vestidos y le llevaron a crucificar» (Idem 27, 29-31)                                                                        En el camino del Calvario: «Tomaron a Jesús, que, cargado con la cruz caminó hasta el Calvario» (Ev Juan 19,16)  Con Él llevaban otros dos malhechores para ser ejecutados. «Le seguía una gran muchedumbre del pueblo y de mujeres, que se herían y lamentaban por Él» (Ev Lucas 23,27)                     

En su crucificación: Cuando llegaron al monte Calvario, le crucificaron, y también a los dos malhechores.                            «Le dieron a beber vino mezclado con hiel; pero no quiso beberlo (1)» (Mt 27,34)                                                                         «Los que pasaban le injuriaban diciendo: Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz» (Idem 27, 38s)                                                     «También los príncipes de los sacerdotes, los escribas y ancianos se burlaban de Él, diciendo: A otros salvó, a sí mismo no puede salvarse. ¡El Mesías, el rey de Israel! Baje ahora de la cruz para que lo veamos y creamos» (Mc 15, 31-32)                  "Uno de los malhechores también le insultaba, diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Pues, sálvate a tí mismo y a nosotros. Pero el otro le reprendía, diciendo: ...en nosotros se cumple la justicia, pues recibimos el castigo de nuestras obras; pero éste nada malo ha hecho. Y añadió: Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino." (Lc 23,39-41)                                                                      

En las palabras de Jesús desde la cruz: Pendiente de la cruz, pidió el perdón para los deicidas: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34)                                                Contestó a la petición del malhechor: «Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». (Idem 23,43)                                   «Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre y el discípulo a quien amaba; viéndolos allí, Jesús dijo a la Madre: Mujer, he ahí a tu hijo; y al discípulo: He ahí a tu Madre. Desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19,25-27)                             «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»(2)                «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu; y diciendo esto, expiró»(3)

2. Pensar es descubrir el «por qué» del sufrimiento de Cristo

«Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3,16)                                                                             «Porque tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo» Esta es la razón profunda de por qué Dios se hizo hombre: porque ama a este mundo, es decir, nos ama a nosotros que somos los que llenamos el mundo.      

«El amor de Dios hacia nosotros se manifestó en que envió a su Hijo...En eso consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y envió a su Hijo» (1 Jn 4,9-10)

El AMOR es el «por qué» de los dolores y sufrimientos de Jesús.

«Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15,13)                                                                                          El profeta Isaías, hablando del Siervo de Yavé, dice: «Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. El castigo de nuestra paz fue sobre él y en sus llagas hemos sido curados» (Isaías 53,5)                                                            Tanto amó Jesús al género humano que, en medio del sufrimiento, oró al Padre diciendo: «Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya»

El Crucifijo es la imagen más elocuente del amor de Cristo. 

Cada vez que un creyente “contempla” un crucifijo debe sentirse emocionado interiormente al pensar en los dolores que voluntariamente abrazó Jesús por su amor.                                                 ¡Cristo me amó hasta morir por mi!

3. Pensar es descubrir el «para qué» del sufrimiento de Cristo

«Para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3,16)                                                                                    «Para ser ofrecido en sacrificio por el perdón de nuestros pecados» ( Juan 4,10)                                                                        

Jesús sufrió y murió para asegurar la salvación a todos los que creyesen en Él. La noche de su arresto, mientras oraba en Getsemaní, se entregó por completo:                                                  «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).                                                            El Padre no apartó el cáliz del sufrimiento y Cristo lo bebió todo por nosotros. No había otra manera de salvarnos.                      «En el programa mesiánico de Cristo, que es a la vez el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la «civilización del amor» (SD, 30).                                                                El hecho innegable es que hay sufrimiento y que parece conveniente mitigarlo en uno mismo y en los demás, siempre que hacerlo no vaya contra el propio hombre, contra la dignidad de su vida. Pero aceptando al hombre como hombre que sufre, que sufrirá necesariamente, es fácil reconocer que lo que debe soportar puede ser ocasión de virtud y de desarrollo personal, de ejemplo estimulante para los demás y, a veces, una ayuda directa para otros.                                                                            El sufrimiento es para el hombre mucho más que una ocasión de desarrollo personal, el sufrimiento, iluminado por Cristo, descifra el enigma del dolor y e la muerte.

 Segundo verbo: ACEPTAR

Aceptar es descubrir la realidad de nuestros dolores físicos o emocionales. Precisamente, porque el dolor es cosa qu afecta a todos, es tan importante estar preparados para cuando llegue. Así nos disponemos para el momento de la práctica.

¿Por qué sufrimos? Porque somos humanos y el dolor será, irremediablemente, nuestro compañero de viaje en muchos momentos de nuestra vida.

¿Para qué sufrimos? ¿Qué sentido tiene el sufrimiento? Cuando el dolor, en cualquiera de sus múltiples formas, llega a nuestra vida, podemos salir de él amargados (vía negativa ) o mejorados y perfeccionados en nuestro ser (vía positiva).

Vía negativa: Es anclarse en el dolor, es sufrir por sufrir, sin perspectiva de futuro. La interpretación negativa del dolor sólo conduce a su incremento, a la permanente amargura y, en muchos casos, a la desesperación y el suicidio.

Vía positiva: Buscar y descubrir su significado e integrarlo en la experiencia de vida.

             Solo sufre el que no sabe «para qué sufre».

Solo la visión trascendente de la propia existencia da significado al dolor. No es para extrañarse de que no quieran vivir los que no tienen un motivo para sufrir o seguir sufriendo. Esto sucede, por ejemplo, cuando el dolor es muy intenso y prolongado o sin esperanza de mejora y sin una visión trascendente de la propia existencia. La eutanasia es la lógica consecuencia de los no creyentes que no admiten la trascendencia de su existencia. Sin la visión trascendente, cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una tal existencia no tiene sentido.                                    Aun el mayor dolor puede ser asumido si se conoce su sentido, su «para qué»; el peor dolor es sufrir ese dolor sin conocer el sentido o propósito que lo dignifique.                                    Cuando los creyentes somos tocados por un suceso doloroso, después de darnos un tiempo, llega el momento de aceptarlo como experiencia positiva y de gran valor para el futuro. El dolor bien integrado se convierte en el motor para cambiar el modo de vivir, darle otro color, pasar de la queja constante y la desesperación a la serenidad y la paz interior; en definitiva, para cambiar del egoísmo al amor.

En El hombre doliente,Victor Frankl escribió: «La enfermedad me es dada como una tarea, me encuentro con la  responsabilidad de lo que voy a hacer con ella»

Aceptar el dolor es corresponder con amor al amor de Cristo; es seguir a Cristo. Él mismo lo dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día y sígame» (Lc 9,23)                                                                                                       «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará y vendremos a él y en él haremos morada» (Jn 14, 23)

«Cristo Jesús, el que murió, aún más, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios Padre, es quien intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada?… En todas estas cosas vencemos por aquél que nos amó» (Romanos 8,34.37)                                                                       San Pablo escribió en su carta a los colosenses: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros y suplo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo» (Colosenses 1,34)

Tal vez, alguien se pregunte: ¿Acaso la Pasión de Cristo está incompleta? ¿No fue suficiente tanta sangre derramada?           Es verdaderamente sobrecogedor el drama de la pasión de Cristo; pero, no es suficiente. San Agustín de Hipona acuñó una frase esclarecedora: «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti». Si la aplicamos a nuestro tema, podemos decir: «Cristo que te redimió  sin ti, no te salvará sin ti».                                                    Por tanto, nadie puede decir: “Cristo murió por mí; ya estoy salvado, no debo preocuparme, no es preciso que yo haga nada más, porque su pasión me ha logrado el perdón de todas mis culpas». Y, sin embargo, no es así.                                                    Es cierto que la pasión de Cristo, con todos sus dolores, está completa y es plenamente suficiente para la salvación de toda la humanidad; pero, falta la parte correspondiente a cada hombre.

Es imprescindible que cada hombre acepte la redención que Cristo le ofrece.                                                                                       Esta aceptación lleva a la unión con Cristo en los sufrimientos, pequeños o grandes, que  la vida trae cada día; los sufrimientos humanos aceptados se unen a los sufrimientos de Cristo y se trasforman en fuente de gozo interior. Es la alegría pascual que canta: ¡Feliz culpa que mereció tal y tan gran redentor!

Tercer verbo: OFRECER

El hecho doloroso integrado como experiencia positiva no sólo es valioso para el que sufre, sino que éste puede ofrecer su sufrimiento. Solo resuelve el problema del sufrimiento quien descubre el sentido valioso que tiene el dolor humano. «En el programa del reino de Dios, el sufrimiento está presente en el mundo para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la «civilización del amor» (Juan Pablo II,Salvifici doloris,30)

Es innegable y así lo corrobora la experiencia de muchas personas, que el sufrimiento puede ser ocasión de desarrollo personal, de ejemplo para los demás e, incluso, de ayuda directa para las demás. Jesús llamó «bienaventurados» a los pobres, a los mansos, a los que lloran, a los hambrientos y sedientos, a los misericordiosos, a los limpios de corazón, a los pacíficos y a los perseguidos; es decir, a todos los que padecen de una u otra forma.                                                                                    El que, por su visión transcendente de la vida humana, acepta el sufrimiento tiene mucho para ofrecer. Su dolor no solo es fuente de bien para él, también lo es para los demás.                  La actitud de Jesús ante el sufrimiento fue «Padre, hágase tu voluntad». El sufrimiento no es un absurdo para el cristiano, sino que, aceptado a imitación de Cristo, es una ocasión insustituible para la plenitud humana.                                      Aceptar y ofrecer el sufrimiento es la cruz humana que el cristiano ama como voluntad del Padre.

No hay amor más grande que dar la vida por los amigos (Jn 15,13). Jesús nos manifestó su amor muriendo en la cruz; los cristianos le manifestamos nuestro amor aceptando y afreciendo nuestros sufrimientos.                                                          En cualquier momento del día, en cualquier situación, podemos ofrecer al Señor el dolor que padecemos, la molestia que sufrimos o el trabajo que hacemos. El sufrimiento aceptado y ofrecido por amor al Señor es la expresión práctica de la comunión de los santos.

¿En qué consiste la comunión de los santos? (4)    Es la unión espiritual entre aquellos que, por la gracia, están unidos a Cristo muerto y resucitado. La Iglesia católica sostiene que existen tres estados en la Iglesia: los que viven en este mundo (Iglesia militante); los, ya difuntos, que se están purificando (Iglesia purgante) y los que ya gozan de la gloria de Dios, es decir, ya contemplan a Dios cara a cara (Iglesia triunfante). Todos juntos forman el cuerpo místico de Cristo.    La comunión de los santos es el vínculo más íntimo entre quienes pertenecen al cuerpo místico de Cristo; por medio de esta comunión, interactúan e interceden cada uno por el bien de los demás. La comunión de los santos puede ser comparada a los vasos comunicantes. Todos los actos de un cristiano, sean grandes o pequeños, dolorosos o agradables, hechos con amor, se pueden ofrecer solidariamente en beneficio de cualquier otro miembro del cuerpo místico de Cristo. Aquí se ve muy claro el poder redentor del sufrimiento.

Cuarto verbo: AGRADECER

Un antiguo refrán español dice : "De bien nacidos es ser agradecidos"; lo podemos reformar en "De buenos cristianos es dar gracias a Dios." San Pablo recomienda "dar gracias a Dios en toda las situaciones" (1 Tes 5,18) Son muchos los motivos que tenemos pra dar gracias a Dios.                                                                En el aspecto espiritual: Por por habernos redimido, por habernos regalado la fe, por amarnos con amor de Padre, etc. En el aspecto humano: Por habernos llamado a la vida; por todo lo que nos da o permite que nos suceda cada día: alegrías y dolores; atisfacciones y desengaños; salud y enfermedad, etc. Dar gracias a Dios por habernos descubierto que el dolor y la enfermedad, cuando son aceptados por el hombre y ofrecidos a Dios, se convierten en manantial de paz, de alegría y de comunión fraternal con los hermanos dolienes del mundo. 


CITAS

(1) Era un anestésico que embotaba los sentidos para que sintiera menos el dolor. Jesús no quiso beberlo porque había aceptado la voluntad del Padre, asumiendo en su totalidad el cáliz del dolor.

(2) Es el primer versículo del salmo 22. Abandonado por casi todos los suyos, rodeado por los que le insultan, Jesús está bajo el peso aplastante de una misión que debe pasar por la humillación, el aniquilamiento y la muerte, una realidad contrapuesta al Señor de la vida. Por esto grita al Padre, pero no es un grito desesperado, sino un grito de aceptación de la muerte en la perspectiva del cumplimiento de su misión salvadora y de la victoria final con su resurrección.

(3) Así mostró su plena y total confianza en el amor del Padre.

(4) La palabra «santo», referida a personas, comprende a todos los injertados en Cristo por la fe y el bautismo, los creyentes en Cristo Jesús.

(5) Cuerpo místico de Cristo es el nombre con el que San Pablo describe a la Iglesia como un cuerpo cuya cabeza es Cristo. Los fieles a través de la fe en Cristo y del sacramento del bautismo son partes de la Iglesia y miembros de este Cuerpo.

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